Capítulo 38
R ook me evita tras nuestro encuentro en la simulación. Me sorprende solo en parte.
Ni siquiera me mira a los ojos en clase de Biología, donde no nos queda otra que sentarnos en la misma mesa.
Se limita a responder con gruñidos monosilábicos, y, aunque eso no difiera mucho de cómo fue el primer día, me fastidia que no me mire.
Y todavía me fastidia más que me importe. No debería molestarme tanto.
Cuando cierro los ojos, no puedo parar de ver su cara perfecta inclinada sobre mí, con los labios ligeramente entreabiertos e invitándome a caer, como una mala decisión que me muero de ganas de tomar.
Nunca lo diré en alto, pero, desde entonces, me he dormido todas las noches pensando en esa imagen.
Sin embargo, es algo secundario frente al problema más urgente.
Tenemos que hablar del tema.
Me niego a ignorar que estoy ante otro centinela.
Aunque finja que no existo, ya me siento menos sola de lo que me he sentido en toda mi vida.
No soy la única. Alguien más es como yo e intenta esconderlo.
Podríamos ser… ¿qué? ¿Un equipo? ¿Confidentes? ¿Amigos?
Probablemente no, pero algo seremos.
Tenemos que ser algo.
Mientras Rook me rehúye, yo hago lo mismo con Knox.
Llego tarde al comedor y devoro la comida antes de que pueda percatarse siquiera de que estoy aquí. El entrenamiento para cadetes me ocupa la mayor parte del tiempo y, desde que me trasladé a la residencia de Aria, me he vuelto prácticamente inaccesible.
Puede que sea una marginada social, pero al menos he conseguido las dos cosas que quería.
Por desgracia, todo esto se ve eclipsado por mis padres, que siguen sin hablarme, y eso me está carcomiendo lentamente por dentro.
Tal vez fui ingenua al pensar que no los perdería también a ellos.
Aun así, me aferro a la esperanza de que nuestro distanciamiento sea solo temporal.
Tiene que haber alguna manera de arreglarlo.
Estoy de camino al gimnasio después de clase cuando alguien me agarra del brazo y me da la vuelta.
Knox está frente a mí, con los ojos desorbitados, el pelo revuelto y el ceño fruncido en lo que interpreto como un gesto de preocupación y frustración. No tiene buena cara, y una pequeña llamarada de culpa me arde en el pecho.
—Poet —dice—, deja de darme esquinazo.
Resoplo por la nariz y retrocedo, tratando de separarme un poco de él.
—No quiero hablar del tema.
—Tenemos que hablarlo.
Luce tan sincero, por una vez, que acabo asintiendo.
—Mi madre me ha dicho que la llamaste.
Suspiro y me tiro de la coleta.
—Sí. La mía me ignora, y mi padre…
—De eso quería hablarte —dice Knox—. He hablado con Grady y mi padre sobre ti y toda esta situación.
Se me tensa la espalda. Pues claro que han estado hablando de mí, cómo no.
—¿Podemos ir a algún sitio más tranquilo? —pregunta Knox.
Lo dice en tono amable y recuerdo que, en efecto, tengo una conversación pendiente con él. Una especie de cierre para este capítulo de nuestras vidas. Sin embargo, creo que no estoy preparada. Ni ahora ni nunca. Preferiría fingir que estos últimos años no han existido.
—Tengo que ir al gimnasio. Ya llego tarde al entrenamiento. —Señalo con el pulgar por encima del hombro.
Enseguida me doy cuenta de que ha sido un error, porque entorna los ojos.
—Al entrenamiento. Sigues empeñada en participar en el programa para cadetes.
Otra vez no.
—¿Por eso no has estado yendo a clase? Pensaba que me estabas evitando.
—Bueno… —Hago una mueca, incapaz de terminar la frase.
Ha sido un poco por las dos cosas.
—Después de todo lo que has hecho, todavía quieres unirte a la guardia de las tormentas. —Aprieta tanto los labios que se le quedan pálidos—. Solo intento ayudarte. Estás jugando con fuego y te vas a quemar. Tienes que parar.
Retrocedo a la vez que él da un paso adelante.
—Ni hablar. No voy a dejarlo.
Knox suspira y se pasa una mano por el pelo antes de empezar a pasearse de un lado a otro.
—¿Y a ti qué más te da? —añado—. Mejor cásate con Winter y olvídate de mí. Es lo que quieres.
Eso lo frena en seco.
—¿Winter?
—Sí. Voy a jurar lealtad a Aria. Debes casarte con alguien de Fiama.
Niega con la cabeza.
