Capítulo 32
M e lleva toda una hora dejar de temblar. Me paseo arriba y abajo por varios pasillos vacíos, buscando un rincón tranquilo en el que entrar en pánico.
Por fin, acabo en un patio interior repleto de plantas y flores, con mariposas y abejas zumbando. Debe ser donde se dan las clases de Biología de segundo y tercero.
Por suerte, está vacío y en silencio, salvo por el agradable murmullo del agua de un par de pequeñas fuentes que adornan el espacio. Inhalo el aire húmedo y el olor a tierra mezclado con el aroma de las flores. Eso es justo lo que me hacía falta.
Me acerco a una ventana y echo un vistazo al exterior, percatándome de que estamos muy por encima del suelo.
Nuevo Manhattan se extiende ante mí, con sus luces resplandecientes.
Me fijo en que hay un par de zonas que se han quedado sin electricidad, dejando a todo el mundo a oscuras hasta que llegue la próxima tormenta y la general Sol desvíe más centella.
La torre A de la Sociedad Fiama se alza a lo lejos, en lo alto, como un recordatorio y, tal vez, una acusación. Tengo que contarle a mi padre lo que ha pasado. A pesar de todo, se merece que sea yo la que se lo diga.
Saco el teléfono y me quedo mirando la pantalla, planeando con el pulgar sobre su nombre. Creo que nunca en mi vida he estado tan nerviosa.
Respiro hondo.
Luego me acobardo, y escribo a mi madre primero.
También le acabo de complicar la vida a ella.
Quizá ha sido egoísta por mi parte, pero también es cierto que ella se negó a protegerme. Nunca dijo nada en contra de mi matrimonio con Knox, ni me apoyó en mi deseo de unirme a la guardia de las tormentas.
Y, aunque sé que mi padre se hubiera impuesto sobre sus objeciones, hubiera valorado y agradecido el esfuerzo.
Poet Tengo que hablar contigo.
Mamá ¿Qué pasa? ¿Todo bien?
Echo un vistazo alrededor, asegurándome de que estoy sola antes de encender el modo de videollamada. Mi madre responde casi al momento y su cara de preocupación llena la pantalla.
—¿Cariño? —pregunta, frunciendo esas cejas oscuras—. ¿Qué ha pasado?
Respiro hondo de nuevo, tratando de reunir fuerzas. No tiene sentido alargarlo más.
—He hecho la segunda prueba —digo— y voy a jurar lealtad a la casa Aria.
Se queda paralizada.
No parpadea. No respira durante varios segundos. Si no pudiera verla sentada frente a mí, juraría que se ha desmayado.
—¿Mamá? —trato de que reaccione cuando el silencio se alarga demasiado—. Di algo.
Abre la boca y luego la cierra. La vuelve a abrir.
Por fin habla y su voz es cruda. Rebosa de dolor. Como si hubiera muerto alguien. Tal vez yo.
—No tengo claro qué quieres que diga.
Me paso una mano por la coleta, con todo el cuerpo temblándome.
—Me pregunto… cómo… ¿Cómo se lo decimos a papá?
—¿«Decimos»? —responde.
En ese momento, noto que algo se rompe entre las dos, con esa sola palabra pronunciada con tanta dureza. Un fino y frágil hilo que no sabía que yo aún sujetaba.
Suelta un fuerte suspiro.
—Tu padre se va a subir por las paredes. Esas que sostienen el techo bajo el que yo vivo mientras tú estás por ahí, divirtiéndote. Nada de «decimos». —Endurece la mirada—. ¿Por qué me llamas para esto? ¿Esperabas que lo hiciera por ti?
Sus palabras me sientan como una bofetada.
No sé por qué había creído que, solo por una vez, me defendería a mí en lugar de apoyarle a él. Me he creado esa versión de ella en la cabeza durante años, pero en realidad nunca ha sido esa persona en absoluto.
—¿Cómo has podido hacerme esto? —pregunta con un hilo de voz—. Va a… Ni siquiera sé lo que va a hacer. Tienes que arreglarlo. Vuelve y pídeles otra oportunidad.
Miro de nuevo por la ventana y diviso las nubes de tonos lila mientras se desvanecen por el cielo.
—No puedo —digo en bajo—. Ya está hecho.
—La boda —me suelta, como si se acabara de acordar—. ¿Qué van a decir Trey y Molly?
Me llevo una mano al pecho. Lo siento hueco. Vacío.
—No quiero casarme con Knox. —Las palabras se quedan ahí flotando, desnudas, expuestas. Nunca las había dicho en alto. No así—. Es igual que papá.
Frunce el ceño.
—Poet, ¿a qué te refieres?
Entrecierro los ojos, pero no vacilo.
—Sabes muy bien a lo que me refiero.
Cada mano amenazadora. Cada estremecimiento. Cada comida en silencio.
Cada momento de dolor se instala entre nosotras.
No lo niega.
No dice nada.
Trago saliva.
—Mamá, quería contárselo a papá antes de que se enterara por otro lado. Creí que igual podrías ayudarme. —Me titubea la voz—. No debería haber supuesto eso. Le voy a llamar.
—No —dice.
Parpadeo.
—¿Qué?
—He dicho que no. —Su tono se endurece de golpe—. Yo me ocupo.
—Pero…
—He dicho que yo me ocupo. Sé que piensas que soy incapaz, pero sé cómo hablar con él.
—Mamá, ¿qué estás…?
Cuelga la llamada antes de que pueda hacer más preguntas.
¿A qué se refiere? El alivio me invade el pecho por no tener que ser yo la que le cuente la noticia. No soy más que una cobarde.
Pero luego me preocupo por mi madre y por cómo pueda reaccionar él. Aunque parecía segura de saber cómo hablar con mi padre. Si eso es verdad, ¿por qué no lo ha hecho antes?
¿Tal vez sí lo ha hecho?
Me dejo caer junto a la ventana y observo las luces de la ciudad desde mi atalaya. No estoy segura de cuánto tiempo me paso ahí sentada, antes de percatarme de lo tarde que es.
Despacio, me pongo en pie, sorprendida de que mis piernas respondan.
Con otro vistazo al patio interior, abro la puerta y me dirijo a mi habitación, donde pasaré mi última noche en compañía de la casa Fiama.