Capítulo 40 #2
Sus palabras desgarran algo de mi interior porque sé exactamente a qué se refiere. Por primera vez en mi vida, hay alguien con quien puedo compartirlo.
Da unos pasos hacia el borde de un edificio vacío por dentro y me mira por encima del hombro.
—¿Lista?
Asiento y nos dirigimos al alto muro de roca y al túnel excavado en él.
Voy mirando hacia atrás y no me doy cuenta de que se ha detenido.
Choco contra él y trastabillo. Me sujeta con firmeza; sus dedos se cierran en torno a mi cintura.
Su tacto me infunde calor, incluso a través del abrigo, y se me escapa una brevísima exhalación.
Nos quedamos inmóviles.
—¿Y a ti? —me pregunta, retirando la mano con rapidez—. ¿Cómo te hace sentir?
—Pues es algo parecido.
Me mira a los ojos y, pese a que dijo que no quería hablar del tema, me da la sensación de que quizá me necesita tanto como yo a él en este momento.
Echamos a andar de nuevo, salimos al otro lado de la barrera y nos acercamos a la piedra baja que hay en el centro.
—A veces me pregunto si alguien dejó esto aquí —digo—. Algún otro centinela que también necesitaba este lugar.
Rook echa un vistazo alrededor y luego me mira antes de volver a fijarse en el cielo. Nos quedamos el uno al lado del otro, observando los pequeños destellos lila que parpadean en la distancia.
Nos apoyamos en las rocas y Rook se saca algo del bolsillo. Es un círculo metálico, deslustrado, con tapa. Lo abre y veo una superficie de cristal bajo la que gira una aguja.
—¿Qué es eso? —pregunto.
—Una brújula —responde—. Sirve para saber dónde está el norte.
Me la acerca para que la vea. Observo cómo la aguja gira y, al cabo de un segundo, se estabiliza apuntando hacia las Cloacas. Recuerdo que lleva algo parecido tatuado en el brazo.
—¿Así llegaste hasta aquí? —pregunto.
Asiente.
—En parte, sí. —Señala al cielo y levanto la vista—. Y también observando las estrellas.
—¿Las estrellas?
—Sí, así se orientaban en la Tierra durante la Era del Calentamiento, antes de que tuvieran la tecnología adecuada. Y también usaban esto.
Alza la brújula y la cierra de golpe.
—Mi padre se la compró a un cazatesoros hace ya mucho tiempo y me la dio, cuando vio que me interesaban estas cosas.
—¿Estas cosas? —repito—. También tienes tatuajes. Parecen mapas.
Hace que sí con la cabeza.
—Siempre me ha fascinado la… aventura, si queremos llamarlo así. Y me alucinan los lugares más allá de lo que perdimos.
—¿Por eso viniste?
Me mira un segundo y aparta la vista.
—En parte. —Vuelve a señalar al cielo—. Ahora no se ve, por todas las nubes, pero, si miraras en esa dirección, encontrarías la estrella polar, y por allí están la Osa Mayor y la Osa Menor.
—¿Qué son?
—Constelaciones. Básicamente, agrupaciones de estrellas que los antiguos creían que eran la manifestación de dioses que vivían en el cielo.
Parpadeo mirando las nubes.
—¿Como una especie de dibujos?
—No exactamente. Son algo más abstractas que eso.
—¿Y tienes alguna favorita?
Se lo piensa un instante.
—Puede que Andrómeda. Últimamente me interesa más.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros y sacude la cabeza.
—Supongo que me recuerda a alguien.
Vuelvo a imaginarme a alguna chica preciosa a la que dejó atrás, y siento una punzada en el estómago.
—Es un nombre bonito. ¿Qué forma tiene?
—Algún día te enseñaré una imagen.
—Vale —murmuro, siguiendo la dirección de su mirada perdida, preguntándome qué le pasará por la cabeza.
Bajo este cielo me siento pequeña e insignificante. Se extiende hasta el infinito y vuelvo a pensar en todos esos mundos que existieron. Los países, las ciudades y los miles de millones de personas que antaño poblaron el planeta. Me pregunto si algún día volverá a ser así.
—Mi casa es cómoda —dice Rook, retomando el hilo de la conversación anterior como si no nos hubiéramos ido por otro derrotero—. Mis padres son fantásticos. Papá es mi héroe, y mis hermanos y mi hermana son un incordio, pero los quiero con locura.
Espero un momento, intuyendo que no ha terminado todavía.
—Pero no siempre ha sido una vida fácil. —Hace un gesto hacia el cielo—. Hemos tenido que hacer lo necesario para sobrevivir.
Escondido en esa frase percibo algo que no logra pronunciar.
—Lo siento —repito—. No debería haber dado por hecho que…
Niega con la cabeza.
—Entiendo lo que os cuentan sobre nosotros. ¿Cómo ibas a tener otra concepción, no?
Suspiro y, de nuevo, me siento como una idiota de remate.
—Estás siendo muy indulgente conmigo…, con todos, diciendo eso.
Me lanza una mirada oscura, suavizada tan solo por los reflejos púrpura que brillan en sus pupilas.
—Somos vuestro enemigo, Poet. No lo olvides. Mi gente entraría en esta ciudad y lo arrasaría todo, si pudiera. Puede que algún día lo hagan.
No es un deje de amenaza lo que capto en sus palabras, solo una constatación. Es lo que siempre nos han dicho. Parpadeo, porque es la primera vez que pronuncia mi nombre, y me gusta cómo suena en sus labios.
Pero también trae consigo el recordatorio de quién y qué es. De quiénes somos los dos. Y de que estamos en extremos opuestos de un abismo.
Otro destello a lo lejos capta nuestra atención.
—¿Quién era Raine? —pregunta tan bajo que casi no lo oigo.
—¿Cómo sabes…?
—Ese tío… dijo algo cuando discutíais en el pasillo.
—Knox.
—Me da igual cómo se llame —replica Rook—. Es un puto imbécil.
Me río, porque sí, lo es.
—Raine era mi hermano mayor. Era quiebratormentas —le cuento—. Un grupo de solitarios intentó colarse en la ciudad por su torre de la tormenta, la guardia se vio superada en número y… murió en combate.
Suelto el aire como si expulsara mil astillas.
—Lo echo de menos cada día.
Rook guarda silencio y luego pregunta:
—¿Cuántos años tenía?
—Veintidós. Demasiado joven.
—Lo siento —dice al cabo de un momento—. Hay demasiada muerte innecesaria en este lugar.