Capítulo 51
M e enreda las manos en el pelo mientras me sujeta la cabeza y la inclina hacia atrás. Unas chispas violetas crepitan en el espacio que rodea nuestra piel, vibrando en el aire, casi como si percibieran lo que está creciendo entre nosotros.
Procuro no analizarlo demasiado. Me dejo llevar por el momento, por el calorcillo que me inunda las extremidades y el fuego que se arremolina en mi vientre mientras se encuentran nuestras lenguas y danzan juntas.
Él gime contra mi boca, pegándose más a mí; sus caderas guían las mías contra la piedra fría a mi espalda y el abrazo febril de su cuerpo.
Sus manos van bajando y dibujan la curva de mis costillas y mis caderas, mientras yo deslizo las mías por debajo de su camisa, explorando la piel aterciopelada que se extiende sobre valles de hueso y músculo.
Se inclina para succionar la curva de mi cuello y yo ladeo la cabeza, invitándolo a seguir. Se me escapa un pequeño jadeo cuando presiona una pierna entre mis muslos. Me sujeta por las caderas, me hinca los dedos en la piel, generando una fricción urgente, desesperada.
El calor se enrosca bajo mi ombligo en unas volutas fundidas que se despliegan mientras sus dedos se cuelan bajo mi camiseta, y el fuego de sus yemas me da un leve escalofrío en la piel.
Nos movemos al unísono; las caderas giran, los cuerpos siguen pegados. El balanceo de las mías contra la firmeza de su muslo; la tensión se concentra en mi vientre. Me enciendo. Me derrito. Me vuelvo líquida.
No pasa ni un minuto antes de que estalle con un gemido entrecortado, profundo, insondable como los confines sombríos de algún universo sin nombre.
Me aferro a él, y él me devora mientras el viento aúlla y la luz amatista explota en el cielo.
Suspira contra la curva de mi cuello y se deja caer sobre mí, encerrándome entre sus brazos, sumiéndome en su aroma.
Emergemos en busca de aire y nuestras miradas se encuentran en una penumbra brumosa iluminada por la tormenta.
Le arden los ojos de puro fuego y deseo.
Rebosa mil palabras no dichas. Despacito, me va dejando un reguero de besos en los hombros, en la garganta y, por último, vuelve a mi boca antes de apartarse.
Otro fogonazo de centella rasga el paisaje y ambos alzamos la vista cuando empiezan a caer las gotas de lluvia.
—Deberíamos volver —dice, separándose de mí y tomándome una mano—. Antes de que alguien se dé cuenta de que no estamos.
Asiento, aunque hasta eso me cuesta. Rook me ha dejado literalmente sin aliento, y me resulta muy difícil recuperarlo. Se inclina otra vez, me sujeta por la nuca y me devora de nuevo, rápido y voraz.
Un último beso robado bajo un cielo amatista.
—En serio, tenemos que irnos ya. —Tira de mí con más insistencia.
Regresamos tambaleándonos hasta el metro, como si se nos hubieran quedado sin fuerza las piernas. Encontramos un sitio junto a la ventana justo cuando el tren nos impulsa de vuelta al corazón de la ciudad.
Estamos más o menos a mitad de camino cuando se detiene en una estación concurrida, con pasajeros entrando y saliendo.
A mi derecha hay un mercado que aún bulle de vida pese a la hora que es.
Siempre he sentido una cierta fascinación por la inmensa variedad de productos que se venden bajo tierra, aunque apenas he explorado esos puestos.
Mi mirada se queda prendida en una hueca que está sentada junto a una columna. Tardo un instante en procesar su rostro. Es la misma mujer que reconocí hace meses. La que me recordó a mi antigua niñera.
Me inclino hacia el cristal, entornando los ojos. Le da un sorbo a la botella de agua y luego se limpia la boca con un gesto que me resulta demasiado familiar.
En esas, la mujer levanta la vista y nuestras miradas se cruzan con un nuevo atisbo de reconocimiento.
De repente, noto que me muevo.
—¿Poet? —pregunta Rook—. ¿Adónde vas?
Salgo del tren a empujones, notando a Rook detrás de mí mientras me abro paso entre el gentío. Pierdo de vista a la mujer cuando me zarandean a un lado y a otro, pero sigo avanzando a contracorriente.
Cuando salgo al andén, localizo la columna, pero la mujer ha desaparecido. Giro sobre mí misma varias veces, pero solo encuentro un mar indistinto de gente allá donde miro.
—¿Poet? —pregunta Rook—. ¿Qué pasa?
Sacudo la cabeza.
—No lo sé. Me ha parecido haber visto a alguien que conozco.
—¿A quién? —insiste.
