Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

R ook es fiel a su palabra y, durante las semanas siguientes, apenas hablamos. Vuelve a la habitación tarde, muchas veces cuando yo ya estoy dormida, y se marcha antes de que despierte. A saber dónde pasa tantas horas.

En la cafetería nos sentamos en extremos opuestos: él come solo y yo me siento con Domino y Journey. Por una vez, agradezco el torrente inagotable de observaciones de Journey, porque así no tengo que inventarme nada que decir.

Trinity y yo nos saludamos cada vez que nos cruzamos, pero aquella quedada que propusimos nunca llega a materializarse. Sigue pasando tiempo con Brick, a pesar de saber lo que me hizo. Me duele, claro, pero lo relego a lo más hondo de mi ser, empeñada en que no me afecte.

La muñeca termina de curarse, me quitan el vendaje y retomo el entrenamiento completo. Mis compañeros, los miembros de Aria, no se vuelven amables de repente, pero al menos parece que han adoptado una cierta tolerancia a regañadientes.

Y quizá Henry tenía algo de razón cuando dijo que, en la guardia de las tormentas, la lealtad va antes que la Sociedad.

Algunos cadetes empiezan a suavizar el trato conmigo, al menos un poco.

No se puede mantener un rencor inútil —y estoy convencida de que lo es— durante tanto tiempo mientras compartes horas interminables de sudor, combate y esfuerzo.

Las líneas artificiales que nos separan pierden peso cuando se miran de cerca. Aunque todavía no es lo que desearía, me empieza a parecer posible un futuro en Aria.

Una semana después, Domino, Journey y yo llegamos a clase y nos anuncian que iremos de excursión a la Tempestad.

Allí presenciaremos el entrenamiento de los quiebratormentas y participaremos en algunos de sus ejercicios.

Todos parlotean emocionados hasta que una cascada de pitidos en sus dispositivos capta la atención de todo el mundo.

Llega un boletín informativo urgente anunciando que esta mañana han encontrado a una decena de personas asesinadas en la plaza frente a la Ciudadela. Todos levantamos la vista y miramos hacia el lugar donde ha ocurrido. Está muy cerca de donde estamos.

El comunicado describe los cadáveres como brutalmente desfigurados y desmembrados, y me llevo la mano a la boca mientras la bilis me sube por la garganta.

Los murmullos emocionados se transforman en susurros horrorizados mientras Henry y los demás instructores hablan en voz baja.

El artículo todavía no señala sospechosos, pero asegura que el Escudo está investigando el asunto a fondo.

Nos piden que permanezcamos alerta ante cualquier actividad sospechosa relacionada con estas muertes.

—¡Cadetes! —grita Henry por encima de nuestras cabezas—. Entiendo que esta noticia es muy inquietante, pero creo que lo mejor es mantenernos centrados en nuestra rutina habitual. Si acaso, esto subraya la importancia de que estéis entrenados al más alto nivel.

Todos asentimos mientras salimos lentamente por las puertas, pasando junto a la plaza, acordonada ahora con cintas de un amarillo vistoso. Varios miembros de la guardia del círculo del Escudo se mueven entre bultos tapados con sábanas blancas.

Los cadáveres.

Me quedo ahí inmóvil, incapaz de apartar la vista, imaginando el horror que se oculta debajo.

Alguien me apoya una mano en la parte baja de la espalda.

—No mires —dice Rook en voz baja, y es absurdo lo aliviada que me siento de que me esté hablando, aunque sea por este motivo tan macabro—. Sigue andando.

Asiento con la cabeza y dejo que me lleve hacia unas puertas correderas de cristal que dan paso a un amplio vestíbulo de mármol, decorado con espejos de marcos dorados, estatuas de un blanco roto y un enorme fresco pintado en el techo.

La entrada se cierra a nuestra espalda y amortigua el bullicio de la ciudad.

Solo se oyen los murmullos bajos de mis compañeros de clase y el ocasional chirrido de pasos en la distancia.

El ruido seco de unos pasos anuncia la llegada de alguien: es la doctora Eze, que lleva su inseparable tablet bajo el brazo. La acompaña otra mujer de pelo rojo y recogido en un moño tirante. Su piel clara tiene un matiz rosado y con sus ojos verdes nos examina sin rastro alguno de emoción.

—Os presento a la doctora Cummings —dice la doctora Eze con tono animado—.

Es la científica principal a cargo del electromagnetismo aquí, en la Tempestad.

Su cometido consiste en crear la versión más realista posible de las descargas de centella para entrenar, y ha sido clave en el proyecto para capturar energía galvánica real y utilizarla en nuestras simulaciones.

La doctora Cummings inclina brevemente la cabeza.

—He pensado que os gustaría ver una simulación real —dice la mujer— y conocer de cerca nuestras instalaciones de entrenamiento. En la academia son bastante buenas, pero no hay punto de comparación con las auténticas.

