Capítulo 27
L as dos semanas siguientes pasan a toda velocidad entre las clases y la formación de cadetes.
Me levanto al amanecer todos los días, entreno en el gimnasio antes de que se despierte la primera de mis compañeras de cuarto, y me reúno con la doctora Eze y su equipo para hacer más pruebas y trabajo de acondicionamiento después de las clases.
Me estoy adaptando deprisa a las cargas, por lo que la doctora alaba mi capacidad. Me pregunto si esta aclimatación tan veloz tiene relación con lo de ser una centinela, pero, al menos por lo que veo, no parece que la doctora note nada diferente en mí.
Winter y Lacey siguen actuando como si Trinity y yo no existiéramos, y tampoco hemos sabido mucho de Silver o Hazel, así que me dedico a tiempo completo a las tareas de clase.
Cuando no está conmigo, Trinity comparte la mayor parte de su tiempo libre con Edward.
Ojalá pasáramos más tiempo juntas, pero ahora mismo mi horario es más que intenso.
No obstante, me he dado cuenta de varios cambios positivos. Vuelve a sonreír y dice que se siente más optimista respecto a su futuro. Es un alivio que esté saliendo del bajón que tenía, y estoy decidida a sacar tiempo para que podamos hablar en serio sobre eso cuanto antes.
A medida que pasan los días, cada vez más y más gente tiene que ir haciendo la siguiente prueba de iniciación.
La mañana después de haber hecho la segunda prueba, Knox apareció con un ojo morado y un montón de arañazos en los brazos, las piernas y la cara.
Pero, para sorpresa de nadie, aprobó sobrado.
Me da pavor pensar en lo que le pidieron que hiciera.
Mientras tanto, yo existo en un estado de nerviosismo constante, esperando a que llegue mi turno.
Trinity y yo compartimos un ratito tranquilo a solas cada noche, anticipando lo inevitable.
Nuestras pruebas nos cambiarán la vida, de un modo u otro.
Yo no puedo evitar mencionar a Rook, quizá demasiado.
Trinity debe percatarse de mi poco aconsejable fascinación por él, pero no dice nada.
Una semana más tarde, voy de camino a clase cuando un grupo de figuras enmascaradas me sale al paso y me rodea.
Ni siquiera me sale asustarme; solo siento alivio por acabar con esto de una vez. Ya no puedo soportar más la incertidumbre.
El único reparo es la tormenta que lleva fraguándose toda la tarde a lo lejos, en la zona norte de la ciudad. Hace tiempo que debería haber absorbido una descarga, y por eso me pica todo, estoy inquieta y no tan centrada como me gustaría.
—Ven con nosotros —dice una máscara, a mi izquierda, y luego nos ponemos todos en marcha.
Me pregunto si vamos a volver a los túneles.
Pero, en lugar de bajar, salimos por la puerta principal y doblamos la esquina para llegar al acceso vallado del vivero de Central Park. Por el día está abierto para el disfrute del público, como cualquier otra de las numerosas zonas verdes que hay por toda la ciudad.
Al contrario que el resto, este parque está bien vigilado y custodiado, y causar cualquier tipo de daño a los árboles es un delito sancionable con graves consecuencias.
Representa la suma total de la madera apta para la construcción que queda en el mundo.
Los árboles de las Cloacas son escasos y escuálidos, y su madera es demasiado blanda como para ser útil.
Mi escolta me conduce a través de las puertas, donde hay otra persona enmascarada esperando para dejarnos pasar.
Bajo un dosel de hojas, me llevan por un sendero bordeado de faroles anclados al suelo que emiten un tenue resplandor.
No suelen estar encendidos por la noche para ahorrar energía, pero les han debido dar un permiso especial para hacerlo hoy. Qué suerte la mía.
Oigo los débiles chasquidos y zumbidos de los insectos y el ululato de un búho en la distancia.
Como en el mundo no queda mucha fauna, se seleccionan con sumo cuidado las flores y arbustos de las zonas verdes de la ciudad para crear ecosistemas estables que ofrezcan sustento y un entorno adecuado a varias especies necesarias para nuestra supervivencia. Abejas y mariposas, en particular.
Siempre me ha encantado mirar fotos de los enormes animales salvajes con pelo, rayas y manchas de la Era del Calentamiento. Los inmensos osos polares que vivían en las placas de hielo flotantes, y las aves con grandiosas colas de una resplandeciente variedad de colores.
