Capítulo 47
D urante las siguientes semanas me encierro en mí misma. Revivo el terror de aquella noche una y otra vez. Estaban muy cerca, y me quedé paralizada. Me odio por todo lo que no fui capaz de hacer.
Nadie nos dice nada sobre Lacey. Ha desaparecido a todos los efectos, como si nunca hubiera existido.
He visto a Winter llorando durante las comidas, con los ojos enrojecidos y las mejillas rosadas. A Knox intentando tranquilizarla, con el rostro pálido y ojeras marcadas. Percibo los cambios de ánimo en la casa Fiama. No pueden llorarla, pero era su amiga, y nadie se merece este destino.
Las preguntas me atormentan. ¿Estaba Lacey infectada en verdad? ¿Pasé por alto alguna señal?
Pienso en su pelo rubio con las puntas teñidas de lila. Sé que no eran naturales. He visto cómo se le descoloraban antes de que se las volviera a teñir. ¿Sabría ella qué era? ¿Estábamos viviendo ambas temiendo por nuestra vida sin saber siquiera los secretos de la otra?
No podemos pedirle a nadie que nos dé más información. Y, aunque alguien supiera algo, llamar la atención sería demasiado arriesgado.
Mi descontrol emocional no se alivia ante la evidencia de que la sucesora Beaufort ha hecho correr la voz: no soy de fiar, ni merezco el más mínimo gesto de humanidad.
Dondequiera que voy me encuentro con miradas hostiles, dardos envenenados y amenazas por lo bajo. Es como si no pudiera respirar sin que nadie me recuerde que soy poco más que una mierda pegada a la suela de su zapato.
Ya no encajo en Fiama, pero parece que tampoco encajo en Aria.
Me digo que esto pasará. Que en algún momento se cansarán de atormentarme.
Me encierro aún más en mí e intento llamar la atención lo menos posible.
Sinceramente, el único punto positivo de mi semana ha sido el tiempo que he pasado en el gimnasio y con los entrenamientos sencillos con Henry mientras charlamos de su vida.
Por suerte, la formación de cadetes y la academia me mantienen ocupada como para pensar demasiado.
Menos por la noche, cuando no puedo pegar ojo, imaginando que vienen a buscarme a mí en ese barco.
Trinity está ocupada con su E-scuadrón. La he visto pocas veces desde aquella noche, en la que estaba exultante por la captura de Lacey, convencida de que era lo mejor para todos.
Ha tenido suerte de haber evitado lo peor de la ira de Aria al haber cambiado de casa, pero eso es porque su escuadrón la protege.
Puede que una parte de mí entienda por qué se sintió atraída por ellos.
En cualquier caso, la sucesora Beaufort no la tiene en el punto de mira, y fuera de su grupo la ignoran. Además, está ocupada con su nuevo novio, Jared. Creo que no me cae muy bien.
Nos estamos distanciando. Lo noto. Pero no sé cómo puedo evitarlo.
Rook también me está evitando, y quiero gritar de la frustración que me provoca todo esto. La semana pasada, cuando llegó la tormenta, no me quedó más remedio que escaparme sola, y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ir a buscarlo y suplicarle que viniera conmigo.
Ha corrido el rumor sobre nuestro beso. Alguien nos vio, tal y como nos había advertido Domino.
Él mismo dijo que no deberíamos haberlo hecho, y se está encargando de dejar muy claro que cree que fue un error, por lo que debo respetarlo.
El único aspecto positivo es que también he visto bastante poco a Knox. Solo algún cruce de miradas durante las comidas en la cantina y, a pesar de todo lo que he fastidiado, al menos he conseguido esto.
Por mí, que se case con Winter y sean felices juntos. Me tranquiliza saber que no me invitarán a la boda.
Una semana después, regreso tarde de las afueras y las cosas empeoran todavía más. Esta noche la tormenta es brutal, el viento es feroz, y con las vías fluviales cerradas me he visto obligada a volver a Amery en tren. La tormenta sigue rugiendo, alumbrando el cielo entero.
Cuando entro en mi habitación, está demasiado oscuro como para distinguir gran cosa, pero algo hace que se me erice el vello de la nuca. Examino las sombras, parpadeando e intentando dar forma a las siluetas borrosas. ¿Hay alguien ahí?
—¿Dónde estabas? —pregunta una voz desde la oscuridad, y se me tensan los hombros.
Justo lo que me faltaba ahora.
—¿Quién anda ahí?
—Te he preguntado que dónde estabas —repite la voz.
—En la biblioteca, estudiando —respondo, utilizando la excusa que ya tenía preparada mientras tiro al suelo la mochila pesada para enfatizar lo que digo.
—Un poco tarde para estar estudiando —añade otra voz a mi izquierda.
—Sí, voy un poco atrasada con las cosas —digo mientras doy un paso atrás.
Un destello de luz me deja ver a seis personas en círculo, incluidas mis dos compañeras de habitación. Identifico a Brick y a varios miembros más de Aria.
—¿Qué está pasando? —pregunto, intentando contener el temblor en la voz.
—La sucesora Beaufort quiere que te vigilemos —responde alguien. Una chica con el pelo lila y de punta—. Y hemos notado tus supuestas «sesiones nocturnas de estudio».
—Estoy ocupada con la formación de cadetes —digo, y me repatea tener que justificarme—. He de ponerme al día con los deberes, nada más.
—No parece que nadie más tenga ese problema —dice Silla, mi compañera—. Están todos bien arropaditos en sus camas.
