Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 39
56%

Capítulo 39

C amino hacia el gimnasio dando pisotones, con una respiración profunda y temblorosa. No puedo creer que Knox haya tenido el descaro de pensar que aún quedaba algo entre nosotros.

¿Qué es lo que más me enfada?

¿Que mi padre hable sobre mí en lugar de hablar conmigo?

¿Que Knox suponga que voy a hacer lo que se me ordena?

¿Que crea que va a conseguir calmarme solo con dejar que siga con el entrenamiento, para luego arrebatármelo en cuanto nos graduemos?

Es precisamente por esto que me elegí a mí misma antes que a ellos.

A pesar de todo, sé que estoy haciendo lo correcto.

De repente, estoy deseando que empiece el entrenamiento de esta tarde. Hoy toca combate, y darle una paliza a alguien me parece la cura perfecta para esta rabia acumulada que me arde en las venas.

Cuando entro al gimnasio, me cambio a toda prisa y me dirijo a las grandes colchonetas de combate que están al fondo. Hay cuatro parejas distintas luchando en sus respectivos rincones, todas reflejadas mil veces en los espejos de suelo a techo que cubren tres paredes.

Localizo a Domino en plena llave de cabeza con alguien de la casa Asale, ambos sudando por el esfuerzo.

Al otro lado de la sala, Rook entrena con un tipo enorme de Tera. Creo que se llama Ritsu. Ambos llevan camisetas negras sin mangas y pantalones cortos, y es complicadísimo no distraerse con todos los músculos que exhibe Rook, firmes y flexionados.

Examino esos tatuajes que tantas veces he admirado; más de las que me gustaría admitir.

Las finas líneas topográficas serpentean sobre cada valle y hondonada de sus músculos.

Observo cómo desaparecen bajo su camiseta y, no por primera vez, me pregunto dónde empiezan y dónde acaban.

¿Se le extienden por la espalda? ¿Quizá se le tensan a lo largo del pecho?

¿Tal vez se hunden en el hueco de su columna?

De repente, siento mucho calor y me seco la frente con el dorso de la mano.

Ritsu lanza a Rook contra la colchoneta con un golpe seco y lo inmoviliza.

Son casi iguales en tamaño y fuerza mientras giran y se retuercen, pero Rook consigue derribarlo. Ruedan por el suelo, enredados en un torbellino de brazos y piernas, y no puedo apartar la mirada de la intensidad ardiente de los ojos de Rook.

Sin embargo, no está enfadado, solo decidido. Bello en la manera en que se mueve con una gracia letal.

—Poet —dice una voz a mi izquierda, lo que me hace dar un respingo.

Henry sonríe de medio lado mientras su mirada pasa de mí al chico por el que casi estaba babeando. Tiene la delicadeza de no hacer ningún comentario al respecto.

—¿Lista para un poco de combate? Hoy te voy a enseñar algunos movimientos nuevos.

Recuerdo la conversación con Knox y golpeo el puño contra la palma de la mano.

—Estoy lista. Vamos allá.

Durante la siguiente hora, sigo las instrucciones de Henry en una serie de ejercicios y maniobras pensados para mejorar mis habilidades en el combate cuerpo a cuerpo.

Vacío la mente y me dejo llevar por el movimiento, notando que se me acelera el pulso y el sudor se acumula en mis sienes. Esto es exactamente lo que necesitaba.

Mi rodilla vendada está mejor, así que me siento más segura moviéndome de un lado a otro y rebotando sobre las puntas de los pies.

Durante mi entrenamiento, sigo pendiente de Rook, que está al otro lado de la sala enfrentándose a varios compañeros. Su entrenadora, Brooklyn, le pone a prueba, dirigiéndole a voz de grito.

Una o dos veces, nuestras miradas se cruzan muy rápido antes de que él aparte la suya.

Probablemente se debe a que no puedo dejar de mirarlo.

Henry se da cuenta más de una vez, pero aun así no me llama la atención, aunque lo veo sonreír con complicidad.

La cosa es que no miro a Rook porque esté ridículamente guapo, con esa camiseta ajustada y esos pantalones cortos, el pelo revuelto y un brillo de sudor que resalta las curvas de sus hombros redondeados.

