Capítulo 55
B ajo de un salto de nuestra góndola, que se ha detenido delante del Sogno, acompañada de Domino y Journey. Del edificio sale una música a todo volumen, y decenas de personas van de acá para allá, esperando a amigos, charlando y dándole tragos a botellas que se van pasando antes de entrar.
El edificio consta de tres plantas, con largos ventanales rectangulares precedidos por amplios e imponentes balcones atestados de gente bailando.
El exterior de mármol blanco tiene una decoración esculpida de flores, enredaderas y hojas, mientras que en el interior brillan las luces que iluminan la noche con estallidos de color transparente.
Corremos hacia el portero, que nos echa un vistazo rápido y luego nos hace un gesto para que pasemos.
La decoración evoca una sensación de ensoñación, con suelos y paredes de un blanco elegante y esponjosas nubes blancas suspendidas del techo.
Hay personas que visten ropa interior blanca y alas emplumadas con retales traslúcidos y vaporosos, y se abren paso entre el gentío sujetando bandejas de cristal con bebidas.
En el extremo más alejado de la sala hay un espejo gigantesco, ribeteado con más mármol tallado y recubierto de decenas de estantes de cristal, que contienen un centenar de distintos tipos de licores de colores intensos.
La larga barra de cristal se extiende por toda la sala, en la que una serie de hombres musculados medio desnudos mezclan las bebidas.
Domino me aprieta el brazo y pega un chillido de alegría; su excitación es contagiosa. Es justo lo que necesitaba; nada de esconderme y deprimirme en mi habitación. El objetivo de ir a Amery era disfrutar de ser joven antes de que nos agobiaran las responsabilidades de la edad adulta.
—¡Primero las copas! —anuncia Journey, cogiéndome una mano y arrastrándome entre la multitud.
Domino me agarra del otro lado, y serpenteamos entre los huecos para acercarnos a la barra. Un camarero guapete nos espía y nos guiña el ojo mientras se aproxima.
—¿Qué va a ser, señoritas? —pregunta, dirigiéndonos una sonrisa radiante.
—¡Algo delicioso! —proclama Journey, y él asiente y comienza a elegir entre las distintas botellas y a verter ingredientes en una coctelera dorada.
Todas disfrutamos las vistas de su torso desnudo a medida que se le tensan y se le contraen los músculos al moverse.
Cuando ha acabado, sirve tres cócteles rosa pálido en vasos de cristal tallado y los decora con una nube de algodón de azúcar.
—Un Dulce Sueño —dice, pasándonos las bebidas.
Brindamos y le damos un trago. Es dulce y ligero, y sé instantáneamente que podría beberme unos cuantos de estos antes de notar los efectos. Pero me da igual. Estoy harta de ser responsable y de preocuparme por todo, y por una noche quiero dejarme llevar.
—¡Hora de bailar! —grito, y nos dirigimos a la pista, donde nos perdemos entre el mar de gente.
Nos pasamos la siguiente hora cantando y meneándonos con la multitud al ritmo de la música.
En un momento dado, diviso a Knox con Jackson y Sal, junto a Winter y otros miembros de su grupito de amigos. Knox y yo hace meses que no nos hablamos, desde la noche de la ceremonia de juramento, cuando mis padres me expulsaron públicamente de su vida.
Está acodado en la barra, bebiendo una cerveza con el ceño fruncido.
A su lado está Winter, con una actitud vacilante, que claramente intenta entablar conversación con él.
Knox escudriña la multitud, y noto el momento en que me descubre.
Nuestras miradas se encuentran, y me siento como si me hubiera arrinconado.
De repente, no me siento bien.
—Voy al baño —le grito a Domino, que asiente.
Luego me giro en la dirección contraria a Knox y zigzagueo hacia un pasillo. Entro en el baño, que me recibe con una bruma de perfume y conversaciones, donde una decena de chicas están sentadas en los sofás de felpa mientras se retocan el maquillaje y se atusan el pelo.
Me dirijo a un lavamanos y me examino la cara; luego mojo una toalla y me la aplico a las mejillas sonrosadas.
