Capítulo 60
E sa misma noche, más tarde, Rook y yo nos sentamos junto a la chimenea en nuestra habitación, intentando encontrarle un sentido a todo lo que ha pasado.
—¿Por qué no ha funcionado su dispositivo con nosotros? —pregunto—. ¿Estaba defectuoso? ¿O solo nos ha pasado a nosotros?
—No creo que estuviera defectuoso —responde Rook, leyendo algo en su teléfono.
Hemos tirado unos cuantos cojines al suelo, y él está apoyado en uno de ellos con el brazo por debajo de la cabeza.
La luz anaranjada se le refleja en la nariz y en las mejillas, resaltando la corona de su pelo negro—.
Aquí dice que ya han capturado a muchas personas utilizándolos. Creo que funcionan.
Suelto un resoplido y me siento sobre las rodillas.
—A no ser que estén mintiendo —digo—. Que intenten que parezca que están haciendo algo.
—Es posible —dice él—. Pero intuyo que no.
—Somos distintos. De eso estoy segura. Tenemos algo diferente, ¿no?
Me mira, y luego aparta la mirada y se queda mirando al fuego.
—¿Qué? —pregunto—. Hay cosas que no me has contado.
Rook suspira y se incorpora, llevándose una rodilla al pecho.
—No fui del todo sincero contigo cuando te dije que nunca había conocido a otro centinela —empieza—. Hay muchos en las Cloacas.
No me sorprende en absoluto oír eso.
—¿Por qué me mentiste sobre el tema?
Niega con la cabeza.
—Porque aún no estaba seguro de poder confiar en ti.
Pero creo que no soy como los demás centinelas.
Pensaba que era el único, pero entonces te conocí a ti.
—Lo observo, esperando a que continúe—. Parte del motivo por el que vine a Nuevo Manhattan era descubrir por qué soy distinto.
Creo que no soy un centinela, por lo menos no de la manera en que siempre se ha definido.
Y tampoco creo que tú lo seas. Lo cierto es que te dije que nunca había tocado a otro centinela durante una tormenta, pero sí lo he hecho.
No tuvo ningún efecto. Lo que nos ha pasado a nosotros… , eso ha sido algo nuevo.
—Entonces ¿qué somos? —susurro.
—No estoy seguro —dice, negando con la cabeza.
—¿Por qué quieres saberlo? Aparte de por lo obvio.
Se acaricia la mandíbula.
—Siempre me he preguntado si quizá estoy protegido de la locura.
Me lo quedo mirando, sopesando el alcance de lo que ha dicho.
—¿Y crees que el Escudo sabe lo que eres? ¿Que existes?
—Tal vez.
—Si lo supieran, ¿no nos lo dirían? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—Puede que nuestro desconocimiento les suponga alguna ventaja.
—¿Como cuál?
Vuelve a negar con la cabeza.
—No estoy seguro.
—Pero tienes una corazonada.
Suspira y estira las piernas; después se pasa las manos por la cara.
—No lo puedo afirmar con seguridad, pero creo que existe por lo menos una persona más como nosotros.
Arrugo la frente.
—¿Quién?
—La general Sol.
Se me escapa el aire del pecho como si me hubieran golpeado.
—La general Sol. ¿Crees que no es una centinela de verdad?
—¿No te parece lógico? ¿Por qué es la única que no ha sucumbido a la… infección?
—Porque está entrenada para combatirla —sostengo—. Aprendió a hacerlo… —Me quedo sin palabras mientras Rook me mira, esperando a que acabe mi argumentación—. Y esa podría ser otra mentira.
Ladea la cabeza.
—Es muy posible.
Suelto un bufido tembloroso y frustrado.
—No es más que un presentimiento —dice—.
Pero quiero averiguarlo. No sé cómo. —Suspira—.
En fin, era una esperanza vana. Llevo meses intentando obtener más información sobre la investigación de la Tempestad, pero está bloqueada dentro de los ordenadores del Escudo, a los que no albergo la esperanza de poder acceder.
Pensé que unirme a la guardia de las tormentas me lo facilitaría, pero fue una ingenuidad.
Tendría que ascender a un rango mucho más alto, lo que me llevaría años.
Nos quedamos los dos callados, escuchando el crepitar de los troncos que arden.
—¿Crees que, si pudiéramos demostrarle al mundo que somos algo distinto, eso nos protegería de los extinguidores?
—Quizá —contesta.
—Y crees en serio que es posible que seamos inmunes a la infección.
—Cada día estoy más seguro de eso. Pero necesitamos pruebas. Si no, nadie nos creerá.
—Y el Escudo podría estar ocultando esta información.
