Capítulo 66
A la mañana siguiente, Amery es un hervidero con las noticias de otro ataque cerca de la escuela. Otro centinela. Los culpables ya han sido arrestados, y saberlo no me ayuda en nada a calmar la preocupación constante, que me provoca un nudo en el estómago.
Se ha visto a los extinguidores por todos lados.
En mercados itinerantes y en eventos públicos.
Recorriendo toda la ciudad. Sopeso preguntarle a Rook si deberíamos cancelar toda nuestra misión y esperar a un momento menos precario para llevarla a cabo, pero están estrechando el cerco y nos estamos quedando sin tiempo.
Cuando Rook y yo despertamos esa mañana, seguimos entrelazados, y no puedo dejar de pensar en cómo me hizo sentir anoche y en su promesa de «celebración» cuando hayamos acabado nuestra tarea.
Me arden las mejillas mientras remuevo con aire ausente la sopa que tengo sobre la mesa de la cafetería, donde estoy sentada con Domino y Journey.
—¿Hola? —Domino chasquea los dedos delante de mi cara—. ¡Tierra llamando a Poet!
Levanto la vista, y mis amigas me lanzan miradas cómplices.
—¿Tienes algo que contarle a la clase? —pregunta Domino, cruzándose de brazos—. ¿Quizá algo sobre un marginado guaperas de las Cloacas?
Ni siquiera finjo ocultarlo mientras una sonrisa me ilumina el rostro, y las tres estallamos en risitas.
Niego con la cabeza y sigo removiendo la sopa mientras me ruegan que les dé detalles.
Una interacción normal y cotidiana es justo lo que necesitaba para aliviar la inquietud que me revuelve las tripas.
—¡Vale ya! —me río—. No os voy a contar nada.
—Solo dinos si besa bien —dice Domino—. Tiene pinta de besar muy bien.
—Besa muy bien —digo con otra sonrisa que me es imposible contener, y ellas chocan los cinco.
Me siguen pinchando un buen rato, y yo les facilito algunos detalles sin invadir la privacidad de Rook. Qué bien me sienta que se alegren sinceramente por mí y que no lo hagan solo por cotillear.
—Entonces ¿nos preparamos en tu habitación para la fiesta? —pregunta Domino.
—Claro. Id a coger vuestras cosas y nos vemos allí.
—Perfecto —dice Domino, y se marchan las dos.
Cuando se han ido, intento tomar unas cucharadas de sopa, pero la acabo dejando y vuelvo a mi habitación, donde me encuentro a Rook poniéndose una chaqueta de terciopelo negra con detalles, también de color negro, bordados en los puños y en la parte delantera.
Lleva puestos unos pantalones negros ajustados y una camisa blanca de botones entallada con botas negras.
—Hola —saludo, cierro la puerta después y admiro cómo le encaja todo a la perfección en las curvas de los brazos y las piernas—. ¿Ya te has vestido?
Se encoge de hom bros dentro del abrigo y se lo abotona; después extiende los brazos y se echa un vistazo.
—¿Qué tal voy? —Levanta la vista hacia mí con una expresión inusitadamente vulnerable.
—Vas estupendo —le digo casi sin aliento—. En plan… guau.
Se vuelve a examinar.
—¿Tú crees? Jamás en la vida me había puesto algo así.
—Pues te queda bien —digo, apoyándome en la puerta y tomándome un tiempo para examinarlo de arriba abajo, sin disimular que estoy comiéndomelo con los ojos.
—Tú sigue mirándome así, liante, y… —se queja.
Lo miro a los ojos.
—¿Y qué? —lo reto.
Resopla con una breve risita.
—Y vas a ser mi perdición, ¿no?
Sonrío y bajo los brazos, cruzo la habitación y me pongo de puntillas para darle un piquito en los labios. Él me coge de los codos.
—Gracias por toda tu ayuda —digo—. Con la planificación. Por estar ahí cuando lo he necesitado durante los últimos meses. Hice saltar por los aires toda mi vida y, aun así, no puedo evitar pensar que tú has hecho que esa sea una de las mejores decisiones que he tomado.
Me regala una media sonrisa.
—Poet, no tienes ni idea de lo importante que ha sido para mí este tiempo.
Yo… —Se detiene, inspira hondo, en el destello de sus ojos vacila sobre algo—.
Mañana quiero que hablemos de varios asuntos, ¿vale?
De cosas de mi vida, y más sobre por qué estoy aquí.
Hay algunas cosas sobre mí que deberías saber y que no estaba seguro de poder contar, pero creo… creo que puedo confiar en ti.
—Claro que puedes —contesto de inmediato—. Con lo que sea. Quiero conocer todos tus secretos, Rook. Los oscuros y los felices. Quiero conocerte.
Me escudriña la cara.
