Capítulo 58 #2
—Raine habría estado muy orgulloso de ti —afirma, y ojalá al oír eso no me entraran ganas de llorar—. ¡Preparada! —grita—. ¡Lista! ¡Ya!
Y entonces salgo.
Corro entre los árboles, siguiendo las marcas por un sendero estrecho y umbrío. Mi primera parada es una torre de unos cuantos palmos de anchura, adornada con escalones metálicos. Los subo, una mano tras otra, hasta alcanzar una cuerda atada a un travesaño que cruza un amplio espacio.
No puedo evitar pensar en mi prueba para la Sociedad, cuando casi mataron a dos personas inocentes en estos mismos árboles. Me pregunto qué habrá sido de ellos y espero que se encuentren bien.
Pero tengo que concentrarme.
Vacío la mente de todo pensamiento que no sea yo misma y los obstáculos en mi camino.
Agarro la cuerda y me impulso, sacudiendo las piernas y aterrizando en la lejana plataforma con espacio de sobra.
Esa acción tiene el efecto de aclararme la mente y hacer que me enfoque.
Alejo de mis pensamientos a los extinguidores y mi prueba para la casa, e incluso a Rook.
A continuación, llego a un círculo de anillas prendidas de una cuerda que cuelga a gran distancia del suelo.
Agarro la primera y me impulso, y comienzo la ardua tarea de avanzar por ellas.
Es durísima, pero no tan abrumadora como pensaba.
Es la primera oportunidad que tengo de asombrarme de lo fuerte que me he puesto en los últimos meses.
Aun así, cuando llego a la marca de tres cuartos, los hombros se resienten y me duelen los brazos.
Si caigo, no creo que me mate, pero es bastante probable que me rompa un tobillo, que supongo que es el objetivo.
Advierto a alguien escondido entre los arbustos bajo los árboles: una mujer de piel bronceada y una larga trenza pelirroja, entretejida con hebras de color ciruela.
Su brillante arnés púrpura me dice que se trata de una de los quiebratormentas que nos vigilan.
Una vez más, salvo la siguiente plataforma para llegar a un nuevo poste de escalada.
Cuando llego abajo, la ruta me conduce por un sendero estrecho, bordeado por densos matorrales, y alcanzo un pequeño recodo de un lago con un columpio con un travesaño de equilibrio que lo atraviesa.
La red que hay por encima de mi cabeza emite un zumbido y, en algún punto hacia mi derecha, se produce el primer estallido de centella.
Se precipita hacia abajo, y presto atención por si oigo algún sonido que sugiera que le ha dado a alguien. Cuando no ocurre nada, suspiro aliviada, preocupada sobre todo por Domino, Journey y Rook.
Salto sobre el travesaño y, con los brazos extendidos, lo cruzo con cuidado, manteniendo el equilibrio. Es sorprendentemente sencillo, teniendo en cuenta lo anterior; me bajo y corro hasta el siguiente poste, donde me encuentro otra escalera que se adentra entre los árboles.
Mi confianza se tambalea cuando diviso el obstáculo que tengo ante mí.
Es una plataforma larga y estrecha, con poco menos que unos palmos de distancia entre las planchas y la red electrificada que se cierne sobre ella.
El objetivo está claro: deslizarse por ella sin romper la barrera.
Me pregunto si ya le ha dado una descarga a alguien, pero no advierto ningún cuerpo chamuscado en los alrededores. Espero que sea una buena señal.
Me pongo a cuatro patas y entonces me doy cuenta de que la coleta me dará problemas.
Me suelto el pelo y me hago una trenza rápida bien apretada que caiga a la altura del hombro.
Luego me tumbo plana sobre el estómago. Hay una distancia mínima entre la centella, a la espera de desenmascarar mis mentiras, y yo.
Joder, esto va a estar muy justo. Lentamente, usando las yemas de los dedos, me arrastro hacia delante, centrándome en mantener el estómago y las caderas pegados a la superficie. Inclino la cabeza hacia abajo cuando mi mejilla roza la plancha de madera.
Con las manos extendidas adelante, me inclino hacia el frente y luego avanzo poco a poco, milímetro a milímetro, utilizando las puntas de las botas para hacer palanca.
El sol está saliendo sobre el parque, atravesando las nubes matinales con su calor.
Una gota de sudor me resbala por la sien cuando me paro a descansar.
El zumbido grave de la red resuena en mis oídos como el canto de una sirena que me atrajera hacia las rocas escarpadas.
El sonido se intensifica, aumentando la frecuencia. Se me escapa un quejido; seguro que es señal de que la red está a punto de emitir una descarga. ¿Y si decide que este sería un buen lugar? A lo lejos se produce un impacto y alguien grita. Aúllo y me retuerzo, intentando no saltar y tocar la red.
Un instante después, todo queda en silencio, salvo el zumbido grave de la centella.
No me atrevo a levantar la cabeza para comprobar mis avances, pero calculo que estoy a mitad del recorrido. Alargo las puntas de los dedos y prosigo un poco más con una serie de pesados quejidos y jadeos.
Fijo la punta de la bota a la madera y me estremezco al clavarme una astilla en la palma de la mano. Alguna otra cosa se mueve junto a mi ojo; me aguanto las ganas de frotármelo y parpadeo rápido con la vista acuosa.
Poco a poco, avanzo lentamente hasta llegar casi al final.
Cuando me quedan uno o dos palmos, me dejo caer sobre la madera para recuperar el aliento, rezando para que esta sea la parte más difícil de la ruta. No creo.
Una vez que estoy lista, me desplazo unos milímetros más justo cuando el zumbido se vuelve a intensificar. No sé por qué, pero mi instinto me dice que viene a por mí.
Con cada pizca de fuerza que soy capaz de reunir, me arrastro hasta el final y doy un salto en cuanto supero la red. Una descarga de energía impacta en el lugar exacto en el que estaba tendida y me alcanza en el pie.
No grito. En vez de eso, me lanzo detrás de un árbol y me quito las chispas que me suben por la pierna, dándome golpes y palmadas hasta que se apagan.
Es entonces cuando advierto un movimiento entre los arbustos.
Una figura sombría se mueve y después retrocede.
Un destello pelirrojo.
Creo.
Me quedo quieta, con la esperanza de haberlo imaginado.
Se me tensan los músculos; el corazón me late desbocado en la garganta.
¿Había alguien ahí? ¿Un extinguidor?
¿O era la quiebratormentas que vi antes?
¿Lo han visto?