—Alguien debe saberlo, y parece el sitio más probable para empezar.
Sopeso todo lo que me está contando. He vivido con miedo durante la mayor parte de mi vida. Detesto lo que soy. Me detesto por no ser lo bastante valiente para entregarme.
No obstante, ¿y si solo «parezco» aquello que todos temen? ¿Y si pudiera escapar de esta maldición?
—De todos modos —dice Rook—, no tengo ni idea de cómo acceder a los ordenadores del Escudo, así que probablemente sea imposible.
—Los ordenadores del Escudo. ¿Es eso lo que necesitamos?
—Sí, pero…
Me incorporo de un salto y voy hacia la puerta.
—¿Dónde vas? —me pregunta Rook.
—Enseguida vuelvo. Tengo una idea.
Lo primero que hago es enviarle un mensaje a Edward.
Nos hemos estado mensajeando, ya que me he interesado por él varias veces a la semana para asegurarme de que se encontraba bien.
Me siento fatal por no haber pasado más tiempo juntos.
Era el novio de Trinity, pero él y yo también éramos amigos.
No creo que Trinity estuviera obligada a quedarse con él si ya no seguía interesada, pero también creo que ella le debía algo más que cortar con él sin pensarlo dos veces.
O quizá es que yo también estoy resentida por cómo me abandonó. Me lo encuentro sentado en un rincón tranquilo de la cantina con los hombros encorvados mientras picotea de su comida. Tiene un aspecto horroroso —delgado, agotado y pálido—, y me siento enfrente de él, a lo que levanta la vista.
—Hola —me dice, hosco, removiendo sus fideos con un movimiento apático.
—Hola —contesto—. ¿Cómo andas?
Se encoge de hombros y engulle una cucharada.
—¿Cómo te parece que ando?
—Lo siento —le digo—. Te merecías algo mejor que esto.
Pone los codos sobre la mesa con un suspiro.
—¿Has hablado con ella?
—No mucho —digo—. La verdad es que nos hemos distanciado. Está muy ocupada con sus nuevos amigos.
—No entiendo qué le ha pasado.
—La gente cambia, supongo.
—Desearía… —Se queda sin palabras y apuñala con tanta fuerza un tomatito con el tenedor que sale volando del plato. Casi me da en el hombro, pasa de largo y aterriza en el suelo—. La echo de menos —dice, tan bajito que casi no lo oigo.
Deslizo la mano por encima de la mesa, dejándola a su alcance.
—Yo también la echo de menos.
—¿Está saliendo con otro?
Trago el nudo que tengo en la garganta. Sé que mi respuesta le hará daño.
—Puede ser.
Deja caer la cabeza entre las manos, y espero un momento para que recupere la compostura.
Observo que entran y salen varias personas, algunos de los cuales nos lanzan miraditas.
Estoy sentada en la parte del salón que pertenece a Fiama, y solo es cuestión de tiempo que eso a alguien le suponga un problema.
—¿Cómo te van las clases? —pregunto—. No estarás faltando por esto, ¿no?
Aprieta la mandíbula.
—¿Y qué si no voy?
—Edward, Trin no querría que jodieras tu futuro por su culpa.
Se encoge de hombros como si no se lo creyera. Luego coge el tenedor, lo dirige a otro tomate y asegura su presa.
—No iba —dice, metiéndoselo en la boca—. Al principio, me fumaba las clases, pero llamaron a mi madre, y me echó un buen rapapolvo. —Hace una mueca—. Cielos, a veces se me olvida lo fuerte que puede gritar.
Se me escapa una risa por la nariz porque la imagen del rostro furioso de la señora Chu me parece tan… normal.
—Puede ser aterradora —coincido, y me regala una risita.
Ladea la cabeza y me mira.
—¿Tú estás bien? —me pregunta, cauteloso.
Alzo los hombros.
—Todo lo bien que puedo estar.
—¿Qué tal la formación de cadetes?
—Bastante guay —le digo con sinceridad, y me brinda una sonrisa tímida.
—Me alegro. Siempre te he considerado también amiga mía. —Se mete otra cucharada de fideos en la boca—. Bueno, ¿por qué querías hablar conmigo?
Inspiro hondo. Necesito que confíe en mí, teniendo en cuenta los pocos detalles que puedo darle.
—Necesito algo. Una información.
—¿Qué tipo de información?
—Del tipo confidencial que posiblemente solo se encuentre en los ordenadores del Escudo.
Me mira extrañado.
—¿Estás metida en algún lío, Poet?
—Quizá. Algo así. Es posible, sí.
Frunce el entrecejo.
—Vas a tener que ser más explícita.
Compruebo que estemos completamente solos y entonces me inclino hacia delante.
