Capítulo 21
E stá lloviendo cuando Trinity regresa a nuestro cuarto esa misma tarde.
A pesar de las frecuentes tormentas, no llueve mucho en Nuevo Manhattan; tiene algo que ver con la presión del aire y las corrientes que, la verdad, yo no entiendo.
Por suerte, Lacey y Winter ya se han marchado para ir al funeral, así que Trinity dispone de un poco más de tiempo antes de verse obligada a enfrentarse a la gente.
Todavía lleva la clavícula vendada, así que la ayudo a ponerse la chaqueta de cuello alto para cubrirla. Una vez puesto el uniforme, da un paso atrás para mirarse en el espejo.
—Estás genial —le aseguro, pero ella niega con la cabeza.
—Qué vergüenza más grande.
—No digas eso —replico con rapidez—. ¿De verdad es tan horrible que no le arrebataras la vida a alguien?
—Poet. —Se da la vuelta para mirarme con los ojos bien abiertos como si hubiera sugerido algo repugnante—.
¿Qué es lo que te pasa últimamente? Deja de decir cosas así; te meterás en más problemas de los que ya tienes.
Y deja de actuar como si no estuvieras tan de mierda hasta el cuello como yo.
Hiciste la prueba para la casa Aria. Eres igual de traidora que yo en lo que respecta a todos los de Fiama.
—¿A todos? —pregunto cuando su acusación se me clava en el pecho.
—Eso… No… Poet… —Se queda callada y se frota la cara con las manos—. No quería decir eso. Yo no creo que seas una traidora. Lo que creo es que las dos la hemos cagado a lo grande, pero de formas diferentes, y que las dos tenemos ahora una diana dibujada en la espalda.
—Vale —digo—. Me voy al funeral. ¿Vas a venir o tienes previsto esconderte toda la vida? No estoy segura de si quieres que te vean con una traidora.
Es un golpe bajo, pero no me siento muy benévola después de sus crueles palabras.
—No te pongas así —dice Trinity—. Lo siento. Sabes que no quería decir eso.
Suelto un largo suspiro.
—Las dos estamos nerviosas —respondo de una forma que suena bastante ambigua.
Todavía no estoy preparada para perdonarla.
—Voy —dice Trinity, aunque noto su recelo—. Supongo que ya es hora de que acabe con esto. Edward me está esperando.
Al menos ella tiene a Edward. A veces me pregunto qué haría si tuviera que elegir entre los dos, a quién elegiría.
Los novios van y vienen, pero las amigas son para toda la vida, ¿no?
Salvo que están muy enamorados; lo más probable es que se acaben casando, y la verdad que es que no sé cómo será vivir nuestro día a día y asistir a las fiestas de la Sociedad sabiendo que ella ama a su marido y que yo estoy obligada a estar con Knox.
¿Cuánto tiempo podré fingir antes de que mi propia desdicha se interponga entre nosotras?
—Entonces deberíamos ir ya —respondo, cruzando la habitación para rebuscar en mi armario.
Me pongo un abrigo y me lo abrocho antes de salir al pasillo y bajar al patio, donde ya hay una multitud de personas.
Edward nos ve enseguida. Coge la mano de Trinity y la mira con determinación. Él también está a su lado, y ella se derrumba contra su cuerpo cuando se abrazan. Cruzamos las miradas y me hace un gesto rápido con la cabeza a modo de agradecimiento por cuidar de ella.
Nadie se ha fijado en nosotros y, por tácito acuerdo, nos quedamos por detrás de la multitud para que no lo hagan.
Diviso a Knox con sus amigos y me escondo detrás de Edward.
Estoy evitándole todo lo posible, pero él me tiene el móvil frito de llamadas y mensajes para que nos veamos, peticiones que yo ignoro.
En el centro de la plaza hay una plataforma elevada con un estrado y un micrófono, ambos cubiertos por una carpa. Cae una llovizna del cielo mientras las nubes empiezan a adquirir un tono esmeralda.
Varios profesores deambulan por la parte delantera, protegidos de la lluvia.
Un instante después, se abre una puerta en un lateral del edificio y aparecen dos figuras.