Los ruidos de la ciudad se van amortiguando a medida que nos adentramos en los jardines.
Por fin nos detenemos en una plaza de piedra con una fuente con las tres estatuas de El Escudo.
La general Sol luce su uniforme de la guardia de las tormentas, tiene un pie apoyado en lo alto y la cara hacia el cielo, con una mano estirada hacia las nubes.
El canciller Marks lleva una túnica larga y sostiene una tablet, eleva un dedo y abre la boca como si estuviera en mitad de un discurso, y el canciller Orsen viste un traje de tres piezas, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en un punto en el horizonte.
Enfrente de la fuente hay otras dos figuras enmascaradas que esperan que me acerque. Me rasco la nuca mientras las nubes se arremolinan sobre mi cabeza.
—Poet Graves —dice la voz a mi izquierda, y reconozco a Devon—. Bienvenida a tu segunda prueba de iniciación.
—Lo habitual sería que te diéramos a elegir entre quedarte con la casa de tu primera prueba o cambiar a otra —dice otra máscara.
Stevie.
—Elijo la casa Fiama —digo deprisa.
Ese es mi lugar. Y, por cómo me está mirando Stevie, sé que coincide conmigo y que tampoco me quiere en su casa.
Devon levanta una mano.
—No tan rápido. Como ha dicho Stevie, eso sería lo más habitual. Pero se nos ha pedido que las cosas fueran un poco diferentes contigo.
—¿Quién lo ha pedido?
—Las órdenes vienen de El Escudo —dice Devon.
—Vale… —Me quedo callada y se me empieza a acelerar el corazón, que ya siento cómo me late en los oídos.
Y ¿ahora por qué no me dejan elegir? ¿Qué es lo que va a pasar? Echo un vistazo a mi alrededor, en busca de alguna pista.
—Hemos escondido a dos personas en este parque —dice Devon, barriendo la zona con el brazo—. Ambas están en una situación que acabará por matarlas. Una de ellas ha sido acusada de varios delitos…
—Y la otra es un centinela —termina Stevie por él.
Abro los ojos sorprendida y se me empieza a revolver el estómago. Cielos, puede que vomite.
—Tienes que tomar una decisión —dice Devon—. Solo puedes salvar a uno. Tu elección determinará si puedes jurar lealtad a la casa Fiama o a la casa Aria.
«No me jodas».
Menudo plan sin fisuras me han preparado, ¿no? No quise matar a un hombre la última vez, así que ahora me van a dejar que salve a uno. Pero, al hacerlo, morirá otra persona.
Un centinela.
Alguien como yo. Alguien a quien han capturado o delatado, tal vez una persona en la que confiaba. Y mientras tanto yo estoy aquí plantada, guardándome mi secreto y decidiendo si vive o muere.
—¿Al centinela no lo matarán los extinguidores de todas formas? —pregunto.
—No si puedes salvarlo —dices Stevie—. A veces a los centinelas se les ofrece la opción de exiliarse de Nuevo Manhattan y vivir en las Cloacas, siempre y cuando prometan no volver. Este centinela en particular ha pedido abandonar la ciudad.
—¿En serio?
Asiente. No tenía ni idea de que eso era una opción para los centinelas. Está claro que vivir en las Cloacas debe ser durísimo, pero al menos sigues vivo, aunque puede que no por mucho tiempo.
—¿Qué pasa con la otra persona acusada de delitos? —pregunto—. ¿Qué le ocurrirá si la salvo?
—Podrá volver a casa —dice Devon—. Habrá cumplido con su sentencia. Será como si no hubiera pasado nada.
«Lo dudo», pero no lo dije en alto.
—¿Y si no puedo salvar a ninguno? —La voz me sale ronca y tensa.
Stevie, enmascarada, ladea la cabeza.
—Entonces, en tu caso, tendríamos que despedirte de la Sociedad. Esta es tu última y única oportunidad.
Asiento, porque supongo que es lo que me esperaba. Ya han cambiado las reglas por mí, lo más probable es que promovido por mi padre. ¿Por qué no uno más? Nada de esto me ayuda con los escalofríos de pánico que me recorren el cuerpo.
Un cosquilleo me sube por la espalda, recordándome que se aproxima una tormenta.
Me vuelvo a rascar mientras me preocupo por un instante por exponerme a la centella.
Pero luego me acuerdo de que la general Sol canaliza electricidad para alimentar una barrera que protege los árboles de posibles descargas.
Justo en ese momento, una gran red parpadea cuando se enciende en lo alto, y líneas de luz púrpura la entrecruzan.
