Capítulo 30
N adie me ayuda a levantarme.
Pasan un par de segundos hasta que me apoyo en las rodillas y me siento mientras Devon y Stevie, ahora sin máscara, tienen la mirada clavada en mí, sin duda confundidos sobre qué hacer a continuación. Detrás de ellos están los demás, formando un círculo.
—¿Qué cojones ha sido eso? —pregunta Devon, haciendo un gesto hacia los árboles.
Me tambaleo sobre la rodilla dolorida y miro a mi alrededor.
El reo ya no está.
—¿Dónde está la persona que he salvado?
—Ha vuelto a casa. Tal y como te dije —responde Devon.
Bien.
La centinela está de rodillas en el suelo, observando el círculo de gente enmascarada.
—Quitadle los grilletes —exijo—. Dejadla marcharse.
Stevie resopla y señala a un par de extinguidores que deben haber llegado en algún momento. Reconozco al teniente Dire, del primer día de la formación de cadetes. Se inclina y le suelta los tobillos antes de utilizar los grilletes de las muñecas para poner de pie a la mujer.
—¿Ahora se puede ir de la ciudad? —pregunto con voz temblorosa, acordándome de pronto del hormigueo que se va extendiendo por mis piernas y mis brazos—. Ese era el trato.
Dire se vuelve hacia mí y me clava una mirada sombría, mirándome de arriba abajo. Trago saliva con dificultad, conteniendo las ganas de rascarme. Lo último que necesito es que se fije más en mí.
—Sí —dice entonces Stevie, respondiendo por él—. Sacadla inmediatamente de aquí.
Los extinguidores se llevan a la mujer a rastras mientras yo clavo la mirada en su espalda, deseando que encuentre una vida mejor más allá de las fronteras de la ciudad. Aunque lo más probable es que solo sea una mera ilusión. Aun así, quizá tenga al menos la oportunidad de luchar.
Ahora todos vuelven a centrarse en mí, mientras me obligo a ponerme en pie. No sé lo que he hecho, pero me duele la rodilla, me palpita el tobillo y noto que se me pega el pelo a la frente. Trato de retirarme los mechones, pero, al apartar los dedos, veo que están cubiertos de sangre.
Creo que en general estoy bien. Al menos en lo que respecta al físico.
Me limpio la sangre en los pantalones y espero mi sentencia.
Devon sacude la cabeza y se pasa la mano por el pelo.
—¿Qué cojones hacemos ahora? —pregunta a Stevie.
—No lo sé. ¿Expulsarla?
Emito un ruido de protesta que hace que los dos se vuelvan hacia mí.
—¿Tienes algo que decir? —pregunta Stevie.
—Dijisteis que solo me expulsarían si no los salvaba.
—Sí, ¡pero has salvado a los dos! —dice Devon, levantando las manos.
—Lo siento —digo, aunque, claro está, no lo siento.
¿Cómo me han podido pedir que elija?
Devon suelta un bufido de frustración y se pone a andar de un lado a otro, volviéndose a pasar la mano por el pelo.
—Vamos dentro —dice Stevie—. Vamos a hablarlo.
—¿Te han aceptado en la formación de cadetes? —me pregunta Devon.
Parpadeo.
—Sí.
—¿Sabes que si te expulsamos de la Sociedad ya no podrás seguir?
—Sí. —Me trago mi orgullo y mi dignidad—. Por favor, quiero ser quiebratormentas más que ninguna otra cosa.
Algo imperceptible le suaviza la expresión antes de hacerle un gesto a todos los que están en el círculo.
—Vamos.
Devon y Stevie van por delante y yo los sigo cojeando, rodeada de mi escolta enmascarada. Alguien se pone a mi lado, es mi primo Anan.
—¿En qué estabas pensando? —me susurra, con rabia.
—¿Podemos dejarlo? —De verdad que no tengo ganas de discutir con él ni con nadie.
Nadie puede convencerme de que lo que he hecho esta noche está mal.
