Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

D urante varios minutos, me quedo paralizada, tratando de calmarme.

Toda la conversación ha sido… inquietante.

¿Sospecha algo? Sin lugar a dudas, de ser así, ya estaría en manos de los extinguidores, preparándome para las cosas horribles que sea que le hacen a la gente como yo.

Estoy convencida de que solo es una advertencia general. Eso espero.

El viento arrecia, la llovizna pasa a ser lluvia intensa cuando un destello de luz verde cruza el cielo, indicando el inicio de una tormenta esmeralda.

La principal diferencia entre estas y los tormentas imperiales es que de las nubes no caen rayos de energía a la tierra.

Solo lluvia. Son mucho menos habituales.

Nuevo Manhattan está rodeado de agua; la mayoría es salobre y se purifica en inmensos tanques submarinos, así que, aunque sea agua potable, no siempre tiene el mejor sabor.

Las tormentas esmeralda traen consigo algo más: agua cristalina, que sabe hasta dulce. Por lo visto, así era el agua potable antes de que la contaminaran tantísimo durante la Era del Calentamiento.

Por lo tanto, El Escudo y la Sociedad recogen el agua y la utilizan.

Se vende en botellas de cristal verde en las tiendas de alimentación de lujo, donde se guarda tras unas puertas con campanillas que avisan cada vez que se abren.

Se ha convertido en algo de gran valor y las cisternas que la contienen están muy bien vigiladas, ya que mucha gente cree que el Agua esmeralda da buena suerte.

Es ilegal que uno mismo la recoja, aunque muchas personas lo hacen de todas formas.

Afortunadamente, estas tormentas no me afectan como las otras.

Cuando la lluvia empieza a caer con más fuerza, me dirijo al edificio y entro en un pasillo vacío, salvo por la decana, que sin duda me está esperando.

—¿Todo bien? —pregunta, retorciéndose las manos—. ¿La general está… contenta?

No tengo muy claro cómo responder a eso, así que me decido por algo impreciso.

—Bien. Ha estado bien —respondo, y ella relaja los hombros.

—Vale. Genial. Eso es bueno. Temía que estuviera enfadada.

—Bueno, no está muy contenta conmigo —digo cuando me llega una notificación al móvil y, por costumbre, lo saco del bolsillo.

Sigo con la esperanza de que Silver y Hazel me digan algo. O tal vez mis padres. En cambio, me encuentro con algo que me sorprende.

Es un mensaje de la Tempestad. La formación para cadetes de la guardia de las tormentas empieza hoy; estoy invitada a participar. La directora hace un sonido de desaprobación y levanto la mirada para encontrármela mirando mi pantalla.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—También quería hablar contigo sobre eso. Te has inscrito en el programa de cadetes —dice—. Tenía entendido que ibas a hacer un grado general.

Aprieto la mandíbula y vuelvo a meter el móvil en el bolsillo.

—Eso es lo que le gustaría a mi padre, sí.

—Entiendo —dice—. El sucesor Graves dona mucho dinero a nuestra institución. —Levanta las manos como para abarcar todo a nuestro alrededor.

—¿Y? —pregunto, sabiendo muy bien a dónde quiere ir a parar con esto.

—No me gustaría perder la generosidad de tus padres.

Resoplo con desdén.

—No lo dudo. —Niego con la cabeza—. Pero me han aceptado en la guardia de las tormentas y la formación empieza en veinte minutos. ¿Tiene previsto impedírmelo?

Parece sopesarlo.

—En teoría, a quién seleccione la guardia de las tormentas está fuera de mi ámbito, y no puedo evitar que inicies la formación. —Estoy a punto de abrir la boca cuando levanta un dedo—. Pero podría… contárselo a tu padre. Seguro que él tiene cierta influencia.

Debería haber previsto esto. La sombra de mi padre, su influencia, su presencia está por todas partes, tanto en persona como en su ausencia. Además, ya me había parecido que tenía algún tipo de historia con la decana Withers.

—Quiero ser una quiebratormentas —digo con un nudo de pavor en la garganta, por si me arrebatan esto antes siquiera de empezar—. Es lo único que siempre he querido.

Me dedica una mirada comprensiva.

—Por tu hermano.

Parpadeo. A ver, en parte quiero honrar la memoria de Raine, pero va mucho más allá de eso.

—Sí —digo, porque sospecho que es lo que quiere escuchar—. Pero también quiero proteger la ciudad. Este es mi hogar, y quiero contribuir a defenderlo.

Se le suaviza el gesto, pero el destello que observo en sus ojos me dice que todavía no la he convencido.

—Cuando me gradúe, Knox y yo nos casaremos y heredaremos nuestros fideicomisos. —Abre los ojos un poco más—. Y me encantaría de todo corazón poder ser generosa en extremo con la decana que me permitió aprovechar esta oportunidad, y no fue corriendo a contárselo a mi padre.

Dejo que las palabras floten entre las dos. No tengo ni idea de si podré llegar a hacer eso. Estoy bastante segura de que mi marido controlará nuestro dinero, pero solo necesito que ella se lo crea.

—Acabará por enterarse —dice, y yo asiento.

—Lo sé, pero ya me ocuparé de ello cuando ocurra. De momento, solo pido un poco de discreción.

Considera mi propuesta, así que doblo la apuesta.

—Cuando me vaya de aquí, a mi padre no le quedarán hijos que enviar a Amery y podría ser que se centrara en otras causas caritativas. Yo, en cambio, estaré en deuda con usted hasta que termine tu carrera profesional, como mínimo.

Funciona. Se pone recta y asiente.

—Tenemos un trato —dice—. Pero, cuando tu padre se entere, diré que desobedeciste mis órdenes y que no tengo nada que ver con esto.

—Entendido —digo.

Como si a mi padre eso le fuera a importar cuando, en definitiva, ella es la responsable de mí, pero no lo digo en alto.

—Entonces vete —responde—. No querrás llegar tarde.