Capítulo 24 #2
Susurros nerviosos resuenan en la sala cuando llegan varias personas con batas de laboratorio, todas sosteniendo una tablet.
—Soy la doctora Eze —dice una mujer de piel de ébano y largas trenzas negras con mechones púrpura.
En la solapa luce un broche con el escudo de la casa Aria—.
Como os acaba de explicar el teniente Crawford, empezaremos probando vuestra resistencia y tolerancia a una dosis de centella.
Vuestro nivel de resistencia es parte del mismo proceso evolutivo que crea a los centinelas.
Sin embargo, en el noventa y nueve por ciento de la población este proceso se detiene antes de alcanzar algún nivel de inmunidad significativo.
Más cruces de miradas en la sala y yo clavo la mía en Rook. Me está observando con las cejas enarcadas y un gesto cómplice, pero no sé qué es lo que sabe.
Vuelvo a acordarme de la figura que vi entre las sombras, tratando de recordar con exactitud su tamaño y peso exactos. ¿Era tan grande como para ser Rook? Fue todo muy rápido, y puede que la escasa luz que había y mi desorientación pasajera me hayan estado engañando.
—Las corrientes eléctricas que experimentaréis hoy no serán exactamente las mismas que las que podríais experimentar durante una tormenta imperial —sigue diciendo la doctora—.
Como no podemos simular la energía galvánica de una tormenta eléctrica tal cual, hemos desarrollado la mejor aproximación posible.
Aunque no es perfecta, os ayudará a ir ganando resistencia con el tiempo, y los exhaustivos estudios que hemos llevado a cabo demuestran que es casi tan buena como la original.
Alguien levanta la mano. Una estudiante de la casa Tera.
—¿Qué pasa con...? ¿Nos volveremos… ? —No llega a terminar la frase.
—¿Locos? —pregunta otra persona —. ¿Por estar expuestos a la centella?
—No —asegura la doctora Eze—. Como he dicho, no es centella auténtica, y, aunque lo fuera, la tolerancia necesaria para las tareas de la guardia está a años luz de lo que aguantan los centinelas. Moriríais mucho antes de poder canalizar centella suficiente como para que os afecte a la cabeza.
Esa respuesta parece tranquilizar a varias personas.
—¿Alguna otra duda? —dice Henry.
—¿Por qué están ellos aquí? —pregunta alguien.
Es Rook, y está mirando a los dos extinguidores que han permanecido en silencio durante toda la clase.
Por primera vez, Henry parece nervioso.
—Eh… Ha habido un aumento en el número de centinelas infectados capturados en la ciudad en los últimos meses. Por eso, a partir de ahora veremos más extinguidores en nuestro día a día para que así puedan identificar el riesgo lo antes posible.
No tiene que acabar de explicarse. La mayoría de la gente no sabe que está infectada a menos que por accidente haya recibido una descarga de centella.
Suelen ser el tipo de centinela más peligroso, los que van por ahí tan tranquilos sin saber lo cerca que están de perder el control.
Los extinguidores están aquí para observarnos y arrestarnos si descubren a uno de nosotros.
Recuerdo la advertencia que me ha hecho la general Sol hace menos de una hora y, de pronto, no me encuentro muy bien.
Me empieza a sudar la frente y se me hace un nudo en el estómago.
Sabía que unirme a la guardia de las tormentas significaría estar expuesta, pero me he pasado años leyendo todo lo que me caía en las manos sobre el proceso de formación.
Ya conocía la mayoría de las cosas que nos ha contado la doctora Eze.
Que hasta no estar en esas torres de tormenta nunca estaríamos expuestos a la centella real.
Hace años, incluso «tomé prestada» una de las varitas atrapacentella de Raine y la probé.
Por suerte, mi reacción fue justo la misma que la de cualquier quiebratormentas normal.
Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.
Al fin y al cabo, siempre he sentido como si estuviera viviendo de prestado.
No obstante, nunca conté con que los extinguidores fueran parte de la ecuación.
¿Por qué se está denunciando a más gente de un tiempo a esta parte? No sé cuál puede ser el número total de centinelas detenidos cada año, porque se trata de información confidencial. ¿Cuánta gente vive con miedo todos los días? ¿Es más de la que creo?
Entonces Henry esboza una sonrisa fugaz. Intento que eso me tranquilice, porque la verdad es que me estoy asustando bastante.
—No os preocupéis, ya le pillaréis el truco. No es todo tan aterrador como suena, pero deberéis dar lo máximo de vosotros mismos cada día.
Se encuentra con otro muro de silencio antes de señalar a una mujer que acaba de aparecer por una puerta.
—Entonces, empecemos.
Seleccionan a varias personas para que sean los primeros mientras el resto esperamos, y el pánico se va apoderando de mí.
Rook es uno de los primeros en ser elegido y, como de costumbre, parece relajado y seguro de sí mismo.
Observo cuando se tumba en una cama cubierta con una sábana blanca limpia. Entonces, la doctora Eze le coloca una serie de electrodos en la frente, los brazos y las manos.