—Necesito información sobre la investigación de la Tempestad y sobre lo que tengan de los centinelas de la centella. —Bajo el volumen con cada palabra hasta que al final prácticamente las articulo sin hablar.
Edward se sorprende y recorre el salón con ojos inquietos.
—No cuentes nada —le ruego—. Te lo suplico.
No creo que me vaya a delatar.
—Poet… —dice entre dientes.
—Lo sé, te estoy pidiendo demasiado, pero esto es importante. Si no, no te lo pediría.
Edward me examina, y un instante después relaja los hombros.
—Aunque accediera, no puedo jaquear esos ordenadores. Sería una misión suicida. Tendríamos que hacerlo de manera remota, y no dispongo del equipo que necesitaría para borrar nuestro rastro.
Sus palabras rebosan escepticismo, pero sé que ya está pensando en las posibilidades. El reto. A fin de cuentas, a Edward siempre le han chiflado los enigmas.
—¿Podrías conseguir el equipo?
—Tal vez, pero sería difícil. No es algo que puedas comprar en una tienda y ya está. Tendría que reunir varios componentes; lo más probable es que tuviera que construirlo yo mismo desde cero. Y nos harían muchas preguntas. Preguntas que supongo que no querrás contestar.
Me mira fijamente mientras yo resoplo, frustrada.
—Tiene que haber un modo de hacerlo.
—Si tuviera acceso a ellos desde dentro de la Ciudadela —reflexiona, removiendo su pasta y pegándole otro bocado—, entonces podría encontrar cualquier cosa en esos ordenadores.
—¿Desde dentro? —pregunto—. ¿Te refieres a colarnos en el ala de seguridad del Escudo?
Mastica pensativo.
—Yo no he dicho «colarnos», pero es interesante saber qué es lo primero que te ha venido a la mente.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo lo haríamos si no? ¿Pidiéndolo amablemente?
Me apunta con el tenedor.
—Pues no vas desencaminada.
Se mete otra cucharada de espaguetis en la boca mientras le doy vueltas en la cabeza a un millón de ideas.
Recuerdo al sucesor de la casa Asale accediendo al ala de comunicaciones con su tarjeta magnética.
¿Me atrevería a pedírsela a mi padre?
No, no podría.
Tendría que robársela.
También resulta interesante lo rápido que se me ha ocurrido eso.
—¿Y esa miradita? —pregunta Edward, masticando y dándole vueltas a las púas de su tenedor delante de mi cara—. Estás ideando algo.
—¿Y si pudiéramos colarnos? —propongo—. Olvídate de la logística. ¿Y si consiguiera que nos coláramos allí? ¿Lo harías? ¿Lo podrías hacer?
—¿Por qué, Poet? Me podrían detener. Y a ti también.
—Lo sé —susurra—. Pero estoy metida en un lío. Alguien que me importa… Alguien a quien amo está en un lío. Si no encontramos lo que estamos buscando, me asusta lo que nos pueda deparar el futuro.
Sus ojos negros me estudian; algo cruza su rostro.
—Eres la única persona que se ha interesado mínimamente por mí desde que Trin y yo rompimos —dice—. Nadie más se ha preocupado ni me ha preguntado cómo lo llevo.
—Vaya —le digo, confusa por el giro que ha dado la conversación—. Lo siento.
Niega con la cabeza y se limpia la boca con una servilleta.
—No, a ver, que lo valoro mucho. Te agradezco que tú no te olvidaras de mí también.
—Somos amigos —le digo.
—¿Me podrás decir qué es lo que estoy buscando específicamente?
—Creo que deberíamos esperar hasta que estemos dentro. Por si acaso.
Asiente como si fuera la respuesta que esperaba.
Luego, deja el tenedor y se limpia las manos.
Echa un vistazo al salón, recorriendo con la mirada a los demás alumnos, y se le ensombrecen los ojos.
Miro hacia atrás y veo que ha entrado Trinity con sus nuevos amigos.
Otro recluta le tiene echado un brazo sobre los hombros —no es el mismo que conocí en el barco, es otro— y, por el lenguaje corporal de ambos, es evidente que son algo más que conocidos.
Me vuelvo para mirar a Edward, que tuerce el gesto mientras aprieta la mandíbula. No tengo ni idea de qué decir.
Nos miramos.
Niega con la cabeza, y pienso que se va a levantar para marcharse pero se produce un cambio en su expresión.
La incertidumbre se torna resolución. Como si acabara de llegar a alguna conclusión. Entonces, me mira fijamente.
—A la mierda. Si nos puedes colar, y esa información existe, te encontraré cualquier cosa que quieras.