Capítulo 56
D urante toda la noche, Domino, Journey y yo hemos alternado entre bailar juntas en grupo y hacerlo con más de una cara guapa.
Domino se está poniendo más cariñosa con Calloway, el tipo del que lleva ya un tiempo pillada, y Journey se ha pasado la mayor parte del tiempo bailando con una chica de la casa Tera que aún no sé cómo se llama.
Al final, empiezo a bailar al lado de un chico de Aria que es cadete de la guardia de las tormentas. Riley es alto, de hombros anchos y cintura estrecha. El pelo castaño oscuro se le riza alrededor de las orejas y tiene mechas con tonos lila en las sienes.
Es guapete, y estoy segura de que esos adorables hoyuelos y esa sonrisa tranquila hace temblar las rodillas a muchas otras. Aunque a mí no. Yo he venido aquí por la música y la libertad.
La buena noticia es que el retronar de la música estridente ha tenido el efecto deseado de apartar de mi mente lo que ha pasado en la Tempestad y la conversación con Knox.
No lo he vuelto a ver, y espero que eso signifique que se ha ido y, lo que es más importante, que ha captado la indirecta de que no vuelva a molestarme nunca más.
No creo que me quisiera de verdad. Creo que le encanta la idea de lo que podríamos haber sido. El sucesor de Fiama y su dócil esposa asistiendo a fiestas y disfrutando de las ventajas de su posición.
Incluso si Knox me hubiera sido fiel, ni aunque aún sintiera algo por él, yo jamás habría querido nada de eso.
Doy vueltas y vueltas moviendo las caderas, pero también me pierdo en mis pensamientos.
—¿Estás bien? —pregunta Riley, acercándose para gritarme al oído.
—Sí, pero ¿por qué hablas conmigo? —le pregunto, alzando la voz—. Se supone que tienes que evitarme, ¿recuerdas?
Me dedica una sonrisa amable y me vuelve a gritar:
—Es que resulta que creo que eres maja.
Suelto una risa por la nariz. No es un sonido muy digno, que digamos.
—¿Y eso te basta? —pregunto.
Se encoge de hombros y luego sonríe.
—Es un buen comienzo.
Suelto una risita. Luego echo la cabeza hacia atrás y me río. No es ni mucho menos tan gracioso. Incluso podría resultar un poquitín ofensivo, pero ahora mismo todo me parece descacharrante. Tirarle esa copa encima a Knox ha liberado algo en mí, una pesada carga que he llevado en la mente.
Sonrío y doy vueltas con las manos levantadas, una y otra vez hasta que me mareo un poco. Me tambaleo, y Riley alarga el brazo, intentando ayudarme, pero falla y me tuerzo el tobillo.
De pronto, estoy en el suelo, pero sin dejar de reírme.
—¿Estás bien? —pregunta Riley, agachándose y ofreciéndome una mano.
De repente, un par de manos distintas me agarran de las axilas por detrás y me levantan como si no pesara nada. Miro hacia atrás y al levantar la vista veo los ojos verdes y dorados de Rook.
—Hola —susurro, totalmente desconcertada por su llegada, al tiempo que siento como un hormigueo efervescente en el pecho.
¿Qué hace él aquí?
Me doy la vuelta de manera que quedo pegada a él, que me aguanta suavemente de las caderas.
Levanto los dedos y acaricio la barba incipiente de la mandíbula de Rook para asegurarme de que es real y no un producto de mi imaginación.
—Oye. —Oigo la voz de Riley por encima de mi cabeza—. Que estábamos bailando.
—Así que eres tú el que ha dejado que se caiga, ¿no? —inquiere.
Parece enfadado. Me pone un poco.
—¡Se ha tropezado!
Supongo que Riley dice algo más porque Rook suelta un gruñido, que resuena en mi pecho y tiene un efecto extraño en mi estómago. Me abraza con más fuerza, y yo me acurruco contra él, cálida y segura.
—Fuera de aquí, anda —oigo que le dice a Riley, y este debe haberse marchado porque de pronto Rook baja la vista hacia mí, y es como si no hubiera nadie más en la sala.
—No estábamos bailando ni nada, ¿eh? —le digo—. Ahora que lo pienso, lo que quería era bailar con otra persona.
—Ah, ¿sí? ¿Con quién?
Por cómo me mira, sabe que me refiero a él.
Aun así, no le doy la satisfacción de contestarle.
—¿Por qué estás aquí? —le pregunto, y él niega con la cabeza.
—¿La verdad? No tengo ni idea. —Me recoloca un mechón de pelo suelto detrás de la oreja—. Me sentía muy solo en la habitación sin ti.
Mi cara esboza una sonrisa mientras el corazón se me llena de pesadumbre por culpa de una emoción a la que soy incapaz de poner nombre.
—Pues baila conmigo —digo.
—La verdad es que no sé bailar —contesta, con una expresión indecisa.
