Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

R ook ha accedido a quedar conmigo esa misma noche en una de las entradas traseras de la academia que dan a los túneles. Dice que nunca hay vigilancia allí, y no le pregunto cómo lo sabe.

Ya está esperando cuando llego, apoyado en la pared con los brazos cruzados de esa forma tan suya que he aprendido a reconocer.

Durante un instante no se da cuenta de que estoy allí, porque está absorto en la nada.

Me descubro observando la forma de su nariz, el ángulo marcado de sus pómulos, el destello del piercing plateado que le atraviesa la ceja.

La forma en que una de las comisuras de su boca se inclina un pelín, como si estuviera recordando algo bonito.

Lleva la chaqueta de cuero reglamentaria de Amery, que se le ciñe a los brazos fuertes y los hombros anchos. Cielos…, está muy guapo.

Suspiro para mis adentros y aparto ese pensamiento; ahora mismo no me sirve de nada.

Cuando por fin me ve, se endereza y deja caer los brazos. Me pregunto si me estoy imaginando ese leve rubor que le tiñe las mejillas, y luego me da por pensar en qué estaría pensando. ¿Habrá dejado a una novia en las Cloacas? ¿La echará de menos?

Y ¿por qué la idea de una desconocida sin rostro me arde en el pecho como si fuera puro ácido?

—¿Has encontrado otro buen sitio donde plantarte? —pregunto.

Él suelta una risa nasal que rebota contra la piedra. Parece tan sorprendido que me tapo la boca y me escapa una risita.

—Sí, liante —dice al cabo de un instante, con un brillo casi juguetón en la mirada—. Era un sitio estupendo, ideal para quedarse quieto.

Cruzo los brazos y ladeo la cadera.

—Anda, qué bien que me hayas encontrado un nuevo apodo. ¿Te has cansado de llamarme princesita de la Sociedad?

Me guiña un ojo.

—Creo que este te pega más.

Pongo los ojos en blanco cuando señala el hueco a sus pies y la escalera que desciende por él. Me asomo y arrugo la nariz.

—¿Tienes miedo o qué? —pregunta, con un tono burlón que casi me da ganas de arrearle un puñetazo en la garganta.

Se acabó lo de admirarlo.

—No me gustan los túneles —admito.

—Cómo no. Ninguna princesita de la Sociedad quiere que la vean…

—No es eso —le espeto—. Deja de pensar que lo sabes todo sobre mí. Y deja de llamarme así. No soy… Ya no lo soy.

Alza las manos en señal de rendición.

—Vale. Perdón.

Resoplo, agarro la escalera, bajo y aterrizo en cuclillas al llegar al rellano. Es un espacio angosto, apenas iluminado por unas luces mortecinas, y contengo el escalofrío de aprensión que amenaza con recorrerme la piel.

Rook cae a mi lado un instante después y se queda mirándome un segundo. Abre la boca, como si fuera a decir algo, pero al final se gira y me hace un gesto para que lo siga.

Con la mano pegada a la pared intento seguir el ritmo de sus zancadas largas y seguras, pero el terreno es irregular y no veo gran cosa.

Voy tanteando las piedras que hay esparcidas por el suelo mientras me quedo cada vez más atrás.

Me tienta encender la linterna del móvil, pero no quiero que Rook piense que soy todavía más negada de lo que ya le parezco.

Por fin se vuelve. No veo bien su silueta en la penumbra y me preparo para la pulla que seguro que está a punto de soltar, pero no dice nada. Espera a que lo alcance y luego ajusta el paso hasta que llegamos a nuestro destino.

Otra escalera nos deja cerca de la entrada de una estación de tren.

—¿Podemos saltarnos el tren? —pregunto en un susurro.

Las imágenes de aquella noche me siguen atormentando en sueños. Si antes me ponía nerviosa subir, ahora temo que me invada el pánico por completo. No sé si soportaría que volviera a juzgarme, pero al final asiente.

—De acuerdo.

Subimos las escaleras y salimos al exterior.

Inspiro hondo y me sacudo el pelo, aliviada por dejar atrás la pesadez asfixiante del subsuelo.

La ciudad bulle al caer la tarde: la gente va de aquí para allá por las aceras bajo las nubes que se están cerrando.

Un regusto de inquietud está suspendido en el ambiente.

Pronto será hora de volver a casa. Esconderse de la tormenta.

Confiar en llegar vivos a la mañana siguiente.

A menudo me pregunto cómo sería la Era del Calentamiento, antes de que las tormentas cambiaran. Imagino que la gente se sentaba junto a las ventanas abiertas, disfrutando del sonido de la lluvia. ¿Escucharían el golpeteo suave contra el tejado como un arrullo para conciliar el sueño?

Ahora nadie duerme durante las tormentas.

Avanzamos por una calle concurrida llena de restaurantes.

Las grandes ventanas están abiertas al aire de la noche y los comensales empiezan a marcharse.

Encontramos un embarcadero y subimos a un ferry de pasajeros con una plataforma amplia y barandilla perimetral, donde caben varias decenas de personas.

Vamos derechos a un rincón; Rook apoya los codos en la barandilla y contempla la ciudad mientras la embarcación se desliza por el canal.

