Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 62
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Capítulo 62

L a noche siguiente, Rook y yo entramos en la planta baja de la torre A de la Sociedad Fiama por la entrada de servicio. He entrado y salido a hurtadillas de este edificio las veces suficientes para saber cómo hacerlo sin que nos vea el portero que está sentado en la recepción.

Además, Cyril tiene ochenta y siete años y una tendencia a dormir durante el turno de noche.

Incluso sin utilizar la entrada trasera, escabullirnos por delante de él no resulta muy difícil.

Sin embargo, el trabajo parece darle un propósito, y las torres Fiama están a salvo de los ladrones, pues todas las plantas están equipadas con sistemas de seguridad de última generación.

Un posible delincuente no llegaría muy lejos.

Decidimos vestirnos con ropa normal por si acaso nos vieran. Puedo fingir que estoy volviendo al apartamento de mis padres para coger algo que necesito para mis estudios.

Llevo unos vaqueros y un crop top rosa, mientras que Rook lleva sus inconfundibles tejanos y su camiseta negra con unas botas de cowboy . Mientras esperamos el ascensor, no puedo evitar admirar cómo el gastado tejido se funde con sus muslos y sus caderas.

—¿Qué pasa? —pregunta, enarcando una ceja y, obviamente, leyéndome el pensamiento, a la espera de un cumplido.

Me encojo de hombros.

—Nada en especial.

Sonríe mientras se abre la puerta, y subimos al ático.

—¿Estás segura de que han salido? —pregunta, mirando cómo aumentan los números luminosos.

—Cara me confirmó que esta noche iban a salir a las siete, así que no debería haber peligro.

—¿Quién es Cara?

—Nuestra asistenta.

Me mira, hace una pausa breve y vuelve a fijarse en los números. Me repatea la cantidad de diferencias que se interponen entre nosotros, puestas de manifiesto por los constantes recordatorios de lo separados que están nuestros mundos.

—Tiene la noche libre —digo en voz baja—. Así que no estará por aquí.

—No te estoy culpando por tener una asistenta —me dice.

—Ya lo sé.

—Es que… —Se pasa una mano por el pelo—. Cuando estamos solos, me olvido de quién eres tú y de quién soy yo, y de que nada de esto tiene ningún sentido.

Me acerco y me apoyo en él, de modo que quedamos contra la pared. Me pone las manos en las caderas; sus dedos cálidos se adentran en la piel desnuda de mi abdomen.

—No me importa nada de eso.

—Eso dices, pero estás acostumbrada a un cierto tipo de vida y yo… —Hace una pausa; de su pecho escapa un profundo suspiro—. No tengo ni idea de lo que me aguarda.

Lo miro con curiosidad.

—Acabarás la Academia Amery y te convertirás en guardián de las tormentas —le digo—. Tendrás todos los privilegios de la Sociedad. Y ya no importarán nuestras diferencias.

No contesta y aprieta los labios; luego el ascensor se desliza hasta detenerse y las puertas se abren con un suave sonido metálico.

Entramos en el comedor, solo iluminado por unas pocas luces tenues, mientras Rook, impresionado, suelta un silbido grave.

—Vaya apartamento.

Su tono no conlleva ningún juicio, solo interés y un pelín de asombro.

Se acerca a uno de los ventanales de suelo a techo con vistas a la ciudad y se mete las manos en los bolsillos.

—Y estas vistas. Creo que podría quedarme aquí plantado todos los días. Es casi como si pudiera ver mi hogar desde aquí.

«Mi hogar». Lo dice con tal calidez y anhelo que no sé si he entendido de verdad lo mucho que lo echa de menos hasta ahora.

—¿A qué distancia está? —pregunto, acercándome.

Estamos el uno al lado del otro, contemplando las luces de la ciudad mientras duda. Un vistazo a su perfil me revela una mirada distante, como si no estuviera seguro de cómo responderme. O quizá es que no quiere.

—Lejos. —Es lo único que dice, y, cuando es evidente que no va a añadir nada más, me giro hacia el estudio de mi padre.

—Deberíamos ponernos en marcha —añado yo.

Una lámpara verde sobre el escritorio aporta luz suficiente como para movernos por la habitación. Abro unos cuantos cajones y reviso el contenido, con cuidado de desordenarlos demasiado.

