Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

–¡E h! —grita Devon—. ¿Dónde vas?

Lo ignoro y sigo corriendo. Voy a salvar a los dos. Nunca hubo otra opción.

Miro el reloj.

Me quedan unos cinco minutos y medio.

Viro a la derecha para encontrar otro claro. Frente a mí, una pequeña plataforma de madera se balancea bajo una alta rama, suspendida de largas cuerdas trenzadas. Sobre ella hay una mujer de rodillas, con las muñecas y los tobillos sujetos con grilletes de hierro.

Debajo, un foso cavado en la tierra se extiende a lo largo de la trayectoria que recorre la plataforma.

Está lleno de afiladas estacas de hierro. «Joder».

La plataforma se mueve como un péndulo, formando un arco en el aire, pero, en vez de perder impulso, parece ganar velocidad cada vez que llega al punto más alto, debido a algún tipo de mecanismo que hay en la rama del árbol.

La plataforma se balancea mientras la mujer se aferra a una de las cuerdas. Cada vez que la plataforma alcanza el punto más alto, grita cuando se eleva y sus piernas encadenadas se quedan suspendidas en el aire como un peso muerto.

Me da un vuelco el corazón al ver que permanece en el aire durante menos de un segundo, y luego la plataforma baja, columpiándose en la otra dirección, justo encima de ese foso que está repleto de estacas.

Como sus tobillos y muñecas están encadenados, no tiene ni movilidad ni fuerza para aguantar demasiado. Si se cae, se acabó.

«Piensa, piensa, piensa».

Echo un vistazo a mi alrededor, en busca de otra herramienta que me sirva.

Pero no hay nada. ¿Cuáles son mis opciones?

Lo único que tengo es el cuchillo que llevo en la bota.

Lo saco y me aproximo a la plataforma cuando se acerca al punto más bajo de su trayectoria, pero va demasiado rápido como para que la atrape.

La plataforma llega entonces a su punto más alto, casi dándose la vuelta.

La mujer chilla de nuevo mientras se agarra a la cuerda, y su cuerpo se retuerce en el aire. ¿Qué es lo que quieren?

Tal vez nunca tuve la posibilidad de salvarla. Tal vez solo se tratara de elegir. A estas alturas, no me extrañaría nada de mi padre. Bien, que le den. Tengo claro que no me convertirá en el mismo monstruo que es él.

Aprieto la mandíbula cuando la plataforma vuelve a pasar por el foso. Otro grito mientras la mujer se queda suspendida en el aire incluso más tiempo antes de volver a caer, por poco, en la plataforma de nuevo.

Por fin se me ocurre una idea.

Me guardo el cuchillo y corro hacia atrás, tomando algo de distancia. Dejo las manos sueltas a ambos lados del cuerpo, y observo la plataforma mientras se inclina despacio hacia el suelo.

Tal vez si le doy a la plataforma con la fuerza suficiente, pueda alterar su trayectoria para que evite las estacas.

La plataforma cae mientras calculo la distancia.

Va bajando, al tiempo que cuento los segundos que tarda en pasar. Veinte segundos. Diez. Cinco.

Corro. Dándome impulso con los brazos y las piernas, gano velocidad y salto cuando llego a la trayectoria del arco.

Golpeo con las manos contra el borde de la plataforma y me agarro a ella. Utilizando todos los músculos de las abdominales, balanceo las piernas hacia delante con todas mis fuerzas.

Ahora me muevo con la plataforma. Se me hace un nudo en la garganta cuando paso por encima de las estacas, conteniendo la respiración. Mientras la plataforma sigue su camino, se me resbala una mano y me quedo agarrada de la otra, clavando los dedos en la madera.

Ahora estoy colgando sobre un foso lleno de putas estacas de hierro.

No, no, no. No voy a morir así.

Lanzo la mano con fuerza hacia arriba y me agarro de nuevo al borde con las dos. Qué agradecida estoy a ese entrenamiento de fuerza diario, al alba.

Cuando miro hacia abajo, se me para el corazón. Creo que lo he conseguido. Tanto si ha sido el impacto o solo mi peso colgando, la trayectoria de la plataforma se ha movido lo justo para que podamos saltar sin acabar empaladas.

Tomo aire y me suelto.

Doy con los pies en el suelo, ruedo hacia un lado, y se me clavan las rocas en las costillas. Pero estoy viva.

Mientras tanto, la mujer no aparta la vista de mí, pero es evidente que está paralizada. Petrificada de puro terror.

—Tú también tienes que saltar —ordeno—. ¡Cuando esté arriba! ¡A los arbustos! ¡Tienes que saltar!

Hay bastante altura, pero yo he sobrevivido. Claro está, ella no puede utilizar las manos ni los pies para protegerse, pero es su mejor opción. Podría intentar parar la caída, pero entonces igual moriríamos las dos.

—¡Salta! —grito, y me falla la voz.

Por fin, la mujer se mueve. Casi como si fuera a cámara lenta, se lanza justo antes de que la plataforma alcance el punto más alto.

Susurro entre dientes para mí, rezando, suplicando que sobreviva.

Da contra los arbustos, luego contra el suelo con un ruido sordo y rueda sobre su cuerpo.

Solo tengo una fracción de segundo para sentir alivio antes de levantarme de nuevo y echar a correr.

La mujer está viva. Un poco magullada pero viva. Suspiro mientras busco la manera de liberarla de los grilletes, pero tienen un candado muy grueso.

—Tenemos que ponernos en marcha —digo—. Tenemos que llegar a la puerta.

Ni siquiera sé si eso es cierto.

Ya he roto las reglas del juego.

No sé si van a consentir todo esto, pero algo me dice que debo llegar a la línea de meta para tener la oportunidad de salir indemne de esta.

Un vistazo rápido al reloj me indica que tenemos menos de un minuto.

—¡Espera! —interrumpo, sin darle la oportunidad de protestar.

Por suerte, es menuda y delgada. Me doblo y la coloco sobre mis hombros. La adrenalina me corre por las venas y me parece como si no pesara casi nada.

Vuelvo a trompicones al sendero y me lanzo con esfuerzo hacia la fuente. Acelero el paso, corriendo lo más rápido posible con la mujer botando sobre mis hombros.

La fuente aparece ante nosotras como un salvavidas.

Consulto el reloj.

Diez segundos.

El tiempo se va agotando a medida que las máscaras están cada vez más cerca.

La mujer está llorando, gritando. Cada vez pesa más y me voy hacia un lado, casi perdiendo el equilibrio. No sé cómo, evito que nos caigamos y sigo corriendo.

Solo quedan unos segundos.

El reloj me vibra cuando cruzo a trompicones la línea de meta, y dejo a la mujer de golpe en el suelo con brusquedad, al notar de pronto todo su peso; las dos trastabillamos.

Doy un par de pasos tambaleantes, tropezándome con los pies antes de desplomarme bocabajo sobre el pavimento con un fuerte golpe.