—No. Winter… ¿Qué? ¿Quién te ha metido eso en la cabeza?
—Mi padre dijo que…
Levanta las manos.
—No, mira, de eso quería hablar contigo. —Un grupo de gente aparece al final del pasillo y pasa por delante de nosotros, lanzándonos miradas disimuladas. Knox suspira y me toma la mano—. ¿Podemos seguir en otro lado?
Miro la hora y asiento antes de que me arrastre a un aula. Voy a llegar tarde, pero no puedo seguir evitando esta conversación.
Cierra la puerta y se vuelve para mirarme.
—Mi padre y el tuyo están dispuestos a readmitirte si condenas públicamente a Aria y reconoces que te equivocaste —dice Knox—.
Podemos seguir con todo lo que habíamos planeado.
Sé que has tenido una… época rara o algo así, pero, Poet, eres de Fiama.
Tú lo sabes y yo lo sé. Cielos, todo el mundo lo sabe y están dispuestos a olvidar esta pequeña rabieta.
Podemos dejar esto atrás y que todo vuelva a la normalidad.
Mientras Knox habla, se me entumece el cuerpo entero y siento un hormigueo por los dedos de manos y pies. No sé por qué se está aferrando tanto a esto…, a lo nuestro, pero tengo que cortarlo de raíz.
—Escucha —dice Knox, acercándose. Me coge la mano y la coloca con cuidado sobre su corazón.
La calidez de su piel irradia a través de la camisa.
Es el contacto más íntimo que hemos tenido en mucho tiempo, pero no siento nada.
Si acaso me provoca algo es repugnancia—.
Si convenzo a Grady de que te permita seguir con el entrenamiento para cadetes, harás lo que te he dicho, ¿vale?
Supongo que no vas a ceder. Sé que echas de menos a Raine, pero…
—Esto no va de Raine —lo interrumpo, cerrando el puño—. Es lo que yo quiero. Lo que siempre he querido.
Knox resopla.
—Vale, está bien. Lo pillo. Quieres ser quiebratormentas. Si consigo que tu padre acepte, ¿harás lo que te pidan?
Es una solución limpia. No me cuesta nada condenar a Aria. Todavía no se han ganado mi lealtad. Quiero recuperar a mi familia, aunque diste mucho de ser perfecta. Quizá esta sea la salida.
—¿Y qué pasará cuando nos graduemos? —le pregunto.
Knox parpadea.
—¿A qué te refieres?
—A ver, me pasaré tres años entrenando y luego ¿qué? ¿Me «permitirás» unirme a la guardia? ¿O a las otras esposas de la Sociedad, como esperáis todos?
Aparta la mirada. Está claro que no ha pensado tanto sobre el futuro.
—Ya lo hablaremos cuando llegue el momento —contesta.
—No. No me basta.
—Poet, sé razonable. No puedo ser el sucesor de Fiama mientras mi esposa se está jugando la vida cada noche en una torre de la tormenta. No es la vida que te corresponde.
Mi efímero rayo de esperanza se desvanece.
—Lo sabía… —digo—. Voy a jurar lealtad a Aria, Knox. Me convertiré en quiebratormentas y viviré como quiera.
—¡¿Qué hay de tu familia?! —pregunta, alzando la voz—. ¡¿Tu posición?! ¡¿Tus amigos?! ¡¿Y lo nuestro?!
—¿Lo nuestro? ¿Me lo dices en serio? ¡«Lo nuestro» no existe!
—Poet…
—No. ¿Cómo te atreves siquiera a insinuar que somos algo cuando te paseas dándole coba a cada chica que se te cruza? Me has humillado tantas veces que he perdido la cuenta. ¡Soy un hazmerreír!
Noto el escozor de las lágrimas, pero me niego a llorar delante de Knox. No quiero darle otra vez ese poder sobre mí. Además, ya me he cansado de esta conversación. Me echo la mochila al hombro y paso a su lado.
—Poet…
Me giro en redondo.
—No voy a jurar lealtad a Fiama ni a casarme contigo. Se acabó. Dile a mi padre que, si quiere hablar de esto, que tenga el valor de decírmelo a la cara.
Abro la puerta con tanta fuerza que pierdo el equilibrio.
—Espera, por favor…
Me detengo para mirarlo.
—Hubo un tiempo en que te quise —susurro—. Pensaba que juntos seríamos felices. Yo también quería todo esto para nosotros, pero me has roto el corazón demasiadas veces.
Knox no responde y yo salgo del aula y cierro la puerta detrás de mí… y de «lo nuestro».
Para siempre.