Nos ofrecen algunos detalles más sobre lo que veremos y luego nos conducen por la Tempestad. Primero pasamos por un laboratorio donde varios quiebratormentas están en plena sesión de entrenamiento de electrosensibilización.

—Incluso después de años en la guardia de las tormentas, nuestros miembros deben mantener de forma constante su resistencia a la electricidad a la que se ven sometidos casi a diario.

Uno de los problemas que llevamos tiempo intentando resolver es la regresión que se produce cuando el cuerpo deja de estar expuesto a la terapia.

Aunque se adapta lentamente a la intrusión externa, vuelve con rapidez a su estado natural.

Seguimos avanzando y cruzamos el gimnasio, donde varias personas increíblemente fuertes levantan unos pesos que parecen imposibles. Por último, pasamos por unas enormes puertas de acero, flanqueadas por media decena de paneles numéricos a cada lado.

—¿Qué hay ahí dentro? —pregunta alguien, y la doctora Cummings se detiene.

—Ahí es donde los extinguidores traen a los posibles centinelas de la centella para someterlos a pruebas y mantenerlos aislados —explica—. Tras esas puertas se encuentran algunas de las personas más peligrosas de Nuevo Manhattan.

—¿Vamos a entrar? —pregunta un chico, con la voz cargada de expectación, mientras varios lo miran de soslayo con incredulidad.

La expresión de la doctora Cummings es muy severa.

—Desde luego que no. Esa zona es altamente confidencial y muy protegida. Está bastante por encima de vuestro nivel, además.

Me empiezan a sudar las palmas mientras observo la puerta y entonces capto la mirada de Rook.

Seguimos sin saber qué le pasó a Lacey Turner.

Los rumores sobre su desaparición siguen circulando, pero, a efectos prácticos, se la ha borrado de la faz de la tierra.

Winter parece haber pasado página… o quizá solo esté fingiendo entereza.

No podemos llorar la pérdida de los infectados, así que su duelo solo iba a ser tolerado durante un tiempo limitado.

Supongo que Rook piensa lo mismo, porque se pasa la mano por el pelo y suelta un largo suspiro antes de volver a ponernos en marcha.

Durante la siguiente hora nos enseñan los dormitorios, la cantina y las zonas comunes donde los guardias de las tormentas pueden relajarse cuando no están de servicio. Todo despierta en mí la emoción de lo que llevo tiempo deseando. La guardia de las tormentas. Fue por esto por lo que elegí Aria.

Por fin entramos en otro vestíbulo gigantesco, decorado de forma similar al primero: unas columnas altísimas que se alzan sobre nosotros, una enorme fuente de murmullo constante y, al fondo, unas pesadas rejas de hierro.

La doctora Cummings se gira hacia nosotros.

—Esta es la entrada al ala de información y seguridad del Escudo —explica—.

La información sobre la ciudad, las comunicaciones y el traslado de amenazas externas se envía aquí para que podamos analizarla y discutirla con nuestros líderes.

Estos pasan gran parte de su tiempo aquí, reuniéndose con los sucesores de las casas y trabajando con sus equipos para neutralizar posibles ataques.

—¿Saben qué les pasó a las personas que murieron anoche? —pregunta alguien, levantando la mano.

La doctora Cummings niega con la cabeza.

—El asunto sigue bajo investigación. Lo más probable es que se tratara de una amenaza interna o de que alguien haya vulnerado nuestro perímetro y los solitarios hayan entrado en la ciudad.

—He oído que fue alguien infectado —dice otra persona—. Los cadáveres estaban destrozados.

Se me revuelve todo por dentro mientras los compañeros se mueven incómodos en su sitio. Hacía mucho tiempo que no había un incidente público relacionado con un centinela salvaje. Esto es grave, mucho. Pondrá a todo el mundo en alerta.

La doctora Cummings enarca una ceja y hace una mueca.

—Es posible. Los asesinatos cometidos por centinelas tienen características muy concretas, y los cuerpos se examinarán a conciencia en busca de cualquier indicio.

Su respuesta me aprieta todavía más el nudo que tengo en el pecho.

Se abren otras puertas correderas de cristal y accede al vestíbulo un hombre mayor, de piel morena oscura y pelo cano. Lo reconozco: es otro sucesor, de la casa Asale. Ha asistido a fiestas que han organizado mis padres.

Nos dedica un leve gesto de cabeza, se acerca a un escáner de seguridad, desliza una tarjeta roja por el panel y se abren las puertas. Entra y desaparece al doblar una esquina.

La doctora Cummings nos pide que sigamos avanzando, y terminamos la visita en una cabina acristalada que da a una sala de simulación.

Es unas tres veces más grande que la de Amery y reproduce con precisión una versión reducida de Nuevo Manhattan.

En uno de los extremos, una decena de miembros de la guardia de las tormentas forman un círculo, vestidos con su equipo táctico negro y gafas protectoras.

En lugar del arnés morado habitual, llevan un chaleco ajustado de color púrpura que se adapta a sus formas esculpidas.

—Vamos a presenciar una demostración —dice la doctora Cummings—.