La decana Withers y… la general Sol.
Un murmullo débil se extiende entre la multitud cuando se acerca caminando rodeada de seis miembros de su guardia del círculo, escoltas de élite que son su guardia personal y que viajan con ella a todas partes.
Llevan elegantes uniformes blancos de algún tipo de material brillante que los protege contra los ataques, y portan aturdidores alimentados por centella que pueden ajustarse para incapacitar o para matar.
Las dos mujeres suben trotando las escaleras mientras la guardia de la general se reparte por el escenario.
La decana y la general son polos opuestos.
La decana Withers es delicada y menuda, como un pajarillo, con su pelo caoba y un vestido blanco y vaporoso bajo un abrigo blanco de lana con vuelo.
La general Sol es bastante más alta y va vestida de la cabeza a los pies de cuero negro que se ajusta a un cuerpo que, sin lugar a dudas, ha visto innumerables horas de entrenamiento.
Recorre la multitud con su afilada mirada y tengo la sensación de que es muy consciente de cada persona que hay en la plaza, que sabe a la perfección quiénes somos cada uno de nosotros.
La decana Withers se acerca al micrófono mientras la llovizna nos va cubriendo a todos los que no tenemos el lujo de estar bajo una carpa.
—Bienvenidos —dice—. Lamento que nos tengamos que reunir en estas… trágicas circunstancias. La pérdida de un estudiante es algo que siempre me afecta de forma personal, y perder a tres de golpe, de una manera tan violenta, es como una puñalada directa en el corazón.
Para enfatizar sus palabras, se lleva una mano al pecho y cierra los ojos mientras toma aire de forma trémula; tanto que hace ruido por los altavoces.
No puedo evitar pensar que todo esto es un numerito.
Al fin y al cabo ha muerto gente en la iniciación, en este mismo edificio, y nadie ha parecido inmutarse.
Sigue hablando unos minutos, compartiendo datos amables sobre cada uno de los estudiantes fallecidos. Como todos eran de tercero, yo no los conocía demasiado.
Aquel hueco era tan joven…, y me pregunto a quién se lo habrán arrebatado. ¿Hay alguien que lamente su muerte? ¿Le homenajearán también con una bonita ceremonia a la que asistirá un miembro de El Escudo? ¿Y qué pasa con la otra gente que murió en las vías? Estoy convencida de saber la respuesta.
Cuando la decana termina, llueve con más fuerza, golpeándonos con suavidad mientras ella sigue seca bajo la carpa, junto a la general.
Me estremezco cuando una brisa heladora se filtra por mi chaqueta.
La decana Withers hace un gesto a la general Sol, que se pone de pie con las manos enlazadas en la espalda y la postura recta.
Su larga melena se mueve al viento, pero lo justo para que parezca impresionante y no desaliñada. Se acerca al micrófono y eso vuelve a captar la atención de la gente. Cuando se aclara la garganta y comienza a hablar, me parece que todos nos inclinamos un poco hacia delante.
Es magnética, y somos incapaces de resistirnos a su atracción.
—Gracias por haber hecho el esfuerzo de venir esta mañana.
La decana Withers me ha invitado a dirigirme a vosotros en nombre de El Escudo.
Los cancilleres Marks y Orsen quieren que os haga llegar sus sinceras disculpas por no haber podido asistir también —dice.
Su voz es potente. Segura. Ni una sombra de duda en su tono—.
Sé que estáis sufriendo después de esta tragedia.
Es algo que también me afecta de forma personal.
Os conozco a todos, incluso aunque no me creáis.
Conozco a vuestros padres y os considero, a cada uno de vosotros, como hijos míos.
Veo que mucha gente intercambia miradas. Al contrario que las de la decana Withers, las palabras de la general Sol parecen sinceras. Reales. Como si hablara desde el corazón.
—Es y siempre ha sido deber de El Escudo proteger a los ciudadanos de Nuevo Manhattan de todo tipo de amenazas, tanto las externas como las internas.
Hace una pausa dramática y está claro lo que quiere decir.
