Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 64
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Capítulo 64

D ecidimos coger un tren de vuelta a Amery. Rook va sentado en silencio, quizá notando que no me apetece hablar. Le agradezco su presencia tranquila y cómo se ha enfrentado a mi madre.

Cuando le dijo esas palabras, sentí que algo se aflojaba en mí. Knox jamás se hubiera puesto de mi parte ante mi padre. Me hubiese pasado el resto de la vida viviendo con miedo.

Lo único que lamento —algo con lo que viviré lo que me queda de vida— es haber tenido que abandonar a mi madre.

Al menos por ahora. Quizá encuentre una manera de ayudarla, si bien los divorcios son muy poco frecuentes en la Sociedad.

Se quedaría sin nada. En cuanto me convierta en guardiana de las tormentas, ganaré un sueldo.

Tal vez entonces pueda ocuparme de ella.

No llevará la vida a la que está acostumbrada, aunque no sé si se puede llamar vida a su actual existencia.

El corazón me retumba en las costillas y me cuesta respirar.

El tren se detiene en una de las estaciones centrales de la ciudad y, de pronto, me siento como enterrada bajo piedra.

—He cambiado de idea con lo del tren —digo—. Quiero salir de aquí.

—Claro —dice Rook, poniéndose ya de pie.

Me coge de la mano, salimos del andén y subimos las escaleras hasta la planta de calle.

Entramos en la estación, con sus techos altos y sus relucientes suelos de mármol, atestada con al menos un centenar de distintos vendedores que ofrecen sus productos.

Entre ellos no solo hay huecos con sus ubicuos estofados de col, y cazatesoros con sus hileras de cachivaches recogidos, sino también artesanos, e incluso puestos de comida, cuyos seductores aromas intentan contrarrestar valientemente el agrio olor a col.

Los hilos centelleantes que cuelgan del techo relucen con una suave luz que ilumina por completo la bulliciosa escena.

En el centro, un cuarteto de cuerda toca una suave música que sirve de telón de fondo a cientos de conversaciones.

Unas pocas parejas se deslizan bailando en medio del lugar, lo que contribuye a la atmósfera de ensueño.

—Hace mucho que no venía por aquí —digo mientras mi corazón desbocado se va calmando—. Había olvidado lo mágico que es de noche.

—¿Quieres comer algo? —pregunta Rook, haciendo un gesto hacia un puesto que vende postres coloridos.

Al lado hay un carromato que ofrece barquitos de papel repletos de patatas fritas y cubiertos con la cremosa salsa que elijas.

—No. No tengo hambre, pero te acompaño.

—Vale, porque yo siempre tengo hambre —dice; y, sí, claro, con todo el ejercicio que hace, seguramente necesite miles de calorías al día para mantener todos esos músculos.

Nos acercamos a la camioneta de las patatas fritas, y se pide un cubo de patatas grande, bañadas en kétchup picante con chorritos de mayonesa y cebolla crujiente por encima. Coge dos tenedores y, mientras nos dirigimos a un banco, me tiende uno.

Se pone a zampar, y yo solo doy unos pocos bocados, sorprendida de lo mucho que me asienta el estómago un poco de comida grasienta.

—Sé que ya te he dado las gracias —comienzo—. Pero es que valoro mucho cómo te enfrentaste a mi madre.

Se mete una patata frita en la boca.

—¿Qué quieres que te diga? Los suegros siempre me quieren.

Suelto una risa por la nariz, y luego me empiezo a reír como una histérica.

—No me puedo creer que me haya colado en mi propio apartamento para decirle a mi madre que necesitaba un jersey.

—¿Llegaste a coger siquiera un jersey? —pregunta, fingiendo que mira a mi espalda.

—¡Qué va! —grito, y los dos nos echamos a reír. Se libera la creciente presión que me comprimía las costillas—. Ella también lo sabía.

—¿Crees que le contará algo a tu padre?

—No creo.

Apoyo la cabeza sobre el hombro de Rook mientras él casi se acaba de zampar las patatas fritas, y me ofrece la última con una ceja levantada.

—Para ti —le digo, y la engulle, y después tira nuestra basura a un contenedor cercano.

Apoya la mano relajada sobre mi muslo, y yo me aferro a su brazo mientras observamos a los viandantes. Crece el murmullo, los bailarines giran sin cesar y, si el deseo de una vida de paz y tranquilidad fuera una imagen en movimiento, sería esta.

—¿Quieres bailar? —pregunta Rook, y sin darme cuenta he asentido inmediatamente.

—Pensaba que no bailabas —digo, poniendo la voz grave e intentando imitar sus frías palabras de la noche en el Sogno.

Suelta una risita.

—Contigo hago una excepción, ¿recuerdas?

Sonríe mientras me atrae hacia él, y nos abrazamos antes de empezar a mecernos. Descanso la mejilla en su pecho y él nos hace girar suavemente en círculos. Después de todo lo que he hecho y de todo el dolor que he provocado, no sé si me merezco paz, pero no puedo evitar anhelarla.

Las suaves melodías musicales armonizan con la cadencia de las voces, casi como si fuera una nana.

Es entonces cuando advierto que alguien me observa entre la multitud.

Parpadeo y vuelvo a parpadear.

Es la misma hueco que me suena haber visto más de una vez desde el tren.

—Oye —digo y levanto la cabeza.

Ella se vuelve y echa a correr, y voy tras ella sin pensarlo dos veces. La persigo por la estación, por debajo de una arcada y bajando unas escaleras.

—¡Espera! —le grito—. ¡Espera, por favor!

Baja por una escalera en espiral que se adentra en los túneles.

