Capítulo 33 #2
El ala de Aria contrasta del todo con el de Fiama, lo que no me ayuda a desterrar la idea de que he entrado en territorio enemigo.
En lugar de los tonos crema y dorados, Aria está adornada con paredes de seda negra con complejos brocados, y engalanada con elementos de plata y hierro.
El efecto es igual de elegante, pero más sombrío y siniestro.
También es más bulliciosa. La música atronadora retumba detrás de las puertas incluso a esta hora tan temprana, y el ambiente está cargado con algo eléctrico.
Stevie nos guía por un pasillo y abre una puerta. Mi cuarto nuevo es igual que el anterior, salvo por los colores y por mis dos nuevas compañeras de cuarto, que están tumbadas en la cama.
—Silla y Cece, esta es Poet —dice Stevie.
Creo que está tratando de darme la bienvenida de esa forma distante suya, pero, como me advirtió, que pueda unirme a la casa Aria no significa que ella pueda obligarlos a que me acepten. Es evidente que Silla y Cece no están encantadas de conocerme.
—Hola —digo en voz baja, aferrándome a la tira de mi mochila, pero ninguna responde.
—Esa es tu cama —dice Stevie—. Otra chica nueva eligió esa hace un par de días.
Un instante después, una cara familiar sale del baño.
—¡Domino! —exclamo, de pronto superagradecida de verla.
—Ey —dice, con una sonrisa.
Silla y Cece la ignoran.
—¿Os conocéis? —pregunta Stevie, señalándonos con el dedo, primero a una y luego a la otra.
—Más o menos —respondo, y ella asiente como si le complaciera.
—Entonces, permaneced unidas, porque os va a hacer falta. Buena suerte. —Hace un gesto con la cabeza a Silla y a Cece, que inclinan la cabeza con respeto—. Nos vemos por aquí. Tratad de no mataros.
Y, con eso, le hace un gesto a Rook para que la siga.
Se aparta del umbral al tiempo que cruzamos la mirada durante un instante.
Me mira de arriba abajo y creo que quiere decir algo, pero luego cambia de opinión antes de darse la vuelta para seguir a Stevie.
Miro a Silla y Cece, que están ocupadas con el móvil. Me parece bien. No hay apenas diferencia con respecto a mis antiguas compañeras de cuarto.
En realidad, tengo cosas más urgentes por las que preocuparme.
Trinity, para empezar. Su deseo de unirse al E-scuadrón.
Y mi padre.
A estas alturas ya debe saberlo.
—¿Todo bien? —me pregunta Domino, y me vuelvo hacia ella.
—Sí, ¿y tú?
Asiente y no es capaz de contener la sonrisa.
—Mis padres están encantados de que me una a la Sociedad.
Un bufido en el otro extremo del cuarto echa por tierra su entusiasmo y la sonrisa de Domino se desvanece.
—Cállate —le digo a Silla, que pone los ojos en blanco.
—Qué alegría oír eso —digo, tratando de mostrar emoción.
Hay una cierta ironía en el hecho de que yo acabe de joder toda mi vida, pero Domino está teniendo una oportunidad real de conseguir algo mejor. Es todo un mazazo de cruda realidad y un recordatorio de los privilegios que he tenido… y que con toda probabilidad acabe de tirar por la borda.
—No me puedo creer que nos hayan encasquetado a perdedoras y marginadas —le dice Cece a Silla en alto.
—Aceptamos miembros nuevos —digo al momento—. Nos reunimos cada dos miércoles. Encajaréis muy bien.
Me pita el teléfono y veo que es un mensaje de Edward, pidiéndome que quedemos.
Cece suelta un sonido de desdén y yo me meto el móvil en el bolsillo.
—Me tengo que ir.
Encuentro a Edward cerca de la cafetería. Tiene un aspecto terrible. Su piel está pálida y sudada, y el pelo le cuelga lacio sobre los ojos.
—¿Edward? —pregunto, alarmada por su estado—. ¿Qué te pasa?
—¿Has visto a Trinity hoy? —pregunta.
—Sí, como hace una hora.
—Anoche rompió conmigo —dice.
