Capítulo 28
P arecía que procedía de algún punto cercano y tengo, con toda probabilidad, la estúpida esperanza de que mis «premios» no estén escondidos demasiado adentro en el bosque.
Ni siquiera me acuerdo de qué dirección he tomado.
No ha sido una elección consciente de salvar a uno o al otro.
Solo oí el grito y reaccioné.
—¿Dónde estás? —grito.
Otro chillido me hace virar a la izquierda y atravesar los arbustos hasta que salgo a un pequeño claro y me encuentro enseguida con un hombre dentro de una jaula de madera, suspendida de una cuerda que se extiende entre dos árboles inmensos.
Trato de acordarme de la dirección que he tomado. Izquierda. Eso significa que este es el reo.
«Casa Aria».
Ahora mismo no tengo tiempo para reflexionar sobre las implicaciones de eso.
La jaula se balancea de adelante atrás sobre un gran montón de rocas.
Suelto un largo suspiro. ¿Tal vez no sea tan complicado?
Pero entonces la jaula se eleva de pronto unos centímetros, y sigo con la mirada la cuerda hacia arriba para ver que está atada a una manivela mecánica que va subiendo poco a poco al hombre hacia la chispeante red púrpura de la barrera protectora de árboles de la general Sol.
Se me cae el alma a los pies. Si la jaula llega hasta arriba, el hombre morirá.
Me ve y se arrodilla mientras se agarra a las barras y aprieta la cara entre ellas.
—¡Socorro! —vocifera.
Estudio la zona y veo un hacha apoyada contra un árbol.
Doy por hecho que es para mí.
No pierdo el tiempo y salgo corriendo a por ella.
El montón de rocas que hay bajo la jaula alcanza una altura de varios metros, pero son irregulares y el punto más alto no es lo bastante ancho como para que me coloque allí.
—Apártate —ordeno, y doy un hachazo con todas mis fuerzas, intentando mantener el equilibrio lo máximo posible.
El filo se clava en la madera con un fuerte crujido que me hace vibrar todo el brazo con una sacudida dolorosa. La jaula se balancea, pero sigue subiendo despacio.
Recupero el hacha y veo una gran grieta, pero no lo bastante grande como para que se pueda romper la madera.
—¡Otra vez!—vuelvo a gritar, sin esperar su respuesta.
Quedan menos de unos metros entre él y la barrera de centella, está a punto de recibir la descarga.
Con un gruñido, vuelvo a dar otro hachazo, pero fallo y me caigo de las rocas por el impulso. Doy con las rodillas en el suelo del bosque y se me cae el hacha de las manos.
—¡Joder! —exclamo, agarrando de nuevo el mango y volviendo a subir por las rocas—. ¡Aguanta!
Esta vez, me preparo agarrando el hacha con ambas manos y separo las piernas lo máximo que puedo sobre una superficie irregular. Cuando la jaula se balancea hasta el punto más bajo, salto, levantando el hacha y dándole con todas mis fuerzas.
Acierto, haciendo añicos el fondo de la jaula.
Me resbalo cuando el hacha se me escapa de las manos y caigo rodando. El hombre grita, pero también cae y los dos llegamos rodando al suelo.
De repente, me encuentro en el suelo, respirando con dificultad; viva, aunque creo que me he golpeado la cabeza.
Me gotea sangre en los ojos, y me he dado en la rodilla.
Entonces compruebo el reloj. Han pasado tres minutos y medio. No puedo perder más tiempo.
Me pongo en pie con dificultad y agarro al hombre del brazo.
—¡Vamos! —digo, tirándole de la muñeca—. Tenemos que irnos. Si quieres vivir, tenemos que irnos. ¡Te matarán!
Lo grito con un alarido estridente que por fin lo espabila a levantarse. Se pone de pie con un tambaleo, y lo cojo del antebrazo para arrastrarlo de vuelta al sendero, empujándolo por delante de mí mientras él sigue dando trompicones.
No soy delicada. No tengo tiempo para eso.
—¡Corre! —vocifero—. ¡Reacciona! ¡Tienes que correr!
Lo vuelvo a empujar y se tropieza con sus propios pies, apenas capaz de mantenerse erguido.
—¡Vamos! —grito, sacudiéndole el brazo, tirando de él, casi arrastrándolo por el barro—. Por aquí —indico, señalando el mismo sendero por el que he llegado.
Cruzo la línea tras la que Devon, Stevie y el resto de mi escolta enmascarada esperan. Observan cuando el hombre cae de rodillas al suelo y yo me doblo sobre la cintura tratando de recuperar el aliento.
—¿Lo dejaréis marchar? —pregunto, mirando a Devon—. Lo he salvado. Dijiste que lo dejaríais marchar.
La máscara se me queda mirando durante un largo instante.
—¡Dime que lo dejaréis marchar! —grito.
Un segundo después, levanta la barbilla antes de mirar a Stevie.
Luego ella se quita la máscara.
—Felicida… —dice, pero yo me levanto, me doy la vuelta y empiezo a correr otra vez.