Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

L a sala de simulación es un enorme cubo subterráneo excavado en la tierra, con techos altos y paredes revestidas de una especie de sustancia engomada cubierta de cuadrículas proyectadas. Tiene al menos tres pisos de altura y varios cientos de metros de extensión.

La doctora Eze nos informa de que las paredes y el suelo están diseñados para absorber la electricidad y ayudar a minimizar el daño que puedan sufrir nuestros órganos internos en caso de recibir un impacto.

Supongo que eso es reconfortante para los demás.

Han recreado una ciudad en miniatura con edificios de seis metros de altura, además de muros y túneles que pueden utilizarse como escondites u obstáculos.

A lo largo de uno de los lados, hay una plataforma metálica con una serie de pantallas y diales, accesible mediante escaleras también metálicas; todo ello situado detrás de un cristal protector.

—Este ejercicio durará unos diez minutos —dice la doctora Eze por micrófono desde la plataforma elevada, con Henry a su lado.

El teniente Dire permanece de pie junto a él, con los brazos detrás de la espalda—.

Hoy estaremos solo nosotros, pero, a medida que avancemos en el entrenamiento, se unirán oficiales de mayor rango de la Tempestad.

Evaluarán vuestras habilidades y decidirán el escuadrón al que os uniréis tras graduaros.

La doctora ajusta algunos botones de los paneles que recubren la plataforma con una expresión entusiasta en el rostro.

—Tengo muchas ganas de ver cómo va a salir esto.

Nos dividen en dos equipos. El objetivo es que todos los de nuestro lado toquen la pared del fondo mientras el equipo contrario intenta detenernos. Es bastante sencillo, pero la cosa se complicará con la incorporación de ataques de centella aleatorios.

—Si os dan, es preferible que continuéis todo lo que podáis —interviene Henry, también por el micrófono—.

Al fin y al cabo, ahí fuera detenerse no es una opción.

Si no os podéis mover, tumbaos en el suelo y esperad a que la simulación termine.

El caucho os protegerá de la electricidad siempre y cuando permanezcáis inmóviles.

Esto, por supuesto, significa que vuestro equipo perderá ese punto. ¿Entendido?

Todos asentimos. Salto sobre mi rodilla lesionada, probando el peso. Duele un poco, pero la vendé como me enseñó la doctora Perez y me está ayudando mucho.

La doctora Eze nos sonríe; le brillan los ojos oscuros de la emoción.

—¿Preparados?

Ajusta un par de botones sin esperar a que respondamos.

Por arriba, una voz incorpórea empieza a contar hacia atrás desde diez mientras nos colocamos en la línea de salida.

Estoy en el mismo equipo que Domino, Journey y alguna que otra persona que conozco; a los que no es fácil identificarlos gracias a las vendas moradas que llevamos todos alrededor del bíceps.

Rook ha acabado en el equipo contrario, que lleva las mismas vendas, pero verdes.

La simulación abarca el tamaño de varias manzanas y la pared del fondo parece desvanecerse en la oscuridad, donde cuelga un gran marcador digital.

Los números siguen descendiendo. 3… 2… 1…

Resuena una bocina que indica el inicio de la prueba y todo el mundo entra en acción.

Al principio va lento; todos se toman un momento para hablar y evaluar los rincones y los ángulos, los puntos ciegos, las posibles rutas del laberinto…

Un profundo estruendo en lo alto precede el comienzo de los primeros destellos morados que danzan por el techo.

Veo a varios de ellos agruparse en un nudo brillante justo cuando se forma el primer rayo de centella, que estalla en un arco de plasma antes de desaparecer. Todos seguimos a salvo en nuestros respectivos extremos, por lo que parece más una advertencia que algo siniestro.

En ese momento me doy cuenta de que alguien está corriendo.

Domino ha aprovechado la sorpresa general para moverse, recorriendo una zona abierta con la cabeza agachada.

—¡Ahí! —grita alguien del equipo verde, pero, cuando se dan cuenta de lo que ha pasado, ella ya ha desaparecido dentro de una tubería de gran tamaño.

La animo en silencio mientras busco mi propia oportunidad. Con el equipo contrario distraído por la huida de Domino, salgo corriendo, zigzagueando entre un laberinto de torres altas. Las alfombrillas de goma absorben un poco el sonido de mis pasos, pero no del todo.

—¡Por aquí! —grita otra persona—. ¡A por ella!

Cambio de dirección al ver a alguien entre dos edificios, a mi derecha.

Me agacho y me deslizo dentro de un túnel de «hormigón» engomado lo bastante ancho como para pasar reptando.

