Capítulo 48 #2
—Ahora mismo vuelvo. Tú túmbate y toma los analgésicos que te ha dado la doctora.
Me quita los zapatos y me ayuda a recostarme en la cama. Quedamos a la misma altura, mirándonos a los ojos. Parece que quiere decir algo más, pero al final niega levemente con la cabeza y se levanta.
Sin decir nada, sale de la habitación. Veo cómo la puerta se cierra tras él y luego examino el lugar. Esto es mucho más silencioso que los dormitorios de arriba. Más tranquilo.
Imagino que a Rook le gustaba esa soledad… y ahora he irrumpido yo en su silencio. Me viene a la cabeza lo que ha dicho sobre disfrutar de la compañía adecuada, y sé que no debería preguntarme —ni esperar— si estoy incluida en esa lista.
A pesar del hogar, el aire aquí es más fresco, y solo llevo la camiseta de tirantes que tenía bajo la chaqueta. Un escalofrío me recorre y se me eriza la piel. Aprieto a Teddy contra el pecho.
Me pregunto cuánto tardará Rook y si debería haberle acompañado. Espero que nadie intente hacerle daño. Aun así, estoy algo mareada por las pastillas y algo me dice que sabe cuidarse solito. Puede que no me teman a mí, pero Rook ya ha demostrado varias veces que no tolera las tonterías de nadie.
Acuno a Teddy y mi brazo dolorido mientras me acomodo sobre la almohada. Me envuelve la cabeza y, en cuanto me hundo en ella, los párpados se me vuelven pesados.
El móvil vibra y abro los ojos otra vez.
Es Domino; quiere saber cómo estoy. De hecho, me ha enviado varios mensajes ya. Al parecer estaba con Journey, trabajando en un proyecto en su cuarto cuando ocurrió todo, y no tenía ni idea de lo que planeaban nuestros compañeros.
Le pregunto si está bien y a salvo con los demás, y me asegura que sí.
Vuelvo a los mensajes y compruebo que Trinity no me ha escrito nada. Su amigo Brick estaba en esa habitación. Él ayudó a empujarme por las escaleras. ¿Lo sabe ella? ¿Le importa acaso? Me da miedo preguntar.
Tengo un mensaje de Edward, que me pregunta cómo estoy. Al menos él no deja que la división en la Sociedad se interponga entre nosotros.
Y varios de Silver y Hazel, que han resucitado temporalmente nuestro chat de grupo.
Silver poet, tía, estás bien?
Hazel he oído que el solitario te rescató???
Silver y eso no es lo único que ha hecho… suelta ya el cotilleo, poet. de verdad os habéis besado?
Resoplo, y pienso cómo han tardado tanto en preguntar.
Poet Estoy bien. Solo un esguince en la muñeca.
Y no digo nada más. No hago ni caso a la pregunta sobre Rook. Es infantil, sí, pero la incertidumbre las corroerá por dentro, fijo. Bloqueo el móvil y lo dejo sobre la mesilla mientras me tumbo mirando al techo.
Estoy muy despierta, demasiado. Y frustrada. Enfadada. Me levanto y empiezo a pasear de un lado a otro.
La puerta se abre, y estoy tan absorta en mis pensamientos que doy un respingo.
Es Rook, cargado con un montón de mi ropa. Se detiene al verme plantada en mitad de la habitación.
—¿Me echabas de menos? —pregunta.
Asiento… y me corrijo justo a tiempo para negar con la cabeza mientras él esboza una media sonrisa. Puede que sí que lo haya echado un poquitín de menos.
Me aparto para que pueda pasar y deja el montón sobre una de las camas vacías. Lleva mi mochila a la espalda; se la quita y la pone en el suelo.
—No es todo, pero es lo que he podido traer de una vez. Mañana puedo ir a por lo que falta, si te parece.
—Claro —digo, con una gratitud casi abrumadora—. Gracias. No tenías por qué hacer todo esto. De verdad que te lo agradezco. Es que no tengo a nadie y…
—Lo sé —me interrumpe y se dirige a su rincón.
—Perdón. Sí. Supongo que ya lo sabes.
Reviso la pila de ropa y empiezo a colgar algunas prendas en el armario. Siento la mirada de Rook en el cogote mientras se quita las botas y se deja caer en la cama. Suelto un gritito de sorpresa al ver que en las manos tiene… un libro.