Rook entra y da vueltas por el cuarto, echando un vistazo con un acusado interés a las estanterías, a las obras de arte y a los muebles.

De repente, me siento cohibida por estar con él en el entorno de mis privilegios. Nos hemos esforzado muchísimo por derribar las barreras que nos separan. Contemplar cómo examina la opulencia en la que crecí está eliminando esas líneas tan cuidadosamente borradas.

Abro otro cajón y descubro una hilera de tarjetas brillantes dispuestas ordenadamente en pequeñas ranuras.

—Aquí —susurro, y se acerca.

—¿Cuál es?

Niego con la cabeza y empiezo a sacarlas una por una y las miro a contraluz. Es evidente que algunas se usan para pagos varios, y otras son distintos tipos de identificaciones.

—Estas son copias de las llaves del apartamento —digo, y las vuelvo a colocar en sus rendijas y descubro unas pocas tarjetas rojas blasonadas con el logo de la casa Fiama—. Estas deben ser de su despacho.

Reviso las otras hasta dar con un cuadrado plateado liso, sin marcas ni símbolos. Lo levanto y lo examino al trasluz.

—¿Tú qué crees?

—Si quisiera crear una llave para una oficina de seguridad de alto secreto, lo más seguro es que la hiciera lo más anodina posible —contesta Rook.

Asiento, pero hay algo en ella que no me cuadra. Recuerdo con claridad el destello rojo en la mano del sucesor de Asale.

—O camuflarla para que pareciera otra cosa —digo, cogiendo las tarjetas de la casa Fiama.

Les doy la vuelta y las examino bajo la luz de la lámpara, comparándolas en busca de algún indicio.

—Esta —digo, mostrando una tarjeta sin nada escrito en el dorso. La inclino hacia la luz y vislumbro un destello holográfico del logo del Escudo, ingeniosamente oculto, a no ser que lo estés buscando expresamente.

—Vale —dice Rook con una expresión escéptica—. Si estás segura…

—No lo estoy, pero esperemos que mi corazonada sea cierta.

Vuelvo a colocarlo todo en su sitio en el cajón y me meto la tarjeta en el bolsillo trasero.

—Salgamos de aquí.

Entramos de nuevo en el comedor y Rook se detiene.

—¿Puedo ver tu cuarto?

—¿Por qué?

—Tengo curiosidad. Quiero ver qué es lo que inspira a Poet Graves.

Miro hacia la puerta, preocupada por el tiempo que hemos tardado.

—Solo un segundo —dice, y lo llevo por el pasillo y le abro la puerta.

La luz de la ciudad ilumina las superficies, llenando de sombras los rincones poco iluminados.

—Es que… —Intento encontrar una explicación de por qué parece la habitación de una niña—. No llegué a redecorarla.

Sonríe burlón mientras se mete las manos en los bolsillos y echa un vistazo al espacio.

—Es extrañamente muy tú.

—¿Qué? ¿Pretenciosa? ¿Ridícula e inmadura? ¿Demasiado complicada?

Se le escapa una risita, y luego se gira hacia mí y me pasa un dedo por la línea del pelo, bajando por la curva del mentón.

—No, cálida y segura. Hermosa y especial. —Hace una pausa—. Ocultando por debajo capas de emoción.

Le dedico una media sonrisa.

—Seguro que estás mintiendo, pero me lo creeré.

Esboza una hermosa sonrisa que, inexplicablemente, se me clava con dolor en el corazón. Me supera lo endeble que parece todo esto. Como si fuéramos dos vasos de cristal abandonados sobre un alféizar durante un día de viento.

—Se me hace raro que estés aquí —le confieso—. No pensé que volvería a ver este sitio. Es como si compartimentara mi vida en antes y después de Fiama, y este apartamento vive en el antes, donde creo que se quedará para siempre.

Ladea la cabeza.

—¿Y yo estoy en el después?

—Sí. Eres parte de mi vida real actual. En la que me valgo por mí misma y donde, por fin, he empezado a ser sincera con quien quiero ser.

El orgullo le resplandece en los ojos cuando me toma la mano y me besa los dedos.

—Gracias por enseñarme este pedacito de ti. Nos deberíamos ir yendo.

Asiento, y se encienden las luces, proyectando sobre nosotros una dura mirada acusadora. Nos giramos y vemos a alguien en la entrada.

—Mamá —digo sin aliento.