Todos levantamos la mirada cuando todo adquiere un leve resplandor de color amatista.
Intento mitigar la inquietud que siento en el cuerpo, mientras roto el cuello y me centro en la tarea que tengo por delante.
—Tienes diez minutos —dice Devon, señalando dos senderos entre los árboles, separados entre sí unos treinta metros—. El de la izquierda te lleva al criminal y a la casa Aria; el de la derecha, hacia el centinela y la casa Fiama. ¿Entendido?
Por desgracia, sí. Si salvo al reo, el centinela muere, lo que le va bien a la casa Aria y sus extinguidores. Si salvo al centinela, el acusado muere, y eso supone una persona menos de la que se tiene que ocupar Fiama.
—Rescata tu premio y llévalo a la puerta principal para poder prestar juramento —dice Devon.
Me empieza a ir la cabeza a toda pastilla. ¿De verdad que esas órdenes vienen de El Escudo? ¿O lo ha preparado todo mi padre para poner a prueba mi lealtad? ¿Cómo voy a ser capaz de elegir?
Me sube la bilis a la garganta. Diez minutos. Eso no es nada. Cuando creí haber encontrado un vacío legal al negarme a hacer la primera prueba de Fiama, en realidad solo gané tiempo. Desde luego, estaba claro que nada de esto iba a ser fácil.
—¿Y si no elijo a ninguno? —pregunto, tratando de encontrar una forma de salvarnos a todos de este destino—. Haré la prueba de Tera. O Asale.
Stevie alza las cejas. Es evidente que no esperaba que dijera eso.
Yo tampoco lo esperaba, pero eso era antes de que me arrastraran a este puto bosque.
Devon niega con la cabeza.
—Lo siento, pero ya no puedes elegir. Solo tienes estas dos opciones.
Su expresión es casi compasiva. Es entonces cuando comprendo que mi padre es el responsable de todo esto.
Siempre ha creído que soy débil. Demasiado sensible.
Demasiado blanda. Cuando me negué a luchar con aquel hombre, le revelé hasta qué punto.
Quiere llevarme al límite, obligarme a tomar una decisión difícil. Quiere que sea como él.
Sacudo la cabeza mientras las lágrimas me queman en los ojos.
Cielos, no puedo hacer esto. No puedo tomar esta decisión.
Solo me queda otra opción. Una a la que nunca creí que tuviera que enfrentarme.
—No juraré lealtad a ninguna —digo.
Lo suelto bajito, conteniendo el aliento. Lo perderé todo. Mi familia. Mis amigos. Pero al menos no seré una asesina.
Devon y Stevie intercambian una mirada de incertidumbre. Veo algo en su expresión. Ahora mi padre ya no es el único que piensa que soy débil. Me estoy empezando a dar cuenta de que casi todos los que están aquí ya son, como mínimo, un poquito como él.
Devon suspira y me vuelve a mirar.
—No podemos obligarte a competir, pero nos dijeron que, si tratabas de abandonar, los dos morirían de todas formas.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —grito.
Endurece la expresión, ese breve instante de incertidumbre ha desaparecido.
—Porque tú no puedes permitirte ese lujo. Eres la hija del sucesor y… —Sacude la cabeza y resopla—. ¿Sabes cuánta gente mataría por estar en tu lugar? Y tú estás actuando como si fuese un yugo.
Suelto un fuerte suspiro, como si me hubieran dado una patada en el pecho. Por supuesto. Es como todos los demás. Ve mi rechazo como un rechazo a todo lo que él defiende.
—No tienes elección —concluye—. Ahora deja de retrasarlo y prepárate.
Hace un gesto a Stevie con la cabeza, que descruza los brazos en el sitio, desde donde ha estado observando toda nuestra discusión. La miro a los ojos y ella inclina la cabeza al tiempo que algo destella en su mirada.
—¿Preparada? —pregunta.
Para nada, pero asiento de todas formas, separando las piernas para colocarme.
Diez minutos.
Me giro hacia los senderos, imaginándome a dos personas en algún lugar entre las sombras. ¿A cuánta distancia estarán?
El parque es enorme. Bien podría tardar diez minutos solo en llegar hasta ellos.
Deprisa, pongo el cronómetro del reloj, esperando la señal.
Stevie grita:
—Preparada, lista…
Un grito de terror rompe el silencio a mi izquierda y, antes de que Stevie acabe la frase, me echo a correr.