Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 57
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Capítulo 57

E l día siguiente es duro.

No estoy segura de cuánto he dormido cuando abro con dificultad mis ojos legañosos, y corro de inmediato al baño.

Al volver, advierto que alguien me ha dejado un vaso de agua y un bote de analgésicos en la mesita de noche.

Desvío la mirada a Rook, que duerme plácidamente en su cama, con un brazo por encima de la cabeza y el otro reposando sobre su vientre desnudo.

Intento recomponer los acontecimientos de anoche, pero estoy casi segura de que sigo borracha. Cielos, hace doce horas salir de fiesta me parecía una idea estupendísima…

Me tomo unas pastillas, me bebo el vaso entero de agua y desaparezco bajo la manta. Durante el resto de la mañana, alterno entre la cama y arrodillarme en el suelo del baño deseando morirme.

Hacia el mediodía, llega Rook con tostadas, fruta y café. Me incorporo, acepto la taza y le doy un sorbo largo. Al instante me siento más humana.

—Gracias —gimo—. ¿Tú por qué estás tan fresco? También estuviste bebiendo.

—Está claro que tolero mejor la bebida —me contesta con un guiño.

—Bueno, pues has sido demasiado bueno conmigo esta mañana.

—Déjalo ya, anda —dice con cierta sequedad mientras acerca la silla de mi escritorio y se sienta—. Necesitabas desahogarte un poco. Todos hemos pasado por eso. Te mereces que te cuiden.

Suaviza la voz al final, y su franqueza es tan sincera que casi le creo.

—Te lo agradezco —le digo.

Asiente y pone los codos sobre las rodillas.

—Ahora que ya te sientes mejor, tienes que ver algo.

—¿El qué?

Me pasa su móvil, abierto por un boletín informativo.

—Anoche hubo más asesinatos.

Ojeo el artículo. Esta vez, dos decenas de personas halladas en mitad de un mercado callejero.

—¿Están diciendo que fue un centinela de la centella? Pensé que serían solitarios.

—Sí. —Aprieta los labios—. Pero los cuerpos se parecen a los de los que murieron a manos de los centinelas. Los solitarios no tienen motivos para matar con esa violencia tan temeraria. Solo una mente torturada sería capaz de una brutalidad así.

Sigo leyendo el artículo. Se atribuyen a la sucesora Beaufort unas declaraciones diciendo que, en vista de estas muertes, se duplicarán las patrullas de extinguidores como medida para redoblar sus esfuerzos por erradicar a un mayor número de infectados.

—¿Qué es esto? —pregunto, señalando donde insinúa que también disponen de un nuevo dispositivo—. ¿A qué se refiere?

Me mantiene la mirada.

—No tengo ni idea, pero no suena bien.

—Suena peligroso —contesto, devolviéndole el teléfono y exhalando un suspiro de frustración—. ¿Acaso somos monstruos, Rook? ¿Deberíamos entregarnos? ¿Y si matamos a alguien?

Me analiza.

—¿Crees que eres un monstruo, Poet? ¿Crees que yo lo soy?

Suelto un resoplido.

—Eso es todo lo que me han contado —digo—. Que soy un peligro. Un problema que gestionar.

No dice nada, dejándome espacio para continuar.

—Pero mintieron sobre ti.

Enarca las cejas y se sienta más recto.

—Quizá también han mentido sobre esto. —Releo el artículo—. Deberían estar ayudando a la gente como nosotros, no cazándonos.

—Lo sé —responde, y levanto la vista.

Me da la impresión de que hay algo que no me está contando, pero los dos nos quedamos callados un instante.

—¿No tienes a veces la sensación de perder la cabeza? —pregunto cautelosa.

Inspira y sopesa la pregunta.

—A veces, después de tocar la centella, noto la mente sobrecargada. Porosa. Como si no estuviera del todo intacta, pero solo dura un momento.

—A mí me pasa igual —le digo.

—Sin embargo, las dos últimas veces, cuando estábamos juntos, no me pasó. Hubo algo distinto.

Asiento porque a mí me ocurrió lo mismo. Me echa una mirada que no sé interpretar. Lo único que sé es que estoy asustada.

Cielos, qué cansada estoy de tener miedo todo el tiempo.

Que les den a los extinguidores. Que le den al Escudo por hacernos esto.

—Tenemos que ir con cuidado —dice Rook—. Si sospecharan de alguno de los dos…

Nos miramos. Si nos pillan a cualquiera de los dos, estamos muertos.

—¿Tu padre no te podría proteger? Es un hombre poderoso.

Le digo que no con la cabeza.

—No quiere saber nada de mí y, aunque quisiera, no estoy segura de que no fuera el primero dispuesto a entregarme. Siempre ha sido fiel al Escudo.

Rook está callado, y levanto la vista y veo que mira fijamente un punto en el suelo con una expresión sombría. Murmura algo entre dientes que soy incapaz de descifrar, pero que suena mordaz. Se pasa una mano por el pelo con un prolongado suspiro.

Luego, me tiende la mano y me acerca a él.

—¿Cómo te sientes ahora?

Me encojo de hombros.

—Tal y como cabría esperar. Gracias otra vez por cuidarme anoche.

Esboza una sonrisa.

