Capítulo 49
U na retahíla de pesadillas irrumpe en mis sueños.
Veo a mis padres con los ojos negros y vacíos, que se alzan imponentes sobre mí.
Brick y Silla tienen garras y dientes afilados, y avanzan con las piernas rígidas mientras la carne se les pudre en la cara.
Caigo, precipitándome en la nada hasta estrellarme contra la piedra: mi cuerpo se hace añicos.
Trinity se gira y le veo otro rostro en la parte posterior de la cabeza.
Lacey grita.
Domino aparece doblada, rota.
Teddy está despedazado.
El crujido estático de la tela al rasgarse y el golpe sordo del algodón al caer.
Me incorporo de repente, empapada en un sudor frío, con una mueca al notar la punzada de dolor en la muñeca.
Es temprano; entra una luz grisácea por las pequeñas ventanas. El cielo aquí abajo es más calmado y discreto, menos empeñado en hacerse notar. Probablemente otra de las razones por las que Rook escogió este lugar.
Tardo un momento en darme cuenta de que la ducha está en funcionamiento y su cama está vacía. Miro la puerta del baño y no imagino, para nada, cómo le resbala el agua por el pecho y los abdominales. Ni siquiera me detengo a pensar en lo fina que es la pared que nos separa.
Me percato del derrotero de mis pensamientos y me invade la vergüenza.
Vuelvo a recostarme y cojo el móvil para distraerme.
Cada mañana lo enciendo con una mínima chispa de esperanza de que mi madre haya decidido poner fin al punto muerto en el que nos encontramos.
Y cada mañana me llevo la misma decepción.
Sigo sin tener noticias de Trinity, así que reprimo la frustración y le envío un mensaje, preguntándole si quiere quedar luego.
Después le escribo a mi madre contándole lo de la lesión. El dedo se me queda suspendido sobre el botón de enviar y temo no poder soportar otra decepción si no responde. ¿Tan indiferente puede ser a todo lo que me está pasando? ¿Le importa que ya no esté a salvo entre estos muros?
Entonces me pregunto si está recibiendo mis mensajes, para empezar. Mi padre sería perfectamente capaz de confiscarle el móvil. Ya lo ha hecho otras veces para controlarla. No sé si pensar eso me consuela o me hunde más en la miseria.
Entra otro mensaje en el chat con Silver y Hazel. Esta vez es mucho más directo.
Silver todos saben que os besasteis y están todos hablando del tema
Suena ligeramente amenazante, muy distinto a su tono habitual, más distendido, más de broma, y no sé muy bien qué pensar. ¿Qué me quiere decir? He roto otras reglas, ¿qué más da una más?
No me avergüenza haberlo besado.
Me gustó.
No me importaría volver a hacerlo.
«No me importaría» no. Quiero hacerlo.
Pero tampoco quiero que todo el mundo lo sepa y lo convierta en cotilleo. Fue un momento privado.
El agua deja de correr y se me entrecorta la respiración cuando se abre la puerta y sale una nube de vapor.
Y Rook.
Con una toalla ceñida a las caderas y nada más.
Cielos…, está impresionante.
No puedo evitar mirarle el pecho aún mojado, las líneas marcadas de su abdomen y el rastro de vello oscuro que desaparece bajo la toalla.
Mi imaginación es potente, pero la realidad lo es aún más.
Se frota el pelo con otra toalla, y, al tensarse el antebrazo y el bíceps, siento un calorcillo líquido que me recorre el vientre.
Me toco el labio inferior, pensando en nuestro beso.
Su mirada salta a la mía, y de nada sirve fingir que no lo estaba mirando porque no se lo va a tragar.
—Perdón —murmuro, bajando la vista.
Al cabo de un momento vuelvo a alzarla y lo veo observándome; una sonrisa se insinúa en sus labios.
—No tienes nada por lo que disculparte.
Esa respuesta me arranca una sonrisa pese a todo. Levanto el móvil.
—Se ha enterado todo el mundo —digo—. De lo del… beso.
Aún no lo hemos hablado o nombrado como tal, y casi parece prohibido decirlo en voz alta.
Se acerca y percibo su aroma limpio cuando se inclina para mirar la pantalla; una gotita resbala de la punta de su pelo y me cae sobre la mano. No la aparto. Soy oficialmente… patética.
—Esa chica tiene tela —dice, incorporándose y volviendo a su lado del cuarto.
Al girarse, veo que tiene otro tatuaje en la parte baja de la espalda. Unas líneas unidas por pequeñas estrellas. Supongo que son las constelaciones de las que me habló.
—¿La conoces?
—Nos hemos cruzado —responde con sequedad, sin dar más detalles.
—Supongo que alguien nos vio aquella noche.
—¿Habrá dicho algo Domino?
—No, lo dudo. —Me muerdo el labio inferior—. Tú no se lo habrás contado a nadie, ¿no?
—¿Por qué iba a contárselo a nadie?
Frunzo el ceño.
—Un momento. ¿Qué palabras has enfatizado?
Parpadea.
—¿Qué?
—Que qué palabras has enfatizado. Si el énfasis está en «por qué», significa que no lo contarías. Si está en «contárselo», es que quieres mantenerlo en secreto. Y si está en «nadie», es que quizá te arrepientes.
Me mira, entre divertido y desconcertado.
—Creo que me acabas de dar dolor de cabeza.
Resoplo.
—¿Esa chica es tu amiga? —pregunta, señalando el móvil, refiriéndose a Silver.
—Sí. No. Bueno, lo era…
—No creo que lo sea ahora —dice—. Mira, solo hablé con ella porque me estaba preguntando por ti y por mí… y por el beso. Y, bueno, nada de lo que dijo fue precisamente amable.
