Capítulo 25
S olo tardo un par de minutos en acomodarme en la misma cama que Rook acaba de desocupar.
Todavía mantiene la calidez de su cuerpo y su olor, que perdura.
Hierba fresca. Manzanas verdes. Sacudo la cabeza para deshacerme de ese pensamiento incontrolable que me lleva a querer saber cómo sería estar más cerca de él.
—Te voy a poner esto —dice la doctora Eze, devolviéndome a la realidad, mientras despega las pegatinas de un lote nuevo de nódulos y me los pega en la piel.
Entonces se vuelve hacia la máquina que pita a su lado, ajusta un par de mandos giratorios y presiona varios botones.
—Empezaremos despacio —dice, tranquilizándome con una sonrisa.
Durante todo el proceso, no puedo dejar de notar la dolorosa y cercana presencia de los extinguidores y sus aturdidores. ¿Qué tipo de monstruos deciden convertirse en eso? ¿Quién disfruta de perseguir a gente inocente para enviarla a un nefasto destino?
No obstante, reconozco que podrían ser necesarios.
Que no soy inocente y que el monstruo podría ser yo, no ellos.
El corazón me late con fuerza en el pecho cuando la doctora Eze me pone una mano con delicadeza en el hombro.
—Tan solo túmbate y respira —me tranquiliza—. No hay nada de lo que preocuparse.
Claro. Para ella es muy fácil decirlo. Incluso aunque no estuviera aterrorizada por si me descubren, que hayan tenido que sacar a alguien de la habitación inconsciente hace solo unos minutos preocuparía a cualquiera.
Entonces, gira uno de los mandos poco a poco, y la máquina cobra vida.
Lo noto al instante. La electricidad me recorre la piel y los huesos como un riachuelo silencioso.
Es distinto de la centella, tal y como ha dicho.
No siento ese dolor que me consume y me amenaza con desgarrarme la piel.
Quema un poco y hago un gesto de leve incomodidad, pero no es nada.
Debo de hacer algún ruido, porque me mira antes de volver a la pantalla.
—Lo estás haciendo genial —me asegura—. Un poco más.
Gira el mando otro poco y el pulso se me acelera. No sé muy bien cómo describir la sensación. Es como si estuviera envuelta en algodón y me pusieran contra una valla eléctrica. No es agradable, pero tampoco es la agonía agridulce a la que estoy acostumbrada.
Al otro lado del cristal que me separa del resto de la sala, aparece una presencia. El extinguidor de pelo oscuro me observa ahora con gran atención. Me gustaría saber qué es lo que busca. ¿Puede verlo? ¿O es la doctora Eze la que se lo dirá?
Me empiezan a sudar las manos mientras seguimos igual durante lo que me parecen varios minutos. Intento imitar el mismo malestar que he visto en los otros, con la esperanza de que parezca que me afecta como a ellos. Hago gestos de dolor y aprieto los puños. Cierro los ojos e inhalo con fuerza.
Los pulsos me recorren el cuerpo, casi como si estuviera llena de densas placas de espuma. Es pesado y ligero al mismo tiempo.
El extinguidor rodea el cristal y se acerca a la cama, parándose a mis pies.
Desde aquí puedo leer su placa identificativa: teniente Dire.
«Dire», como «nefasto» en inglés. Qué apropiado.
Se me nubla la visión y me empieza a costar respirar.
¿Por qué se está acercando? ¿Lo ha hecho con alguien más?
De pronto, no puedo recordar ni una sola cosa que haya pasado en los últimos diez minutos.
Engancha las manos en las tiras de su arnés y mira los diales de la máquina con los ojos entrecerrados.
La doctora Eze se vuelve hacia él y le deja estudiar los monitores mientras aprieta los labios.
Incluso en este estado de pánico que no para de aumentar, me da la sensación de que a ella no le gusta su escrutinio.
—¿Todo bien? —pregunta el extinguidor.
Se me corta la respiración. Veo puntos negros en los ojos.
Me retuerzo en la cama, dividida entre arrancarme los nódulos y salir corriendo o quedarme ahí quieta, esperando que, de algún modo, pueda librarme de esto.
Dire da unos golpecitos sobre el cristal de uno de los mandos y yo me encojo de miedo, casi como si me hubiera amenazado con darme una bofetada.
—Todo bien —dice la doctora Eze con un tono animado.
Fría y calmada. Tardo un instante en asimilar sus palabras. Dire no se mueve y entrecierra aún más los ojos.
Un grito estalla en la sala y todos nos volvemos para mirar.
Alguien está retorciéndose como un loco en la cama de al lado.
Puntos de luz destellan sobre su piel mientras grita y grita con agonía.
Es un chico de la casa Fiama. Jacen. De pronto, se queda quieto, con los brazos y las piernas inertes, y se le cae la cabeza hacia un lado.
Una nube de humo negro asciende desde su piel, que ahora es de un gris enfermizo.
El teniente Dire se acerca corriendo mientras los doctores rodean al estudiante muerto.
—Cielos —susurro.
La doctora Eze estira la mano y me aprieta la muñeca, y yo empiezo a respirar otra vez. El teniente Dire ya no me está observando, me vuelve a entrar aire en los pulmones y comienzo a ver con normalidad otra vez. Inhalo y exhalo varias veces antes de secarme la frente.