—¡Por favor! ¡Deja de correr! —grito—. ¿Quién eres?

Mira hacia atrás y entonces tropieza, lo que me permite darle alcance. Le tiro del codo y la empujo contra la pared.

—¿Me estás siguiendo?

Niega con la cabeza e intenta soltarse el brazo.

—No, por favor. No te voy a hacer daño. Solo dime quién eres.

Finalmente, deja de resistirse y se apoya en la pared, con el pecho agitado por la respiración entrecortada. Tenía una ventaja inicial, pero yo estoy en mucha mejor forma. Oigo pasos detrás de mí y sé que tiene que ser Rook, pero se mantiene a distancia, dándome espacio.

—Te pareces mucho a mi antigua niñera —susurro—. Pero no puedes ser ella.

Sus ojos miran de izquierda a derecha, buscando una vía de escape.

—Me llamo Greta —dice por fin, a regañadientes—. Soy su hija.

Pongo cara de extrañeza.

—No tenía hijos, y tú eres mayor que yo. No tenía hijos —insisto, como si mi seguridad lo convirtiera en verdad.

—Siete años mayor que tú —dice Greta—. No le habló a nadie de mí.

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Dejo de darle vueltas.

—¿Por qué?

Ahora que ha recuperado el aliento, Greta me fulmina con la mirada. Por lo que sea, ya me odia.

—Quítame las manos de encima, y responderé a tus preguntas.

—¿No echarás a correr?

Dice que no con la cabeza, y la suelto, asegurándome de quedarme lo bastante cerca para detenerla en caso de que vuelva a huir.

—Empieza a hablar —le digo—. ¿Por qué te ocultó?

Greta se alisa la parte delantera de su túnica.

—Por lo que soy —dice sin más, pero entiendo el cambio incómodo en su mirada.

—Una centinela —aventuro, escudriñando su rostro, pero tiene el pelo castaño claro sin rastros de púrpura.

Así que no es exactamente como yo, pero en cualquier caso siempre ha vivido con miedo.

Greta asiente.

—Ella estaba todos los días en el hogar de una de las familias más leales al Escudo. Lo último que quería hacer era atraer atención sobre mi existencia.

—¿Quieres decir que pasaba cada día con Raine y conmigo, y que luego se iba a casa contigo?

—Apenas veía a mi madre —contesta Greta levantando la barbilla desafiante.

Niego con la cabeza.

—¿Por eso se fue? ¿Para estar más tiempo contigo?

Greta me examina el rostro, con la confusión arrugándole el ceño.

—¿De verdad no lo sabes?

—¿Saber qué?

—Que no se fue. Tu padre ordenó que la mataran.

Se me cae el alma a los pies.

—¿Por qué iba a hacer eso?

—También sé lo que tú eres, Poet Graves —dice con desdén.

Exhalo bruscamente y retrocedo.

—¿Te lo contó tu madre? Era la única que lo sabía.

Greta resopla, y es evidente que lo que percibí como una simple antipatía es mucho más profundo que eso.

Me desprecia. La he confundido con su madre, pero no estoy segura de por qué.

—No era la única que lo sabía. ¿O te crees que podías ocultárselo a tu padre?

No doy crédito e intento recomponer las piezas.

—Y, por supuesto, tu hermano también —añade Greta, triunfante.

Disfruta de esta lenta revelación de mi vida desmoronándose.

Al oír eso, levanto la vista.

—¿Raine? ¿Él también era centinela?

Greta niega con la cabeza con una risa cruel.

—No te contaron nada, ¿verdad?

—¿Mi padre sabe lo que soy? —pregunto, y en mi mente se arremolinan a toda velocidad mil pensamientos dispares.

Greta se cruza de brazos, se le suaviza la expresión, tal vez sintiendo lástima por lo perdida que he estado.

—Lo sabe. Hizo todo lo posible para proteger tu secreto, y a mí me dejó sin nada. Sin madre, no tenía a nadie que cuidara de mí. Estuve a punto de morir.

—Lo siento —digo, con la esperanza de que entienda que lo siento de verdad—. Siento que perdieras a tu madre por mi culpa. Por nuestra culpa.

Y Raine. ¿Por qué nunca dijo nada? ¿Él también era centinela? ¿Es algo hereditario? ¿Nos unían unos lazos de sangre que nunca hubiéramos imaginado?

—¿Mi madre lo sabe?

Greta hace un gesto de negación con la cabeza.

—No lo sé.

Mira por detrás de mí, y yo hacia atrás a Rook, que sigue manteniendo las distancias.

Me vuelvo de nuevo hacia Greta, pero ya ha echado a correr, desapareciendo por el túnel, engullida por la oscuridad.

—¡Espera! —la llamo—. ¡Déjame ayudarte!

Me ignora, y no trato de seguirla. Tal vez me busque cuando esté lista.

Un instante después, Rook se acerca y me coge con cuidado la mano.

—¿Quién era esa?

—Alguien que conocía. O, mejor dicho, alguien que estaba relacionada con alguien a quien conocía.

—¿Estás bien?

Suelto un suspiro y me froto la frente mientras un dolor agudo me recorre el cuero cabelludo.

—Creo que necesito tumbarme.

—Vámonos —dice, cogiéndome de la mano y llevándome de vuelta a Amery.

Doy gracias al ver que Rook no me hace más preguntas.

No estoy segura de si soy capaz de convertirlo en testigo de esta vergüenza.

Greta lo perdió todo por mi culpa. Creció sin su madre.

Y mi padre… Cada vez que pienso que no puede ser más cruel, me sorprende de la peor manera posible.

Supongo que ambos teníamos secretos que ocultar.