Capítulo 54
C uando la doctora Cummings da por terminada la simulación, nos invitan a bajar al recinto. Caminamos por el terreno, explorando todos los espacios y rincones. Los quiebratormentas responden a preguntas sobre cómo es trabajar en las torres de tormenta y después hacemos una serie de ejercicios.
Sin embargo, no consigo concentrarme. No puedo dejar de ver a los huecos fulminados. Ni la crueldad con la que los han despachado.
La doctora Eze me aparta del grupo.
—¿Estás bien, Poet? —pregunta.
Niego con la cabeza.
—No me encuentro muy bien —digo.
No es exactamente mentira, pero estoy casi segura de que no interpreta mi respuesta como yo pretendía.
—¿Por qué no te sientas un rato? —pregunta mientras empieza a llevarme hacia un rincón tranquilo—. Ya casi hemos terminado. —Me ayuda a sentarme y se agacha frente a mí—. Hace tiempo que quiero hablar contigo. Me gustaría que vinieras a mi laboratorio para unas pruebas adicionales.
Levanto la cabeza de golpe.
—¿Por qué?
Niega suavemente.
—He observado algunas anomalías y quiero revisar unos datos.
—¿Anomalías?
¿Lo sabe? ¿Puede ver lo que soy?
Suaviza la sonrisa antes de mirar a izquierda y derecha, pero estamos solas.
—No te preocupes, Poet. Estás a salvo conmigo. —Me guiña un ojo y me da una palmadita en la mano, y arrugo la frente porque tengo la sensación de que intenta decirme algo.
Antes de que pueda preguntar, se incorpora y se aleja. La sigo con la mirada unos segundos, luego me inclino hacia delante y fijo los ojos en el suelo entre mis pies.
Cuando nos marchamos por fin, ya he logrado recomponerme, al menos por fuera. Por dentro, sin embargo, estoy hecha un embrollo de emociones confusas.
—¿Estás bien? —pregunta Domino, enhebrando el brazo con el mío mientras Journey camina al otro lado.
—Sí, solo un pelín mareada —respondo.
Busco en su rostro alguna señal de que se sienten igual; la veo en cómo ambas aprietan los labios y en sus miradas vacías. Pero sé que, en teoría, no deberíamos sentirnos así. Según los principios de Nuevo Manhattan, esas personas debían estar orgullosas de haber dado la vida por esta noble causa.
Hasta Journey está callada, y eso me lo dice todo.
—Oye, estábamos pensando en ir al Sogno esta noche —dice Domino al cabo de un rato—. ¿Por qué no te vienes?
—No lo sé… —murmuro.
Más allá de evitar a la gente, no estoy segura de tener el ánimo. Además, seguía teniendo la esperanza de ir con Trinity. Aun así, tampoco ha respondido a mis mensajes ni a mis intentos de quedar, así que quizá haya en mí un punto de rebeldía.
—Venga, va —insiste Domino—. Bailamos, nos tomamos algo y nos soltamos un poco.
Me lanza una mirada elocuente: también será una manera de olvidar lo que acabamos de ver. Quizá tenga razón y sea justo lo que necesito.
—Puede —digo, y ella da un saltito de alegría.
—Di que sí —me apremia, y miro a Journey, que asiente con la cabeza.
—Vale, me apunto.
—¡Bien! —exclama Domino.
Las tres apuramos el paso como si sintiéramos menos pesadumbre en el pecho.
—Ojalá tuviera algo nuevo que ponerme —dice Journey cuando entramos en la academia, señalándose la ropa—. He repetido el mismo conjunto tres veces.
—Ah, eso tiene arreglo —respondo, tirando de ambas por el pasillo en dirección a mi cuarto.
Unas horas después, parece que haya estallado una bomba de purpurina por todo el suelo.
Hay telas brillantes por todas partes en montones caóticos, y creo que Domino y Journey se han probado absolutamente todo lo que tengo.
Ya se han decidido por algo concreto para ir al Sogno.
Nos lo hemos pasado tan bien que casi agradezco que los vándalos que me destrozaron la habitación se centraran en mis uniformes y no en mi ropa más divertida.
Journey ha elegido un vestido rosa de satén con tirantes finos y una falda que le roza la parte alta de los muslos. Está sentada en una de las camas vacías y se maquilla.
Domino, en cambio, ha optado por un vestido burdeos de lentejuelas que le llega hasta las rodillas, con una abertura larga que sube hasta la cadera.
Lleva un escote muy pronunciado, que casi roza el ombligo, y se ha recogido el pelo en un moño alto para lucir la espalda, adornada con delicadas cadenas doradas.
—Estás arrebatadora —le digo, tendiéndole unos zapatos dorados de tacón de aguja que deberían quedarle bien—. A ver qué tal te sienta con estos.