«Un momento. ¿Qué?». Bueno, eso explica lo de su aspecto.
—¿Por qué? —pregunto—. ¿Qué ha pasado?
—Me vino a buscar después de su prueba —dice—. Me contó que iba a jurar lealtad a Aria y a unirse al E-scuadrón. Dijo que no teníamos ningún futuro.
Suelto un suspiro y me apoyo en la pared.
—Lo siento mucho —le digo.
Eso no le pega nada a Trinity. ¿Qué está haciendo?
—Tienes que hablar con ella. Tal vez todavía pueda jurar lealtad a Fiama. Este no puede ser nuestro final.
—Edward, no creo que pueda hacer eso. Ha tomado una decisión. Y parece bastante feliz, además.
—¿Por qué haría esto? —pregunta con los ojos al borde de las lágrimas—. Nos queremos.
Muevo la cabeza. Ojalá tuviera la respuesta. La verdad es que no tienen futuro juntos. Seguir saliendo juntos aun siendo de casas diferentes complicaría las cosas aún más, pero pensaba que Trinity amaba a Edward. ¿De verdad renunciaría a él así de fácil?
Con solo mirarlo se me cae el alma los pies.
—Vamos —digo, pasándole el brazo por los hombros.
Se está empezando a acercar la gente y me lo llevo a rastras, buscando un rincón donde pueda llorar en privado.
Le obligo a recorrer a trompicones el pasillo y luego nos escondemos en una sala vacía. Se deja caer hasta el suelo y se recoge las rodillas, apoyando la cabeza sobre los brazos. Me pongo frente a él, sentándome sobre una pierna doblada, y le doy su tiempo.
Yo también quiero llorar, pero uno de los dos tiene que mantener la compostura. Parece como si mi mejor amiga hubiera cambiado de la noche a la mañana, y me pregunto si esto es por mi culpa. Tal vez no le he prestado suficiente atención.
—¿Has hablado con sus padres? —pregunto.
Me gustaría saber si han conversado con ella. ¿Han notado algo que yo he pasado por alto?
—No me responden las llamadas —dice, limpiándose la nariz con la palma de la mano.
Aprieto los labios. Conozco a los Robins desde hace años; no me puedo creer que hayan abandonado a Trinity.
—Intentaré llamarlos —digo—. Quizá hablen conmigo.
—¿Por qué iban a hablar contigo? —pregunta Edward en un tono tajante—. Ahora eres de Aria. Como ella. ¿Lo planeasteis juntas? ¿Lo ha hecho por ti?
Trato de no estremecerme ante la dureza de sus palabras.
—Es complicado.
—¿Qué hay de tu padre? —pregunta Edward—. ¿Podría ayudarla? ¿Conseguir que vuelva a Fiama?
Edward no está pensando con claridad. Está lanzando sugerencias que no tienen ninguna base en la realidad.
—No creo que pueda. Como me acabas de recordar…
Se le oscurecen los ojos.
—Vale.
—Ya —digo, de nuevo ahogándome en las difusas consecuencias de mi insensata decisión.
En cualquier caso, ¿me habría escuchado mi padre?
—Vaya, esto es fantástico —añade Edward—. ¿Qué cojones te pasa, Poet? Espero que entiendas lo que has hecho.
Es una afirmación injusta, pero está dolido, así que lo dejo pasar. Se levanta y me lanza una mirada sombría antes de darse la vuelta y marcharse enfadado, con los hombros hundidos.
Me quedo mirándolo, sorprendida. Edward siempre ha sido muy amable y tranquilo. Le daré algo de tiempo y luego intentaré volver a hablar con él.
Escribo a Trinity y le cuento lo que acaba de pasar, pero no responde.
Me suenan las tripas, recordándome que hace bastante que no como nada. No desde el almuerzo de ayer.
Compruebo la hora. La cafetería ya estará llena. ¿Tendré que saltarme todas las comidas?
Pero en algún momento sé que debo enfrentarme a todo el mundo.
Soy una paria. Una marginada.
En teoría, sigo perteneciendo a la Sociedad, pero allí no creo que eso le importe mucho a nadie.
Ha llegado el momento de quitarme esto de encima.