Bueno, vale, la cosa es que esa no es la única razón.

Es un centinela de la centella. Nunca he conocido a otro. ¿Él sí? ¿Cómo puede no querer hablar del asunto? De repente, se me ocurre que los centinelas podrían ser algo común en las Cloacas, y que yo no soy nada especial para él. Un dolor incómodo se abre paso por mi pecho al pensarlo.

Pero entonces atrapo su breve mirada, intensa y cargada de algo, y estoy segura de que no puede ser cierto. Creo que sí quiere hablar del tema, pero tal vez no esté listo. Tiene muchos motivos para temer que se pueda enterar alguien. Quiero que entienda que yo nunca lo delataría.

—¡Muy bien! —El grito de Brooklyn desde un rincón me saca de la espiral de pensamientos—. ¡Es hora de más combates uno contra uno!

La entrenadora comienza a señalar a varias personas de la sala. A Domino le ha tocado con una chica de la casa Asale, y luego me apunta a mí antes de hacer lo mismo con Rook.

—¡Vosotros dos, aquí! —Nos indica un lugar en el suelo, a sus pies.

Abro la boca y dudo. Un mechón le cae sobre a Rook sobre la frente y se lo aparta, casi como si se estuviera preparando para el desafío.

—¡Vamos! —nos apremia Brooklyn con un fuerte aplauso—. No tenemos todo el día.

Asiento y cruzo la sala con rapidez, deteniéndome a pocos centímetros de Rook.

Él se encorva, y se le ilumina la cara con una sonrisa traviesa.

—¿Crees que puedes conmigo? No te lo voy a poner fácil solo porque seas una princesita de la Sociedad.

—No me das miedo —digo, y me gano otra sonrisa arrogante.

Es cierto en parte.

Se lanza hacia mí, pero estoy lista. Mi entrenamiento comenzó con las lecciones rudimentarias de Raine en nuestro piso, cuando yo no tenía ni diez años, y en los últimos meses he aprendido muchas más formas de protegerme, incluso frente a un oponente de mayor tamaño.

Me preparo para el impacto y, cuando está cerca, me agacho y ruedo, dando una patada y barriendo con el pie por detrás de sus rodillas.

Rook cae de espaldas, y yo me pongo sobre él, con los muslos a ambos lados de su pecho y las rodillas sujetando sus codos contra el suelo.

—¿Quién es la princesita ahora? —pregunto con una sonrisa de satisfacción.

—Siéntate un poco más arriba y serás una reina —me provoca, y tardo unos segundos en entender lo que quiere decir.

Se me escapa un grito ahogado de indignación cuando él me rodea los muslos con sus grandes manos, y entonces me levanta como si no pesara nada y me tira al suelo.

El aire se escapa de mis pulmones, pero reacciono a tiempo y ruedo mientras él intenta lanzarse sobre mí. Pero falla, y yo giro sobre mis hombros y me incorporo en cuclillas.

—¡Ja! —grito triunfal a la vez que empezamos a andar en círculos, ligeros sobre las puntas de los pies—. ¿Por qué me has estado evitando? —le pregunto en un susurro, aprovechando que ahora no puede escaparse de mí.

—No te estoy evitando. —Hace una finta y trata de golpearme en el costado.

Bajo el codo, pero es demasiado rápido, y grito al recibir el impacto.

—No me mientas. Tenemos que hablar de esto.

—¿Hablar de qué?

Seguimos girando, acercándonos y alejándonos.

—Ya sabes de qué —digo, bajando aún más la voz.

No creo que nadie tenga idea de lo que estamos hablando, pero más vale prevenir.

—No tengo nada que decir —responde.

—¡Rook! —exclamo, y ambos parpadeamos.

Creo que es la primera vez que digo su nombre en voz alta. Él alza los hombros y ladea la cabeza, inhalando con profundidad.

—Mira, eres un problema. —Me acusa—. El caos te persigue a dondequiera que vayas. No quiero tener nada que ver.