Un libro de verdad. De los de papel y cubierta brillante, aunque arañada y magullada por el uso.
Se da cuenta de dónde tengo la mirada.
—En las Cloacas tenemos algunos libros. Me traje un par de los que más me gustan.
Me tapo la cara con las manos y me siento una idiota de remate.
—Y yo que pensaba que no sabías leer… —digo, y eso le arranca una sonrisa auténtica.
Se le extiende por el rostro y le aparece un hoyuelo en la mejilla que me provoca algo extraño, y nada desagradable, por dentro.
—Toma —dice, y me lo tiende.
Me acerco y lo acepto con la reverencia que se merece.
Paso las páginas suavizadas por el tiempo, que me hacen cosquillas en las yemas de los dedos.
En la cubierta se lee el título de una novela de fantasía de la Era del Calentamiento que fue muy popular en su momento.
La misma en la que el arquitecto se inspiró para modelar la Academia Amery.
—¿Crees en los elfos? —pregunto, leyendo en diagonal la página en la que he aterrizado por azar—. ¿En los árboles que hablan?
—Creo que ya demostramos que lo sobrenatural no existe —responde, casi con tristeza—. Pero sigue siendo bonito soñar, ¿no?
—Sí —murmuro—. Estoy de acuerdo.
Cierro el libro y se lo devuelvo, pero él hace un gesto con la mano.
—Deberías leerlo.
Hay algo de esperanza en su expresión, como si de verdad quisiera que dijera que sí.
—¿Me lo dejas? —pregunto, sosteniéndole la mirada—. ¿Estás seguro? Es algo tan valioso para…
—¿Y por qué no? Antes creían que los libros estaban hechos para compartirse. Y es una historia fantástica. Creo que te gustará.
—Gracias —digo, llevándomelo a la nariz e inhalando hondo. Me imagino ya saboreando las palabras y pensamientos atrapados entre las páginas—. Sé que no paro de repetirlo, pero no tienes ni idea de lo mucho que te agradezco todo.
—Nada —responde.
Abre el cajón, saca otro libro y se recuesta con él. No reconozco el título, pero me da la sensación de que mi gratitud lo incomoda, así que lo dejo leer tranquilo mientras termino de guardar mis cosas.
Cuando acabo, cojo un pijama y me meto en el baño para ponerme los pantalones cortos y la camiseta de tirantes. Al salir, veo que Rook se ha cambiado para dormir, aunque creo que lo de «cambiarse» es ser muy generosa. Se ha puesto unos pantalones negros y nada más.
Está tumbado en la cama, con los tobillos cruzados y el libro apoyado sobre el pecho.
Me quedo paralizada un segundo, observando la curva de sus bíceps y el contorno de sus hombros.
Tamborilea los dedos sobre su abdomen liso, y es la primera vez que puedo apreciar de verdad los tatuajes que le surcan los brazos.
Líneas sinuosas de ríos y montañas escarpadas que se despliegan sobre su piel como un mapa hacia un tesoro perdido.
Al notar mi atención, levanta la vista. Yo aparto la mirada de inmediato, con las mejillas ruborizadas. Voy corriendo al otro lado de la habitación, me meto bajo las sábanas y me estremezco cuando mi piel toca la tela fría.
—Voy a echar otro leño —dice Rook en la oscuridad—. Perdona.
—No pasa nada —respondo.
Cruza el cuarto y echa más madera al fuego. Remueve las brasas y sopla hasta que las llamas crepitan otra vez.
—Si tienes frío esta noche, avísame —dice—. Puedo poner más.
Asiento cuando nuestras miradas se encuentran; las llamas anaranjadas danzan en el verde profundo de sus iris.
Tengo la palabra «gracias» en la punta de la lengua, pero me contengo. Algo me dice que le gusta sentirse necesario. Útil.
Por fin se gira y vuelve a su cama.
El silencio se asienta entre nosotros. Me acomodo con las manos bajo la mejilla y lo observo mientras lee.
Entre los analgésicos y todo lo que ha pasado estos últimos días, me da que podría dormir una eternidad.
—Buenas noches, Rook —murmuro cuando los párpados se me vuelven pesados, arrullada por el calor del fuego y el suave pasar de páginas al otro lado del cuarto.
—Buenas noches, liante. —Es lo último que oigo antes de quedarme frita.