Niega con la cabeza y seguimos andando en silencio. Volvemos a la facultad y doblamos una esquina. Entonces subimos varios tramos de escaleras. Me late la rodilla durante todo el ascenso, antes de llegar a un amplio pasillo de mármol.
De las paredes cuelgan varios espejos que llegan al suelo, y tiene el techo abovedado, pintado con cielos azules y nubes blancas.
En un extremo hay una puerta, a la que nos dirigimos antes de que Devon y Stevie se detengan.
—Espera aquí —me dice Devon, y entonces todos desaparecen tras la puerta para luego cerrarla, dejándome sola al otro lado.
No sé qué puedo esperar. ¿Qué van a hacer conmigo ahora?
Pasan un par de estudiantes que me lanzan miraditas de curiosidad mientras me dejo caer en un banco de mármol que hay cerca de la puerta. Es entonces cuando me acuerdo de que tengo sangre en la cara y me pongo de pie otra vez para acercarme a un espejo.
Estoy hecha un desastre. Echo un vistazo para ver si hay un baño, pero debo estar aquí cuando Devon y Stevie vengan a buscarme. Creo que ya he causado suficientes problemas por esta noche.
Me rindo y vuelvo al banco, priorizando la rodilla magullada.
Por lo menos el tobillo ya me duele un poco menos.
Apoyo los codos en los muslos, dejo caer la cabeza en las manos y espero.
Pasan diez minutos y, luego, quince. El hormigueo provocado por la tormenta se va mitigando a medida que esta se aleja y me reclino en el banco, aliviada.
Media hora después, me empiezo a preocupar.
Me llega un mensaje al móvil, así que lo saco. Es Trinity, me está buscando. Le mando mi ubicación y luego vuelvo a la espera, mirando la puerta, mis manos y, por último, el suelo.
—¡Poe! —me llama Trinity desde el otro extremo del pasillo. Llega sin aliento, con las mejillas sonrojadas y un corte en la ceja—. ¡Llevo horas buscándote!
—¿Qué ha pasado? —le pregunto cuando se desploma en el banco a mi lado—. Estás herida.
Traga saliva y niega con la cabeza, todavía tratando de recuperar el aliento.
—Esta tarde he tenido la tercera prueba.
Está sonriendo, parece estar bien. Se me llena el corazón de esperanza.
—¿Y?
Se le ilumina la cara con una sonrisa.
—He aprobado.
—¡Trin! —grito, abrazándola—. Cuánto me alegra escuchar eso.
—Gracias —dice.
—Pero ¿no tenías que aprobar dos?
Asiente.
—Hice la segunda prueba hace unos días. No quería decir nada hasta saber que todo había salido bien.
—Bueno, es genial. Felicidades —digo.
—Pero hay algo que deberías saber. —Se aparta y se pone seria—. No he hecho las pruebas de la casa Fiama.
Meneo la cabeza.
—¿Qué?
—He hecho las pruebas de la casa Aria.
—No te sigo.
Suelta un suspiro y se retuerce los dedos.
—Creí que no tenía salida —dice—. Pero luego me hice amiga de algunos estudiantes de Aria. Me ofrecieron un trato para jurar lealtad a su casa.
Vuelvo a negar con la cabeza.
—Sigo sin entenderlo.
—Voy a ser extinguidora —dice con orgullo—. Están buscando reclutas y me dijeron que me ayudarían a pasar las pruebas si estaba dispuesta a apuntarme.
—¿Extinguidora? —digo con voz apagada—. Pero… ¿por qué?
—Fiama estaba harta de mí, Poe. Devon me dijo que casi no tenía ninguna posibilidad. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Tenía que hacerlo.
—¡Pero tu familia renegará de ti de todas formas!
—Lo sé, pero sigue siendo mejor que la alternativa —dice—. Por lo menos sigo siendo de la Sociedad.
—Sí, pero serás… —No tengo ni fuerzas para decirlo.
Mi mejor amiga quiere unirse a los monstruos que dan caza y matan a personas.
