Capítulo 50
E stoy que no quepo en mí de la expectación cuando llego a mi encuentro con Rook esa tarde.
Es viernes por la noche y nos dejan salir de Amery durante unas horas.
Incluso nos han concedido unos días libres de entrenamiento, y mi cuerpo agotado sueña con una cama mullida, comida reconfortante y el crepitar de una chimenea.
Casi todo el alumnado se dirige al Sogno para bailar y beber. Durante años esperé con ansia las fiestas con mis amigos, pero ahora parece que nada de eso importa.
Cuando doblo la esquina, Rook ya está allí, esperándome. Tiene un aire despreocupado y atractivo, con la cabeza apoyada en la pared, un pie flexionado contra ella y las manos metidas en los bolsillos.
Al oírme llegar, alza la vista, y una chispa de luz le ilumina los ojos.
—Hola —digo, de repente un poco tímida.
—Hola. ¿Qué tal el día? —Su voz es baja, con una media sonrisilla dibujada en los labios.
—Bien. La verdad es que estaba deseando que llegara esto.
Confesárselo me enciende las mejillas. ¿Por qué no tengo filtros con él? Hay algo en Rook que me invita a eso, a ser sincera con él, como si no tuviera prejuicios ni expectativas.
Hace un gesto hacia la escalera.
—Yo también, liante.
Respiro hondo y bajo por la escalera, adentrándome en el espacio tenuemente iluminado.
Rook baja unos segundos después.
—Estás tensa. ¿Es por mí o por los túneles?
—No eres tú —respondo demasiado deprisa, notando cómo me arden otra vez las mejillas.
«En serio, chica, ¿podrías ser más transparente?».
Esboza una sonrisa y avanza unos pasos de nuevo antes de volverse hacia mí.
—Es por toda esta piedra —digo—. Siento como si me fuera a aplastar.
Se le suaviza el gesto cuando me mira a los ojos. Luego extiende la mano y la deja suspendida entre nosotros. Bajo la vista a sus dedos, al borde del tatuaje que asoma bajo la manga.
Despacio, deslizo la mano en la suya, y sus dedos cálidos se cierran alrededor de los míos.
Inclina la cabeza.
—¿Mejor?
Asiento.
—Mejor.
Mucho mejor.
Tira suavemente de mí y avanzamos por el túnel. Rook me va avisando de los desniveles o partes más irregulares del terreno. Mantengo una mano apoyada en la pared y la otra firmemente entrelazada con la suya.
—Cuidado aquí —me avisa—. El suelo se hunde un poco.
Se vuelve para comprobar que estoy bien, pero entorna los ojos al mirar más allá de mi hombro.
Me giro. Solo veo sombras alargándose hacia el punto del que venimos.
—Pensaba que… que había visto algo —murmura—. ¿Has oído algo tú?
Nos quedamos completamente quietos y callados…, y sí, oigo algo. Un sonido rítmico que podrían ser unos pasos o cualquier otra cosa: el goteo del agua, el crujido de una piedra.
—Habrán sido imaginaciones mías —dice al final—. Sigamos.
Subimos al tren y salimos, atravesando la vieja ciudad en ruinas. Durante el trayecto no consigo quitarme de encima la sensación de que nos están observando y hasta que no quedamos ocultos tras el muro de roca, no me puedo relajar.
Aspiro una bocanada profunda de aire fresco mientras la brisa me revuelve el pelo. Se está fraguando la tormenta. Las nubes se arremolinan y se concentran en ese punto que palpita detrás de mi corazón.
—Tenemos tiempo —dice Rook.
Asiento mientras nos acomodamos sobre la roca central y miramos fijamente el horizonte.
—¿Y lo de la claustrofobia? —pregunta él, con una rodilla recogida bajo el brazo—. ¿Tiene que ver con lo que vio la doctora Perez en tus radiografías?
Suelto el aire despacio y me cruzo de brazos con fuerza sobre el pecho. Rook me roza el codo con suavidad.
