Capítulo 44
R egreso al salón de baile con la cabeza hecha un lío, y veo que apenas quedan estudiantes; ya los han dirigido hacia la salida para sus respectivas ceremonias. Los padres salen con las bebidas en la mano y cruzan unas puertas al fondo, donde van a esperar a que sus hijos terminen el juramento.
Me indican que vaya hacia la izquierda, donde me mantengo al margen del grupo Aria. Me arden los labios al recordar el beso con Rook y me tiemblan las piernas como si fueran de gelatina.
—¿Dónde te habías metido? —pregunta Trinity, mientras se acerca a mí y me coge de la mano—. Me he enterado de lo que ha pasado con tus padres. Bueno…, se ha enterado todo el mundo. ¿Estás bien?
—La verdad es que no.
Me aprieta la mano y me dedica una mirada compasiva.
Mientras esperamos, busco a Rook, pero, antes de que pueda localizarlo, nos hacen pasar a toda prisa por una puerta hasta otra sala, esta vez más pequeña y un poco más oscura, pero igual de imponente.
En el centro hay una modesta plataforma elevada, iluminada por un foco.
Nuestro grupo está formado por unas cincuenta personas, y nos indican que formemos un amplio círculo alrededor del perímetro.
Una vez colocados, todos nos quedamos en silencio siguiendo una especie de acuerdo tácito.
Me encuentro de pie entre Trinity y una chica que no deja de mirarme de reojo y de apartar la vista a toda prisa.
Reprimo un suspiro y me pregunto si esta será siempre mi realidad.
Con suerte, todos se acostumbrarán pronto a mí y olvidarán que este no es mi sitio.
Pero, obviamente, acabo de montar otra escenita.
A pesar de lo que ha dicho Rook, el rechazo tan público de mis padres ha sido una humillación.
Recorro la sala con la mirada y lo encuentro en el lado opuesto del círculo. Localizo a Domino a cierta distancia y nuestras miradas se cruzan. Me saluda disimuladamente con la mano justo cuando se abre otra puerta.
Surreal Beaufort es tan impresionante como sugiere su nombre. Es más bajita de lo que esperaba, eso sí, pero aparenta altura con su espalda recta, los hombros echados hacia atrás y la barbilla alzada.
Lleva el pelo oscuro, con mechones blancos; liso y brillante, en un corte recto a la altura de la mandíbula.
Viste un traje negro de tres piezas con un chaleco que se ensancha en las caderas, y unos botines de cuero negro con unos tacones de vértigo.
Además, lleva un largo bastón negro que golpea contra el suelo al caminar.
Se acerca sin prisa y el círculo se aparta para dejarla pasar. Me pregunto qué estará ocurriendo en la sala de Fiama. ¿Mi padre también hace este tipo de entradas dramáticas? No parece su estilo.
Niego con la cabeza e intento apartarlo de mis pensamientos. Mi padre, la casa Fiama y todo lo que hagan ya no son asunto mío.
La sucesora Beaufort se toma su tiempo para examinar a nuestro grupo.
Se pasea por el perímetro interior del círculo y levanta la barbilla hacia aquellos que debe reconocer.
Un par de veces alarga el brazo para apretarle la mano a alguien.
Al llegar a la altura de Domino, se detiene y la evalúa de arriba abajo.
—Tenemos a subalternos uniéndose a nuestras filas —dice la sucesora Beaufort, y su voz resuena por toda la sala a través de un pequeño micrófono que lleva enganchado en la solapa—. Qué… encanto.
Su tono es frío pero educado, aunque dudo que a nadie se le escape el mensaje oculto.
—Sí, señora —responde Domino, agacha la cabeza y flexiona un poco las rodillas—. Gracias por darnos la bienvenida.
La sonrisa de la sucesora Beaufort roza la condescendencia.
—Bueno, la verdad es que no he tenido mucha elección.
Domino parpadea ante el insulto, y me cuesta horrores no saltar en su defensa. Tengo que recordar que aquí no soy nadie.
La sucesora Beaufort prosigue con el examen de sus nuevos aspirantes y yo noto que me sube el calor por la nuca de los nervios y la expectación.
Si ha señalado a Domino, ¿qué hará con las dos que hemos cambiado de casa?
Poco a poco se va acercando, y su mirada nos pasa completamente por alto tanto a Trinity como a mí mientras se pasea sin prisa por la fila. Suelto el aire que tenía atrapado en el pecho, aliviada de que no tenga intención de llamar la atención sobre nuestra presencia.
Al menos, no todavía.
Termina el círculo y se detiene un momento en el extremo opuesto, donde resulta difícil distinguirla en la penumbra. Sin embargo, algo me dice que ha llegado al lugar donde está Rook, a juzgar por el nervioso arrastrar de pie que se oye.
—Un solitario —dice en voz baja, y confirma mi sospecha—. Extraordinario. Absolutamente extraordinario.
Da un paso atrás como para admirarlo. O más bien para juzgarlo.
—Siento curiosidad por ver cómo te las apañas fuera de las Cloacas.
En el caso de Rook, no suena asqueada, casi parece divertida, tal vez incluso encantada con su presencia. Una punzada de inquietud se me extiende por la nuca.
Por fin, la sucesora Beaufort se dirige al centro de la sala y sube a la plataforma dando pasos lentos. Sus tacones y su bastón golpean en ritmos alternos, a la par que los latidos salvajes y desbocados de mi pulso.
