Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 63
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Capítulo 63

–¿ Q ué haces aquí? —pregunta, parpadeando. Tiene el pelo recogido en su gorro de dormir, y lleva puestos su bata y su camisón, ambos hechos de una seda refulgente de colores brillantes.

Separo mi mano de la de Rook y la escondo a la espalda.

—Pensaba que habíais salido a cenar. ¿No es la noche de vuestro club gastronómico?

Se pone seria. Básicamente, acabo de reconocer que la estaba evitando.

—No me encontraba bien, así que tu padre se ha ido sin mí. Me he despertado y he oído voces. —Se lleva la mano al pecho—. Me habéis dado un susto de muerte. ¿Qué haces aquí?

Abro la boca para contestar mientras ella dirige la mirada hacia Rook, con el rechazo escrito en cada rasgo de su rostro hidratado.

—¿Este es… el solitario? ¿Lo has traído aquí? ¿A nuestra casa? —Abre los ojos como platos—. Un momento, ¿estás metida en algún lío? ¿Te está obligando a hacer algo?

Retrocede, saliendo de la habitación.

—Voy a llamar a la patrulla.

—¡No, mamá! —digo, acercándome con las manos extendidas como si intentara tranquilizar a un animal salvaje—. Viene conmigo. No está haciendo nada malo.

Se agarra al marco de la puerta, mirándonos alternativamente antes de dirigir la vista a nuestras manos que, definitivamente, ha visto enlazadas.

—¿Por qué estás con él?

—Se llama Rook.

—Me da igual cómo se llame —suelta—. Te ordené que te alejaras de él. ¿No te llegó mi mensaje?

—¿Tu mensaje? —pregunto, incapaz de dar crédito a lo que escucho—. ¿Tu mensaje? Pues no lo sé, mamá, ¡lo mismo se me pasó mientras te enviaba yo cientos, que no te molestaste en contestar!

—¿Y qué esperabas? —grita—. ¿Qué quieres que haga?

—¡Quiero que te comportes como mi madre!

Niega con la cabeza y se lleva una mano al cuello. Se le empiezan a formar lágrimas en los ojos, y yo entrecierro los míos porque es en ese momento cuando advierto un leve indicio de moretón en su piel.

—¿Qué te ha hecho? —pregunto, bajando la voz—. ¿Te ha hecho daño?

Ahora me acerco a ella; mi madre retrocede hacia el pasillo.

—¿Qué esperabas que hiciera, Poet? ¿Pensabas que todos tus numeritos quedarían impunes? Como no estabas a su alcance, optó por lo que tenía más cerca. Si se enterara de que he estado hablando contigo…

Dejo caer los hombros y siento dolorosas punzadas por todo el estómago. Ha sufrido las consecuencias de su odio por mí.

—Lo siento —digo en un susurro—. Lo siento mucho. No pretendía…

—Lo sé —dice con firmeza—. Sé que este no era el resultado que esperabas cuando te embarcaste en todo eso.

—Hace un gesto con la mano arriba y abajo—.

Pero tienes que entender que lo has arruinado todo.

Tu padre ha tenido que esforzarse mucho en encontrar un sucesor, y Trey y Molly han dejado de hablarnos.

Están intentando imponer a su propia descendencia para el cargo de sucesor mientras el poder de tu padre se desvanece.

Mientras me describe el panorama completo, las náuseas me suben por la garganta.

Knox me dijo que todo estaba bien, pero eso fue hace semanas, y es evidente que las cosas han ido a más.

Sabía que optar por Aria tendría consecuencias, pero nunca llegué a entender lo lejos que llegarían las implicaciones de mis actos.

Nos quedamos las dos calladas, y entonces mi madre pregunta:

—Poet, ¿qué haces aquí? Si tu padre hubiera estado en casa… —Dirige la vista a Rook—. Los dos habríais metido en un lío mucho mayor del que os podáis imaginar.

—Necesitaba algo —digo, escogiendo la mentira que ya llevaba preparada—. Un jersey que me dejé olvidado.

—¿Has vuelto aquí a buscar un jersey?

Asiento.

—Lo necesitaba.

Me mira con ojos recelosos, y estoy convencida de que sabe que estoy mintiendo, pero no insiste ni presiona. Me repasa con la mirada.

—Muy bien, ¿tienes lo que necesitabas?

—Sí.

—Entonces deberíais marcharos.

Se hace a un lado y espera. Rook y yo nos miramos, y le hago un gesto hacia el pasillo.

—Adelántate tú —le digo.