Después encuentro un sitio vacío y me siento, intentando sacudirme los restos de la presencia de Knox.
Me repatea que me afecte tanto. Quiero librarme de esto, ponerme una capa de indiferencia y protegerme de cada momento de dolor que me ha causado.
Quizá algún día lo consiga.
Cuando dejo de temblar y la temperatura me baja unos cuantos grados, decido que la noche es joven y que Knox no me va a aguar la fiesta.
Por desgracia, cuando abro la puerta, me está esperando en el pasillo.
Lo estudio sin decir nada mientras él se separa de donde estaba apoyado.
—Oye, ¿podemos hablar? —pregunta, haciendo un gesto hacia una sala con mesitas bajas y sofás. Cuando dudo, añade—: Por favor. Solo será un minuto.
No quiero ir a ningún sitio con él, pero, si no voy, lo más seguro es que me atosigue hasta que lo haga. Así que asiento y lo sigo hasta el lugar más silencioso. El suelo vibra con la música atronadora, pero podemos hablar sin tener que gritar.
Encontramos una mesa y nos sentamos uno al lado del otro en un sofá blanco que recorre toda la pared. Aparece una camarera y le pido otra copa, porque algo me dice que la necesitaré para esta conversación. De hecho, contemplo la idea de pedirme dos.
Cuando se marcha, vuelvo a estudiar el perfil de Knox. Mira fijamente la sala con un brazo sobre el respaldo y la mandíbula apretada.
—¿Y bien? —pregunto, con la esperanza de acabar con esto de una vez—. ¿Qué pasa?
Me mira.
—¿Cómo te va?
Me encojo de hombros y niego con la cabeza.
—Estoy bien. Ha sido duro, pero me las apaño.
Me recorre rápidamente con la mirada y luego vuelve a examinar la sala.
—Knox, ¿quieres algo o no? Es que tengo que volver con mis amigas.
—¿Tus amigas? —pregunta—. ¿Tienes amigas en Aria?
Su tono, más que punzante, es más bien curioso, aunque eso no impide que me irrite la pregunta.
—Pues sí.
—Subs —dice, con cierto desdén.
—Miembros de la Sociedad Aria —replico—. Han hecho el juramento. Ahora son de los nuestros.
Suspira y se recuesta en el sofá, deslizando las caderas hacia delante.
—Lo que tú digas.
Una vez más, se queda callado, y esto ya me empieza a irritar de verdad. Llega la camarera con nuestras copas, tomo la mía y le doy un trago.
—Vale, mira, si solo querías eso, me voy a ir yendo.
—¿Me echas de menos? —me pregunta súbitamente—. ¿Echas de menos lo que teníamos?
La pregunta me frena en seco. Examino su rostro. No puede hablar en serio. Pero permanece inmóvil, a la espera de mi respuesta, sin duda.
—¿Qué teníamos, Knox? ¿Un acuerdo sobre un papel? ¿Yo como tu mujercita florero mientras tú te follabas a todo lo que se movía?
Se le ensombrece el rostro.
—Yo…
—¿Por qué lo hiciste? —pregunto—. ¿Por qué insististe en humillarme?
—No lo sé —contesta mientras una mirada herida le recorre el rostro—. No sé por qué lo hice.
Es una respuesta muy inapropiada y dolorosa, pero creo que, a su patética manera, está diciendo la verdad. Él tampoco se entiende a sí mismo.
—Claro, mientras no tengas ni idea de por qué decidiste hacerme daño una y otra vez… No, no te echo de menos, ni a ti ni a lo que teníamos. No teníamos nada que echar de menos.
Intento marcharme, una vez más, pero me detiene, cogiéndome de la muñeca. Su contacto es oleoso, me cubre de lodo.
—Como me vuelvas a tocar, me pongo a gritar —le digo. Me suelta rápidamente—. ¿Qué te pasa? ¿Winter no está a la altura de tus expectativas?
—No quiero a Winter —responde—. Nunca la he querido a ella.
—Para casarte, querrás decir —me burlo—. Pero, para follártela mientras estábamos prometidos, entonces sí la querías, ¿eh?