—Es una inmensa alegría veros a algunos de vosotros —dice, y su voz retumba sobre nuestras cabezas—.
He visto a muchos crecer hasta convertiros en los jóvenes que sois hoy.
Sé que haréis un buen trabajo al continuar con una orgullosa tradición Aria a lo largo de vuestra formación y una vez que os graduéis y representéis a nuestra Sociedad en el mundo.
Se explaya un momento más sobre el mandato de Aria y su deber de garantizar la sostenibilidad y la salud de la población.
Luego dedica otro minuto a ensalzar las virtudes y los logros de los extinguidores y su obligación de proteger a los centinelas infectados para que no se conviertan en un peligro, ni para ellos mismos ni para nosotros.
Cambio el peso de un pie a otro con nerviosismo, desvío la mirada hacia el perfil de Trinity y me pregunto por qué, si son tan geniales, tuvieron que persuadirla para que se les uniera.
Por fin, la sucesora Beaufort termina su discurso y, uno por uno, van diciendo nuestros nombres para que nos acerquemos a jurar lealtad a nuestra casa. Se hace eterno a medida que cada persona espera su turno, se inclina ante ella y recita el juramento antes de abandonar la sala.
Me quedo allí de pie durante más de una hora, y al final me doy cuenta de que lo ha organizado todo para que yo sea la última persona en jurar lealtad.
A pesar de lo extenso de todo el espectáculo, tengo la sensación de que el tiempo ha pasado demasiado deprisa hasta que no quedamos más que la sucesora Beaufort y yo en la sala.
¿Es que planea matarme y deshacerse de mi cadáver aquí y ahora?
Se da la vuelta y me hace una seña con el dedo.
Me quedo mirándola, paralizada por un momento.
—Acércate. No muerdo —dice, aunque estoy casi segura de que eso no es verdad.
Aun así, obligo a mis pies a moverse. Mis botas repiquetean contra las baldosas de cerámica mientras me acerco y me detengo al pie de la escalera. Yergo la postura y levanto la barbilla mientras ella me observa con la misma calidez que un iceberg a la deriva.
—Has montado un buen espectáculo con mi casa, Poet Graves —afirma—. Y con la tuya.
—Fiama ya no es mi casa —replico, y ella entrecierra los ojos.
—¿Por qué? —pregunta.
Trago el nudo de hierro que se me ha formado en la garganta.
—Sentía que ya no pertenecía a Fiama —contesto, imaginando que ese es el tipo de respuesta que busca.
Dudo que quiera oírme hablar de mis objetivos y dramas personales.
—No querías matar a un criminal —dice, chasqueando la lengua—. Qué… noble.
Echa la cabeza hacia atrás y se echa a reír.
—Todo eso está muy bien —continúa—, ¿pero entiendes que la casa Aria también tiene un deber encomendado? ¿Que damos caza a los infectados y nos aseguramos de que se ocupen de ellos? ¿Que son una de nuestras mayores amenazas?
Asiento despacio. Lo sé bien. Siempre lo he sabido, pero no me quedaba otra alternativa.
—¿Podrás hacerlo? ¿Podrás proteger tu ciudad?
—Es lo único que he querido hacer siempre —respondo, y es la pura verdad.
—Como miembro de la guardia de las tormentas —matiza—. Eso es algo muy distinto.
Asiento.
—Haré lo que haga falta.
Las palabras se me vuelven ceniza en la boca, pero entiendo que esto también es lo que necesita oír.
La sucesora Beaufort da un paso lento y luego otro, hasta detenerse justo delante de mí. Alarga la mano y me clava una uña afilada debajo de la barbilla.
—Tu padre está furioso conmigo —dice—. Sin embargo, descarga su ira en la persona equivocada.
—También está furioso conmigo —replico, y ella asiente.
—Tu presencia en Aria no me causa más que problemas, ¿lo entiendes? Has empezado una guerra en la que yo no he tenido nada que ver, y eso no me hace ninguna gracia.
Intento asentir, aunque a duras penas puedo moverme por culpa del dedo que me sujeta la cabeza en su sitio.
—Lo siento. No era mi intención.
Vuelve a chasquear la lengua.
—Te estaré vigilando de cerca —añade—. No me fío de lo que sea que esté pasando aquí. Tu padre y tú acabáis de montar un espectáculo muy bonito, y no puedo evitar pensar que ese teatrillo tenía destinataria.
Se acerca lo bastante como para que pueda sentir el calor de su aliento en la mejilla. Se me pone la piel de gallina e intento no apartarme.
—Como te pases un pelo de la raya, se acabó.
¿Lo entiendes? A la más mínima sospecha de traición, no dudaré en eliminarte, Poet Graves.
Ya no estás bajo la protección de tu padre, y todos los miembros de mi casa recibirán órdenes de informarme directamente de cualquier cosa sospechosa.
Y, si deciden tomarse la justicia por su mano, miraré hacia otro lado. ¿Te queda claro?
Se yergue y me lanza una mirada severa.
—Sí —digo, forzando la palabra con una lengua tan pesada como el plomo.
—¿Sí, qué?
—Sí, sucesora Beaufort.
Por fin, me suelta y retrocede, sin apartar los ojos de mí en ningún momento.
—Entonces, bienvenida a la casa Aria, Poet Graves. Será un milagro si duras hasta el amanecer.