Todos éramos unos niños en el peor momento de las revueltas, antes de que mi padre asumiera el cargo de sucesor, pero nos acordamos bastante bien de algunas cosas.
Este incidente es un recordatorio, para que nunca nos olvidemos de lo que podría volver a ocurrir.
—Gracias a nuestras cuatro casas mantenemos el orden en nuestro mundo —sigue diciendo—. Las casas Fiama, Aria, Asale y Tera son los pilares que sostienen nuestra seguridad. Sin su esfuerzo constante, no seríamos mejores que los animales, rebuscando comida y peleándonos por las sobras.
Varias personas en la plaza asienten.
—Ahora es más importante que nunca que defendamos los valores de la Sociedad, establecidos por los fundadores de El Escudo hace tantos años.
Muchos de vosotros saldréis de Amery para convertiros en los líderes que nos ayudarán en esta tarea.
Esas mismas personas que se sentarán en lo alto de esas torres para garantizar el éxito continuo de nuestra pequeña nación.
Levanta los brazos para abarcar nuestros alrededores y la ciudad que se extiende en todas las direcciones.
—Sois el futuro de Nuevo Manhattan y necesito que estéis a salvo. Que recordéis de dónde venís y que, al margen de a qué casa representéis, en el fondo, todos somos familia.
La general Sol sonríe al escuchar algunos murmullos discretos, seguro que leyendo nuestra reacción a sus palabras.
—A medida que vayáis forjando vuestro camino en el mundo entenderéis que, aunque vuestra casa es importante, el bien mayor también lo es.
Cuando os graduéis, sea cual sea vuestra elección, trabajaréis para la mejora de Nuevo Manhattan como un todo.
Espero poder conoceros a muchos de vosotros en los próximos años.
Os ruego que os mantengáis a salvo. Que tengáis cuidado.
Y, sobre todo, que nunca olvidéis que en la ciudad estáis a salvo de las enfermedades que asolaron el mundo antiguo.
Tenéis comida. Tenéis ropa y cobijo, y, por encima de todo, tenéis a El Escudo para protegeros.
Se lleva una mano al pecho y recita:
—«Proteger. Preservar. Prosperar».
Todo el mundo repite esas palabras antes de irrumpir en aplausos que acaban convirtiéndose en vítores y gritos.
La decana vuelve al micrófono y dice algo más, mientras yo observo el patio.
Rook está apoyado contra una columna al fondo, con las manos en los bolsillos delanteros y un tobillo cruzado sobre el otro.
No lo he visto desde que me rescató del tren aquella noche.
Todavía le debo un agradecimiento, pero parece como si se hubiera olvidado del incidente. Y de mí.
Es entonces cuando me percato de cuánta gente está lanzando miraditas por encima del hombro, mirando con disimulo por la plaza.
Por una vez, no se dirigen a Rook, sino a mí, a Trinity y a Edward.
Parece que por fin se han dado cuenta de que estamos aquí.
Trinity también se percata, porque frunce el ceño, preocupada, y da un paso atrás.
—Deberíamos irnos —dice Edward, cogiendo a Trinity de la mano.
La decana sigue hablando cuando él tira de Trinity para llevársela, pero entonces la decana Withers hace un gesto con la mano y se dirige al final del gentío, haciendo que ambos se queden parados.
—Disculpad —dice, dando unos golpecitos en el micrófono—. Todavía no os he pedido que os retiréis.
Es entonces cuando todo el mundo en el patio se da la vuelta y nos ve. La decana Withers se lleva una mano sobre la ceja para afinar la vista y solo pasa un segundo antes de que se escuche un leve «ah» por los altavoces.
Ante el gesto de perplejidad de la general, la decana tapa el micrófono y se inclina para susurrarle algo al oído. Las dos mujeres deliberan durante varios segundos antes de que la general vuelva a fijarse en la multitud y recorra con la mirada a los asistentes antes de encontrarme.
Luego vuelve a hablar por el micrófono.
—Poet Graves —dice, mientras me pongo roja y se me revuelven las tripas, con todos los ojos del patio puestos en mí—. Me gustaría hablar contigo en privado.