Capítulo 42
T rinity llega a mi habitación aquella tarde. Las dos llevamos el uniforme de gala, como exige la ceremonia de juramento. Ha cambiado la cinta plateada por una de color rojo oscuro, señal de su reclutamiento para el E-scuadrón. Intento no fijarme demasiado en ella.
La mía es morada y le dice a todo el mundo que soy cadete. Le dice a mi padre que soy cadete.
—¿Cómo te sientes? —le pregunto cuando se deja caer sobre mi cama.
—Nerviosa. ¿Y tú?
—Igual. ¿Has hablado con tus padres?
Trinity niega con la cabeza.
—No. Y he dejado de intentarlo. Sabía que esto era inevitable. Lo entiendo.
Frunzo el ceño.
—¿De verdad lo entiendes?
Podría esperar ese comportamiento de mis padres. Pero ¿de los Robins? Pensaba que eran diferentes. Siempre han sido muy amables y comprensivos; los padres a los que acudíamos cuando nos metíamos en algún lío. Los que hablaban por nosotras cuando necesitábamos a un adulto de nuestro lado.
Sin embargo, supongo que no son diferentes en absoluto. ¿Cómo podrían serlo? Una travesura infantil no es lo mismo que ir en contra de tu casa, supongo. Todo lo que tienen depende de su obediencia a la Sociedad. ¿Lo perderían todo si apoyaran a Trinity? Tienen otro hijo del que preocuparse.
Trinity me dirige una mirada triste.
—¿Qué otra cosa puedo hacer?
Odio esa respuesta, pero tengo que admitir que tiene razón. Al cabo de un momento, Domino sale del baño, también vestida para esta noche.
—Eh —digo—. ¿Lista para bajar?
Asiente mientras intercambia una sonrisa tensa con Trinity.
Ninguna de las dos me ha dicho nada, pero no percibo mucha cercanía entre ellas. No sé si Trinity se está comportando como una estirada y Domino lo nota, pero lo dejo pasar; ahora mismo tengo demasiadas cosas que me preocupan.
No se espera que los Robins asistan a la ceremonia, pero yo no tengo ese privilegio. El punto muerto con mi padre está a punto de terminar, lo queramos o no.
La ceremonia de juramento es un despliegue ostentoso con comida refinada, cócteles y entretenimiento.
Los padres se arreglan para presumir de sus hijos y de cualquier posesión insignificante que hayan acumulado desde la última velada de la Sociedad.
Es viernes y no tenemos toque de queda, así que será una noche larga para todos.
De hecho, la celebración se prolongará durante todo el fin de semana.
Journey nos espera fuera de su habitación con una gran sonrisa.
—¡Eh! —saluda con la mano—. ¿Quién está emocionado?
Su entusiasmo me pone de los nervios, ya crispados de por sí.
—La verdad es que tienes un poco de mala cara, Poet —dice, mirándome con atención—. ¿Estás bien? No irás a vomitar, ¿verdad? ¿Necesitamos un cubo?
Veo cómo Domino pone una mano en el brazo de Journey y le dirige una mirada elocuente.
—Aaah. —Journey se da una palmada en la frente—. Claaaro. Supongo que tienes movida familiar que gestionar, ¿no? ¿Tus padres se enfadaron o algo así? ¿Qué te dijeron? ¿Ahora estás en un apuro? ¿Qué pasa cuando alguien como tú se cambia de casa?
Habla tan deprisa que me laten las sienes.
—No creo que Poet quiera hablar de eso —avisa Domino, y le lanzo una mirada agradecida.
—Sí, sí —dice Journey, simulando que se cierra los labios con una cremallera y tira la llave.
Me froto el cuello e intento que mi estómago se calme, porque no se equivoca.
Antes de que termine la noche, puede que acabe vomitando de verdad.
Entramos en el inmenso salón de baile de Amery, con techos altos revestidos de espejos, suelos de azulejos ornamentados y arañas de cristal.
Camareros con chalecos y corbatas negras recorren la sala, ofreciendo canapés y copas de vino espumoso.
