Capítulo 59
M e quedo quieta durante unos pocos segundos más, centrada en el mismo punto. Quizá estoy esperando a que los extinguidores irrumpan entre los árboles.
Cuando no advierto ningún otro movimiento, me digo a mí misma que no era nada. Eso espero.
No tengo tiempo para preocuparme por ello.
Bajo por el poste y luego serpenteo por otro sendero, girando aquí y allá hasta encontrarme con otro lago con un puente que lo cruza.
Una ráfaga de centella ya se ha cargado una tercera parte de la estructura, donde las brasas aún humean en las planchas.
No me quedará otra que saltar. Gracias a la adrenalina que me recorre las venas, apenas siento nada cuando atravieso el puente a toda velocidad, y luego salto y aterrizo al otro lado para retomar mi carrera.
Empiezo a ser ligeramente consciente de un parpadeo delator sobre mi cabeza.
Está demasiado lejos para oír el zumbido creciente, pero tengo la premonición de que la red se está preparando para volver a soltar una descarga.
Aprieto el paso justo cuando una línea brillante se despega de la red e impacta en el puente, casi justo delante de mí.
Grito, intentando esquivarlo. Lo único que consigo es perder el equilibrio, caer por el borde y precipitarme al lago, donde el agua helada me inunda la boca, la nariz y las botas.
«Joder, joder, joder».
Pateo y agito los brazos, y consigo salir a la superficie y agarrarme a un trozo de escombro. Mientras recupero el aliento, empiezo a alejarme flotando. El puente arde lentamente y humea, con diminutas llamas que lamen los bordes.
Tardo un instante en recordar que, si me salgo del recorrido, quedo eliminada. No sé dónde acaba el límite, pero no me la voy a jugar. Pataleo en el agua, con las botas pesadas que me lastran, pero que no me puedo quitar. Las sigo necesitando para completar el examen.
El puente sigue ardiendo parsimonioso en el punto en que ha sido alcanzado por la energía, así que maniobro para alejarme. Sopeso nadar hasta la orilla más alejada, pero, aparte de que me llevaría más tiempo, no sé si eso contraviene las reglas. Es demasiado riesgo.
Me agarro al borde del puente, pero sin barandillas, no hay nada que pueda utilizar de palanca, a excepción de las resbaladizas planchas. Paso una pierna empapada por encima del borde y después la otra, y acabo rodando sobre la espalda.
La red chisporrotea por encima de mí, casi como si se riera.
O es que se me está yendo la olla de verdad. Sin embargo, algo en mi interior me dice que, si me quedo allí demasiado tiempo, seré un blanco fácil.
Con un quejido, ruedo sobre manos y rodillas y me obligo a levantarme. El mismo tobillo que me torcí hace unos meses me duele al dar un paso. Me lo debo haber vuelto a lesionar. Ignorando el dolor, corro hasta el final del puente y me sumerjo entre los árboles una vez más.
Durante un breve instante, el sendero continúa, rodeando una fuente que está destrozada. La paso corriendo a toda prisa, deduciendo que estaré más a salvo de la centella entre los árboles.
Más adelante, el bosque se abre y deja a la vista un campo abierto. En el extremo más alejado, diviso a varias personas que gritan y aplauden, y contengo un sollozo de alivio.
Pero ese alivio dura poco cuando veo que hay extinguidores que esperan con los que han acabado.
Rememoro el momento en que me alcanzó la centella.
¿Vi a una persona? ¿Me vio a mí?
No me puedo quitar de la cabeza ese vislumbre de alguien.
Ralentizo el paso mientras todos me alientan. Rook me observa con cara rara. Se da cuenta de que algo va mal, pero no puedo advertirle.
Cojeo hasta la línea de meta, centrada solo en el rostro preocupado de Rook.
Si se me van a llevar, quiero que esto sea lo último que vea.
Atravieso la línea entre un coro de vítores, conteniendo el aliento.
Pero no ocurre nada. Los extinguidores conversan entre ellos mientras el E-scuadrón está entretenido haciendo payasadas. Rook me abraza, y yo le devuelvo el abrazo, hundiendo la cara en su pecho.
Ya me da igual que nos vean.
—¿Estás bien? —me susurra, tomando mi cara entre sus manos.
—No lo sé. Luego tengo que contarte algo. —Me lanza una mirada inquisitiva, pero sacudo la cabeza imperceptiblemente—. Más tarde.
No es solo el hecho de si alguien me vio o no, sino también el enigma añadido de que los dos hayamos podido engañar al nuevo artilugio de los extinguidores.
Hay algo que no cuadra.
Estamos los dos delante de la línea de meta esperando que lleguen los demás. Cuando Domino y Journey la cruzan, nos abrazamos y chocamos los cinco, y yo incluso recibo felicitaciones de mis antiguos colegas de la casa Fiama y de los nuevos de la casa Aria.