Me parece un poco injusto, pero lo dejo pasar, porque necesito que hable conmigo. Y puede que tenga un poquitín de razón.

—Por favor —le ruego, casi desesperada.

Se le tensa la mandíbula y la incertidumbre se asoma a su rostro.

—Está bien. Si consigues inmovilizarme durante tres segundos, podemos hablar —me asegura con firmeza. Me aparto un mechón de pelo del ojo—. Y, si no lo consigues, me dejarás en paz de una puta vez.

Pienso en su propuesta. Es casi el doble de grande que yo, y lo he observado lo suficiente como para saber que es un experto en combate. Lo que sea que hagan en las Cloacas le ha enseñado un par de cosas sobre supervivencia.

Pero yo también sé defenderme. Además, tampoco me está dejando otra opción.

—Vale. Trato hecho.

Las palabras apenas han salido de mi boca cuando se lanza al ataque. Me rodea la cintura con los brazos y ambos nos caemos al suelo. Es entonces cuando entiendo que antes solo me estaba siguiendo el juego. No tengo ni la más remota oportunidad.

Intento zafarme de debajo de él, me retuerzo y me impulso, pero me sujeta, con el cuerpo encajado entre mis muslos. Entonces, me agarra las muñecas y las inmoviliza por encima de mi cabeza, su cuerpo ágil extendido sobre el mío. Es irritante, pero también un poco excitante. Joder.

—No es justo —digo.

—¿Qué no es justo?

—Pues que… eres…

Rook enarca una ceja.

—¿Soy mucho mejor en esto?

—Me has engañado —gruño, e intento incorporarme, pero me mantiene atrapada contra el suelo.

—Qué va. Lo has dado por sentado. Como haces siempre, vaya.

—¡Tenemos que hablar de esto!

Miro de reojo para comprobar si alguien se ha dado cuenta de que hemos dejado de pelear. Por suerte, toda la atención de la gente está puesta en alguien al otro lado de la sala que está en el suelo, con sangre saliéndole a borbotones de la nariz.

Rook me aprieta más las muñecas y reclama mi atención.

Yo me quedo inmóvil, siendo consciente de la intimidad de la postura: su cuerpo cálido entre mis muslos; su abdomen firme contra el mío.

Su aliento me roza la clavícula desnuda y me eriza la piel, y solo espero que no lo note.

Lo último que necesito es que Rook sepa el efecto que causa en mí.

Eso sí que me dejaría sin ventaja alguna.

—Se acerca una tormenta —dice en voz baja, y asiento porque yo también lo noto.

—Aquel día me seguiste.

Él suelta el aire con suavidad. Su aliento me roza ahora la boca, y me humedezco los labios cuando sus ojos se clavan en ellos.

—No estaba seguro de si me habías visto.

—Yo tampoco lo estaba, pero cuando te vi en el tren y…

—Vale —me corta—. Necesito… —Alza la mirada para comprobar que nadie nos está mirando.

Entonces sacude la cabeza y se aleja de mí, arrodillándose entre mis piernas. Yo me incorporo y noto la ausencia de su cuerpo contra el mío.

—Yo también —digo. Necesita absorber una descarga. Seguramente también lo está pasando mal dentro de estos muros cerrados. El golpe que recibí en la simulación solo redujo un poco esa presión, pero no fue suficiente—. No tienes por qué hacerlo solo. Podemos volver al límite de la ciudad.

Mira al suelo con las manos apoyadas en los muslos. Tarda unos segundos en levantar la vista.

—¿Qué quieres, que nos escabullamos? —pregunta, y asiento—. ¿Ves? ¿Qué te he dicho? Problemas…

Entorno los ojos, sin tener muy claro si me gusta lo que insinúa.

Entonces suspira y me mira, escéptico. Noto cómo se le empieza a resquebrajar la coraza: solo necesita un empujoncito. Suena un silbato, que anuncia el final del entrenamiento. La sala estalla en conversaciones animadas mientras todos se dirigen a los vestuarios.

—Esta noche —le digo a Rook—. Por favor.

Se le contrae un músculo de la mandíbula antes de ponerse en pie.

—Vale —responde, y luego se va.