—Vale, no hace falta que lo hagas —dice—. Perdona. No tendría que haberte preguntado.
—No pasa nada. Total, es un secreto a voces. Mi padre… tiene muy mal genio. He pasado mucho tiempo escondida en armarios.
Rook exhala un suspiro afilado como una cuchilla.
—¿El mismo capullo que vino a la ceremonia de juramento?
—El mismo que viste y calza. —Contengo el aliento y me pregunto cómo reaccionará.
Él resopla y lanza un guijarro al suelo, que cae con un leve chasquido.
—Nos pasamos la vida oyendo lo civilizados que sois, que las Sociedades representan la cúspide de la existencia humana, pero en el fondo también sois unos putos animales.
Clavo la mirada en él, y este niega con la cabeza.
—Perdona, no tendría que haber dicho eso.
—No —respondo, inclinándome para posarle una mano sobre la muñeca. Noto que se tensa, pero no se aparta—. Tienes razón. Si eso es lo que os enseñan, entonces están equivocados.
Recoge otro guijarro, lo lanza al aire y lo atrapa.
—¿Por qué elegiste Aria para el juramento? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—Sinceramente, me daba bastante igual. Me pareció que tendría más posibilidades de salir adelante.
Tiene lógica. Y la verdad es que da el perfil.
—Te mueves y peleas como si ya supieras lo que hacías cuando llegaste —digo.
—Sí —admite. Pero ese «sí» pesa como si arrastrara mil historias que no alcanzo a imaginar.
—¿Qué te hicieron durante la iniciación?
Sé que no debería preguntar, pero la curiosidad es superior a mí.
Tensa la mandíbula antes de responder:
—Bueno, procuraron que empezara a convertirme en uno de vosotros.
Como veo que no quiere añadir nada más, no insisto. No es asunto mío y debe tener sus motivos para haber jurado.
—¿Y por qué estás aquí? —pregunto, dándole vueltas a eso en la cabeza—. ¿Por qué viniste a Amery?
Me mira un segundo y luego alza la vista al cielo.
—Por mi familia. Por mi gente. Para tener la oportunidad de darles algo más.
«Su gente». Su vida me intriga cada vez más.
—Pero no volverás a verlos, ¿no? —pregunto—. Cuando te matriculas en Amery, ¿no tienes que renunciar a ellos?
Se encoge de hombros.
—Esa es su norma, sí, pero tengo la intención de encontrar la forma de saltármela.
Lo dice con tanta naturalidad que me lo creo; seguro que lo conseguirá.
—Tienen suerte de tenerte —murmuro.
—No, la suerte es mía de tenerlos.
Le sonrío.
—Debe ser bonito.
Entonces los dos volvemos a mirar hacia el cielo, donde los primeros destellos de las nubes empiezan a parpadear en la distancia. Me rasco la nuca y los brazos; veo cómo Rook se estremece. Ha sacado la brújula y está abriendo y cerrando la tapa sin parar. Creo que es un gesto nervioso.
—Al menos ya no tengo que hacer esto sola —digo.
Deja de toquetear la brújula.
—Sí.
—Oye, ¿de verdad nunca te topaste con ningún otro centinela en las Cloacas?
Duda un segundo y luego parpadea.
—No. Nunca.
Tengo la extraña sensación de que no me está contando toda la verdad. No se lo reprocho; seguramente esté protegiendo a alguien, alguien a quien quiere. Puede que algún hermano suyo también sea centinela.
—Y ¿de verdad no sabes qué pasó la última vez? ¿Cuando nos tocamos?
—No lo sé. Ni siquiera pensaba que eso fuera posible.
Esta vez sí le creo.
—¿Hay alguien que pueda saberlo? —Pienso en la doctora Eze y en sus investigaciones. Sigo convencida de que sabe más de lo que aparenta.
Rook se encoge de hombros.
—Puede ser. Creo que el Escudo sabe más sobre los centinelas de lo que reconoce.