Exhalo; de pronto me siento un poco ridícula.
—No estoy segura —reconozco, consciente de lo inverosímil que suena, pero él no presiona más.
—Vale —dice—. ¿Quieres seguir buscando?
Echo un último vistazo a nuestro alrededor y decido que seguramente me lo he imaginado todo.
—No. Deberíamos volver.
—¿Seguro?
—Sí, sí. Me he equivocado.
Asiente, no sin poca reticencia y me lleva de nuevo al andén, donde esperamos al siguiente tren. Volvemos a la habitación sin que nadie nos vea y nos turnamos para cambiarnos en el baño. Cuando Rook sale, solo lleva puesto el pantalón del pijama.
Noto que se me encienden las mejillas al recordar nuestra noche. Me da la impresión de que eso va a pasar a menudo. Supongo que él piensa en lo mismo, porque me dedica una mirada cálida que me hace sentir un escalofrío.
—¿Todo bien? —pregunta.
Debe estar preguntándose por qué estoy plantada en medio de la habitación.
—Me preguntaba… —jugueteo con el bajo de mi camiseta— si te apetecería dormir a mi lado esta noche.
De nuevo, no sé qué me ha entrado para pedirle algo así.
Sonríe despacio mientras se acerca y me pone un dedo bajo la barbilla. Me escudriña unos segundos y no alcanzo a descifrar lo que se esconde su expresión. ¿Se arrepiente de lo que hemos hecho? ¿Me estoy pasando de intensa?
—Olvídalo —digo, apartándome—. Ha sido una bobada.
—No —responde, bajando la mano para entrelazar los dedos con los míos—. No es ninguna bobada. Es que… no quiero dar nada por sentado sobre lo que sea que tenemos, sobre esta relación, pero hay cosas que deberías saber de mí antes de que nos acerquemos más.
Frunzo el ceño.
—Bien —digo—, pues cuéntamelas. Quiero saberlo todo sobre ti.
—¿En serio? —pregunta con un deje ligeramente afilado—. Porque hay cosas que, en cuanto las sepas, ya no podrás olvidarlas.
—Uy, qué enigmático suena eso —respondo. Noto una punzada de enfado por dentro y le suelto la mano—. Que si no quieres «acercarte más», no hace falta que te inventes nada para asustarme, ¿eh?
—No me invento nada —contesta con tal sinceridad que no me queda más remedio que creerle—. Tú y yo venimos de mundos distintos, Poet.
—Eso ya lo sé —digo, mirándolo—. ¿Crees que no lo sé?
—Hay muchas cosas que no entiendes de las Cloacas y, para sobrevivir, he tenido que hacer cosas de las que no estoy orgulloso. Me preocupa que, cuando lo sepas, dejes de mirarme como lo haces ahora.
—Sea lo que sea, lo entenderé —insisto—. Jamás juzgaría a alguien por haber sobrevivido.
Asiente, aunque no estoy muy segura de que lo haya convencido.
—Puedes contármelo.
—Todavía no —dice—, pero sí que quiero acercarme más.
—¿Aunque sea un problema con patas?
Esboza una sonrisilla, se inclina un poco más hacia mí y desliza una mano hasta la curva de mi espalda baja.
—A pesar de eso, sí. ¿En tu cama o en la mía?
—Me da igual —respondo, tratando de parecer natural y despreocupada…, y fracasando estrepitosamente.
Sin soltarme la mano, me lleva hasta mi rincón y se deja caer en mi colchón. Se echa hacia atrás, y yo me tumbo a su lado.
Me envuelve con los brazos, y yo resigo con el dedo una pequeña cicatriz que tiene en el pecho. Pienso en lo que acaba de decir, en lo que habrá tenido que vivir en un mundo tan distinto al mío.
Quiero encontrar la forma de que confíe en mí lo suficiente como para abrirse y contarme todos sus secretos, por feos que sean.
—¿Bien así? —pregunta.
Asiento y me acurruco más contra él.
—Hace mucho que… —me trago las palabras.
Iba a contarle que hace mucho que no me siento conectada a alguien, pero apenas conozco a Rook y no puedo decirlo en voz alta.
Aun así, no he recibido cariño de verdad —sin contar a Trinity— en mucho tiempo, y estar entre los brazos de Rook abre una grieta en mi corazón. Puede que sea por lo amable que ha sido conmigo, aunque no crea merecerlo. Quizá sea yo, que estoy desesperada por cualquier tipo de aceptación.
O tal vez entiende lo que quiero decir y no digo, porque sus brazos se cierran con más fuerza a mi alrededor antes de besarme en la coronilla y murmurar:
—Duerme un poco, Poet.