Capítulo 68
A medida que se acercan los guardias, me empujan a derecha e izquierda. El salón enloquece, presa del pánico, cerrando el paso entre los extinguidores y yo.
Salgo de mi letargo. Tengo que huir.
Miro a mi alrededor, pero han desaparecido todas las caras conocidas. Salto sin parar buscando a Rook, a Domino, a mis padres, pero no veo a nadie entre los apretujones que me rodean. No importa. He de salir de aquí.
Vislumbro a la general caminando hacia mí, mientras que los cancilleres Marks y Orsen están rodeados por sus guardias, dirigiéndose sin duda a sus refugios personales a prueba de incendios. Todo el mundo correrá a resguardarse a uno de los muchos santuarios comunales de la ciudad.
Evalúo mis posibilidades. Saben lo que soy y ahora me darán caza. Necesito más que nunca sacar a relucir la verdad y demostrar que no soy lo que creen.
«Cíñete al plan», decido, con la esperanza de que Edward y Rook hagan lo mismo.
Con un poco de suerte, todos estarán demasiado ocupados con la tormenta para preocuparse ahora mismo por mí.
Me recojo la larga falda y bajo corriendo la escalera, avanzando a codazos entre la multitud que sale del salón mientras que por los ventanales se cuelan destellos de luces rojas y las sirenas aúllan, casi haciéndome pedazos los tímpanos.
Resoplo y doy empujones, arrastrada por la marea de cuerpos hasta que nos desbordamos hacia fuera y toda la gente se dispersa. El cielo está en llamas, nubes rojas sangran a lo largo del horizonte, centelleando con puntos de luz carmesí.
Los aguaceros de la tormenta de sangre no explotan con energía galvánica.
Son mucho mucho peores.
Arrojan bolas de fuego contra la tierra, quemando inmensas secciones de la ciudad y acabando con todo a su paso.
Un escalofrío me recorre la columna. Solo he visto una en toda mi vida, cuando era pequeña. Recuerdo los gritos que rasgaban el cielo nocturno mientras la ciudad estallaba con explosiones violentas.
Diviso a decenas de patrulleros que inundan ya la plaza con sus uniformes oscuros, intentando apagar las llamas y proteger la Ciudadela.
Por suerte, parece que con el caos se han olvidado de mí, y consigo llegar a la parte de atrás, donde tenía planeado encontrarme con Rook y Edward.
Cuando llego, encuentro a Edward, que pasea ya de arriba abajo con un petate grande cruzado a la espalda. Se detiene cuando me ve. Me escudriña con la mirada mientras me examina de pies a cabeza, preguntándose seguramente un montón de cosas que nunca podré contarle.
—¿Es verdad? —pregunta—. ¿Por eso necesitas colarte? ¿Eres una… centinela?
Asiento, con el pánico apoderándose de mi garganta.
—Lo siento. Te lo debería haber contado. Es que…
Niega con la cabeza.
—Poet, no pasa nada. Creo que lo entiendo, pero… tengo que preguntarte esto, y no me gusta nada. ¿Estoy a salvo contigo?
—Sí —jadeo con dificultad—. No me pasa nada. Te lo prometo.
—De acuerdo —responde, sin juicio alguno en su mirada—. ¿Cómo te ha podido hacer eso Trinity?
—No lo sé —susurro.
—Cielos —dice—. Nunca ha sido la persona que creí, ¿no?
Edward aprieta los labios cuando una nube explota por encima de nuestras cabezas.
Un cometa llameante se precipita hacia la plaza, lanzando por los aires una lluvia de piedras y escombros encendidos.
Una ráfaga de calor me quema las mejillas; Edward y yo retrocedemos, buscando refugio en el hueco del rellano de la puerta.
—¿Dónde está Rook? —pregunto, y miro el teléfono, esperando que me haya enviado un mensaje.
Nada. ¿Se habrá quedado atrapado entre la multitud? Le intento llamar, pero no contesta.
—Poet, si vamos a hacer esto, debemos hacerlo ya —dice Edward—. Parecemos aún más sospechosos merodeando por aquí fuera.
—¿Sigues conmigo?
—Sí, hagámoslo.
—Tenemos que esperar a Rook. —Echo un vistazo a la plaza, con la esperanza de que aparezca.
—No puedes quedarte aquí fuera más tiempo. Te estarán buscando.
A regañadientes, sigo a Edward al vestíbulo y nos acercamos a la puerta que conduce al ala de seguridad del Escudo. Saco la tarjeta magnética robada a mi padre y la acerco al panel magnético conteniendo la respiración. Pita, y luego la cerradura hace clic.
Edward abre las puertas mientras la indecisión me deja paralizada.
—¡Vamos! —me dice—. No podemos esperarlo.
Hay una maceta junto a las puertas, e introduzco la llave en la tierra, asegurándome de que la cubra una fina capa de esta.
—¿Qué clase de planta es esta? —pregunto.
—¿Qué? —pregunta Edward, prácticamente dando saltitos.
—¿Qué es esto? —vuelvo a preguntar.
—Joder, ¡yo qué sé! ¿Un ficus?
—Vale —digo, y le envío un mensaje a Rook con la palabra «ficus», esperando que entienda mi críptica pista.
—Poet —sisea Edward, y lo sigo al interior.
Entramos en una pequeña zona con un grupo de ascensores que, por suerte, están libres de guardias o de otro personal.