Asiento despacio. Me encaja.
A medida que se acerca la tormenta, nos quedamos sentados uno junto al otro, en un silencio cómodo. Me gusta no sentir la necesidad de rellenar los vacíos entre nuestras palabras. A Rook le gusta el silencio tanto como a mí.
Inspiro hondo y dejo que me invada el olor de la tormenta. Ese sabor nítido y eléctrico me chisporrotea en la lengua.
—¿Qué es lo que más te gusta? —pregunta.
—La sensación de estar completamente viva —respondo sin dudar—. Como si pudiera aplastar una roca, derribar un edificio o desgarrar el cielo.
Esboza una sonrisa levantando una de las comisuras.
—A mí me gusta porque es como si tocara el universo —dice—. O algo más allá, incluso. Sé que antes creían en dioses, y te juro que, cuando esa energía me recorre las venas, siento como si hubiera un poder superior ahí fuera haciendo magia.
Asiento con la cabeza.
—Sí. Te entiendo perfectamente.
Me mira, y nuestros ojos se encuentran. El instante se convierte en chispa; un fuego que podría reducirnos a cenizas.
—¿Tienes más familia? —pregunta, y yo asiento.
—Mis abuelos. Por parte de madre. Tampoco me hablan.
—¿Tenéis una relación cercana?
—No, no mucho. Cenamos juntos cada pocos meses, me hacen preguntas educadas sobre la escuela y mis amigos… y poco más. Me mandan algo bonito por mi cumpleaños.
Hago un gesto de indiferencia como si no me importara, pero sí que me importa.
Pienso en Trinity y en los Robins; ella tenía cuatro abuelos y varios tíos y primos que formaban una extensión natural de su familia inmediata. Y, aun así, al final también los ha perdido.
—Mi madre tiene una hermana, y mi primo Anan está en tercero —digo—. Los vemos de vez en cuando. Mi padre también tenía una hermana, pero murió antes de que naciera yo. Se enamoró de un solitario.
Susurro esas palabras y Rook me lanza una mirada rápida, con las cejas enarcadas.
—¿En serio?
—Sí. Casi destroza a la familia. Se quedó embarazada y luego… él la mató. Después, mis padres se hicieron cargo del bebé. Raine. Técnicamente era mi primo, pero para mí era como si fuera un hermano.
—Lo siento mucho —dice Rook—. Debió ser durísimo para todos. —Suelta una risa seca—. Entiendo por qué me odias, supongo.
—No es verdad. No te odio.
Me lanza una mirada escéptica.
—Ya no —añado, tirando de un hilo suelto en el puño de mi camisa—. Nunca te he odiado, lo que pasa es que no confiaba en ti. Porque no te conocía. Te juzgué por lo que decían los demás.
Parpadea, y yo resoplo, negando con la cabeza.
—Además, tienes razón. Mi familia está muy… dividida. Está demasiado falta de cariño. Joder, qué patética soy, ¿no?
Aparto la mirada, incapaz de enfrentarme a su expresión, porque temo lo que pueda encontrar en ella. Posa una mano cálida sobre la mía y entrelaza los dedos con los míos.
—No eres patética. No eres responsable de nada de eso.
Suelto el aire mientras una ráfaga de viento le revuelve el pelo y algunos mechones le cruzan la mejilla.
Me dan ganas de alargar la mano y apartárselos.
—Creo que mucha gente ve a una chica que lo tiene todo —dice en voz baja—, pero no ven quién eres de verdad.
Sus palabras me calan, se acercan demasiado a la verdad, y siento un alivio tremendo porque alguien, por fin, me entienda.
—Ya imagino —digo—. Pero es que no quiero parecer una quejica. Crecí teniéndolo todo. No soy una…
—Solitaria —termina él por mí—. Puedes decirlo.
—Perdón. —Me paso la mano por la cara—. Es la costumbre.
—¿De verdad crees que estamos todos tan mal? —pregunta con suavidad—. ¿Sigues convencida de que en las casas se vive mejor?
