Capítulo 65
A falta de unos pocos días para el baile de disfraces de graduación, la escuela se sume en un frenesí de exámenes finales y preparativos del acontecimiento.
Paso la mitad del tiempo con Domino y Journey, comprándonos los vestidos y haciendo planes para esa noche, y la otra mitad diseñando la incursión con Edward y Rook.
Nuestro pequeño «proyecto» parece haber revitalizado a Edward.
Vuelve a estar animado, aportando ideas y teorías, descargándose mapas y evaluando posibles entradas y salidas.
Hasta ha visitado a los padres de Trinity y le ha robado una tarjeta electrónica al señor Robins para que podamos acceder a su despacho y, lo que es más importante, a sus ordenadores, cuando estemos dentro.
Durante todo este tiempo, intento actuar normal.
Intento no dejar que aquel encuentro con Greta en los túneles me despiste.
Raine era centinela, y ahora está muerto.
Me dejó y jamás lo confesó. Me muero por preguntarle a mi madre qué es lo que sabe, pero no puedo hacerlo por mensaje, que el Escudo podría monitorizar.
Acudirá al baile de disfraces, así que espero poder hablar con ella entonces.
Tampoco le he contado a Rook lo que me dijo Greta. No estoy segura de qué es lo que me impide hacerlo. Me avergüenza lo que sucedió. Siento que parte de aquello fue culpa mía.
Planeo preguntarle a Edward si puede buscar información sobre la muerte de Raine en cuanto se introduzca en los ordenadores gubernamentales. Necesito saber si hay algo más detrás de la historia que nos han contado.
Tampoco le digo a Rook que mi padre podría saber que soy centinela. ¿Puede que Greta estuviera equivocada? ¿Quizá sea algo que se contó a sí misma para convertirlo en un villano? Sea como sea, aún no estoy preparada para hablar de ello… con nadie.
Esta es la noche anterior a la fiesta, y no dejo de dar vueltas en la cama. Sueño con túneles largos y sombras que me arrastran desde lóbregos rincones. Con el rostro de mi madre y una ristra de moretones en su cuello. Que a Rook lo lanzan desde acantilados y altas torres.
Entonces alguien me zarandea suavemente para que despierte.
—Poet. —La voz profunda de Rook se cuela por entre la oscuridad—. Despierta.
Abro los ojos de par en par, y me lo quedo mirando, desorientada, respirando con dificultad.
—Estabas gritando —me dice.
Me hundo de nuevo en la almohada y me aparto un mechón de pelo de la frente.
—Pesadillas.
Se agacha a un lado de mi cama.
—¿Estás bien?
—Solo un poco nerviosa por lo de mañana, creo.
Me toma la mano y la sostiene cerca de su pecho.
—Lógico.
—¿Te echas conmigo? —pregunto, y él asiente.
—Claro.
Pasa por encima de mí y se acomoda en el otro lado, contra la pared.
—La tormenta no ayuda —susurro.
Un relámpago brillante ilumina la ventana, un suave brillo amatista resalta los contornos de su rostro y se refleja en el piercing de su ceja. Con todo lo que está pasando, no hemos tenido la oportunidad de visitar los suburbios, y me empieza a molestar el picor constante.
—Lo sé —susurra él también—. Iremos en cuanto esto acabe.
En plural. Lo dice como si tal cosa, pero creo que esto es en lo que nos estamos convirtiendo.
En plural. En «nosotros».
En ese momento me siento conectada a él por algo más que el contacto de sus manos y el roce de nuestras rodillas.
Nos une este secreto, que dibuja una línea entre nosotros a pesar de cualquier diferencia y barrera.
Un entendimiento forjado por la necesidad de pasar toda la vida escondiéndonos a plena luz.
Tal vez, si mañana tenemos éxito, no tengamos que escondernos nunca más.
Sonrío, alargo la mano para tocarle la mejilla y después la dejo sobre su pecho, y el rápido latir de su corazón me vibra en el brazo. Cierra los ojos y exhala suavemente, rozándome el estómago con los dedos. Me giro muy ligeramente hacia él.