—No me lo creo para nada. No, viendo cómo te mueves en el tatami de entrenamiento.
Se le dibuja el inicio de una sonrisa en las comisuras.
Le cojo las manos y lo sacudo un poco.
—¡Venga, vamos! Si lo estás deseando.
—¿Cuánto has bebido? —me pregunta—. Te acabas de caer.
—Qué responsable eres —le digo con una vocecilla—. Me he mareado, nada más. Solo me he tomado una copa. —Hago una pausa—. Y un traguito de otra —añado, pensando en el cóctel que le he tirado a Knox por la cabeza—. Te prometo que estoy bien.
Empiezo a moverme, contoneando las caderas mientras él me observa con ojos ávidos. Me giro lentamente, levanto los brazos y luego él me coge por la cintura.
Pero le agarro las muñecas.
—Espera, no querías que te vieran conmigo, ¿no? Te preocupaba que atrajéramos demasiado la atención.
Tensa la mandíbula, recorre la sala con la mirada y luego me vuelve a mirar.
—Sí que lo dije, sí.
—Hum, qué pena —digo, y me doy la vuelta y me marcho.
Un instante después, lo noto detrás de mí cuando me rodea el abdomen con un brazo.
—He cambiado de idea —me susurra al oído.
—Entonces ¿vas a bailar?
—Por ti, haré una excepción.
Despliego una enorme sonrisa mientras me giro y le echo los brazos al cuello.
—¿Qué te dije? —dice, sin dejar de susurrarme al oído, con su cálido aliento provocándome escalofríos en la piel—. No haces más que meterme en líos.
Me río y luego me apoyo en él mientras nos movemos juntos.
—¡Pero deberíamos tomarnos otra copa! —grito por encima de la música, y él asiente y me sigue hasta la barra.
Volvemos a bailar con los cócteles en la mano, con nuestras caderas girando juntas mientras nos dejamos llevar por la música y las luces. Sé que Rook estaba preocupado, pero todo el mundo está demasiado inmerso en su propia diversión, y nadie nos hace ni caso.
Acaba una canción y comienza otra, y esta late con un ritmo lento y prolongado que evoca pesados jadeos y momentos robados en la oscuridad.
A Rook le brillan los ojos; el verde y el dorado se funden mientras desliza una mano por detrás de mi cabeza y me acerca a él. Solo unos milímetros separan nuestras bocas.
—Te voy a besar —dice, y luego espera a que asienta y me besa con labios ardientes y una lengua ávida.
Se me aflojan las extremidades, y el corazón se me agita frenético en el pecho. Es cálido y firme, y su olor es adictivo.
Bailamos durante lo que parecen horas, con sus manos en mis caderas, deslizándolas por mi espalda, sus labios sobre los míos. Bebemos. Reímos. Y queremos que dure eternamente.
El ritmo desciende, y eso nos vuelve a juntar mientras apoyo la cabeza en su pecho. Ya nos hemos tomado unas cuantas copas, y me empiezo a sentir un poco mareada.
Noto cómo se ablanda su cuerpo, acurrucándose contra el mío, refugiándonos en nuestro cálido caparazón.
—Lo siento, estoy hecha un desastre —digo.
Me da un mareíllo y me desvío hacia la izquierda. Pero Rook me coge antes de que pueda alejarme más.
—Estás preciosa —contesta, atravesándome el pecho con un rayo de sol.
Lo agarro de los bíceps mientras parpadeo y tarareo una cancioncilla alegre. Esto es lo que necesitaba. Esto era lo que quería esta noche.
Con mi mejilla en el hombro de Rook, abro los ojos poco a poco y entonces distingo a Trinity plantada en medio de la multitud. Está con su E-scuadrón, y nos observa, nos mira alternativamente a Rook y a mí, y frunce el labio con desagrado.
Levanto la cabeza de golpe.
Ha venido aquí sin mí.
Y su evidente juicio me oprime el pecho.
De repente, ya no quiero estar aquí.
—Tengo que irme —digo.
—¿Qué? —pregunta Rook mientras lo aparto de mí y empiezo a abrirme paso a empujones entre la gente.
—¿Poet? —pregunta Trinity mientras avanzo a trompicones—. ¿Adónde vas?
La masa danzante y ebria me empuja por todos lados mientras me abro paso a codazos.
—¡Apartaos! —grito, y luego consigo salir a trompicones por la puerta, donde me recibe una fría ráfaga de aire nocturno.
Me agarro a una barandilla para no caerme y respiro hondo.
Llego al final de las escaleras, y casi tropiezo con las prisas.
—Poet, ¿qué pasa? —me pregunta Rook cuando me alcanza.
Exhalo un suave suspiro mientras apoyo la frente en su pecho.
No dice nada mientras respiro sobre él, esperando que se me calme el pulso. Me rodea con sus brazos y me dejo hacer, buscando consuelo en su fuerza. De repente, me siento cansada.