Por lo menos, esta parte de mi plan ha funcionado.
—Vamos allá —dice Edward, apretando el botón.
De inmediato, un ascensor de los más alejados a la izquierda se abre con un suave bip que suena más bien como un cañonazo.
Una vez dentro, apretamos otro botón para la planta treinta y dos, que nos da acceso al despacho del señor Robins. Mientras subimos, le explico a Edward lo que estoy buscando. Hay que decir en su favor que no se asusta. Se lo toma todo con calma.
Tras acercar la segunda tarjeta magnética robada al panel, entramos en una habitación espaciosa con suelos de parquet revestidos con alfombras, dos sillones de dos plazas y un sofá situado en el centro.
Todo reluce con las sombras rojas que se reflejan a través de los inmensos ventanales que van del techo al suelo.
Observo los agitados nubarrones de tormenta cruzar sangrantes el cielo, mientras ardientes orbes escarlata se precipitan hacia la tierra.
Nunca he presenciado tan de cerca una tormenta de sangre, y su destrucción violenta y aleatoria tiene algo de hipnótico.
Edward no pierde el tiempo, cruza la habitación y atraviesa unas puertas dobles que dan paso a un gran escritorio en forma de U sobre el que hay una hilera de ordenadores. Detrás, una pared de pantallas muestra varias zonas del edificio.
Él estudia las pantallas durante un momento, y yo reviso el móvil, rezando para que Rook haya contestado. Le envío otro mensaje con la palabra «despacho».
Edward se ha acercado al escritorio y se ha acomodado en la enorme silla de cuero del señor Robins, y ya teclea a mil por hora en uno de los numerosos teclados retroiluminados.
El silencio en la habitación es total, a excepción del lejano aullido amortiguado de las sirenas de la tormenta de sangre y el rápido clicar de sus dedos.
No puedo estarme quieta, así que camino de un lado a otro, revisando el teléfono cada pocos segundos en busca de una respuesta de Rook.
—¿Puedes parar? —me pide Edward—. Me estás poniendo nervioso.
—Perdón —murmuro y vuelvo a la zona de los asientos para dejarle espacio para que trabaje.
Hay otra pared de la habitación recubierta de monitores, y me acerco para asegurarme de que hemos pasado inadvertidos. Una pantalla muestra el pasillo exterior adyacente, perfecto para echar un ojo por si hubiera visitantes no deseados.
Estudio los monitores, y advierto a unos cuantos guardias apostados en varios puntos, pero casi todos se han marchado para hacer frente a la tormenta.
Me llama la atención una figura que avanza por un pasillo abriendo y cerrando puertas. Al principio no puedo estar segura, y me debe estar engañando la vista, pero juraría que es Rook. Me acerco más, pero ahora ya no tengo dudas. Reconocería ese paso ligero y ese mechón de pelo en cualquier sitio.
¿Qué está haciendo? El número que hay en la esquina de la pantalla me dice que no está ni mucho menos cerca de la planta treinta y dos. De hecho, está más abajo, en algo llamado subsótano B.
Lleva algo en la mano que parece una tarjeta magnética, pero no es la misma roja brillante que le dejé en el interior del tiesto. Reviso la hilera de pantallas y encuentro la puerta por donde entramos Edward y yo, y advierto el montón de tierra que hay ahora a los pies de la maceta.
Rápidamente, busco a Rook, mientras se me fragua en el estómago un abismo de terror.
Le escribo otro mensaje.
Escribo la palabra «dentro», sugiriendo que Edward ha accedido a los ordenadores.
Durante un segundo, creo que no es nada; solo un tropiezo al caminar, como cuando uno se para al acordarse de algo trivial.
Luego saca el teléfono del bolsillo.
Se me entrecorta la respiración. Me inclino más hacia la pantalla, como si el problema fuera la distancia, como si de algún modo pudiera hacer que notara que lo estoy observando.
Mira a la pantalla. Su pulgar se detiene.
Conozco esa mirada. Se la he visto cientos de veces; entrecierra ligeramente los ojos, la boca se le vuelve ilegible mientras piensa. Cuando está tomando una decisión.
Siento una opresión aguda y repentina en el pecho, como si me cogieran y me retorcieran algo en mi interior.
No escribe nada.
Bloquea la pantalla y se vuelve a guardar el teléfono en el bolsillo.
Así, sin más.
Me llevo la mano instantáneamente al pecho, que lo agradece. Eso y cualquier cosa que me ancle aquí, a este momento, en el que observo al hombre en quien confiaba elegir otro camino.
Rook continúa su búsqueda, revisando puertas y cerraduras. Concentrado. Decidido.
Lo que sea que esté buscando le importa más que yo.
Esa idea toma forma suavemente, casi con delicadeza. Quizá sea eso lo que la hace insoportable.
Trago saliva, pero noto la garganta completamente cerrada. Me duelen las costillas, como si tiraran de ellas hacia dentro, como si mi cuerpo intentara proteger algo que ya está roto.
Me doy cuenta, fríamente, de que en realidad no sé nada de Rook Athira. La verdad es que no.
Conozco la versión de él que llegó de las Cloacas con una sonrisa arrogante y una confianza tan grande como para atravesar mis defensas. Sé cómo me mira cuando cree que no le presto atención. Cómo besa con pasión.