Me arrastro con rapidez y salgo al otro lado de una plaza.

Tras asegurarme de que tengo vía libre, cruzo a toda velocidad y me escondo detrás de otro edificio.

Una segunda descarga de centella cae del techo y me preparo para lo peor. Se estrella por mi derecha. Alguien grita después de que otros dos rayos consecutivos atraviesen la simulación.

Uno cae a la izquierda, y otro impacta en el edificio que tengo enfrente.

Apenas tengo tiempo de procesar el estallido cuando una explosión lanza trozos de las estructuras por los aires. Me cubro la cabeza con los brazos y echo a correr. No es real; los edificios están hechos del mismo material engomado, pero parecen lo bastante pesados como para derribar a cualquiera.

Algo afilado me golpea en la espalda y me hace tropezar. Consigo mantenerme en pie por los pelos, pero termino chocando contra el lateral de un edificio. Respiro con dificultad mientras el sudor se me acumula en la nuca.

El marcador digital del fondo suena a todo volumen.

Celebro para mis adentros que mi equipo se haya marcado un punto; alguien lo ha conseguido.

Intento calcular cuánto he avanzado; diría que he cruzado, más o menos, un tercio del recorrido.

¿Cómo ha conseguido alguien llegar hasta el final tan rápido? Espero que haya sido Domino.

Después de respirar hondo tres veces, sigo adelante, serpenteando entre edificios y otros obstáculos. Mantengo los ojos y los oídos alerta para detectar cualquier movimiento.

Todo se queda en silencio mientras la gente espera, al acecho.

El suelo sigue retumbando y un par de explosiones más rompen el silencio.

Nada cae cerca de donde me encuentro, por lo que decido jugármela y empiezo a correr.

Salto por encima de unos escombros sin dejar de mirar hacia atrás hasta que doblo una esquina y me detengo. Tres personas del equipo verde me están esperando al final de la plaza, en posición y preparados para atacar.

Evalúo rápidamente mis posibles salidas. No puedo pasar corriendo: está claro que me atraparían. A mi izquierda se abre un callejón; a mi derecha no hay salida.

—Vamos a por ti —gruñe un tipo gigantesco de cuello grueso y manos grandes como platos.

Avanza acompañado por otros dos miembros de Fiama, y yo me desvío a la izquierda, hacia el callejón.

Pero no son tontos. Salen disparados en dirección a otra desembocadura de la plaza y enseguida se hace evidente que están intentando dirigirme a un callejón sin salida.

Giro a la izquierda, volviendo sobre mis pasos, atravesando una parte derruida de la simulación. Distingo un cuerpo tendido bocabajo en el suelo y hago una mueca de dolor. Casi me detengo para ver cómo está, pero un equipo de médicos ya se está acercando.

Así pues, continúo corriendo, girando a izquierda y derecha, intentando perderme en un estrecho laberinto de edificios.

—¡Estás rodeada! —grita el grandullón que me persigue—. ¡Sal, pequeña!

Doy vueltas y vueltas intentando averiguar dónde está cada persona. Tengo varias rutas de escape, pero si elijo mal acabaré directamente en sus brazos. Cuando me desplazo a la derecha, entreveo el perfil de uno de mis cazadores por una apertura estrecha.

Me alejo a zancadas en dirección contraria, quedándome siempre cerca de los edificios y pisando de la forma más ligera posible. Menos mal que tengo experiencia moviéndome en silencio por nuestro apartamento para no despertar el mal genio de mi padre.

Distingo a otra persona por una grieta diferente y deduzco que están distribuidos de manera uniforme.

Voy a lo seguro, y escojo un camino que se encuentra a la derecha de la última persona que he visto.

Cuando parece que está todo despejado, corro.

Paso por otro edificio y alguien se me echa encima.

Mierda; es el mismo tipo enorme de antes. Giro con brusquedad mientras se abalanza sobre mí y con la punta de los dedos me roza el brazo. Es grande, sí, pero eso lo vuelve algo lento, y ahí está mi ventaja.

Sigo corriendo mientras los tres miembros del equipo verde empiezan a perseguirme, pisándome los talones.

—¡Vuelve aquí! —grita alguien.

¿Por qué dice la gente eso? ¿Se piensa que voy a parar de correr y dejar que me atrape?

Mantengo la cabeza agachada, esquivando las rocas caídas y los escombros. Me muevo a otra zona abierta y maldigo en voz baja. Necesito cubrirme. Voy a toda velocidad, pero el hombre está justo detrás de mí y siento cómo se acerca cada vez más.

