Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

D urante las siguientes dos semanas, me mantengo al margen y me centro en los estudios.

La doctora Perez confirmó que tengo un desgarro en el ligamento de la rodilla y me recetó analgésicos.

Me enseñó a vendarla bien y a mantenerla protegida por la noche, y luego me ordenó que me lo tomara con calma.

Henry incluso modificó mi plan de entrenamiento para centrarlo más en el trabajo del tren superior mientras se recupera la pierna.

Trinity también está ocupada entrenando con el E-scuadrón. Si soy sincera, se parece muchísimo a la formación de cadetes, pero con la ventaja adicional de que también les enseñan a atormentar a otras personas.

Siempre que estoy con Trin, sus nuevos amigos aparecen al rato, casi como si la estuvieran vigilando, y yo procuro desaparecer. Me dan muy mal rollo. Y miedo.

A veces me pregunto si algún día también le tendré miedo a Trinity.

Edward tampoco lo está llevando bien. Está destrozado sin ella. Yo sigo dolida por la forma en que me habló, pero intento recordar que no siempre somos la mejor versión de nosotros mismos cuando sufrimos.

También he conseguido evitar a Knox, aunque se ha empleado a fondo en sus intentos para arrinconarme y que hable con él. Me he convertido en un fantasma: aparezco en clase justo cuando suena el primer timbre y me escabullo en cuanto se acaba la sesión.

Mi madre no responde a ninguno de mis mensajes y sigo sin saber nada de mi padre. El silencio es lo peor.

¿Me han olvidado ya por completo? ¿Tan poco importante era?

¿O tal vez forma parte de algún castigo enfermizo? ¿Está mi padre maquinando algo que ni siquiera soy capaz de imaginar?

Trinity dice que sus padres tampoco le hablan. En el fondo, entiendo lo que significan los linajes de las casas y que son el estándar por el que existimos todos, pero me niego a creer que estén por encima del amor de una familia. Tal vez solo esté siendo ingenua.

Aunado a todo, no consigo librarme de un picor constante que se abre paso bajo mi piel.

Durante una tormenta imperial anoche, la necesidad de absorber las descargas de las nubes se convirtió en algo vivo, algo que me latía contra las costillas.

Me aferré a la manta y me quedé mirando el techo mientras mis compañeras de habitación dormían en silencio.

No sé cuánto tiempo más podré aguantar.

Lo mejor de mi semana fue un correo electrónico que nos informaba de una sesión especial de entrenamiento para cadetes que tendrá lugar esta tarde.

Domino, Journey y yo llegamos a las instalaciones de entrenamiento después de comer; su entusiasmo es contagioso y, por primera vez en semanas, me permito dejar a un lado mis preocupaciones y centrarme en lo que nos espera.

Sin embargo, cuando veo a los mismos dos extinguidores del primer día de entrenamiento plantados en un rincón, un escalofrío de miedo me recorre la nuca. Han venido otra vez a vigilarnos.

—Bienvenidos a un ejercicio especial que hemos preparado para vosotros —dice Henry—.

Hoy entraréis por primera vez en la simulación de entrenamiento contenida para poner a prueba vuestra resistencia y agilidad, y para que os hagáis una idea de lo que os espera cuando estéis al mando de las torres de tormenta.

Se aparta para dejar paso a la doctora Eze, que sostiene su tablet con una enorme sonrisa.

—Y traemos noticias maravillosas —dice—.

Algo muy emocionante. Hace años que los científicos de Tempestad trabajan para contener la carga eléctrica específica derivada de las tormentas imperiales, con el fin de facilitar un entrenamiento mejorado para quiebratormentas presentes y futuros como vosotros.

Pronuncia esas palabras con orgullo, pero algo vuelve a erizarme la piel de la nuca.

—Hasta ahora, solo la general Sol había podido «capturar» la energía plasmática de la centella de una forma aprovechable, pero nuestros científicos han logrado un avance hace poco.

Han conseguido aislar solo una carga pequeña —prosigue—, y la mayor parte se reservará para el entrenamiento actual de la guardia hasta que se pueda desarrollar un método de replicación fiable.

Pero… —y ahí se le ensancha la sonrisa— he conseguido convencerlos para que nos cedan hoy una pequeña dosis para cada uno de vosotros.

Lo dice como si fuera la mejor noticia que ha dado en su vida. Su entusiasmo hace que todos empiecen a sonreír y a hablar al mismo tiempo.

—¿Y si nos alcanza? —pregunta Domino, con una inquietud que va acompañada de varios asentimientos a su alrededor—. ¿No vamos a…?

La doctora Eze levanta una mano.

—Hay riesgos, sí —responde—. Pero os aseguro que la carga es demasiado pequeña como para fulminar a nadie. Si os alcanza, quedaréis temporalmente incapacitados. En ese caso, habrá médicos preparados para trasladaros de inmediato al ala médica.

El entusiasmo inicial se atenúa un poco al oír esa información. Es entonces cuando mi mirada se cruza con la de Rook, al otro lado de la sala, y descubro que su ceño perpetuo parece aún más marcado.

Desde el incidente en la cafetería, básicamente nos hemos evitado, pero ahora me sostiene la mirada con firmeza y siento cómo el calor me sube a las mejillas. Aparto la vista.

—Cadetes —dice Henry, con una voz grave que corta el murmullo—.

Esto es para lo que os habéis alistado. Cuando estéis ahí arriba, en la torre, solo estaréis vosotros y la tormenta, sin nada que se interponga.

Es un gran avance en la lucha contra uno de nuestros peores enemigos, y debemos aceptar este nuevo reto.

Cualquiera que no desee participar hoy en la simulación puede quedarse fuera.

—Levanta una mano hacia la puerta—. Pero no será bienvenido de nuevo.

En la guardia de las tormentas no hay sitio para los cobardes.

Sus palabras son duras, pensadas para envalentonarnos o quebrarnos. Me planteo marcharme. El riesgo de que me descubran me oprime el pecho. Al arrastrar de pies y a las miradas esquivas se suma un silencio incómodo mientras barajamos las opciones.

Una mujer cerca de la parte delantera, una morena alta de la casa Fiama, levanta la vista, recorre la sala con la mirada y luego se dirige hacia la puerta. Los extinguidores se mueven para interceptarla. Ella se detiene y alza la vista hacia ellos.

—Ven con nosotros —dicen.

—¿Qué están haciendo? —susurra Domino.

Niego con la cabeza. No estoy segura, pero tengo mis sospechas. Ha llamado su atención al decidir marcharse.

Trago saliva, nerviosa.

Si entro en aquella sala, recibo el impacto de la centella y la absorbo, me estaré exponiendo a la verdad y a un posible encarcelamiento.

O quizá a la muerte, porque, seamos sinceros, no parece que nadie pueda escapar jamás de los extinguidores.

Pienso en la mujer de mi prueba, la que exiliaron a las Cloacas.

Una parte de mí se pregunta si aquella noche me mintieron.

Y, aunque lograra marcharse, ¿cuánto tiempo podrá sobrevivir ahí fuera, completamente sola? Sea como sea, es un destino funesto.

Sin embargo, tampoco puedo marcharme. No solo porque tengo que hacer esto, sino porque no quiero dibujarme una diana todavía más grande en la espalda. Ambas opciones son un riesgo, pero al menos tengo una oportunidad si elijo el simulador.

Uno de los extinguidores se marcha con la chica morena, y todos observamos cómo se cierra la puerta tras ella con un golpe amenazante.

—¿Alguien más? —pregunta Henry.

Nadie se mueve.

—Empecemos, pues.