—Creo que ya has tenido suficiente. Debería llevarte a casa.
Asiento.
—Tengo que decírselo a Dom y a Journey.
Noto cómo me lleva hacia el edificio. Me deja apoyada en la pared y habla con el portero.
—¿Me la vigilas un momento?
Entonces se marcha durante lo que me parece un segundo, y vuelve y me lleva a una góndola que ya nos espera. Me ayuda a subir a la embarcación y el gondolero se impulsa para salir.
—Siéntate —dice, y me estremezco mientras me abrazo.
Un instante después, me echa su chaqueta sobre los hombros, y me encojo al contacto con el cuero, que conserva la calidez de su cuerpo. Después me rodea con el brazo, y me inclino sobre él mientras surcamos la ciudad.
Levanto la vista a la red de estrellas que cuelga de un cielo inusualmente despejado.
—¿Ves Andrómeda? —le pregunto—. Dijiste que era tu favorita, ¿no?
Esboza una media sonrisa y señala el cúmulo de estrellas que al parecer componen la constelación. Se emborronan ante mis ojos, y no soy capaz de distinguirlas bien, pero valoro que lo comparta conmigo de todas formas. Apoyo la cabeza sobre su hombro mientras los ojos se me abren y se me cierran.
—Me acaba de abandonar —susurro un momento después—. Pensé que éramos muy buenas amigas. ¿Por qué? ¿Solo para poder salir con esos monstruos?
Me pone la mano en la rodilla y me da un apretón tranquilizador.
—No estoy seguro —dice—. A veces las personas se distancian.
Niego con la cabeza sobre su hombro.
—Es una de ellos, Rook. Aunque quisiera tenerme cerca, ¿cómo voy a pasar eso por alto?
—No lo sé —contesta, y durante un momento navegamos en silencio.
—¿Te lo has pasado bien esta noche? —pregunta.
Le regalo una sonrisa.
—Claro que sí. Primero con Domino y Journey. Y luego apareciste tú.
Algo sobrevuela su rostro, y juraría que se le han encendido ligeramente las mejillas.
—Yo también me lo he pasado bien —dice.
Lo miro parpadeando.
—¿Y cuándo has llegado?
Se encoge de hombros.
—Justo antes de encontrarte.
—Hum —digo mientras me acurruco más cerca y navegamos por la ciudad callada, bañada en un resplandor de luces—. Me alegro de que vinieras. Aunque no haga más que meterte en líos.
Se ríe tímidamente y me besa la coronilla.
Llegamos a Amery, y me ayuda a salir de la góndola y a bajar hasta nuestra habitación. Tras cerrar la puerta, me sienta en la cama y se arrodilla para quitarme las botas.
—Ah, qué bien —digo somnolienta mientras él levanta la vista.
—Me alegro de que pienses así, porque mañana te vas a sentir de pena.
Suelto una risita porque, aunque sé que tiene razón, la seriedad de su tono me hace reír. Me recompensa con un atisbo de sonrisa mientras me baja la cremallera de la bota.
Cuando acaba, pone las manos sobre la cama a ambos lados de mis caderas.
—¿De verdad que estás bien? —pregunta—. He visto al capullo ese hablando contigo.
—¿A Riley? ¿Se llamaba así? No era mal chico.
—No. Tu… antiguo prometido.
—Ah. —Inclino la cabeza y le pongo la mano en la mejilla—. Oye, ¿estás celoso? Antes parecías muy enfadado. Aún más de lo habitual, quiero decir.
Se le ensombrece la mirada.
—No estoy celoso.
Se incorpora y tira hacia atrás de las mantas, me tumba y me levanta las piernas.
—Quédate conmigo —le pido, levantando el brazo.
Se inclina sobre mí y observa mi rostro.
—Deberías dormir —dice—. Pareces un poco agotada.
—Lo estoy —coincido. Esta vez se ríe de verdad—. Me encanta verte reír —digo, volviéndole a acariciar la cara—. Es tan poco frecuente. Como una piedra preciosa o algo así. Tienes una sonrisa maravillosa.
—Tú también, liante. —Se inclina sobre mí y me besa en la frente, y se me vuelven a cerrar los ojos.
Estoy tan cansada que me dejo llevar.
—Quería emborracharme —balbuceo.
—¿Por qué?
—Por lo que les hicieron. A los huecos. Quería olvidar, pero no puedo.
—La simulación —dice.
Se me alborota el pelo contra la almohada al asentir.
—¿Por qué lo hacen? ¿Por qué son tan crueles? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué demuestra?
Mis palabras se desvanecen, y Rook se queda callado durante tanto rato que creo que no va a contestar.
O a lo mejor me he quedado dormida.
Entonces noto sus labios en la frente. Suavemente, me dice:
—Creo que, a veces, lo único que tiene sentido es la crueldad.