No hemos podido pasar mucho tiempo a solas debido a los exámenes finales y la planificación de nuestra incursión. Hundo la nariz en la curva de su garganta e inhalo hondo con un suave gemido.
—¿Qué haces? —pregunta, y suena como si apenas pudiera contenerse.
Levanto la vista.
—Te he echado de menos.
—Estaba al otro lado de la habitación.
—No es lo bastante cerca.
Sus ojos castaños relucen con un destello de púrpura, y una sonrisilla le curva los labios mientras nos movemos hasta quedar el uno contra el otro, nuestras bocas separadas por un milímetro.
Lentamente, baja la cabeza y me besa; sus labios cálidos se funden con los míos.
Sus dedos se retuercen en la tela de camiseta sin mangas mientras enredamos muslos y rodillas.
Poco a poco, desliza la mano más hacia arriba, subiendo por mi estómago, donde las yemas de sus dedos rozan la parte inferior de mis pechos.
—Rook —gimo—. Quiero… —Creo que soy incapaz de articular mis pensamientos.
—¿Qué quieres, Poet? —pregunta—. Dime.
—Te quiero a ti. Todo tú.
Emite una especie de sonido de dolor mientras su mano vuelve a descender hacia mi estómago y juguetea con el borde de mi pantaloncito de dormir.
—Quiero tocarte —susurra—. Tengo tantas ganas de tocarte que me duele. A veces no puedo pensar en otra cosa.
—Sí —le digo—. Hazlo.
Cierra sus labios sobre los míos y desliza la mano hacia abajo, introduciéndola bajo la cinturilla del pantalón, buscando con suavidad el lugar en el que lo necesito. Jadeo en su boca mientras sus cálidos dedos juguetean sobre mí, haciendo que retuerza las caderas.
—Joder, qué hermosa eres —gime sobre mis labios—. Fuerte e inteligente. Yo… yo no me esperaba esto. A ti. No te esperaba.
—Rook… —jadeo, aferrándome a sus hombros mientras sus dedos desenredan cintas de un satén ardiente.
Sonríe sobre la curva de mi garganta; mueve la mano entre mis muslos y me lleva hasta el límite y me vuelve a besar, y entonces estallo en una refulgente lluvia de centellas. Gimo sobre él mientras no deja de provocarme y tocarme, dejándome sin aliento y exhausta bajo el calor de su cuerpo.
Lentamente, retira la mano y me vuelve a besar. Deslizo los dedos por su estómago, sus músculos planos y el vello fino. Desciendo un poco más, pasando la punta de un dedo por la cintura de sus pantalones.
—Poet —jadea cuando sigo bajando, notando su miembro duro presionando contra la tela, y exhala un leve gemido.
—Yo también quiero tocarte —susurro.
—Cielos, por favor, Poet. Se me va la cabeza.
Mi mano regresa a su estómago y entonces desciende más, baja por la cintura del pantalón, donde lo encuentro ardiente, duro, lleno de deseo. La envuelvo con los dedos y empiezo a bajar la mano lenta y cuidadosamente. Agita las caderas, y se la agarro con más fuerza mientras él me anima a continuar.
—Así —dice con voz áspera—. Sí. Más.
Más. Quiero mucho más.
Un minuto después, noto su descarga con un trémulo gemido.
Más tarde, me levanta y toca su frente con la mía. Nos quedamos así durante un largo minuto, sin movernos, solo respirando, solo existiendo juntos. No estoy segura de cuántos momentos perfectos nos concede la vida, pero este podría ser uno de los míos.
—Deberíamos dormir un poco; nos espera un gran día por delante —dice, y sonríe—. Mañana, cuando todo esto acabe, quiero celebrarlo contigo. Toda la noche. Hasta que salga el sol y ninguno de los dos pueda siquiera caminar derecho.
Suelto una risita y le devuelvo la sonrisa.
Luego, me incorporo para besarlo y le susurro entre las sombras amatista:
—Me muero de ganas.