A personas como yo.
—¿Cuál es el problema? —pregunta—. ¡Lo he solucionado! Ahora podemos unirnos las dos a Aria. ¡Es perfecto!
Me reclino en el banco.
—Trin, yo no me voy a unir a Aria. ¿Qué te hace pensar eso?
—Tu primera prueba… —dice—. ¡Hiciste la prueba de la casa Aria!
—Lo sé, pero fue un error. Me tengo que unir a Fiama. Ya lo sabes.
Parte de su entusiasmo se desvanece cuando se da cuenta de que lo digo en serio.
—Trin, no pudiste pensar en serio…
—¿Qué te ha pasado? —dice otra voz.
Es Knox. Abre bien los ojos mientras me mira de arriba abajo.
—He hecho la segunda prueba —respondo.
Hago contacto visual con Trinity, quien probablemente esté fijándose en ese mismo momento en la sangre por primera vez, aunque estoy bastante segura de que es difícil no verla.
Knox se acerca, alzándose sobre mí.
—¿Qué ha pasado?
Me incorporo y me apoyo en la pared.
—Sabes que no puedo contártelo.
De todas formas, tampoco entendería por qué lo he hecho.
—Poet, ¿has pasado la prueba de la casa Fiama?
Sé que Trinity también está esperando mi respuesta.
De verdad que ella pensaba que se le había ocurrido la solución ideal a sus problemas.
Nunca había estado tan agradecida de que se suponga que no podemos contar lo que pasa durante la iniciación.
Cuando me niego a responder, Knox se sienta a mi lado.
—Poet, en unos años estaremos casados, me lo puedes decir. En cualquier caso, me enteraré dentro de poco.
Suspiro y me aprieto el puente de la nariz, lo que hace que me duela el corte de la frente.
—Un momento, ¿qué haces aquí si acabas de hacer la prueba? —pregunta a continuación.
Ahora su expresión se vuelve recelosa cuando suma dos y dos.
Aprieto la boca.
—Estoy esperando a Devon y Stevie.
—¿Por qué?
Aparto la mirada y estoy convencida de que no podría parecer más culpable ni aunque lo intentara. Knox me agarra de la barbilla y me vuelve la cara hacia él.
—¿Qué están haciendo? —exige saber—.¿Por qué los estás esperando?
Me libero de su mano.
—Por nada.
—Poet…
—Tenían que hablar de mis resultados.
Se me ha escapado y me arrepiento de haberlo dicho en cuanto esas palabras salen por mi boca.
Los ojos de Knox destellan y luego dice con un gruñido:
—La hostia, ¿qué ha pasado…?
La puerta se abre, rescatándome de su interrogatorio. Salen varias personas con las máscaras en las manos.
—Quieren hablar contigo —dice Anan.
No puedo descifrar por su tono hasta qué punto me he metido en un lío. En cualquier caso, me levanto, agradecida de poder evitar a Knox y a Trinity.
No miro atrás, paso junto a Anan y entro en la habitación.
Devon y Stevie están de pie, en el centro de un salón decorado de arriba abajo en tonos dorados y esmeralda.
—Cierra la puerta —dice Devon, y me doy la vuelta para hacer lo que pide; luego miro al suelo, antes de obligarme a mirarlos a la cara de nuevo.
—Acércate —dice Devon, y yo aprieto las manos cuando con cautela doy un par de pasos por la lujosa alfombra, notando el latido del corazón en las sienes.
—De verdad que esta noche nos lo has puesto muy difícil —dice Devon.
No respondo. Creo que no espera que lo haga.
—Pero lo hemos hablado con el canciller Marks y la general Sol.
Mira a Stevie, que toma la palabra:
—Tu prueba concluye así: ¿qué eliges, Poet Graves, la casa Fiama, la de tu legado familiar, la casa que dirige tu padre; o la casa Aria, a la que nunca tuviste intención de jurar lealtad?
Parpadeo, me ha pillado del todo desprevenida.