Hemos estado experimentando con un nuevo material que ayuda a neutralizar las cargas de las tormentas.

Las pruebas de laboratorio son prometedoras, pero aún no lo hemos testeado en el campo.

Nuestros guardias llevan los prototipos, y hemos recogido parte de la energía de la tormenta de anoche para utilizarla.

La doctora Cummings gira varios diales y pulsa algunos botones en la consola que se extiende ante nosotros. Un contador empieza la cuenta atrás para la simulación, y los guardias se ponen en acción al instante.

—Su objetivo es rescatar al grupo del centro —explica la doctora, señalando una pantalla a nuestra derecha.

En la cámara se ven tres huecos, apiñados en medio del recinto.

Al momento, las náuseas de antes me retuercen el estómago.

Los quiebratormentas avanzan, zigzagueando entre edificios y obstáculos.

Fluyen como agua, esquivando una lluvia de descargas que cae desde lo alto.

Se mueven más rápido que en nuestras simulaciones, con gestos y movimientos más agresivos.

Es un baile hipnótico, casi coreográfico.

Noto que Rook se mueve a mi lado mientras estudia a los quiebratormentas que se deslizan entre las estructuras.

—¿De dónde sacaron la idea del diseño? —pregunta Rook a la doctora Cummings—. Tanto el de los chalecos como el del sistema para captar la carga.

Ella parpadea, visiblemente sorprendida.

—Tú eres el solitario —dice. No es una pregunta, pero el tono va cargado de implicaciones.

Rook no responde. Solo le sostiene la mirada, muy seguro de sí mismo, imperturbable. ¿Cómo lo consigue?

—Tras muchas iteraciones y años de pruebas —responde al fin—. La general Sol ayudó a desarrollar los primeros prototipos. Al principio eran inservibles, pero con el tiempo conseguimos perfeccionarlos hasta la versión que estáis viendo ahora.

Como si la energía la hubiera oído, una de las guardias recibe el impacto y todos contenemos el aliento cuando sale despedida por los aires y un arco de plasma se enciende a su alrededor antes de desvanecerse.

Tardo un segundo en comprender que no la ha fulminado.

La observo, fascinada, mientras su cuerpo despide restos de centella púrpura, probablemente por el efecto del chaleco.

Luego rueda sobre la espalda y se queda mirando al techo.

No se mueve, pero no está muerta y, desde luego, no ha quedado reducida a un montón de ceniza.

Cada vez tengo más claro que, aunque pensaba que entrenar para ser quiebratormentas me mantendría relativamente a salvo, la tecnología está avanzando a un ritmo que podría ponerme en mayor peligro.

Me pregunto con qué frecuencia han empezado a entrenar con centella de verdad en lugar de la versión simulada que usamos en la academia.

Si sigo por este camino, quizá necesite un plan… o tenga que renunciar a este sueño.

La idea me pesa en el pecho como una losa.

La doctora Cummings activa un micrófono y ordena al equipo médico que retire a la guardia herida, pero esboza una sonrisa satisfecha.

—Esto es muy prometedor —murmura ella, casi para sí.

—¿Entonces todo el mundo podría tener uno? —pregunta Rook—. ¿Nadie volverá a tener miedo a las tormentas?

La doctora Cummings se encoge de hombros.

—Tal vez con el tiempo, pero son extremadamente caros de fabricar y requieren materiales difíciles de conseguir. La prioridad serán los quiebratormentas y otras personas de relevancia.

La mujer vuelve a centrar la atención en la simulación y, de nuevo, me impresiona la fluidez con que los quiebratormentas se mueven por el circuito.

Dos de ellos tardan unos quince minutos en acercarse al centro del recinto.

Me quedo embobada, alternando la mirada entre los quiebratormentas y los huecos, todos juntos, en la pantalla.

La centella aún no ha atravesado su círculo, pero una descarga cae a apenas un palmo de ellos y explota contra el suelo, dejando un anillo chamuscado tras de sí.

Los huecos abren la boca en un grito antes de lanzarse a cubierto.

En ese momento, un quiebratormentas surge entre los edificios, gritándoles que corran.

La doctora Cummings se inclina hacia delante y gira un dial, que intensifica el aluvión de descargas. Caen más relámpagos dentados del techo, concentrados en un golpe potente. Impacta contra el quiebratormentas y luego contra los huecos. Todos salen despedidos varios metros.

Se me escapa un grito ahogado mientras esperamos con el corazón en la garganta.

La polvareda tarda un momento en disiparse y deja al descubierto a un quiebratormentas tosiendo, con la mano apretada contra el pecho…, y a tres huecos fulminados.

El quiebratormentas se incorpora con dificultad, jadeando, tratando de recuperar el aliento. Pero está vivo.

Los huecos, en cambio, no son más que humo y ceniza. Sus cuerpos han quedado reducidos a cáscaras calcinadas.

Me tapo la boca, horrorizada.

—Excelente —dice la doctora Cummings con un asentimiento firme—. Excelente.