Muchos de los padres de la academia han llegado ya, cubiertos de joyas y vestidos con sus mejores galas.
Casi huelo los perfumes caros desde la entrada.
Domino y Journey se quedan un paso detrás de Trinity y de mí, y me doy cuenta de que para ellas esto es territorio completamente nuevo. Nosotras hemos ido a un millón de estas fiestas y no imagino cómo debe ser verlo por primera vez.
Veo que algunos de los nuevos amigos de Trinity le hacen señas para que se acerque, incluida la chica que da mala espina, Ruby.
—Debería ir a saludar —dice Trinity—. Nos vemos luego.
No espera respuesta antes de alejarse. La observo unos segundos, un poco molesta porque se haya marchado tan bruscamente. Trato de quitarme esa sensación de encima y me vuelvo hacia Domino.
—¿Van a venir tus padres?
Asiente mientras se muerde el labio en un gesto nervioso.
—Sí, pero se van a sentir muy fuera de lugar. Todo es tan elegante.
Como si los hubiera invocado, oigo que alguien la llama por su nombre.
Una pareja se acerca apresuradamente y abraza a Domino.
Su madre es igual que ella, con la piel morena y el cabello negro brillante.
Le toma el rostro entre las manos antes de besarla en ambas mejillas.
Domino me contó que los Parsons regentan una ferretería y un taller de reparaciones de bastante éxito, y así pudieron permitirse la matrícula de Amery.
—Estoy tan orgullosa de ti —susurra la señora Parsons, con lágrimas asomándole a los ojos—. ¿Te he dicho lo orgullosa que estoy?
—Mamá —resopla Domino, soltándose del abrazo de su madre y apartándole las manos con gesto juguetón—. Solo unas mil veces.
—¡Es que estoy muy orgullosa! ¡Journey! —exclama, volviéndose hacia ella—. He visto a tus padres al entrar.
—Mamá, papá, esta es mi amiga Poet Graves —dice Domino—. Compartimos habitación y estamos juntas en la formación de cadetes.
Las miradas de los Parsons se posan entonces en mí, y los ojos se les abren de par en par.
—Hola —digo—. Encantada de conocerlos.
—Igualmente —dice el padre de Domino, tendiéndome la mano y estrechándola—. ¿Vas a jurar lealtad junto a mi hija?
Lo pregunta con una leve vacilación, lo que sugiere que la noticia de mi deserción ya ha llegado a todas partes.
—Sí, así es.
—¡Poet ha cabreado a toda Fiama! —exclama Journey con entusiasmo y sin filtro alguno—. Pero a mí me parece épico.
La segunda frase suaviza ligeramente la primera.
Por suerte, me libro de más comentarios de Journey cuando grita «¡mamá!» casi en mi oído. Las dos familias se reúnen, hablando con entusiasmo, y aprovecho la ocasión para escabullirme.
La sala empieza a llenarse a medida que llega más gente, y esquivo varios grupos, algunos conocidos. Los que no reconozco son, sin duda, padres y madres de las otras casas.
Busco entre la multitud una cara amiga, preguntándome si eso existe siquiera en esta sala.
Rodeo a un grupo de personas y se me corta la respiración al ver a Rook junto a la pared, con una copa en la mano. Es la primera vez que lo veo con el uniforme de gala, y el efecto es… indescriptible.
La chaqueta entallada se le tensa sobre el pecho y los hombros, y luego se estrecha en la cintura de un modo que hace que parezca que la tela lo está venerando. Gracias a todo el entrenamiento ya ha ganado más músculo, lo que lo estiliza y lo hace parecer más fuerte al mismo tiempo.
Esos muslos firmes, enfundados en pantalones ajustados y las botas altas de cuero me provocan algo difícil de definir.
Lleva el pelo recogido a medias, con un moño en la parte superior y el resto suelto.
Debe notar mi atención, porque su mirada me encuentra entre la multitud y el calor me revolotea en el estómago.
