Capítulo 43
C ruzo el salón de baile aturdida, con un centenar de pares de ojos acusadores clavándose en mí como una andanada de flechas.
No me puedo creer que mi familia… haya desaparecido. ¿Alguna vez me han querido? ¿Alguna vez se han preocupado por mí?
Las lágrimas me nublan los ojos y me los froto con rabia mientras salgo por las puertas y accedo al vestíbulo. Voy dando tumbos; apenas soy consciente de lo que me rodea.
De repente, alguien me agarra la mano y me lleva a un rincón oscuro.
—¿Qué coj…? —digo, pero me callo al darme cuenta de que es Rook. Me mira con atención, con una expresión preocupada—. ¿Qué estás haciendo? —le pregunto, parpadeando incrédula.
—Estaba junto a la puerta cuando has salido —responde, soltándome—. Ha sido…
—Humillante —termino yo la frase, tapándome la cara con las manos.
Él da un paso atrás para dejarme espacio.
—Solo para tus padres —dice—. Joder, tu familia es fría de cojones. Nos llamáis animales, pero nosotros nunca trataríamos así a los nuestros.
Exhalo un suspiro tembloroso y me apoyo en la pared, que golpeo con la cabeza mientras parpadeo para contener una nueva ronda de lágrimas.
—No me creo que… me hayan echado así como así. Pensaba que me querían…
Aprieto los ojos al recordar la mirada de mi madre antes de marcharme. Ese gesto distante, esa arruga de preocupación que conozco tan bien. Las reliquias de su manera de quererme, tan particular, y que ya no volveré a tener.
—Es normal que lo pensaras —responde Rook con vehemencia, como si estuviera furioso en mi lugar—. Son tu madre y tu padre. Deberían quererte incondicionalmente.
Suelto una risa burlona.
—No me creo que te vaya a preguntar esto —dice Rook, y la incertidumbre en su voz me hace mirarlo. Se frota la nuca y se mete la mano en el bolsillo—. ¿Necesitas un… abrazo? ¿O algo?
Me echo a reír ante lo absurdo que suena que Rook esté intentando consolarme. Qué espectáculo tan patético debo estar dando. Sin embargo, yo asiento con la cabeza.
—Hace tiempo que no me dan un buen abrazo.
Él duda, como si se arrepintiera de haber preguntado, y de repente está frente a mí, inundando el estrecho rincón con su aroma y esa forma tan característica en que llena la chaqueta a la perfección.
Poco a poco, extiende la mano y el aire a mi alrededor se condensa cuando me toma suavemente en sus brazos. Al principio, ambos estamos un poco rígidos y torpes, como si estuviéramos haciendo algo ilegal, o hubiésemos olvidado cómo movernos dentro de la carne de nuestro propio cuerpo.
Una parte de mí, una gran parte, quiere caer sobre él, pero no estoy segura de si él lo aceptaría.
Es solo un abrazo entre amigos.
Más o menos.
Me acerca un poco más a él mientras tensa ligeramente los brazos.
Al fin, me permito relajarme. Es cálido y sólido, y nuestras formas y curvas parecen alinearse con una especie de armonía intencionada.
Es agradable y me hace sentir segura.
No debería sentirme segura al abrazar a un solitario, pero por alguna razón, eso es lo que siento. Cuanto más tiempo permanecemos juntos, dejándonos llevar por el momento, más consciente soy de su presencia física.
Huele bien. Fresco, como el jabón de Amery, con un toque que evoca la naturaleza salvaje de las Cloacas. El viento, los cielos abiertos y las estrellas que tanto le gustan.
Me inclino hacia delante, hundo la nariz en su cuello y cierro los ojos mientras inhalo de una forma profunda y prohibida. Se me escapa un suspiro de dolor y él me abraza con más fuerza. Nuestros cuerpos se tocan por todas partes mientras él desliza la mano hasta mi nuca y me levanta la cara.
De repente, esto ya no parece amistoso.
Se lame el labio superior, primero una comisura y luego la otra. Un momento después, me devuelve el gesto, inclinando la cabeza para hundir la nariz en el hueco detrás de mi oreja.
Jadeo suavemente, sin aliento, mientras se me acelera el corazón y me sube la temperatura.
—Joder —susurra—. Me llevas al límite.
Las palabras son entrecortadas y ásperas, rebosantes de frustración. No sé si se refiere a que le molesto, o si lo dice con el mismo deseo que late en mi interior.
La mirada que me echa me dice que quizá sea un poco de ambas cosas. Es como si no pudiera creer lo que está haciendo, pero tampoco pudiese pararlo.
—¿Rook?
¿Qué le estoy preguntando? Quiero saber qué pasa. ¿Por qué me ha seguido? ¿Por qué estamos aquí, de pie, sin nada más que átomos vibrando entre nosotros?