Algo se desinfla dentro de mi pecho. Mira que lo sabía…, pero que me lo confirmen duele.
—Todos han sido bastante duros contigo por lo de cambiar de casa —añade.
—¿Sí? No me había dado cuenta —respondo, poniendo los ojos en blanco.
Eso le arranca una pequeña risa.
—¿Por qué importa tanto? Trinity…, la otra que se cambió… ¿Por qué a ella no le dicen nada?
Aprieto los labios y él enarca una ceja.
—No te va a gustar la respuesta —digo.
—No sabes lo que me va a gustar o no.
—Porque yo soy… importante. —Hago una mueca, avergonzada por lo mal que suena—.
O, mejor dicho, por lo importante de mi posición.
En teoría iba a casarme con Knox para reforzar el poder de mi padre y mantener estable nuestra casa.
Cuando me pasé a Aria, puse en jaque todo lo… —Dejo la frase en el aire.
—Alucino con que quisieran casarte con ese imbécil.
—Pues ya ves.
—Tienes razón —dice—. No me gusta nada esa respuesta.
No hay una rabia real en su voz, solo una sombra de derrota.
—Es un peso demasiado grande para llevarlo tú sola —añade.
Se pasa una mano por el pelo aún mojado, y no puedo evitar fijarme en cómo se tensan y se marcan sus brazos y su pecho al moverse. Me distrae muchísimo.
—Supongo —murmuro.
—Lo siento. Seguro que no mereces nada de eso.
Suelto una risa breve.
—¿Tú crees?
Inclina la cabeza, mirándome con una mezcla de empatía y algo más difícil de definir. Yo bajo la vista a la toalla que aún lleva alrededor de la cintura y aparto las sábanas antes de decir alguna tontería sobre la gotita de agua que le resbala por el pecho.
—Voy a ducharme —anuncio—. Así puedes terminar de vestirte.
Asiente mientras rebusco en el armario y saco ropa, que aprieto contra el pecho.
—¿Vamos a hablar de eso en algún momento? —pregunto, y él levanta una ceja.
—¿Hablar de qué?
—Ya sabes de qué.
Se sujeta la toalla en la cadera y se acerca hasta plantarse delante de mí. Con la mano libre me aparta el pelo y me toca la nuca.
—¿Qué quieres decir tú? —pregunta, inclinándome el rostro hacia él.
—Pues que… me gustó —confieso de golpe.
Eso le arranca una risa suave y cálida.
—Ah, ¿sí?
Asiento, con las mejillas ardiendo, preguntándome qué bicho me ha picado para soltarlo así, de sopetón.
—A mí también me gustó —dice, y se me afloja un nudo del pecho—. Y, por si sirve de algo, no me arrepiento.
—Ah —respondo mientras el calor me fluye por todas las extremidades—. Vale.
Sonríe despacio.
—Creo que se avecina una tormenta. ¿Salimos esta noche?
—Sí —contesto sin dudar—. Lo necesito.
—Yo también.
Se inclina un poquito más y su aliento me roza los labios. Quiero besarlo otra vez. Y creo que él también se lo está planteando, pero al final se aparta.
—Ve a prepararte, va —dice al cabo de un rato—, o llegarás tarde a clase.
Se incorpora, pero la expresión de sus ojos no es de despedida, sino más bien un «veremos qué pasa».
Casi a regañadientes, me aparta la mano de la nuca y yo me meto en el baño con el corazón latiéndome con fuerza y las piernas temblándome, repasando cada segundo de su roce.
Cuando salgo, pasados unos veinte minutos, Rook ya no está. Cruzo el cuarto hasta mi cama y me pongo a ordenarla un poco. Teddy está enredado entre las sábanas y, al alargar la mano para cogerlo, veo un trocito de papel asomando bajo su brazo.
Me quedo mirándolo, sorprendida, antes de sacarlo con cuidado. Rook me ha dejado una nota. Parece que ha arrancado una esquinita de uno de sus libros, y la idea me desconcierta tanto que tardo un segundo en asimilarla. ¿Ha arrancado una página solo para dejarme un mensaje?
Tengo que ir a ver a Brooklyn por lo del plan de entrenamiento,
pero quedamos en la salida del túnel después de clase.
El código de la habitación es 3452.
R.
Su letra fluye con elegancia sobre el papel, llena de curvas y bucles hechos con buena mano, como si hubiera practicado durante mucho tiempo.
La mayoría de nosotros ya no escribimos a mano. Usamos las pantallas para todo y, aunque de pequeños nos enseñan a escribir un poco con el lápiz digital, más allá de firmar nuestro nombre no se le da demasiada importancia.
Sin embargo, yo atesoro esas palabras. Y la forma en que me las ha hecho llegar. Aunque no digan gran cosa. O quizá sí. Tal vez sí que me cuentan algo entre líneas. Doblo el papel con cuidado y lo deslizo bajo la funda del móvil para llevarlo conmigo.
Es un gesto un poco tonto, pero, al mismo tiempo, creo que es lo más adecuado.
Después de hacer la cama, pienso en esconder a Teddy en un cajón, pero luego me doy cuenta de que quizá no hace falta.
Ahora mismo, Rook ha sido testigo de más secretos míos que nadie en Amery, salvo Trinity.
Así pues, en lugar de esconderlo, acomodo a Teddy junto a la almohada, como si fuera a quedarse esperando mi regreso.
Miro a mi alrededor en la habitación silenciosa, sumida en una especie de satisfacción.
Es curioso que, después de casi cinco meses en Amery, el único lugar en el que he sentido que podía ser yo misma sea al lado de la única persona en la que no debería confiar.
Respiro hondo y salgo hacia mi primera clase, sin saber muy bien si me pone más nerviosa volver a ver a todo el mundo… o quedar con Rook esta noche.