Se los pone y da una vuelta frente al espejo.
—Jo, muchísimas gracias —dice, admirándose el trasero antes de soltar una carcajada.
—De nada. En serio, siempre que queráis, mi armario es vuestro.
—Te vas a arrepentir de haber dicho eso —advierte Journey desde el otro lado de la habitación, delineándose los labios con un tono rosa intenso.
Sonrío de oreja a oreja.
Me levanto de la cama y entro en el baño para cambiarme. A pesar de todo lo que ha pasado, hacía tiempo que no me sentía tan ligera. Sí, debería salir y divertirme. Los últimos seis meses han sido muy duros, y esto es justo lo que mejor me va a sentar.
Salgo del baño y me recibe una nube de polvos y perfume. Journey y Domino se ríen a carcajada limpia. Me quedo un momento observándolas, sintiendo una especie de añoranza. No son las amigas que imaginaba encontrar aquí, pero las valoro mucho más de lo que creen.
Me siento al lado de Journey y empiezo a maquillarme cuando la puerta se abre y entra Rook al cuarto. Se queda de piedra al ver el caos reinante y posa la mirada en los montones de ropa desperdigados por ahí. Hemos procurado no perturbar su lado de la habitación, eso sí.
—Hola —digo mientras me enderezo un poco.
Abre mucho los ojos.
—Eh —responde—. No sabía. Pensaba que…
—Nos vamos ya —aclaro—. Puedes quedarte la habitación para ti solo. ¿Verdad, chicas?
—Ajá —dice Domino con un asentimiento entusiasta, cerrando la polvera de golpe—. Ya hemos terminado. Perdona por el desastre.
Recoge el bolsito que le he prestado y hace un gesto a Journey para que la siga.
—Subo dentro de un minutito —les digo, y ellas asienten antes de cerrar la puerta.
Enseguida me agacho y empiezo a recoger la ropa en montones.
—Lo siento —murmuro—. Lo ordeno todo.
—Poet —dice con una voz algo ronca, y levanto la vista—. No pasa nada. Tienes derecho a ocupar este espacio.
Relajo los hombros y noto un nudo en la garganta por lo sincero de su tono.
—Vale. Mañana termino de recoger, ¿te parece bien?
—Pues claro.
Dejo el montón sobre una de las camas vacías y oigo cómo se le entrecorta un poco la respiración. Me giro y lo encuentro mirándome boquiabierto.
Llevo un mono negro brillante sin mangas con unas perneras que me llegan hasta debajo del culo. Me he recogido el pelo en una coleta que deja al descubierto la espalda, abierta hasta la parte baja. He rematado el conjunto con unas botas negras altas, unos aros dorados y un poco de maquillaje.
—Estás… —dice, frotándose la barbilla—. Joder, estás increíble.
El cumplido me hace sentir calorcito por dentro y cosquillas en el vientre.
—¿Por qué no te vienes con nosotras? —propongo, intentando que no se me note la chispa de esperanza en la voz.
Echo de menos hablar con él. Echo de menos tenerle cerca.
Niega con la cabeza.
—No, gracias.
—¿Seguro? Puedes apuntarte sin problema. Será divertido.
Se queda en silencio un momento. Con la mirada recorre el muslo desnudo, sube por mis caderas y los hombros envueltos en terciopelo negro brillante. El aire que suelta desde el pecho parece un pequeño terremoto.
Parece que se plantea la propuesta. Que la agarra, la examina… y luego la descarta con otro leve movimiento de cabeza.
—No, creo que no, pero gracias.
—Vale —respondo, esperando que no se me vea la decepción en la cara cual letrero luminoso.
—Pero ¿te apetecería que fuéramos mañana al gimnasio? —propone, y le devuelvo una sonrisa cautelosa.
No es gran cosa, pero sí un destello minúsculo de esperanza. O quizá solo esté siendo amable.
—Me encantaría.
—Vale, pues mañana nos vemos. Pásatelo bien esta noche.
—Gracias.
Cruzo el cuarto para recoger el bolso y meto el pintalabios y un par de cosas más.
Todo el tiempo tengo la sensación de que está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no mirarme.
Si me inclino un poquito de más para ofrecerle una vista privilegiada de mi culo en estos shorts minúsculos, será sin querer.
Me incorporo y miro por encima del hombro. Él da un respingo y aparta la vista.
Sí, definitivamente estaba mirando. Mi satisfacción no conoce límites.
—Perdón —murmura, pasándose la mano por la cara.
—Hasta luego —digo con un ademán.
—Pásatelo bien —repite.
Cierro la puerta tras de mí y me apoyo contra ella, sonriendo tanto que me duelen hasta las mejillas.