—Yo también quiero que me conozcas, Poet Graves. —Un instante después añade—: Voy a ver a Edward para repasar los detalles una vez más. ¿Nos vemos en la fiesta?
—Allí estaré —respondo—. Seré la que lleve el vestido.
Se inclina hacia mí y me besa; después recoge la máscara negra de terciopelo de la cama y se la ata sobre la cara.
No sé cómo lo hace para estar aún más demoledor, pero me cuesta respirar con esa cosa burbujeante que me chisporrotea en el pecho.
Tiene un aspecto peligroso y misterioso, igual que el día en que llegó y puso patas arriba nuestros mundos.
Nos miramos fijamente un segundo más, me coge la mano y me besa en el dorso.
—Nos vemos pronto.
Luego se va de la habitación mientras espero a que lleguen Domino y Journey.
Una hora más tarde, las tres estamos vestidas para el baile.
Domino ha elegido un brillante vestido rojo con un corpiño sin tirantes y una falda confeccionada con capas onduladas de satén.
Su máscara ornamentada está decorada con trocitos de encaje rojo y dorado, y con pedrería.
Journey ha optado por un vestido negro de lentejuelas, con un forro rosa intenso que sobresale por una abertura lateral alta, y una elegante máscara de cuero rosa.
Mi vestido es suave y suelto, con una cascada de rosas púrpura que me recorren el hombro y una falda de seda fina de capas blancas y amatista. Es una auténtica belleza y uno de los vestidos más bonitos que he tenido.
Mi media máscara púrpura se ata con una cinta blanca, con toques de encaje blanco y pedrería.
—Te pareces mucho a una tormenta imperial —señala Domino mientras me reviso ante el espejo.
Sonrío y después me acerco y la abrazo.
—Qué contenta estoy de que vinieras a Amery. —Miro a Journey—. Las dos. Este año ha sido mucho mejor con vosotras aquí.
Journey salta de la cama y nos abrazamos las tres.
—¡El año que viene va a ser la bomba! —dice Journey, y me tengo que reír por su entusiasmo.
—Sí que lo va a ser, sí.
Eso si consigo que los extinguidores dejen de ponerme una diana en la espalda, claro.
Mientras le doy los últimos retoques al maquillaje, no puedo evitar pensar en Trinity. Deberíamos estar haciendo esto juntas. En vez de eso, llevamos tanto tiempo sin hablarnos que me parecen siglos.
Una ráfaga de viento hace traquetear la ventana, y me giro para mirar hacia fuera.
—El tiempo se está poniendo feo —dice Domino, con un surco de preocupación formándosele en el entrecejo, pero la tormenta también será la distracción que necesitamos esta noche.
Mis botas de cadete me esperan en un rincón, y me acerco para ponérmelas. Tengo unos zapatos de tacón púrpura preciosos, pero no me parecen prácticos para la incursión.
—¿Botas? —pregunta Journey.
—Me hice algo de daño ayer en el tobillo en el gimnasio —respondo, atándomelas y echando la falda sobre las puntas de las botas—. ¿Ves? Ni se nota.
Journey me lanza una mirada escéptica y se encoge de hombros mientras otra ráfaga de viento suelta una explosión de gotas de lluvia sobre las ventanas.
—Pff, nos vamos a mojar —dice Domino—. Está empezando a llover.
—Coge una chaqueta —digo, y elijo una corta negra de cuero ajustada—. Solo es una caminata rápida para cruzar la plaza.
—Mi pelo —se queja Journey mientras se lo ahueca ante el espejo.
—Puedes ponerte una con capucha que tengo—digo, abriendo mi armario y entregándosela.
Cuando estamos todas convenientemente tapadas, subimos y nos encontramos a decenas de alumnos que se unen al trasiego de gente, todos luciendo sus mejores galas.
En el ambiente se respira una sensación eléctrica de emoción y, a pesar del manojo de nervios que es mi estómago, me dejo arrastrar por el entusiasmo general.
Cruzamos la plaza a toda prisa, agarrándonos las faldas, que ondean con el viento, y entramos en el vestíbulo de la Ciudadela.
Camareros ataviados con trajes blancos y negros, que cargan bandejas doradas con flautas de vino espumoso, nos dan la bienvenida mientras nos dirigen hacia el salón de baile.
El lugar está maravillosamente decorado con gigantescas ramas de vegetación, cubiertas con estallidos de flores coloridos y altos candelabros dorados, todos ellos con velas chorreantes.
El salón de baile resplandece con sus techos y paredes dorados y embellecidos con frescos. Los suelos de parquet brillan con el titilar de la luz de las velas y los miles de hileras de tiras de luz que decoran el techo.
Domino ahoga un grito y se aferra a mi brazo mientras lo contemplamos todo. Es extremadamente mágico.