—¿Es por esa cicatriz de la mejilla? —pregunta. Su brazo roza el mío y una bandada de mariposas me revolotea en el estómago—. ¿Por eso no te gusta bajar al subsuelo?

—Sí —respondo, sorprendida de que se haya fijado—. Algo parecido.

Me observa con atención y algo indefinible se asoma a sus facciones.

—Lo siento. No debería haber dado nada por hecho.

Asiento, y viajamos en un silencio cómodo a través de Nuevo Manhattan.

La mayoría de los edificios originales quedaron destruidos durante las guerras y el caos de la Era del Calentamiento.

Hay fotos e imágenes, y muchas personas han intentado reconstruir parte de lo que había aquí antaño, como si quisieran capturar las glorias del pasado.

A pesar de todos sus errores, también se palpa una sensación de pérdida: la de un tiempo en que el mundo era más grande y diverso.

Cuando convivían cientos de países, culturas e idiomas distintos, aunque no siempre en perfecta armonía.

Cruzamos una plaza concurrida donde suena música y cientos de personas se mueven entre los puestos de un mercado nocturno, con guirnaldas de luces colgando sobre sus cabezas.

Los vendedores empiezan a recoger los bártulos mientras la gente se apresura a comprar lo que necesita.

Pasamos frente a más restaurantes y clubes nocturnos, con la música a tope y las luces parpadeantes, llenos de parroquianos que, al parecer, prefieren vivir un poco más cerca del filo del peligro.

A mí siempre me ha fascinado el poder del optimismo colectivo.

Que, incluso ante un peligro constante, esta ciudad encuentre la manera de reír.

Tal vez sea simple negación. Una negativa a reconocer que, aunque hemos aprendido a existir en un mundo que intenta matarnos a cada paso, tarde o temprano la naturaleza acabará ganando.

Las nubes se arremolinan sobre nosotros y un trueno retumba a lo lejos.

Mientras el ferry avanza traqueteando por el canal principal, las calles se vacían. Las luces titilan en los edificios; algunas se apagan del todo.

El barco atraca en la última parada y Rook y yo saltamos a tierra antes de continuar a pie. Cuando entramos en las ruinas del límite de la ciudad, pregunto:

—¿Habías estado aquí antes?

—Aquí no —responde—. No sabía de esta salida hasta que te seguí aquel día.

—¿Por qué me seguiste?

Se detiene unos pasos más adelante y se gira para mirarme.

—Por nada. —Luego se gira y se adentra por un callejón estrecho.

—Vaya mierda de respuesta —murmuro.

Y, al parecer, mi sarcasmo no merece contestación.

Seguimos caminando y se detiene para esperarme mientras trepo por encima de una viga caída.

—Pero ¿has estado yendo a otro sitio? —pregunto.

—Tengo varios sitios —responde—. Me conozco bien las afueras.

Claro. Cómo no.

—¿A qué distancia está tu… casa? —pregunto, sin saber por qué me atraganto con la última palabra.

Siento una curiosidad enorme por su vida.

—No hace falta que lo digas así —replica con sequedad—. Sí que tengo casa. Puede que no sea tan distinta de la tuya. Cuatro paredes, ventanas y todo lo demás. Más o menos. Eso sí, no tan lujosa, imagino.

Cielos, ¿por qué no dejo de meter la pata hasta el fondo?

—Lo siento —digo—. No debería… Me siento tan… Olvida lo que he dicho. Seguro que piensas todo tipo de cosas horribles sobre mí. Yo solo sé lo que nos han contado, pero empiezo a darme cuenta de que…

Me interrumpo. Estaba a punto de decir algo que no debería. Algo que se supone que no puedo decir.

—¿A darte cuenta de qué? —pregunta, instándome a continuar.

—Que quizá no todo lo que me han contado es… riguroso.

Ladea la cabeza.

—Bueno, una parte sí que lo es —dice mientras seguimos caminando uno al lado del otro—.

Nos comemos a los bebés cuando escasea la comida.

Es una pena, porque no tienen mucha carne, pero al menos es tiernecita y jugosa.

Y combina la mar de bien con la sangre de las vírgenes.

La cafetería nos ha cambiado la vida. Y antes de ir a Amery no me había dado un baño en condiciones en años.

Ah, y eso que dicen de que sacrificamos los corazones de nuestros ancianos a los dioses del cielo es verdad.

Es mucho más asqueroso y pringoso de lo que imaginas, pero funciona.

Cuando termina su monólogo, caigo en que es lo máximo que le he oído hablar sin apenas respirar. Me da igual que me esté tomando el pelo; me gusta que se suelte.

—Vale, lo pillo —respondo—. Soy una idiota y una esnob insoportable por haberme creído todo eso.

Él esboza una media sonrisa cuando llegamos al final de las ruinas y escombros, y comprueba que no haya nadie alrededor. Las nubes retumban sobre nosotros, y me doy cuenta de que estaba tan absorta escuchando a Rook que no me he percatado del cosquilleo bajo la piel.

—Oye, ¿tú qué notas? —pregunto de sopetón—. Cuando llegan las tormentas, me refiero.

Levanta la mirada hacia las nubes y luego hacia las torres de tormenta que se alzan a lo lejos.

—Es como si todo yo me saliera de la piel —responde—. Como si quisiera arrancármela y ofrecerle mis entrañas al cielo.