—No —respondo al instante—. Ya no.
Aprieta los labios justo cuando una descarga estalla por encima de nosotros. La energía golpea la tierra y se hincha en un arco de plasma que gira con chispas de color amatista. Rook salta de la roca y me tiende la mano. Entrelazo los dedos con los suyos y avanzamos unos pasos más hacia el claro.
—Tienes todo el derecho a odiarme —digo—. Por todo: por quien soy y por lo que represento. Es verdad. Todo lo feo y horrible.
—No te odio —responde en voz baja.
—Ya no, querrás decir.
Esboza una media sonrisa, pero no contesta.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —añade al cabo de un momento.
—Claro. —Y lo digo en serio.
Quiero contárselo todo. Todo.
—¿Alguna vez sientes que puedes… controlarla? La centella, digo.
Suelto el aire despacio.
—No lo sé. ¿Y tú?
Se encoge de hombros y vuelve la vista al cielo.
—Tal vez.
—¿Y eso qué crees que significa?
—No tengo ni idea —admite—. Pero algo tendrá que significar.
Tiene una expresión indescifrable y me pregunto si me está ocultando alguna información.
El viento arrecia y nuevos destellos de luz iluminan el horizonte.
Rook me aprieta la mano más fuerte mientras se me forma un nudo de emoción en la garganta.
No debería sentirme tan unida a él. La historia de Raine y su madre biológica debería servirme de recordatorio, pero no tengo miedo.
Siento que con nosotros sería distinto. Pero quizá me estoy adelantando a los acontecimientos.
—¿Te agarras a mí? —pregunta—. La última vez…
—Sí —respondo—. Quiero repetirlo.
Unos estallidos de luz ultravioleta iluminan las nubes como bocanadas de humo en polvo. Aquí, al aire libre, me siento aún más cerca, como si pudiera fundirme con el cielo.
Entreabro la boca a la vez que explota una nube, y varios relámpagos de centalla se precipitan hacia nosotros.
Sabe que estamos aquí, que estamos esperando.
Me preparo para el embate. Para el dolor antes de la calma, sin saber si lo de la última vez fue un golpe de suerte.
Nos alcanza. Doy un grito ahogado cuando la luz chisporrotea dentro de mí, ardiendo en mis extremidades y mis huesos, pero no con la fuerza desgarradora que conozco.
Rook me aprieta la mano con fuerza y es como si el contacto concentrara el poder, como si lo filtrara a través de mí en lugar de incrustarlo en mi interior.
Cada célula de mi cuerpo vibra, chisporrotea y estalla… , despierta.
Una risa me burbujea en la garganta. Una euforia intensa que se retuerce sobre sí misma, y no solo siento el estallido del plasma y las chispas que crepitan a nuestro alrededor.
Lo siento todo.
El cielo y las estrellas y los planetas lejanos girando en la bóveda celeste.
Soy vapor y aliento.
La tierra que bulle y el agua que desborda.
Abro la boca, grito contra el viento y lo suelto todo.
Un nudo de emociones. De tristeza. De perder a mi mejor amiga. A mi familia. De alejarme de todo lo que conozco.
Elegí otro camino y ahora tendré que encontrar una nueva forma de existir. Puede que todo empiece hoy.
Miro a Rook, que me observa con una sonrisa franca en el rostro. Cielos, tiene una sonrisa preciosa. Y no es solo perfección física; es la manera en que sonríe con todo el cuerpo, como si supiera lo que es la alegría de verdad.
Me pregunto si todas mis creencias hasta la fecha eran erróneas.
Las chispas violetas danzan por su pelo y su ropa. Alargo la mano para atrapar una entre los dedos, pero él tira de mí y me atrae hacia su cuerpo, rodeándome la cintura con el brazo.
El corazón se me dispara cuando su aliento roza mi boca.
—Rook —susurro.
Y entonces me besa y me olvido de absolutamente todo lo demás.