—Hay días en que despierto y no me puedo creer que esté aquí —dice—. Una fiesta de la Sociedad.
—Vamos a deshacernos de estas chaquetas —dice Journey, sacudiéndose una lluvia de gotas de agua—. Y luego quiero uno de esos cócteles.
Estamos de camino hacia la cola del guardarropa cuando diviso a Edward en un rincón.
—Enseguida vuelvo —digo, despidiéndome de Domino y Journey con la mano y comenzando a sortear a la multitud—. Hola —digo al llegar hasta donde está Edward—. ¿Todo listo?
Va vestido para el baile con un traje parecido al de Rook, pero con aire más desaliñado, gracias a que lleva la chaqueta y los botones superiores de la camisa desabrochados.
—Estoy listo —dice con una sonrisa torcida que parece no corresponderse con el momento—. Todo preparado para empezar.
—¿Seguro?
—No te preocupes… Lo tengo controlado.
No parece nada nervioso. De hecho, parece impaciente.
—Vale, gracias. Sé que te ha supuesto un montón de trabajo.
—Me encanta trabajar con Rook —dice—. Es distinto de como pensaba.
—Sí —le digo—. Conozco esa sensación.
—Y vosotros dos, ¿qué? —pregunta Edward—. Me da la impresión de que os habéis hecho íntimos.
Es mi turno de sonreír.
—¿Tú crees?
—¿Te gusta? —Me encojo de hombros, intentando parecer natural, pero Edward sonríe—. A ver, está obsesionado contigo.
Frunzo el ceño.
—Ah, ¿sí?
—Ya te digo. Créeme. Me alegro por ti. Te mereces a alguien especial, Poet.
Suelto un suave suspiro.
—Gracias —susurro—. Antes de que se me olvide, hay otra cosa que espero que podamos descubrir. Hace poco me he enterado de algo sobre Raine, y necesito que compruebes si hay más información sobre su muerte.
—¿Raine? —dice, abriendo los ojos de par en par—. ¿Qué le pasó?
—No estoy segura, pero tengo que descubrirlo.
—¿A qué te refieres? Murió en un ataque a manos de solitarios.
—Lo sé, pero puede que no fuera tan sencillo.
Estudia mi expresión, intentando descubrir lo que no puedo ni quiero contarle.
—De acuerdo —dice—. Confío en ti.
—Eres el mejor, Edward. Me encantaría que quedáramos más. Podríamos tomar un café de vez en cuando, ¿no?
Perder a Trinity ha sido durísimo y, si me examino más a conciencia, me doy cuenta de que he dejado que me distraiga todo lo demás de mi vida.
Eso ha atenuado un poco el dolor por su pérdida, y me ha librado de la parte más difícil.
Edward ha tenido que lidiar a solas con esa parte de él que ella ha vaciado.
—Eso estaría bien —contesta antes de que nos interrumpa una voz que retumba por los altavoces.
—¡Señoras y señores! —Me vuelvo hacia un escenario que está en el otro extremo del salón, donde hay un hombre con un micrófono—.
¡Bienvenidos al baile de disfraces anual de graduación de Nuevo Manhattan!
Es un placer para mí dar la bienvenida a nuestras cuatro queridas casas a participar en una de nuestras tradiciones más honorables.
—El tipo hace una pausa para recibir unos aplausos y después señala hacia la izquierda—.
¡Me gustaría dar la bienvenida al escenario al Escudo!
Estalla otro coro de estruendosos aplausos cuando el canciller Marks, la general Sol y el canciller Orsen salen por una puerta junto a un contingente de su guardia del círculo.
La general Sol sube de un salto al escenario, impresionante con su traje de terciopelo púrpura, con pantalones ceñidos a sus curvas y una chaqueta que se ensancha de manera elegante en la cintura.
Sus botas plateadas relucen al máximo, de tan lustradas; lleva el pelo recogido en un moño alto y la cola le cae sobre un hombro.
Los cancilleres Marks y Orsen visten ambos trajes oscuros, camisas blancas impolutas y zapatos negros relucientes.
La general Sol acepta el micrófono y hace una reverencia.
—¡Bienvenidos! —dice al público—. Es un honor acompañaros al final de otro año escolar, cuando se reúne la flor y nata de Nuevo Manhattan para celebrar nuestros éxitos.
Hay más aplausos cuando varias personas más se unen al Escudo en el escenario, entre ellos una elegante pareja rebosante de joyas y seguridad: la sucesora Beaufort y su despampanante esposa.
Saludan a los líderes con besos al aire y apretones de manos, mientras sube otra pareja.
Sabía que estarían aquí.
Evidentemente, se esperaba su presencia, pero verlos en carne y hueso me sienta como una patada en el estómago.
Mis padres.