—Creo que me gusta verte hecha un desastre.

Suelto un bufido indignado.

—Estaba completamente serena. —Se ríe y me recuesto en él—.

Me gustó cuando le chillaste a Riley por dejar que me tropezara.

¿Por qué te mosqueaste tanto? —Adopta una expresión contrita mientras me cruzo de brazos, inclino la cadera y le echo una mirada de superioridad—. En realidad, no fue culpa suya.

—Tenía que mosquearme con alguien —contesta, como si aún siguiera enfadado.

Un nombre conocido puede facilitar la próxima búsqueda.

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Sonrío burlona y me acerco un paso más.

—Y, dado que me viste hablar con Knox, ¿cuánto tiempo llevabas en el Sogno?

Finge rascarse la cabeza.

—Pues… Eh…

Ahora lo tengo justo delante y lo observo.

—En serio, ¿qué es lo que estabas haciendo allí? Recuerdo que dijiste que te sentías solo en nuestra habitación, ¿no? ¿O me lo imaginé?

Ladea la cabeza, intentando contener una sonrisa.

—Ya te lo habrás imaginado. Quería ver de qué iba todo ese tinglado.

—¿Y qué pensaste?

Su mirada ardiente me recorre de arriba abajo.

—Creo que las vistas eran excelentes. Las de una persona en concreto.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién sería esa persona?

Se moja los labios mientras sumerge su mirada en mi pecho, estómago y muslos.

—Alguien con un vestidito negro que me puso la hostia de cachondo bailando toda la noche.

Me doy toquecitos en la barbilla.

—Hum, parece una chica interesante.

Sonríe.

—Oh, no te haces una idea de cuánto.

—¿Tiene vocecita de niña rica? —pregunto, ladeando la cabeza.

Me dedica una sonrisa traviesa.

—Pues sí. Y también huele muy rico.

—¿Conque esa es la única razón por la que fuiste?

Se encoge de hombros.

—Entre otras cosas.

—¿Y para asegurarte de que llegaba a casa sana y salva?

—Alguien tenía que hacerlo.

Suelto una risita.

—Me llamaste guapa —susurro.

Se acerca más, desliza la mano por mi nuca y me echa la cabeza hacia atrás.

—Porque lo eres.

—Entonces ¿por qué me has estado evitando? —Descruzo los brazos para que quede bien pegado a mí y me agarro a sus bíceps para no perder el equilibrio.

—Ya sabes por qué.

—Estabas preocupado por nosotros.

—Por mí, no. Por ti. Solo me preocupabas tú.

—¿Por qué? —pregunto mientras él baja la cabeza y hace una pausa a un milímetro de mi boca.

—No lo sé —contesta—. En teoría, no debería preocuparme por ti; aun así…

Se detiene, y el aire que nos envuelve se condensa y nos deja atrapados en este momento.

—Quizá fui porque quería volver a besarte —dice con suavidad—. Quizá eso me volvió un poco imprudente.

—Me gustó que me besaras. —Mi voz suena sin aliento, su confesión me la ha dejado sin fuerza.

—¿Sí?

—Sí. ¿Quieres repetir? —propongo, y entonces se inclina sobre mí y pega sus labios a los míos.

Exhalo en su boca, me rodea la cintura y me acerca a él.

Gemimos mientras deslizamos la lengua en la del otro, y su mano desciende más, redondeando mi culo y luego bajando por el muslo mientras me sube la pierna por encima de su cadera.

Me siento ligera como una pluma cuando me levanta y luego nos tiende sobre la cama y se estira encima de mí.

—Rook —jadeo mientras se sumerge entre mis muslos, y me lame el cuello y luego sus labios viajan hasta mi clavícula y vuelven de nuevo a mi boca, donde me consume con su beso.

Yacemos juntos, nuestros cuerpos en movimiento, nuestras caderas insistentes, y noto lo que esto le está provocando en el miembro duro que se aprieta contra mí. Un minuto más tarde, se separa con los ojos brillantes y las mejillas encendidas.

—Poet —dice con la voz grave mientras se cierne sobre mí y con las manos a ambos lados de mi cabeza—. No me esperaba esto. No creí que pudiera sentir nada en Amery.

Le sonrío, le retiro un mechón de pelo hacia atrás y hago danzar mis dedos por sus labios.

—¿Sentir qué, Rook?

—Pues…, que quiero cuestionarme todo lo que sé.

Percibo que hay algo importante en esa afirmación.

En el calor salvaje y abrasador de sus ojos.

Nunca me he enamorado, pero siempre he querido hacerlo.

Es demasiado pronto para ese tipo de sentimientos; lo sé.

Sin embargo, no puedo evitar reconocer este burbujeo en el pecho que sale a la superficie.

—Yo también —contesto, porque yo tampoco me lo esperaba.

Porque, durante los últimos meses, he mirado en el interior de los ojos sombríos y brumosos de la verdad y me he preguntado si no me ha sonado falsa todo el tiempo.

—Te protegeré pase lo que pase, Poet.

—Pero piensas que no hago más que meterme en líos —le digo, y él sonríe.

—Todo el tiempo.

Luego no me da tiempo a contestar porque acorta la distancia y nos volvemos a besar.