Capítulo 26 #2
Me apresuro a ponerme mi ropa de deporte —pantalón corto de color púrpura y una camiseta de manga larga— antes de acercarme a conocer a mi entrenador.
Veo a otros cadetes en formación, incluido Rook, que está hablando con Brooklyn, uno de los quiebratormentas del primer día.
Rook y yo cruzamos la mirada durante un instante antes de que la aparte, y yo trato de ignorar el extraño vacío que siento cuando lo hace. No hemos hablado desde que me defendió de Knox; parece que debo darle las gracias una vez más por su ayuda.
—Poet —dice una voz a mi izquierda, y suelto un suspiro de alivio al ver que es Henry—. Hoy voy a ser tu entrenador.
Me da mucha alegría verlo y le ofrezco la primera sonrisa auténtica que he sentido desde hace un tiempo.
Durante la próxima hora, sigo las instrucciones de Henry mientras me explica una serie de ejercicios para desarrollar fuerza y músculo.
Me sienta fenomenal dejar la mente en blanco y perderme en los movimientos, con el sudor cayéndome por la frente.
Eso es justo lo que necesito. Algo que me distraiga de todo lo que está pasando.
Durante el entrenamiento, soy muy consciente de que Rook anda por ahí cerca.
Brooklyn lo pone a prueba para que dé el máximo de sí mismo y nuestras miradas se cruzan una o dos veces.
Cada vez que mira en mi dirección, aparece esa sensación en el estómago que no debería notar. Pero no puedo controlarlo.
El otro día Knox asumió que había algo entre Rook y yo, y, aunque sé que no es así, sí es cierto que siento algo cuando estoy con él. Sé que está mal. Nunca podría pasar nada entre nosotros.
Puede que no me quiera casar con Knox, pero la Sociedad depende de que un hombre como mi padre dirija la casa Fiama. Recuerdo la conversación que tuve con la general Sol. Un cambio en el liderazgo no beneficiaría a nadie.
La pérdida de su cargo podría generar inestabilidad, y habría riesgo de que todas aquellas cosas terribles volvieran a suceder.
No puedo ser el motivo por el que la gente sufra.
Había aceptado mi deber hacia mi ciudad y hacia la Sociedad, pero jamás pensé en cómo sería encontrar algo, o a alguien, que nunca podría tener.
Suelto un suspiro. ¿Importa, en realidad? Por cómo Rook me pasa por alto cada vez que nuestras miradas se encuentran, parece que mi interés inapropiado en él es solo cosa mía.
«Deja de compadecerte, Poet. Controla las cosas que puedes controlar».
No puedo tener todo lo que quiero, pero puedo convertirme en quiebratormentas. Aprieto la mandíbula y obligo a mis temblorosos brazos a hacer otras diez repeticiones para Henry.
—¡Buen trabajo! —dice, y me ayuda a dejar la pesa de nuevo en el soporte—. Ahora te toca trabajar los cuádriceps.
Sonrío y paso al siguiente ejercicio.
Por fin se acaba la hora, y Henry me deja un plan de entrenamiento para la siguiente semana. Tengo que hacer cuatro días de pesas, dos días de cardio y uno de descanso, además de yoga o estiramientos todos los días. Es muchísimo, pero estoy decidida a aguantar el ritmo.
Después de una ducha rápida en el vestuario, me voy a clase de Historia y luego termino el día con una hora de Matemáticas. Para cuando vuelvo al cuarto, estoy tan agotada que apenas puedo moverme.
Abro la puerta y veo a Trinity sola, escribiendo en el móvil, tumbada en la cama.
—Hola —digo—. ¿Qué tal estás? ¿Qué has hecho hoy? Te he visto antes hablando con alguien.
Me mira y sé por lo rojos que tiene los ojos que ha estado llorando.
—¿Qué ha pasado? —le digo, olvidando las otras preguntas mientras cruzo rápido la habitación y me siento en el borde de su cama.
Sacude la cabeza y me muestra los mensajes del móvil. Se los han mandado sus padres. No son crueles, pero tampoco son lo que se dice alentadores.
—Dicen que tengo que pasar las siguientes dos pruebas o…
Se le caen las lágrimas por las mejillas mientras se lleva el dispositivo al pecho.
—¿O qué? —Siento curiosidad de verdad por lo que tienen previsto hacer.
El señor y la señora Robins siempre han sido muy amables conmigo. Son justos y razonables, incluso cuando Trinity y yo hemos causado problemas.
—Renegarán de mí —dice Trinity—. Mi hermana pasará a ser su única hija.
Asimilo esas palabras.
—No lo entiendo —digo.
—¿El qué?
—¿Cómo puede ser que nuestros padres nos críen durante toda la vida y luego… renieguen de nosotros, solo por esto? ¿Por qué están todos tan convencidos de que este es el único camino?
—Poet, ¿qué estás diciendo? Por supuesto que este es el camino. Sin la Sociedad seríamos como eran en la Era del Calentamiento: sin orden, sin disciplina, transitando una senda hacia la destrucción.
Me muerdo el labio y miro por la ventana. Esta semana el cielo ha estado en calma, lo que es un alivio, pero noto cómo crece otra tormenta en la distancia.
—Sí, ya sé que eso es lo que nos han enseñado.
Me levanto de la cama de Trinity y me acerco a la ventana, avistando un destello de color lavanda en el horizonte. Por suerte, ha pasado poco tiempo desde que absorbí por última vez una dosis de centella, así que podré superar esta tormenta sin problema.
—¿Poet? —pregunta Trinity, y me doy la vuelta—. ¿Qué voy a hacer si no apruebo?
Me mira con esos ojos grises llorosos, y su sinceridad me parte el alma.
No tiene ni idea de lo que pasa después; yo tampoco.
Me gustaría poder darle todas las respuestas que busca.
Me gustaría que pudiéramos regresar a esos días en los que éramos dos chiquillas preocupadas por la ropa y las fiestas y no mucho más.
Pero esos días se terminaron. Nos arrebataron la inocencia en el momento que nos pidieron que matáramos a un hombre con nuestras propias manos.
—No lo sé, Trinity. No lo sé.