De repente, se me seca la garganta y me humedezco los labios también. Su mirada se fija en la punta de mi lengua y creo que él se está preguntando lo mismo.
He besado a pocos chicos aparte de Knox. Solo algunos picos rápidos en rincones oscuros. Un par de besuqueos más largos, entre la música a todo volumen y el alcohol que corría libremente en una fiesta de la Sociedad. En realidad, nada que significase algo.
No he estado con nadie más que con Knox, y que él sea el único conocimiento real que tengo sobre el cuerpo masculino es como un trágico agujero en los cimientos de mi educación.
Los ojos castaños de Rook brillan con la luz tenue de aquel rincón, entonces empiezo a percibir vagamente el murmullo lejano de la fiesta. Quizá ya se hayan olvidado de mí por completo. O no.
Lo que quiero es olvidarme, aunque sea un momento. Puede que Rook lo intuya. Quizá comprende lo mucho que necesito esta conexión.
—No lo entiendo —dice.
—¿El qué?
—No eres lo que esperaba, Poet Graves. Una princesa mimada de Fiama que no tiene ni idea de lo afortunada que es. Tú, con tu pelo sedoso, tu piel perfecta y tu voz de niña rica.
—No tengo voz de niña rica —digo indignada.
—Sí que la tienes. Y me cabrea lo mucho que me apetece besarte.
Se me corta la respiración mientras me aferro al cuello de su chaqueta y un calor ardiente me recorre la espalda.
—Pues hazlo —le digo, intentando que suene a desafío.
Las palabras apenas salen de mi boca cuando sus labios se estrellan contra los míos. Me pongo de puntillas mientras desliza la mano hacia mi espalda y me acerca a él.
Nuestros labios se encuentran en un roce cálido, y mi suave jadeo lo hace apartarse un segundo antes de volver a besarme.
Al principio es lento, sin prisa; una exploración de las texturas y la suavidad de nuestros labios.
Su lengua me espera, transformando el momento en algo distinto.
Gimo. Esto no se parece en nada a ningún otro beso que haya dado antes.
Se abre paso en mi boca mientras todo se acelera.
Sus manos enmarcan mi rostro y me inclina la cabeza hacia atrás mientras profundiza el beso, como si quisiera devorarme.
Nos apretamos el uno contra el otro. Mi cuerpo está atrapado entre la pared y sus fuertes brazos, pecho y piernas. Siento un cosquilleo cálido en el estómago y detrás de las costillas cuando me pasa las manos por los hombros y las baja por el costado, hasta posarse en mis caderas.
—Joder —susurra mientras se aparta para recuperar el aliento—. No deberíamos hacer esto.
Lo vuelvo a agarrar fuerte de la chaqueta.
—¿Por qué no?
No responde y vuelve a abalanzarse sobre mí. Su boca se vuelve a encontrar con la mía y clava los dedos en la suave piel de mi cintura. Le agarro los brazos, pongo las manos alrededor de sus tensos bíceps y luego las deslizo hacia los suaves rizos de su nuca.
—¡Poet! ¿Dónde estás?
Una voz irrumpe en ese momento y nos arranca el uno del otro. Rook da un paso atrás hasta chocar con la pared opuesta y se pasa la mano por las comisuras de la boca. Me observa, y le arde la mirada. Ambos respiramos con dificultad; nuestros pechos suben y bajan con fuerza.
—¿Poet? —insiste la voz. Domino aparece doblando la esquina—. Estaba preocupada por ti. La ceremonia va a empezar.
Es entonces cuando se percata de la presencia de Rook. Su mirada salta de él a mí y esboza una sonrisa cómplice. Me fijo en el pelo revuelto de Rook y su mirada brillante y salvaje. Solo un necio no se daría cuenta.
—Siento interrumpir —dice con una sonrisilla—, pero os necesitan a ambos.
—No has interrumpido nada. Solo estábamos hablando —miento como una bellaca mientras trato de recomponerme—. Ya vamos.
Domino se lleva una mano a la cadera; obviamente no se cree ni media.
—Vale, pero no os entretengáis. La sucesora Beaufort está casi lista y no parece una dama que espere a nadie.
Me sale una risa aguda, casi delirante.
—Vamos detrás de ti.
Domino me mira con atención, asegurándose de que ha interpretado bien la situación y de que no necesito su ayuda.
—Estoy bien, te lo prometo —le aseguro.
Ella asiente y vuelve al salón de baile antes de que yo encuentre el valor para mirar a Rook a los ojos.
—Igual deberíamos… —digo, señalando en la dirección en la que se acaba de ir Domino.
—Sí. Ve tú. Yo ya voy.
Hay tanta distancia, tanta frialdad en su tono, que me separo de la pared e intento no tomármelo como algo personal.
Al marcharme, miro por encima del hombro y veo a Rook con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Tiene una expresión de dolor dibujada en el rostro, como si acabara de cometer un error enorme.