Capítulo 46
L a música se corta de golpe; todos se quedan quietos y se giran hacia el origen del sonido.
Ni siquiera me había dado cuenta de que el barco había dejado de moverse.
Estamos flotando en mitad del canal, balanceándonos a unos metros de la orilla.
Los ruidos apagados y distantes de la ciudad siguen a lo lejos, ajenos a lo que está ocurriendo.
Pero ¿qué está ocurriendo?
Me subo al banco para intentar ver mejor. Capto el destello de luces reflejadas en el agua, procedentes de una pequeña lancha roja que parece ser la causa de que nos hayamos detenido.
Se me cae el alma a los pies.
Un murmullo se extiende entre la multitud.
Son los extinguidores.
La gente se aparta poco a poco, y aparecen dos hombres y dos mujeres vestidos con uniformes de un color rojo sangre. Las botas resuenan sobre los tablones de madera mientras se acercan a la pista de baile, y yo me tambaleo, mareada de pronto.
Conservo la suficiente entereza para buscar una vía de escape. Pero vienen a por mí.
Siempre he sabido que vendrían.
Debería esconderme. Debería echar a correr, saltar al agua y nadar lo más rápido posible. Pero estoy atrapada. Me seguirán. No me dejarán ir.
El silencio es tan denso que solo oigo el chapoteo del agua contra el ferry.
El susurro del viento serpenteando entre la multitud.
El sonido de mi destino, acercándose. Los extinguidores se detienen y desenfundan los aturdidores que llevan sujetos a la espalda.
Gritos y chillidos surcan el aire mientras todos se apartan.
—Apartaos —ordena uno.
Su voz es baja, pero se dispersa por la multitud como una flecha. El barullo continúa mientras todos intentan encontrar un hueco donde meterse. Sin embargo, el barco está abarrotado y el espacio es mínimo, así que, aparte de lanzarse al agua, poco pueden hacer.
El extinguidor que va delante se detiene y se gira para intercambiar unas palabras con la mujer que camina tras él.
Luego se separan y comienzan a examinar a la gente. Lo observo inclinarse para hablar con un estudiante. No oigo lo que dicen, pero el chico abre los ojos como platos y señala hacia la esquina donde estoy yo.
Dejo de respirar.
Las palmas me sudan y el corazón se me deshace entre las costillas. Sabía que este momento era inevitable.
Mi huida tenía fecha de caducidad.
El extinguidor principal vuelve a decirle algo a la mujer que lo acompaña y, acto seguido, se abren paso entre la multitud.
Más empujones, más movimientos nerviosos mientras todos se apiñan.
Pero yo me quedo clavada en el sitio. Incapaz de moverme y de parpadear.
Me convierto en ceniza, consumida por las mentiras a las que me he aferrado desde los siete años.
Quizá ya era hora. Tal vez sea mejor así.
No tuve el valor de entregarme en su momento, así que ellos me han hecho el favor y han salvado a todos de mí.
Los extinguidores se aproximan. Sus pisadas pesadas retumban sobre los tablones. Se detienen a pocos pasos.
Se me emborrona la visión, que se vuelve blanca, luego negra, luego roja.
—Lacey Turner —dice una voz—. Ven con nosotros.
Gritos ahogados. Murmullos suaves. Todo el mundo se ha quedado petrificado.
Alguien empieza a gritar.
Tardo unos segundos en procesarlo. En repetir el nombre en mi cabeza.
«Lacey Turner».
Está encogida contra la pared, llorando, rodeada por cuatro monstruos vestidos del color de la sangre seca.
Todavía no consigo atar cabos de lo que está pasando; es como si estuviera viendo la escena desde las nubes.
No han venido a por mí.
Han venido a por Lacey.
La agarran por los brazos y ella sigue gritando. Se le doblan las rodillas mientras suplica por su vida.
—¡Levantadla! —ordena el extinguidor principal—. ¡Sacadla de aquí!
Lacey se revuelve y patalea.
—¡No! —chilla—. ¡No! ¡Parad! ¡No me llevéis!
Se resiste con tanta fuerza que casi consigue soltarse.
Quiero ayudarla. Quiero obligarlos a parar…, pero no puedo. Sé que no puedo.
Aprieto los puños contra el estómago. Soy una cobarde. No soy mejor que ninguno de los demás. Pero no puedo deshacer esto.
Uno de los extinguidores se agacha y se la echa al hombro.
La resistencia de Lacey es valiente. Un último aliento de lucha contra lo inevitable.
Hay quien se rendiría. Yo pienso que, cuando llegue mi momento, quiero que sea así.
Quiero irme luchando y forcejeando con una furia capaz de partir el mundo en dos.
Se me entrecorta la respiración mientras veo cómo se la llevan. La conducen hasta la lancha en la que han venido y se arremolinan a su alrededor. De pronto, Lacey se queda quieta.
El silencio pende en el aire.
Su cuerpo cae, flácido. El rostro inerte. La dejan en el suelo, el pelo dorado queda extendido a su alrededor como si fuera heroína trágica en un cuadro del viejo mundo.
El motor de la lancha cobra vida y, poco después, se aleja traqueteando, llevándose a Lacey consigo.
Nadie se mueve hasta que desaparecen de la vista.