Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

A bro los ojos. Una bruma roja se extiende por mi visión.

Alguien me zarandea y gimo. Un par de brazos me alzan del suelo.

Con un quejido débil, dejo caer la cabeza contra el pecho de alguien.

Conozco ese olor. Brisa fresca y sol cálido. Manzanas verdes.

Pierdo y recupero la conciencia mientras siento que me lleva escaleras arriba, seguido del ritmo constante de un pasillo largo. Reconozco el olor estéril del ala médica y oigo el silbido de la puerta al deslizarse antes de que me acuesten con cuidado en una cama.

Unas sombras se mueven en los márgenes de mi vista. Unas manos me tocan. Alguien me arranca el abrigo, la camiseta. El brazo me late como si tuviera su propio corazón.

Una mano me rodea la muñeca y una cinta de fuego me trepa hasta el codo.

Gimo. Jadeo.

Y la oscuridad vuelve a engullirme.

Cuando despierto, una luz tenue tiene como telón de fondo el zumbido bajo de los pitidos y el ronroneo de los aparatos médicos. Gimo y me llevo la mano a la cabeza con una mueca de dolor.

En la otra muñeca llevo un vendaje grueso. La levanto y parpadeo varias veces, intentando recordar lo que ha pasado. Me han empujado por las escaleras. Me han dicho que me fuera. Han destrozado a Teddy. Y han intentado matarme…

Un movimiento me llama la atención y giro la cabeza: Rook está sentado en el suelo, apoyado contra otra cama. Me observa, con las muñecas descansando sobre las rodillas. Tengo que parpadear varias veces para entender lo que estoy viendo.

Tiene los trozos de Teddy esparcidos entre los pies, y en una de sus manos grandes sostiene una aguja con hilo colgando. Ya le ha vuelto a coser uno de los brazos y le ha remendado un desgarro en la espalda.

—¿Lo estás cosiendo? —susurro y, al instante, me echo a llorar.

Las lágrimas brotan sin control mientras me hago un ovillo y lloro con tanta fuerza que parece que se me va a romper la caja torácica. De pronto, Rook se me acerca y me envuelve con los brazos mientras se sienta en la cama, y yo me hundo contra su pecho.

Me aferro a su camiseta y me dejo llevar…

sin más. Tengo la garganta en carne viva, los pulmones doloridos, pero no consigo que cesen las lágrimas.

Soy ligeramente consciente de que la doctora Perez está en la habitación, pero se mantiene a cierta distancia mientras Rook me abraza sin mediar palabra.

Al final, los sollozos se convierten en hipidos y aspiraciones entrecortadas. Me separo un poco y veo la mancha oscura que le he dejado en su camiseta.

—Perdón —murmuro.

Él suelta una pequeña risa.

—No importa —responde con una suavidad que me lleva de nuevo al borde de las lágrimas.

Paso la mano por la mancha varias veces, como si eso pudiera arreglar algo, pero al cabo de un segundo parece más bien que lo estoy magreando. Muerta de la vergüenza, retiro la mano de golpe, y él se ríe.

Es una risa auténtica. Clara, luminosa. No va teñida de burla ni de sarcasmo. Me gusta ese sonido. Me gusta demasiado.

Las yemas de mis dedos recuerdan su tacto y arden como si las hubiera acercado a una llama.

El momento pasa, pero alcanzo a atrapar ese destello fugaz de alegría en sus ojos , y eso me descoloca por completo. Él siempre es guapo, pero esto… esto es otra cosa.

La doctora Perez aparece frente a mí.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta, mientras Rook se separa de mí con cierta torpeza y carraspea, como si le diera vergüenza que lo hayan pillado en ese momento de ternura.

La doctora me examina el chichón de la cabeza y me da más analgésicos para la muñeca palpitante de dolor.

Rook vuelve a su sitio en el suelo y retoma la tarea de recomponer a Teddy.

Lo observo, fascinada, mientras enhebra la aguja con destreza y vuelve a coserle la pierna al muñeco con puntadas limpias y regulares.

—En la radiografía se ve un esguince. En una o dos semanas debería estar curado —dice antes de mirarme con una expresión que no logro descifrar del todo—. Pero ya te has roto el brazo antes, ¿verdad? En varios puntos.

Lo dice con cuidado, como si estuviera encajando piezas.

Noto que Rook alza la vista y observa nuestro intercambio.

De pronto me invade la incomodidad.

«Mi padre». ¿Sabrá ella lo que ha hecho?

—Veo varias fracturas antiguas —añade en voz más baja, quizá percibiendo la pregunta que no formulo.

Niego con la cabeza.

—Sí, bueno. Soy un poco torpe.

Me sostiene la mirada.

—¿Quieres que lo notifique?

Su pregunta podría referirse a dos cosas.

Técnicamente, la academia debería castigar a quienes me han atacado. Pero no puedo denunciarlo. La sucesora Beaufort dio luz verde a cualquiera que quisiera tomarse la justicia por su mano, y Fiama no va a hacer nada por protegerme.

Y, en cuanto a lo otro, nadie va a impedir que mi padre haga lo que le dé la gana.

—No —respondo.

Ella aprieta los labios, visiblemente molesta con mi respuesta.

—¿Estás segura?

—Sí —insisto—. Por favor, deje las cosas como están.

Hace una pausa.

—Entonces puedes irte —dice al fin, aunque se nota que no le hace mucha gracia—. Ven a verme dentro de unos días para que compruebe cómo evoluciona la lesión.