Los extinguidores pasean arriba y abajo por el pasillo, mirando dentro de las habitaciones acristaladas.
Esas pesadas botas que visten parecen resonar en el ambiente; a mí me empiezan a temblar los brazos y las piernas, y se me acelera el corazón.
Trato de no mirarlos demasiado, con la esperanza de así no captar su atención.
¿Cómo me va a afectar esto y cómo sabrán lo que soy?
¿Me marcho? ¿Me niego a hacer la prueba?
Está claro que si ahora hago eso sabrán que oculto algo.
Me muerdo el borde del labio y noto el corazón a mil en el pecho.
Uno con el pelo oscuro me mira y hago un grandísimo esfuerzo para mantener una postura relajada, como si no tuviera nada de lo que preocuparme.
Se detiene, me observa de arriba abajo cuando me vuelvo para mirarlo a los ojos.
Parpadeo y aparto la vista, que bajo a los pies, esperando que sea así como actuaría cualquiera.
Le dejo creer que solo me siento intimidada, no que temo por mi puta vida.
Un instante después sigue su caminata, avanzando por la fila hasta detenerse para observar la cama de Rook.
Oigo que le dice algo a la doctora Eze. Algo sobre que Rook es un solitario.
Un destello cruza los ojos de Rook, a quien es evidente que no le gusta demasiado que hablen de él como si no estuviera, pero mantiene la boca cerrada.
Alguien me da un golpecito en el hombro y me saca por un instante de mi ensimismamiento. Domino dice:
—Tengo que confesarte que no esperaba encontrarte aquí.
No la miro del todo cuando respondo:
—¿Por qué no?
Levanta las manos y se encoge de hombros.
—¿No estás prometida con ese tío rubio? ¿Knox?
Respiro hondo cuando me lo recuerda y luego suelto el aire.
—¿Y qué?
—Nada, lo siento —dice, tal vez notando que ha metido la pata—. Pensaba que estabas destinada a…
—¿Vivir como una esposa de la Sociedad? —pregunto, y ella esboza una mueca.
—Perdona. No debería haber supuesto nada.
Me encojo de hombros y observo a Rook y a la doctora Eze al otro lado del cristal.
—Entiendo por qué podrías haber pensado eso.
Me vuelvo hacia Domino porque quiero que sepa que no estoy enfadada, pero solo sonríe.
—Bueno, me parece genial.
No puedo evitar devolverle la sonrisa.
—Tú también eres bastante genial.
Suelta una carcajada.
—Si aguanto más de cinco minutos, tal vez.
Trato de seguirle el rollo y suelto una risita, pero de nuevo me centro en Rook y el extinguidor, que parece tener especial interés en él. Las pruebas ya se están llevando a cabo y las dos observamos cómo todos se retuercen por las corrientes que ahora atraviesan su cuerpo.
No pasa mucho tiempo antes de que un chico en el fondo empiece a aullar de dolor, mientras convulsiona con tanta intensidad que le propina una patada a un doctor en la cara y se arranca los electrodos de la piel.
Se da la vuelta y cae de la cama, aterrizando en las rodillas, y arroja todo el contenido de su estómago, cubriendo el suelo y sus manos de vómito.
—Ay, no —dice Domino, tapándose la boca y apartando la mirada—. No puedo ver a nadie vomitar.
Baja la cabeza y cruza al otro extremo de la sala, poniéndose de cara a la pared mientras espera a que el equipo de limpieza, que acaba de llegar, limpie el vómito y se lleve al chico y al doctor, que está inconsciente. Vaya, sí que está saliendo bien la cosa.
Por suerte, a los otros parece irles mejor. Están tumbados en sus camas, apretando la mandíbula con determinación, tal vez forzándose a sobrevivir.
De nuevo, miro a Rook.
Por el gesto de pánico de su cara, es evidente que siente las descargas. Tiene las manos apretadas formando un puño, una vena se le marca en la sien y se está moviendo un poco en el sitio.
El extinguidor de pelo oscuro observa a Rook con mucha atención. ¿Ve algo que le haga sospechar? ¿O es solo porque Rook es un solitario?
Otra persona comienza a gritar y a rogar que le dejen marcharse.
La prueba termina y, por suerte, nadie más vomita, nadie muere y solo hay una persona inconsciente a la que hay que llevarse en camilla.
Y, lo más importante, no se arresta a nadie.
Se les permite descansar a todos un par de minutos antes de que se vayan levantando uno a uno y se acerquen tambaleando a la zona principal. Todo el mundo parece un poco atontado y mareado, con el pelo de punta, las pupilas dilatadas y sacudiendo las extremidades.
Rook se pasa las manos por el pelo, con la electricidad estática crepitando a su alrededor. Parece estar bien y ahora los extinguidores se centran en el siguiente grupo que se aproxima a las camas.
La doctora Eze consulta su tablet.
—¿Poet Graves? Te toca.