La guardia de las tormentas por delante de la Sociedad. Eso es lo que nos prometió Henry.
Nos estamos convirtiendo en un equipo, de un modo lento pero seguro, e intento mostrar entusiasmo, aunque me arde el estómago.
Advierto a la misma quiebratormentas que vi durante la carrera, con su brillante cabello pelirrojo que resplandece a la luz del sol.
Intento captar su atención, pero no mira en mi dirección.
—¡Cadetes! —grita Henry cuando ve que ya han llegado todos—. ¡Buen trabajo! Lo habéis conseguido. Hacía años que un curso entero de la guardia de las tormentas no completaba ninguna carrera.
Todos lo celebran y lo jalean, y él sonríe, dejándonos un momento para saborear esta victoria.
Cuando volvemos a quedarnos en silencio, sostiene en alto su tablet.
—Y para nuestros ganadores.
La gente en el círculo comparte miradas nerviosas.
No tengo ni idea de cuál ha sido mi tiempo.
No he sido la más rápida, pero por el aspecto demacrado de todo el mundo está claro que no he sido la única que lo ha pasado mal hoy.
Hay una chica a la que aún le humea el pelo, unos pocos que están empapados y otros tantos que se curan rodillas y codos magullados.
Nombra a los tres primeros clasificados de Fiama, Asale y Tera. Se escuchan muchos vítores y palmaditas en la espalda. Sonrisas y felicitaciones.
—Y, finalmente, Aria —dice—. En tercer lugar, con treinta y un minutos y cuarenta y tres segundos tenemos a… ¡Poet Graves!
Estoy tan sorprendida que al principio no reconozco el nombre, pero Domino y Journey me abrazan. Los demás se unen al abrazo mientras Henry me hace un gesto para que vaya delante. Me acerco, y él sonríe mientras extiende la mano.
—Sabía que tenías el gen de guardiana de las tormentas de los Graves —dice con un guiño. Luego me mira—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí —digo, aún consciente de la intrusión de los extinguidores en nuestra celebración.
—Vale, buen trabajo —dice Henry, haciendo un gesto para que me quede a un lado mientras vuelve a consultar su tablet.
—En segundo lugar, con veintinueve minutos y doce segundos tenemos a… ¡Domino Parsons!
Domino chilla, y yo con ella, mientras se aproxima corriendo y se me abraza al cuello.
—¡Aaah! —grito, levantándola y dando vueltas con ella en círculos mientras ella también grita—. Eres la bomba.
Cuando la bajo, Henry le da la mano y la alaba, antes de volver a consultar su tablet.
—Y, en primer lugar, con un tiempo récord en Amery de veinticinco minutos y catorce segundos, ¡Rook Athira!
Se oye un coro de vítores y Rook parpadea, abriendo los brazos lentamente y negando con la cabeza, acercándose tranquilamente. Su actitud es relajada y serena, pero leo su sorpresa en la disposición de sus hombros. Creo que empiezo a entender las pistas que me da su cuerpo.
Esboza una media sonrisa cuando Henry le estrecha la mano con fuerza.
—Buen trabajo —dice—. Nunca he visto correr así a nadie. —Le da una palmada en el hombro a Rook y luego en la espalda, y después parece que esté a punto de estallar de orgullo.
No se me escapa que los más rápidos han sido tres de los marginados de la Sociedad. No tengo ni idea de cómo he conseguido hacerlo.
El caso es que, por ahora, todos se alegran por nosotros.
—No solo habéis ganado una plaza en la formación del segundo año —dice Henry—, sino que además los miembros del Escudo en persona os premiarán por vuestro logro con un obsequio especial en el baile de graduación.
Mientras todos lo celebran, yo esbozo una sonrisa por los demás e intento parecer feliz.
A fin de cuentas, me he ganado un sitio en el segundo año de formación.
Es lo que siempre he querido.
Mientras se lleva a cabo otra ronda de felicitaciones, me balanceo sobre los pies, inquieta e incómodamente consciente de que alguien me vio. Cuantas más vueltas le doy, más segura estoy de ello.
Observo nuestro entorno, en busca de alguna pista.
Alguien me pone una mano en el hombro, y pego un respingo, y descubro que no es más que Trinity, que me sonríe. Lleva el cabello pelirrojo recogido hacia atrás en un moño alto, y me escruta con sus ojos grises.
—Buen trabajo —dice—. Y enhorabuena.
—Gracias —respondo—. ¿Cómo te va?
—Bien. —No dice nada más y me envuelve en un prolongado abrazo—. Estoy orgullosa de ti.
Luego retrocede, examina mi rostro con una sonrisa forzada, se da la vuelta y se aleja.