Capítulo 48 (Capítulo extra)
OSITO DE PELUCHE
—ROOK—
E stoy volviendo a mi habitación cuando me llama la atención el ruido de unas voces fuertes.
—Te he dicho que te largaras —dice alguien justo cuando doblo la esquina y veo a un grupo de gente en lo alto de la escalera.
Y luego un grito.
Entro en acción antes de entender qué está pasando. Veo un destello de pelo púrpura oscuro. Un rostro que aparece en mi mente con demasiada frecuencia.
Es Poet.
Acaban de empujarla por las escaleras. Alguien de aquí va a morir.
—¡¿Qué coño está pasando?! —pregunto mientras varias miradas se vuelven hacia mí.
Los reconozco. Dos de las compañeras de Poet. Y un par de esos cabronazos con sus horribles camisetas rojas de extinguidor.
Veo que Brick lleva algo en la mano. Un peluche.
Es un oso de peluche, desgarrado y con el relleno por fuera.
Una pierna y un brazo están en el suelo.
Algo me dice que tiene que ver con Poet.
Le arranco el oso de las manos, recojo las piezas sueltas y me lanzo escaleras abajo hasta donde ella yace al fondo, inconsciente.
Fuego. Siento que podría prenderle fuego a todo. Me obligo a respirar un segundo para serenarme.
Ella me necesita lúcido y con la cabeza en su puto sitio. Me arrodillo y le tomo el pulso. Cuando noto el latido firme bajo mis dedos, suspiro aliviado. Solo está inconsciente.
Cabreado, levanto la vista hacia la escalera y veo que todos me están mirando. Algunos parecen avergonzados. No todos.
—Más os vale largaros de mi vista ahora mismo —gruño—, antes de que vaya a buscaros uno por uno.
Unos cuantos asienten y empiezan a dispersarse, pero no les hago caso. Me inclino y recojo a Poet con cuidado entre mis brazos. Gime suavemente cuando la estrecho contra mí; en una de las manos llevo los restos del oso.
Me pongo en marcha hacia el ala médica. Necesito que alguien confirme que no tiene una conmoción cerebral. A nuestro paso, varios se detienen a mirar, boquiabiertos. Seguro que piensan que he sido yo. A veces odio este lugar.
Luego bajo la vista hacia Poet, acunada en mis brazos y con la cabeza apoyada en mi pecho…, y lo odio un poquito menos.
Últimamente no pienso en otra cosa que no sea ella. Y ese beso. Mierda. Ese beso me removió algo por dentro que ni siquiera sabía que existía. Niego con la cabeza. Ahora no es momento para eso, no es nada productivo.
Cuando llego al centro médico, aporreo la puerta. Se abre casi al instante: es la doctora Perez. No le caigo bien. El sentimiento es mutuo.
—Sus compañeras la han empujado por las escaleras —digo antes de que pueda hablar.
La mujer cierra la boca y asiente.
—Entra.
Cruzo la sala y la deposito con cuidado sobre la cama. Oigo otro gemido leve cuando, con las pestañas, se roza las mejillas. Así tiene el rostro relajado, sin la tensión habitual.
—Se ha desmayado —añado mientras la doctora empieza a examinarla—. Creo que se ha hecho daño en la muñeca.
Se le está hinchando y amoratando.
—Dame espacio, por favor —me pide.
Pero yo no quiero apartarme, quiero quedarme a su lado. Es algo irracional, lo sé, pero la verdad es que Poet me vuelve un poco irracional.
—Por favor —insiste—. Si no, no puedo ayudarla.
Al final me alejo. Entran otros sanitarios y comienzan a comprobarle las constantes. Está claro que saben lo que hacen. Poet respira y se mueve. Gime. Eso afloja el nudo que llevo en el pecho. No me gusta nada verla sufrir, pero sé que está viva.
Doy un paso atrás y soy consciente de que estoy apretando el oso de peluche con tanta fuerza que los nudillos se me han quedado blancos.
Echo un vistazo rápido por la sala y localizo el armario de suministros. No pido permiso: busco aguja e hilo, y me voy a la otra punta del consultorio, donde me dejo caer al suelo, apoyado contra una cama vacía.
Examino los daños del oso.
La cabeza está casi arrancada y le cuelga de un jirón de tela, así que empiezo por ahí. Se le ha salido parte del relleno y ha quedado algo deforme. Puede que el resto esté esparcido entre la habitación de Poet y las escaleras. Necesito algo para rellenarlo.
Miro alrededor y reparo en la almohada de una cama. La cojo y la rajo.
—¡Oye! —protesta uno de los sanitarios—. ¿Qué estás haciendo?
—Nada —respondo mientras saco un puñado de relleno de algodón y vuelvo a lanzar la almohada a su sitio—. Ocúpate de tu paciente.
Empiezo a embutir la cabeza del oso, procurando que quede bien llena, esperando que alguien venga a regañarme, pero de soslayo veo que todos han vuelto a lo suyo. Supongo que han decidido no armar un escándalo.
Cuando termino con la cabeza, le coso el vientre con más relleno y después me ocupo de la pata.
Para cuando acabo, Poet está recostada bocarriba con un vendaje en la muñeca, el pelo extendido sobre la almohada. Observo su respiración y cómo le sube y le baja el pecho mientras emite unos ruiditos suaves.
No debería pensar en besarla otra vez en un momento así, pero tiene unos labios tan rosados, tan perfectos… Y sabían tan bien. A fresas y a lluvia. No hemos hablado del tema —eso es culpa mía—, pero me quedé confundido… y con ganas de más.
—No creo que tarde en despertar —dice la doctora Perez—. Tiene un esguince en la muñeca, pero no parece haber nada más preocupante. Le daré algo para el dolor y en una semana más o menos estará bien. ¿Qué ha pasado?
Le cuento lo que he visto y aprieta los labios con evidente desaprobación.
—Pues menos mal que la has encontrado.
Entiendo que es una especie de ofrenda de paz. Una disculpa por cómo me trató la última vez que estuve aquí. Sin embargo, ha ayudado a Poet, así que hoy me siento generoso y asiento.
—¿Lo estás cosiendo? —murmura una voz suave al cabo de un momento.
Levanto la vista. Los grandes ojos oscuros de Poet se llenan de lágrimas. Y entonces se rompe, se desmorona. En cuanto quiero darme cuenta, me he incorporado y me siento en la cama, donde la estrecho entre mis brazos.
Solloza contra mí; le vibra la caja torácica y tiembla toda ella. La abrazo con más fuerza y le doy espacio para que se desahogue.
De repente, quiero ser su persona. La persona a la que acuda. El sitio blando y suave donde pueda caer.
Y, por primera vez desde que la vi en el pasillo el día que llegué, esa idea me da solo un poco de miedo.