Desde la noche en que escapamos de la ciudad a escondidas, parece que hemos firmado una especie de tregua cordial.
No somos amigos, pero no hay tantas aristas entre los dos.
He conseguido no decir nada ridículo al menos durante unos días.
A pesar de todo, es el único que entiende lo que estoy viviendo.
Poder compartir mi secreto con alguien no solo es agradable, sino un verdadero alivio.
Y, aunque siempre mantiene cierta reserva cuando estamos juntos, creo que él siente lo mismo.
Ninguno de los dos ha sabido explicar qué ocurrió aquella noche en que nos tomamos de la mano y afrontamos la tormenta. Cuando, en vez de dolor, nos sentimos más ligeros que el aire. Lo único que sé es que espero que tengamos ocasión de repetirlo.
Aprieta los labios y las comisuras se alzan apenas en un mínimo gesto de reconocimiento antes de que su mirada recorra mi cuerpo con una intensidad que siento como si fuera contacto físico.
—Poet —dice una voz a mi izquierda que rompe mi conexión con Rook.
Es Knox.
También va arreglado para esta noche y, aunque le queda bien, no tiene nada que ver con Rook. Me reprendo por ese pensamiento. No debería estar pensando eso del único que en esta sala es incluso más paria que yo.
Knox se percata de que Rook está ahí y ambos se fulminan con la mirada. Hasta donde yo sé, Knox ha logrado mantenerse fuera del camino de Rook, y espero que sea el final de esa tensión entre los dos.
—Odio a ese tío con toda mi alma —dice Knox en voz baja—. Ya le llegará lo que se merece, ya.
O quizá no.
Knox baja la mirada hacia mí con un brillo acusador en los ojos.
—¿Verdad?
Niego con la cabeza.
—Solo va a su rollo —digo, esperando que suene lo bastante ambiguo.
—¿Iba a su rollo cuando casi me estrangula? ¿Y cuando me dio el puñetazo?
—Empezaste tú —le recuerdo.
—¿Lo estás defendiendo? Será… —se interrumpe, probablemente incapaz de encontrar un insulto adecuado—. Los solitarios mataron a Raine. —Escupe esas palabras, como si Rook debiera ser repudiado por lo que hizo otra persona.
—Knox, ¿qué quieres? —Me he cansado de esta conversación.
Inhala profundamente; supongo que decide que no merece la pena montar una escena por Rook.
—Aún estás a tiempo de cambiar de idea —dice—. Tu padre…
—¿Está aquí? —Miro por encima de la densa multitud, pero apenas puedo ver nada entre tantas cabezas.
—Sí. Me pidió que viniera a hablar contigo.
Empiezo a alejarme de él.
—¡Poet! —me llama Knox, pero no me giro; estoy buscando a mis padres.
Doy la vuelta por la sala y, por fin, los veo hablando con una pareja que vive un piso por debajo del nuestro. Su hijo está en varias de mis clases.
Están enfrascados en la conversación, cócteles en mano.
Me quedo quieta, impactada por la imagen.
Verlos me hace darme cuenta de cuánto he echado de menos a mi madre.
Mi padre tiene buen aspecto, aunque parece cansado, con un impecable traje negro, y mi madre lleva un vestido rojo brillante que cae hasta el suelo.
Se me hace un nudo en la garganta, y daría cualquier cosa por volver a ser esa niña pequeña que podía correr hacia ella y encontrar consuelo en la seguridad de sus brazos. Sin embargo, ya no soy una niña, y tomé una decisión que sabía que destrozaría a mi familia.
No me doy cuenta de que mis pies se están moviendo hasta que ya estoy a su lado. No reparan en mí, pero noto que un centenar de miradas siguen nuestros movimientos.
Sin decir una sola palabra, ya estoy montando una escenita.
—Mamá, papá —digo, con la voz quebrada.
Knox nos alcanza y aparece a mi lado.
—Lo siento, Grady —dice Knox—. He intentado hablar con ella.
¿Grady? ¿Así, a la cara? ¿Hace cuánto que le…? No importa.