La doctora me mira y noto un destello de algo en su rostro, como una pregunta en su mirada. Un brillo fugaz en los ojos, y luego aprieta la boca. Parece un mensaje tácito.
¿Lo sabe? ¿Sabe lo que soy? ¿Acaba de mentir al extinguidor? Lo único peor que ser un centinela de la centella es mentir para proteger a uno. ¿Por qué haría eso por mí?
Rompemos el contacto visual y apaga la máquina. Los pulsos tardan un par de segundos en desaparecer, dejándome solo un ligero temblor en los brazos y piernas. Ya se están llevando el cuerpo de Jacen. Henry ha dicho antes que siempre perdían a uno.
—Está bien —dice la doctora Eze con una sonrisa tranquilizadora, pero siento un nudo de preocupación permanente en el pecho. Si sospechara algo, ya tendría las esposas puestas, ¿no?—. Tómate tu tiempo antes de levantarte. Te sentirás un poco mareada durante una hora o así.
Despacio, me siento y pongo los pies en el suelo, con la mirada fija en las baldosas mientras espero a que me deje de dar vueltas la cabeza. Me late el corazón como si hubiera recibido varias descargas; empiezo a entender por qué los quiebratormentas tienen una esperanza de vida limitada.
—Lo has hecho bien con este nivel de carga —dice la doctora Eze con un tono profesional—.
Podemos empezar desde aquí la próxima vez y lo más probable es que mantengamos esta potencia.
No se trata de ir metiéndolo a la fuerza, se trata de desarrollar tolerancia, pero ya veo que tienes una inmunidad natural.
Levanto la mirada deprisa y la miro a los ojos. Me mantiene la mirada y arquea un poco la ceja. ¿Trata de decirme que lo sabe? ¿Y que no me va a denunciar? Seguro que me estoy imaginando cosas.
Alguien abre la puerta de nuestro recinto y rompemos el contacto visual.
—¿Preparada para la siguiente ronda, doctora? —pregunta un ayudante, y la doctora asiente.
Me descoloca lo rápido que hemos olvidado lo de Jacen. Como si nunca hubiera ocurrido.
—Dale a Poet un momento, y luego puedes enviarme al próximo cadete.
La doctora empieza a escribir algo en la tablet. Me gustaría ver si es sobre mí y, lo más importante, lo que dice. Sé que los extinguidores siguen mirando. No me puedo arriesgar a preguntar.
Estoy tardando demasiado en moverme, porque me mira con el ceño fruncido.
—¿Algo más en lo que pueda ayudarte?
—No. —Niego con la cabeza—. Gracias.
Vuelve a lo que estaba haciendo, y yo a la zona principal. No me siento yo misma. Las falsas descargas que me laten bajo la piel son un invasor extraño que me hace perder el equilibrio.
Además, haber visto a Jacen morir me ha perturbado que te cagas.
—Estás un poco pálida —dice una voz grave.
Es Henry, que me mira con preocupación.
—No me siento demasiado bien —admito.
—Es normal al principio —dice—. La mayoría de la gente siente alguna náusea. Lo bueno es que has pasado el primer obstáculo y ahora puedes empezar la formación. Pero, de momento, puedes irte y echarte un rato.
Vale. Casi se me había olvidado por completo que era por eso por lo que estaba aquí. Me pongo la mano en la tripa y asiento.
—Vale, gracias. Creo que eso es lo que haré.
Ahora veo a Domino en la sala de reconocimiento. Está sentada en la cama y me saluda con la mano. Se me aparece la imagen de la piel de Jacen humeando ante mis ojos y me quedo observando hasta que me aseguro de que Domino está soportando bien la corriente.
—Henry —digo, volviéndome hacia él—. ¿Cómo lo llevas?
Respira hondo y se pasa la mano por el pelo, casi cortado al cero.
—Estoy bien, Poet.
No deja traslucir nada. Han pasado tres años. ¿Cuánto echa de menos a mi hermano? Me gustaría preguntarle qué ha sido de su vida. ¿Ha conocido a otra persona? ¿Está enamorado otra vez? Eso espero. Se merece ser feliz.
—Deberías venir a cenar al ático algún día —digo—. A mi madre le encantaría verte.
Arruga la frente.
—¿Tú crees?
El tono es mordaz, y es entonces cuando comprendo que lo más seguro es que yo supiera muy poco sobre su relación.
Yo solo veía al hermano que amaba y al hombre que trajo a casa.
¿Acaso mis padres no le aceptaban? Henry ha jurado lealtad a la casa Fiama, pero no pertenece a una familia de gran influencia.
Sospecho que eso era un problema para mi padre.
—Lo siento —digo, incluso sin saber muy bien por qué me disculpo.
Henry suelta un largo suspiro que parece pesarle en el pecho.
—¿Tal vez tú y yo podríamos quedar algún día para comer y ponernos al día?
Le dedico una débil sonrisa.
—Me encantaría.
—Genial, ahora vete a descansar.
Asiento y, con las piernas temblando, me dirijo hacia el salón con intención de ir a mi cuarto.
—¿Poet? —me llega la voz de Knox.
Mierda, de un tiempo a esta parte se me había dado muy bien evitarlo.
—¿Estás bien? ¿Dónde has estado? Te he estado buscando. ¿Por qué estás pasando de mis mensajes?