Aunque nos aseguraron que la elección es nuestra, la verdad es que no esperaba que nadie me preguntara lo que quería.
—¿Me vais a dejar elegir? ¿Y no me vais a expulsar?
Devon suspira y niega con la cabeza.
—Por lo visto. Eso es lo que nos han ordenado. Tu hermano era un buen tío y siempre hablaba maravillas de ti. No tengo claro por qué estás haciendo esto, pero también sé que no eres insensata y que puede que tengas tus… motivos.
Desliza la mirada hacia la puerta, donde supongo que Knox sigue esperando, y me pregunto si lo entiende.
—Además, la general no quiere impedirte que te unas a la guardia de las tormentas —dice—. En teoría, has hecho lo que te hemos pedido, nunca dijimos que no pudieras salvar a los dos.
—Siendo sinceros, nunca nos planteamos que alguien fuera a hacer algo así —dice Stevie, mirándome de la cabeza a los pies con lo que podría ser cierta admiración.
Respiro hondo.
Me están dejando elegir.
No sé muy bien si es un regalo o un campo de minas porque, elija lo que elija, no podré culpar a nadie más que a mí misma.
Me empiezan a pasar un montón de cosas por la cabeza.
Mi padre y sus advertencias, lo primero. O cómo me trató en la oficina de la decana Withers.
Podría perderlo todo si hago esto.
Si no juro lealtad a Fiama, Knox se casará con Winter Jenkins en vez de conmigo.
Sé que me lo dijo a modo de amenaza, pero, al presentárseme esta elección, se convierte en un salvavidas. Una oportunidad de escapar.
Winter lo quiere.
Por el motivo que sea.
Y las ambiciones de mi padre nunca han sido mi responsabilidad.
Tal vez si me lo hubiera preguntado al menos una vez. Tal vez si le hubiera importado algo lo que yo quería.
Siempre ha afirmado que es el único hombre para el puesto de sucesor de Fiama. El único que tiene el estómago suficiente para hacer lo que hay que hacer para protegernos. Pero ahora ya sé de lo que de verdad es capaz, y quizá Fiama estaría mejor en manos de otro.
Pienso en Trinity, mi mejor amiga, que me ha defendido y protegido durante tanto tiempo. Me ha apoyado siempre. Y pienso en la cara que ha puesto cuando creía que había dado con un posible futuro en el que poder ser feliz, a pesar de sus errores.
Creía de verdad que podíamos cambiar de casa juntas.
Y tal vez me toque a mí protegerla, para variar.
Pienso en Knox, sentado ahí fuera, creyendo que tiene el derecho a saber todo sobre mí y cómo tuve que «negociar» con él para poder seguir en la formación de cadetes, como una prisionera.
Quiere controlarme a mí y todos los aspectos de mi vida.
Toda mi existencia se convertirá en una serie de acuerdos por mi libertad. Siempre he sabido que pasaría del férreo control de mi padre a convertirme en la propiedad de otro hombre. Hace solo unas semanas pensaba que no había forma de evitarlo.
Pero se acaba de abrir una puerta hacia la libertad que deja pasar un rayo de luz.
Y pienso en lo viva que me siento con la formación de cadetes. Como si formara parte de algo. Y cómo, por una vez, he elegido algo yo misma.
No puedo permitirles que me lo arrebaten todo.
Si me convierto en la señora de Knox Arden en tres años, eso será todo lo que seré en la vida.
Cruzo la mirada con Devon, que abre los ojos un poco más.
No lo entiende del todo, pero entiende algo.
Miro a Stevie, que me observa con la cabeza ladeada y una expresión de curiosidad, como si fuera un animal amarrado a un poste y ella no supiera cómo voy a reaccionar a continuación.
Ella tampoco lo entiende, pero lo hará algún día.
—Casa Aria —digo, levantando la barbilla.
Esas dos palabras malditas flotan en el aire, fijando mi destino… y, con toda probabilidad, mi final.