—Si mi padre tiene algo que decir, prefiero que me lo diga a mí —escupo.
La otra pareja da un pasito atrás, no por discreción, sino para darnos más espacio para este pequeño espectáculo.
—No tengo nada que decirte —responde mi padre, con unos ojos verdes centelleantes y la voz afilada como el hielo—. Tomaste tu decisión. Ya no tengo hijos.
Lo dice con una certeza tan definitiva que el corazón me golpea en el pecho.
—¿Eso es todo? —susurro—. ¿Vas a borrarme así, sin más? Soy tu hija.
La mirada de mi padre me recorre y se detiene en la cinta morada alrededor de la cintura. Aprieta tanto los labios que se le ponen blancos.
—¿Mamá? —pregunto mientras ella permanece en silencio, aferrada al brazo de mi padre.
Niega con la cabeza cuando mi padre la empuja tras de sí.
—Te advertí de lo que pasaría —dice—. No puedo tener un hijo que jure lealtad a Aria.
—Podrías —respondo. Noto las lágrimas resbalándome por las mejillas. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando—. Es tu propia terquedad la que se interpone. ¿Qué diferencia hay, realmente?
Se le endurece la mirada.
—Si no hay ninguna diferencia, jura lealtad a Fiama.
Se ha formado un círculo a nuestro alrededor, y puede que este sea el momento más humillante de mi vida.
—Quería jurar lealtad a Fiama —respondo—. Pero tú me empujaste a esto. No me dejas entrar en la guardia de las tormentas y nunca quise casarme con Knox.
Algunos murmullos ahogados recorren la sala. Estoy empeorando las cosas con cada palabra que digo. Mi padre inclina la cabeza para estudiarme y me mira de verdad, quizá por primera vez en mi vida.
—¿Lo hiciste por Knox?
—Intenté decírtelo, pero te negaste a escuchar. Ni siquiera me lo preguntaste.
—A mí no me eches la culpa de esto, Poet.
Lo dice con tanta vehemencia que es como un golpe en el estómago. Miro a mi madre, que se asoma por encima del hombro de mi padre.
—A ella no la mires —me dice—. No va a ser tu aliada.
Trago el nudo que crece en la garganta.
—Poet, jura lealtad a Fiama y ya está —dice Knox—. Todo puede acabar aquí. Puedes seguir formándote como cadete y, cuando llegue el momento, hablaremos de tu papel como quiebratormentas, ¿de acuerdo?
¿No ha oído lo que acabo de decir sobre casarme con él?
Aun así, reconozco que, si de verdad quiero arreglar las cosas, esa sería la solución perfecta.
Levanto la vista hacia Knox. Su expresión está cargada de sinceridad, pero la idea de volver con él me revuelve el estómago. Esperaban que luchara por convertirme en una de ellos, pero no están dispuestos a luchar por mí.
De hecho, en el momento en que me desvié del camino marcado, me borraron como si nunca hubiera importado. Hasta ahora, supongo que nunca había entendido del todo que mi valor para ellos dependía de mi obediencia. No de mi presencia.
—No —le digo, y luego me vuelvo hacia mi padre—. No juraré lealtad a Fiama. Si quieres borrarme de tu vida, adelante. Pero tú elegiste esto, no yo. Yo tampoco permitiré que me eches la culpa de esto.
Contengo las lágrimas y cruzo una mirada con mi madre antes de volver a sostener la de mi padre. Se le tensa la mandíbula, y la mirada que me dirige me abre por dentro, como si se me estuvieran cayendo las entrañas, pero no son viscosas ni cálidas; son duras como ladrillos.
Un testimonio de la niña, de la mujer, en la que me vi obligada a convertirme.
Ninguno de los dos parpadea. Ninguno será el primero en ceder.
La terquedad la heredé de él, y quizá siempre ha jugado en nuestra contra.
No sé si podremos recuperarnos de esto alguna vez.
Pero el momento ha terminado.
Así que me doy media vuelta y me marcho, furiosa.