Apenas noto el estruendo antes del impacto. Un rayo cae del techo justo en el momento en el que cruzo la plaza y me alcanza. Lo sé al instante. Mi cuerpo se paraliza cuando el arco de plasma me atrapa dentro de su campo y siento un intenso dolor ardiente que recorre mis extremidades.

Suelto un grito ahogado y me tropiezo. De repente, alguien me agarra y me empuja hacia un rincón oscuro. No estoy en condiciones de chillar, pero al cabo de un instante me doy cuenta de que se trata de Rook.

—Apágalas —dice golpeándome los brazos y piernas.

—¿Qué estás…? —protesto, pero está demasiado ocupado sofocando las chispas.

El resto de mis palabras mueren en mi garganta. Rook continúa dándome golpecitos frenéticos en la cabeza, estómago e incluso mejillas.

Lo sabe.

Sí, lo sabe.

Cuando termina, se detiene y apoya una mano en la pared que hay detrás de mí. Sus hombros se mueven agitados al ritmo de su respiración.

Su mirada se cruza con la mía, yo lo miro boquiabierta.

Una pequeña chispa morada le brilla en el pelo y levanto el brazo para pellizcarla mientras sus ojos siguen mis movimientos.

Lo sabe.

Y también es inmune a la centella.

Empiezo a atar cabos en mi cabeza. La sombra que vi la noche en la que escapé de la ciudad. La forma en la que Rook me encontró en el tren justo después. Una parte de mí estaba segura de que era él.

El corazón me va a mil y me invaden cientos de emociones.

Ambos nos miramos con una especie de asombro reservado y cauteloso.

Empiezo a ser cada vez más consciente de lo estrecho que es el espacio y de lo cerca que está de mí. Sus muslos presionan contra mis caderas y su pecho roza el mío. Cada punto de contacto se convierte en un cable con corriente eléctrica: radiante, caliente y peligroso.

Sigue respirando con dificultad cuando se inclina hacia mí. Su expresión está llena de curiosidad, como si me estuviese evaluando con detalle.

—Ten más cuidado —gruñe.

Está tan cerca que siento el fantasma de su aliento sobre mis labios.

Levanto el mentón y, de pronto, nuestras bocas están suspendidas a un centímetro de distancia. Me asalta la extraña sensación de que está pensando en besarme, como ya pasó la noche en la que me rescató en el tren. Pero no me muevo, por miedo a volver a quedar en ridículo.

Es una locura lo mucho que quiero que lo haga.

Un timbre suena en la otra punta, lo que me recuerda que la prueba continúa.

Los dos nos quedamos paralizados. ¿Ha visto alguien lo que acaba de pasar?

No nos han parado, así que quizá el momento haya pasado desapercibido.

Con las manos apoyadas en su pecho, lo empujo hacia atrás. Le toma por sorpresa y se tambalea, algo que intuyo que no le ocurre a menudo.

Nos lanzamos otra mirada cargada de mil cosas que ninguno puede decir en voz alta. Aquí no, rodeados de nuestros compañeros. De Henry y la doctora Eze. De ese monstruo del color de la sangre seca, empuñando un aturdidor, buscando cualquier excusa para matarnos. O algo peor.

Así pues, salgo disparada, zigzagueando entre los restos de la arena.

Alguien grita a lo lejos al verme, pero en mis pies parecen crecer alas y me abro paso entre los escombros del camino.

Lo sabe.

Pienso en la centella brillándole en el pelo como una señal lejana.

Lo sabe y es como yo.

No estoy sola.

Él también es un monstruo.

Me estrello contra la pared del fondo, y marco un punto para mi equipo segundos antes de que suene el timbre que indica el final de la prueba.

Examino el lugar con la respiración agitada, buscando a Rook.

¿Y ahora qué?

Dudo que pueda entregarme a los extinguidores; atraería demasiada atención sobre sí mismo.

Es un solitario y un centinela, estaría muerto antes de que saliera el sol.

Mi mirada se desliza hasta el teniente Dire, plantado en la plataforma que se eleva sobre la arena. Al ver que no me está mirando a mí, suelto un largo y tembloroso suspiro. Supongo que nos hemos salido con la nuestra.

Rook aparece entre dos edificios y se acerca con aire despreocupado. Entrecierra los ojos, examinándome de pies a cabeza. Es otra de esas miradas calculadoras; parece que está intentando despellejarme para estudiar el mecanismo de mis huesos.

Sin embargo, también hay algo parecido al alivio reflejado en la postura de los hombros.

Creo.

Lo único que sé es que, de repente, todo ha cambiado.