Al menos tiene la decencia de mostrarse culpable.
—Lo siento —dice—. Lo jodí todo. Tenía demasiada presión.
—¿Qué presión?
—Las expectativas de mi padre. La manera en que da por hecho que seré como él, aunque yo no me parezca en nada. —Niega con la cabeza—. Joder. Ni siquiera sé lo que estoy diciendo. —Luego añade—: Me va a sustituir.
—¿Qué?
—Tu padre ha encontrado a otro a quien preparar como futuro sucesor de Fiama. Y mi padre está de acuerdo en que es lo mejor. Dijo que, después de lo que pasó entre nosotros, no he demostrado tener carácter o no sé qué mierdas.
—¿Y qué pasa con su alianza?
—Sigue intacta —dice Knox—. Están más fuertes que nunca. Solo que ya no tiene nada que ver conmigo.
—Ah —digo.
Desvía la mirada y se queda mirando a un punto lejano. Suspiro y niego con la cabeza.
—Entiendo que esperaba mucho de ti —le digo—. Mi padre también esperaba mucho de mí.
Knox me mira, examinándome.
—Lo sé.
—Nada de eso te daba derecho a tratarme como lo hiciste.
—Eso también lo sé —dice, y añade—: Creo que lo hice porque nunca habría sido lo bastante bueno para ti, Poet.
Se echa hacia delante y suspira claramente frustrado. Estoy atónita, paralizada en mi asiento mientras espero que continúe.
—Te quería… Te quiero. Siempre lo he hecho, pero es que eres la hostia de perfecta. ¿Crees que no sabía que podías estar con alguien mejor que yo? El único motivo por el que te quedabas conmigo era por nuestros padres, y yo solo era…
Se queda sin palabras, y no tengo ni idea de cómo reaccionar.
—¿Tú solo eras qué?
Se encoge de hombros, aunque el movimiento parece forzado.
—El premio de consolación, supongo. Tenías que conformarte.
—¿Y? —pregunto—. ¿Por eso decidiste tratarme como una mierda?
—Sé que es una putada, pero pensé que seguiría teniendo la sartén por el mango. Que, así, te podría convencer de que era demasiado bueno para ti.
Exhalo un suspiro de incredulidad.
—Ah, eso es la hostia, Knox.
—No ha funcionado —dice, con cierta tristeza, y le doy un trago largo a mi copa, con la esperanza de que el alcohol queme para siempre este recuerdo.
A estas alturas, necesitaré una piscina llena hasta arriba de esta mierda—.
Sigues siendo demasiado buena para mí, pero aún te quiero, Poet, y no puedo evitar preguntarme si existe alguna manera de que puedas perdonarme.
Le pego otro trago al cóctel y me limpio la boca con el dorso de la mano, que queda manchado de pintalabios rosa.
—Tienes toda la razón. Soy demasiado buena para ti. —Me levanto y cojo mi copa—. No tienes ni idea de lo que es querer, Knox. Y no doy crédito de que tengas el descaro de sentarte aquí y pedirme que te perdone después de todo lo que me has hecho pasar.
Levanta las manos.
—Por favor, ¿qué puedo…?
No le dejo acabar y le tiro lo que me queda de cóctel por encima de la cabeza. Da un respingo cuando el hielo, el alcohol y el pegajoso zumo de fresa le gotean por la cara.
—Pero ¿qué cojones haces, Poet?
—No puedes hacer nada —le digo apretando los dientes—. No hay nada que puedas decir o hacer que vaya a reparar todo el daño que me hiciste.
Lo fulmino con la mirada mientras se limpia la cara, y le echo una última mirada antes de darme la vuelta y marcharme.
Al entrar en la pista de baile, me pongo una mano en el pecho deseando que se apacigüen los acelerados latidos de mi corazón. Domino me ve, y me lo quito de la cabeza. No quiero hablar del tema, así que me obligo a sonreír.
Levanto un dedo para decirle que en un momento estoy allí, luego me dirijo a la barra, donde pido un poco de agua y después vuelvo con mis amigas, y durante las siguientes horas me dejo llevar por las luces y el ruido.