—Gracias —respondo, incorporándome con una mueca de dolor.

Se aleja y me tomo un momento para calmar los nervios. Despacito, apoyo los pies en el suelo y me quedo mirándolos antes de alzar la vista.

—Me has traído tú hasta aquí —le digo a Rook.

Asiente mientras atraviesa el pelaje de Teddy con la aguja y la saca por el otro lado.

—Gracias.

No responde. Ata el hilo con maña y corta el trozo sobrante con los dientes.

Luego comprueba su labor y tira suavemente de las extremidades de Teddy antes de dármelo.

El brazo izquierdo le ha quedado un poco más corto y una línea de puntadas le cruza el vientre, como si le hubieran operado de apendicitis.

Pero está entero.

—Y lo has arreglado —susurro mientras Rook se pone en pie.

Aprieto a Teddy contra el pecho y hundo la nariz en su cabeza, aspirando el olor de mi infancia y de aquellos tiempos más sencillos.

—Vamos —dice—. Salgamos de aquí.

Es evidente que la doctora Perez sigue sin fiarse de él, pero no pone ninguna objeción cuando me sujeta del brazo y saca del ala médica.

—No puedo volver a mi habitación —murmuro—.Van a… No sé qué harán, pero ya no puedo dormir allí.

—Te vienes a la mía —responde.

Frunzo el ceño, pero él se encoge de hombros.

—Hace un tiempo encontré una habitación vacía en la planta de abajo. No me gustaba nada dormir cerca de ellos, y hay tres camas libres. Una es tuya, si la quieres.

Abro la boca, sopesando su propuesta.

—Casi nunca hablas —digo, no sin poca fascinación—, así que suena maravilloso.

Él suelta una risa breve y sacude la cabeza.

—No me estaba quejando del espacio.

—¿Haces honor a tu nombre, Rook Athira? ¿Prefieres la soledad?

Se lo piensa un segundo.

—Supongo que depende de la compañía.

Pasa un instante.

—Te entiendo.

Seguimos caminando hacia el ala de Aria y, en vez de subir por las escaleras habituales, optamos por otro tramo.

Rook me tiende la mano. Dudo un instante antes de entrelazar los dedos con los suyos.

Están cálidos, secos, y se cierran alrededor de los míos como una red de seguridad que no sabría explicar.

Me guía por la escalera de caracol mientras llevo a Teddy a buen recaudo bajo el brazo lesionado.

Llegamos abajo y abre una puerta que da a un espacio acogedor, muy parecido al que acabo de dejar atrás, con suelo de piedra cubierto por alfombras mullidas.

—No tenía ni idea de que hubiera más habitaciones aquí abajo —murmuro.

La luz suave del atardecer se cuela por unas ventanas redondas encajadas en lo alto de los muros. Incluso hay una chimenea donde aún brillan unas brasas entre la ceniza.

—Estaba todo un poco dejado —explica—, pero lo limpié y nadie ha puesto pegas a que lo use. Creo que a los demás también les parece genial no tenerme cerca.

Ha hecho suya la cama del rincón más alejado, y de pronto me asalta la duda de si esto es buena idea. No puedo dormir en la habitación de un chico. ¿Qué va a decir la gente…?

Me interrumpo. Qué pensamiento tan inútil.

—Si te preocupa, te prometo que estás a salvo conmigo —añade—. Y, a estas alturas, ¿qué más pueden decir de ti?

Suelto una media carcajada, porque no solo me ha leído el pensamiento, sino que tiene toda la razón del mundo.

Pienso en cómo me defendió de Knox sin dudarlo un segundo, y le creo cuando dice que no tengo nada que temer.

Puede que los analgésicos me estén nublando la cabeza, o puede que simplemente me haya sobrepasado esta semana de mierda, pero Rook Athira, el solitario de las Cloacas —ese grupo al que toda la vida me enseñaron a temer— es la única persona en toda la academia que estoy segura que no intentará hacerme daño.

Señalo la cama del rincón opuesto.

—Creo que me quedaré esa de ahí. Me gusta estar cerca del fuego.

—Buena elección —responde.

Me siento en el borde y pruebo el colchón; la cama está hecha y con sábanas limpias.

—Puedo ir a buscar tus cosas —se ofrece.

Debería negarme. Ya ha hecho demasiado por mí, pero ahora mismo no puedo ver a nadie, la verdad.

La próxima vez que no sepas qué leer, hazlo sencillo.

Escribe Inepub en Google y echa un vistazo.

—¿Seguro?

—No les tengo miedo, liante —dice, pero esta vez el apodo no suena burlón.

Casi me parece detectar un deje de cariño, pero eso sería absurdo.

—Gracias —susurro, todavía abrazando a Teddy—. Eh… Estás siendo más amable conmigo de lo que merezco.

Me muerdo el labio inferior mientras lo observo doblar una camiseta y guardarla en un cajón.

—Puede que te merezcas más de lo que crees —responde en voz baja antes de exhalar y pasarse la mano por la cara.

No tengo ni idea de qué lo atormenta, pero sus palabras me revuelven por dentro, así que las dejo pasar, pues no sé cómo contestar.

—Oye, ¿y quién te enseñó a coser? —pregunto.

Se encoge de hombros y sus mejillas se vuelven de un rosa muy tenue.

—Bueno, en las Cloacas tenemos que remendar mucha ropa —explica—, así que aprendemos a coser desde pequeños.

—Yo no sabría ni por dónde empezar.

Se acerca y se pone en cuclillas frente a mí.