Capítulo 25 #2
Son demasiadas preguntas para la confusión mental que siento ahora mismo. Las ignoro todas mientras sigo caminando, tratando de parecer más estable de lo que me siento.
Se acerca arrastrando los pies y me alcanza con facilidad antes de agarrarme por el codo. Al sentir su contacto me pongo a la defensiva.
—¿Qué te pasa?
—Nada. Solo que no me encuentro muy bien. Voy a tumbarme un rato.
—¿Dónde has estado? ¿A dónde has ido después del funeral? ¿Qué quería la general Sol?
Más preguntas. Cosas que no quiero responder.
—¿Podemos hablar de esto más tarde?
Lo ignoro, pero él no se rinde.
Intento apartar el brazo. Pero me agarra con más fuerza y eso al final me hace estallar.
—¡Suéltame! —digo. No lo hace—. Estaba donde me daba la gana. No es de tu puta incumbencia.
—Soy responsable de tu…
—No, en realidad no.
—Si tu padre se entera de esto, no le hará mucha gracia.
—Knox, me importa una mierda.
—¿Qué te pasa últimamente? —susurra, acercándome a él y mirándome a la cara.
Su aliento caliente me quema la piel y me tengo que esforzar muchísimo para calmar esa conocida sensación de náusea que me revuelve el estómago.
—¡Suéltame! —Intento desembarazarme de él, pero me aprieta con tanta fuerza que me hace daño.
—¿Hay algún problema? —dice una tercera voz, interrumpiendo nuestra discusión como una flecha envenenada.
Knox se queda quieto y gira la cabeza hacia Rook, que está apoyado en el pasillo con los brazos cruzados y un tobillo sobre el otro.
—Nada que tenga que ver contigo, alimaña —dice Knox con desdén.
—¡Que dejes de llamarle así! —suelto, cabreada por el hecho de que Knox utilice una palabra tan terrible para describir a cualquier ser humano, al margen de quién sea—. ¿Qué narices te pasa?
—¿Lo estás defendiendo? —contrataca—. Los solitarios mataron a Raine, ¿o se te ha olvidado? ¿Qué crees que le parecería a tu hermano si supiera que estás del lado de uno de estos animales?
—Ya sé quién mató a Raine —digo, temblando de pura rabia—. No tienes que recordármelo. Pero Raine era un guardián de las tormentas y sabía a lo que se exponía.
Se me quiebra la voz y noto algo cálido deslizándose por las mejillas. No sé muy bien por qué estoy llorando. Hay muchísimo que amenaza con escapar de mi control —la general Sol, mi padre, los extinguidores—, y yo estoy a punto de explotar.
—Deberías soltarla. —De nuevo es Rook, que tiene la mirada fija en el punto por donde Knox me sigue sujetando con fuerza. Hago una mueca de dolor cuando aprieta aún más con la mano y a Rook se le oscurecen los ojos—. Ya.
—No es asunto tuyo, joder —replica Knox mientras le tiembla el cuerpo de rabia y se le va enrojeciendo la cara.
Rook se aparta de la pared con un impulso, y se acerca para ponerse frente a nosotros.
Su afilada mirada se cruza con la mía antes de bajarla por mi brazo y volverla a subir, y me da la extraña sensación de que trata de decirme algo.
Hace rotar uno de sus fuertes hombros, casi como si se estuviera preparando para dar un puñetazo.
Es unos centímetros más alto que Knox, y desde luego más grande y más fuerte. La amenaza es clara.
—No te lo voy a pedir otra vez. Suél-ta-la.
Su tono de voz suena, sin lugar a dudas, a amenaza, y la confianza de Knox flaquea un instante antes de recuperarse.
—¿Quién me va a obligar?
Yo me he quedado paralizada, observando su discusión, preguntándome por qué Rook ha salido en mi defensa.
Rook da otro paso más, se inclina, utilizando la diferencia de altura a su favor.
—Yo.
Por fin, Knox afloja un poco la mano. Aprovecho el momento e, imitando el movimiento que Rook me acaba de enseñar, trazo un círculo con el brazo y Knox contiene el aliento.
Rook se había percatado de mi bloqueo.
Su silenciosa sugerencia me ha recordado que no estoy indefensa.
Me revuelvo hacia atrás, tratando de poner algo de distancia entre Knox y yo, y juro que veo un destello de orgullo en los ojos de Rook. Un segundo después, él tiene a Knox arrinconado contra la pared, apretando el antebrazo contra su garganta.
—Discúlpate —dice Rook.
Me froto la piel, ahora sensible y magullada. Mañana tendré que ponerme manga larga. Es la primera vez que Knox me inmoviliza a la fuerza, y el hecho enciende toda una nueva serie de alarmas en mí. Unas que me recuerdan demasiado a mi padre.
—No puedes… —trata de decir Knox, pero Rook aprieta con más fuerza, impidiendo que le llegue el aire.
—¿Por qué tenemos que seguir con esto? —pregunta Rook—. ¿Cuántas veces tengo que humillarte antes de que lo pilles de una puta vez? Discúlpate.
Knox resopla, moviendo los pies mientras intenta hacer palanca contra la pared, pero Rook es de hierro y no tiene intención de moverse.
—Lo siento —murmura en mi dirección.
No lo dice con sinceridad, pero la idea ha quedado clara.
—Si alguna vez te veo volver a cogerla así, lo repetiremos hasta que aprendas la puta lección.
Luego suelta a Knox, que se aparta deprisa, poniendo distancia entre los dos.
—Me las pagarás por esto, alim… —Se calla, apretando la mandíbula, como si le doliera no degradar a Rook con insultos despreciables.
Tal vez por fin está asustado. Bien.
—Lo dudo —dice Rook.
Espera, con las manos de nuevo en los bolsillos.
Knox nos mira a ambos.
—Ahora te puedes marchar —dice, en un claro intento de conservar algún tipo de control sobre la situación—. Nosotros no hemos terminado y esto no te concierne.
Rook se encoge de hombros y se apoya en la pared.
—Va a ser que no. Me gusta estar aquí de pie.
A pesar de todo lo ocurrido, parece estar bien tranquilo, con los hombros relajados y un gesto impasible.
Recuerdo nuestra conversación fuera del ala médica y cómo estaba «de pie» en el pasillo. No sé si lo ha dicho para hacerme reír, pero de pronto suelto una risa por la nariz.
Knox luce más confundido que nunca.
Juraría que Rook también está reprimiendo una sonrisa y hay algo en ello que me toca un rincón profundo y secreto en el pecho.
—¿Qué está pasando? —pregunta Knox, mirándonos primero a uno y luego al otro—. ¿Qué os hace tanta gracia?
Su gesto se vuelve receloso, seguro que sacando conclusiones que no son ciertas ni de lejos.
Pongo los ojos en blanco.
—Nada. No pasa nada en absoluto. Pero ya hemos terminado. Estoy cansada y me voy a tumbar un rato. No me sigas. Vete a contárselo a tu padre. Vete a contárselo al mío. Me importa una puta mierda. Pero no soy de tu propiedad y no te tengo que dar explicaciones. Al menos, no todavía.
«Y, con suerte, nunca».
Luego me doy la vuelta, dejándolos a ambos ahí detrás.