Me pregunto dónde está Domino. ¿Le habrán hecho algo? Es una de las pocas personas en mi vida que aún me habla, y el instinto protector me arde en el pecho.
Pero ¿y si ella supiese que iban a tenderme una emboscada?
Intento no pensar en eso. Ella no me haría algo así, es demasiado buena. Y, si se ha marchado para protegerse, no la voy a culpar.
—Dejadme en paz —digo, levantando la barbilla—. No os he hecho nada.
—¿Segura? —pregunta Cece con una mueca fea—. No nos fiamos de ti. Este no es tu sitio.
—¿Según qué criterio? ¿Alguna regla inventada que alguien decidió hace cientos de años? ¿De verdad esto importa? —pregunto—. Me apartaré de vuestro camino y vosotros del mío. Os prometo que no estoy aquí para espiar a la casa Aria.
Varios me devuelven una mirada vacía; a lo mejor a alguno le ha entrado la duda. Sin embargo, la estructura sesgada de nuestro mundo no es su prioridad ahora mismo.
—Lárgate de nuestra habitación —ordena Silla—. Para siempre. Lo estás contaminando todo. —Mueve una mano debajo de su nariz—. Huele a podrido.
—¿Y dónde se supone que voy a dormir?
La verdad es que preferiría irme, pero no tengo adónde ir. Se me acerca con aire despreocupado y cruza los brazos.
—Ese no es mi puto problema.
El miedo y la rabia me forman un nudo en el pecho. Debería irme. Dormir en cualquier pasillo sería mejor que esto. Un suelo de piedra. Una cama de clavos.
—Vete o haremos que te vayas —dice Silla, y se le ve que va muy en serio.
Retrocedo varios pasos más.
—De acuerdo. —No puedo enfrentarme a seis personas a la vez.
A lo mejor puedo recurrir a Stevie, aunque sé que no podrá hacer nada para ayudarme. Voy a coger la mochila, pero me acorralan.
No tienen intención alguna de dejarme salir de aquí ilesa.
—Me marcho —prometo—. No voy a volver.
Por el rabillo del ojo veo que alguien levanta un brazo; un destello de pelo marrón me llama la atención. Me siento desfallecer; se me escapa una respiración asustada al ver que Brick agarra a Teddy con su enorme mano.
Sonríe mientras las risas burlonas recorren el círculo de agresores.
Silla avanza y se me planta justo enfrente, invadiendo mi espacio.
—Ay, la pequeña princesita de Fiama ha tenido que traerse su osito de peluche al cole —dice con una vocecilla infantil que obviamente no tiene nada de tierna—. Qué mona.
—Dámelo —pido.
Se me escapan las palabras de la boca sin quererlo, y quedo como una tonta, porque acabo de enseñarles mis cartas.
—Ven a por él —me reta Brick, esbozando una sonrisa burlona en esa cara fea.
Es una trampa. Evidentemente es una trampa. Aun así, me aferro al último ápice de mi anterior vida. Lo he perdido todo en las últimas semanas. A mis amigos. A mi familia. A mi prometido, aunque no lo quisiese. Y, poco a poco, también estoy perdiendo a mi mejor amiga.
Teddy es lo único que me queda de la persona que fui.
Brick se ríe y se lo lanza a otro tío que está en la otra punta de la habitación. Todos se suman al juego, moviéndose a mi alrededor hasta que estoy rodeada mientras se pasan a Teddy de unos a otros.
Tengo que salir de aquí. Debería buscar a un profesor, alguien que pueda ayudarme, pero ¿quién? A los profesores de Fiama les dará igual, y a los de Aria también. Pienso en Henry, pero no quiero endosarle este marrón.
Pero tampoco puedo irme todavía. No puedo dejar que le hagan nada a Teddy. Sé que no tiene sentido, es un juguete viejo, pero no puedo permitir que lo destruyan. Si lo pierdo, temo no volver a encontrarme a mí misma nunca más.
Así pues, me quedo ahí de pie sin poder hacer nada, apretando los puños mientras se divierten metiéndose conmigo. Doy vueltas de un lado a otro, intentando no perder de vista al oso de peluche, pero aceleran el ritmo, pasándoselo rápidamente de mano en mano.
Me hierve la sangre por la rabia y se me nubla la vista.
Entonces oigo un desgarro espantoso y me doy la vuelta.
—¡No!
Brick se está riendo: Teddy ahora está decapitado, desgarrado por la parte del cuello. Mi entorno se vuelve distante y vacío, como si estuviese cayendo en un profundo agujero. Otro desgarrón, y alcanzo a ver extremidades blandas y algodón blanco que se desparraman por el suelo como si fuese nieve.
—No. —Se me escapa un grito ahogado mientras el terror me abrasa la garganta, y entonces me empujan. Ni siquiera tengo tiempo para darme cuenta de que me han sacado al pasillo—. ¡Dádmelo! —grito, lo que provoca otra ronda de burlas.
Siguen empujándome, y me zarandean entre unos y otros cuando intento alcanzar sin éxito a Teddy, que debe estar ya hecho pedazos en el suelo.
—Te he dicho que te largaras —vuelve a decir Silla antes de darme un empujón en el pecho.
De repente, me siento ingrávida. No me doy cuenta de que me estoy cayendo hasta que siento un cosquilleo en el estómago y caigo al suelo. No, no es el suelo: son las escaleras. Porque estoy rodando, golpeándome en cada peldaño, zambulléndome en el sonido resonante de sus risas crueles.
Siento una punzada de dolor agudo en la nuca y todo se funde a negro.