Asiente y va hacia mi madre, se detiene y la mira de arriba abajo. Nunca ha ocultado lo mucho que desprecia a mis padres, pero se queda mirando el moretón del cuello de mi madre, y advierto el contraste entre la mirada suave de sus ojos y la tirantez de sus labios.

—Si un hombre le hubiera puesto la mano encima a su hija, lo habría matado —dice, y mi madre parpadea, boquiabierta. Nadie le ha hablado así jamás. Rook ladea la cabeza—. Aún podría hacerlo.

Ella se lo queda mirando fijamente, con el labio inferior temblando, y Rook se da la vuelta y se marcha por el pasillo.

—Mamá —le digo—. Te habría avisado de que venía, pero…

Se vuelve lentamente y me mira.

—Pero no estaba contestando a tus mensajes. Lo comprendo.

Estoy delante de ella, abriendo y cerrando la boca. Tengo muchas cosas que decirle, pero las noto atascadas en la base de la columna, en un nudo apretado imposible de deshacer.

—Deberías irte —dice.

—¿Y ya está? —pregunto—. ¿Hemos acabado para siempre?

Finalmente, me mira a los ojos.

—No sé qué quieres que te diga, Poet. Tomaste una decisión, y ahora todos tenemos que vivir con ella.

Estoy a punto de decirle una vez más que lo siento, pero entiendo que no tiene sentido. Ni todas las disculpas del mundo cambiarían los hechos.

Se me hace añicos el corazón al mirarla, quizá por última vez.

—Está bien.

Me estoy dando la vuelta para marcharme cuando me dice:

—¿Qué tal el programa de cadetes? —pregunta—. ¿Es todo lo que esperabas?

Suelto un suspiro tembloroso.

—Sí, mamá. Es maravilloso. He pasado al segundo año. Hice el tercer tiempo más rápido en el examen final.

Asiente, y un destello de orgullo le endereza los hombros.

—Cómo no. No me cabía ninguna duda.

Vuelvo a dudar, notando que Rook me espera en la puerta, siendo testigo del dolor y lo desagradable de esta relación entre la única persona del mundo cuya responsabilidad era protegerme y yo.

Me mira el cuello y la máscara que cuelga de mi cadena. Alarga la mano y la toma entre sus dedos.

—¿Sabes por qué te regalé esto? —dice.

Le digo que no con la cabeza.

—Siempre di por hecho que era una metáfora. Algo tras lo que esconderme.

—No —dice, arrugando la frente—. Era un recordatorio para que no fueras como yo. Soy yo la que se escondió, pero tú siempre fuiste muy valiente. Muy resuelta. Y mírate ahora. Tienes personalidad, tomas tus propias decisiones.

Suspira y suelta el colgante, dejando caer la mano a un lado.

—Lo siento —dice—. Si te hubiéramos escuchado, a lo mejor…

Niega con la cabeza, y yo corro a abrazarla con fuerza. Me devuelve el abrazo y las dos nos echamos a llorar.

—Te quiero, mamá —le digo, separándome—. Papá me lo puso muy difícil, pero necesito que sepas que te quiero.

Extiende la mano y me acaricia la mejilla, y cierra los ojos cuando una lágrima le resbala por el rabillo del ojo.

—No tienes ni idea de cuánto te quiero, mi pequeña. Lamentaré cada día que pasemos separadas. No estoy segura de si me creerás, pero es verdad.

—Quizá no sea un adiós para siempre —digo—. Quizá solo sea por ahora.

—Quizá —dice—. Ahora vete, por favor. No quiero que te vea.

Mira a Rook por detrás de mí, y no soy capaz de interpretar lo que veo en su rostro. Tal vez sea respeto a regañadientes. Tal vez un cierto alivio.

—Cuídate —me dice—. Y aférrate a cualquiera que esté dispuesto a luchar por ti, mi niña.

El nudo en mi garganta es demasiado grande para poder hablar, así que me doy la vuelta.

Rook y yo entramos en el ascensor y bajamos en silencio; los números relucen en su cuenta atrás mientras descendemos. Llegamos abajo, nos escabullimos por la puerta de servicio y salimos a las rutilantes luces de la ciudad.

Varios minutos después Rook me pregunta:

—¿Te encuentras bien?

Suelto un suspiro tembloroso. Es como si me hubiera salido de mi propio cuerpo y flotara entre las nubes, ondeando por el cielo.

—No lo sé.

Acepta la respuesta porque lo entiende.

—Gracias —le digo—. Por defenderme. Nadie lo había hecho nunca.

Me observa con lo que solo sabría definir como una mirada escrutadora.

—Ya te lo he dicho: estoy aquí para protegerte, pase lo que pase.