Capítulo 20
L a siguiente semana en Amery está marcada por el duelo.
A todo el mundo le ha afectado el incidente del túnel y la mayoría ni siquiera estuvo allí para presenciar lo peor.
Murieron tres chavales de Amery, incluido Todd.
Han cerrado toda la red de metro durante cuarenta y ocho horas para investigar el asunto, pero no sé lo que podrán descubrir.
Por la noche no puedo dormir, no dejo de oír el sonido del vagón chirriando al entrar en la estación.
Y luego escucho los gritos. Esos gritos.
Se reproducen en bucle, su eco rebotando en las cavidades de mis pensamientos más oscuros.
Veo a Todd y a ese pobre hueco en mi cabeza, cayéndose a las vías.
Las familias de los estudiantes fallecidos llegaron a la facultad hace unos días. Pasaba por el salón principal cuando la decana Withers los recibió. Se quedaron todos juntos de pie, con la cabeza gacha, mientras ella les ofrecía sus condolencias.
Se llevaron los cuerpos para incinerarlos y yo no tuve el valor de quedarme a mirar. Encontré un rincón tranquilo en la biblioteca donde nadie podía verme y me senté acurrucada en una de las mullidas sillas de cuero hasta que dejé de temblar.
Ahora, en medio de la noche, sigo despierta, mirando al techo.
Se está formando otra tormenta en la distancia y por eso, además de por mis pesadillas, no he podido dormir mucho en los últimos días.
A pesar de haber sido testigo de aquella tragedia, menos mal que pude escaparme de la ciudad esa noche para absorber la descarga de la tormenta.
De lo contrario, ahora mismo estaría de los nervios.
Renunciando a otra noche de sueño, aparto las mantas y me pongo ropa cómoda, encogiéndome por el dolor que siento en los brazos y las piernas. He estado evitando a todo el mundo, salvo a Trinity. Es la única con la que he podido hablar de esto. Me he saltado la parte de Rook, temiendo que flipara.
Trinity se lleva quejando estos últimos días de que tiene mareos y náuseas. Sin embargo, la conozco lo suficiente como para detectar cuándo miente, y sé que está fingiendo para esconderse en la cama del hospital y eludir su inevitable enfrentamiento con la casa Fiama.
En un afortunado aunque nefasto giro de los acontecimientos, ha ganado algo de tiempo mientras los funcionarios de la facultad se ocupan de las consecuencias del incidente del túnel. No obstante, la doctora Perez me ha dicho que hoy le dan el alta y que ya no podrá eludirlo más.
Recorro los pasillos en silencio. Hace unos días, la doctora Perez nos dio a Edward y a mí el código de la entrada, ya que sabe que nos gusta visitarla a todas horas.
Entro en la habitación apenas iluminada. Aquí se está tranquilo. En silencio. Es normal que Trinity no se quiera marchar.
Me acerco sigilosa hasta donde duerme, con el pecho subiendo y bajando plácidamente. Tomo asiento junto a la cama, me acodo en el reposabrazos y apoyo la cabeza en la mano.
La observo y me resulta calmante el ritmo de su respiración constante. Dentro de una larga lista de preocupaciones, en lo que no puedo dejar de pensar de verdad es en Rook. Y no porque casi me puse en ridículo cuando me tocó la cara.
¿Por qué iba en el mismo vagón que yo? ¿Cómo me encontró tan rápido y cómo es que no lo vi? Estaba concentrada en los chavales de la casa Aria que montaban jaleo, así que tal vez él también llevaba capucha y no lo vi.
Pero no puedo evitar recordar la sombra que había junto a las rocas después de que absorbiera la centella.
¿Me había seguido? Y, de ser así, ¿qué vio? ¿Y por qué?
—¿Poe? —Una voz suave me saca de mis pensamientos. Trinity me mira mientras parpadea con pesadez—. ¿Estás bien?
—Sí —respondo, poniéndome recta—. No podía dormir y he pensado en venir a ver qué tal estabas.
—¿Sigues teniendo pesadillas? —pregunta, y yo asiento.
—Alguna que otra. —Nos quedamos calladas un momento antes de que estire el brazo y le coja la mano—. Hoy tienes que irte de aquí.
Aprieta los labios.
—Lo sé. Tengo miedo. ¿Están… hablando de mí?
—En realidad, no —digo, y me parece ver un destello de fastidio en sus ojos, pero eso no tiene sentido—.
La verdad, todo el mundo está pensando en lo del incidente del tren.
Creo que es el momento perfecto para que vuelvas.
Asistiremos al funeral de esta tarde, y puedes ir con la cabeza bien alta.
¿A quién le importa lo que piense la gente?
—A mí —refunfuña irritada, y yo suelto una carcajada.
Claro que le importa. A todos nos importa. Nos han educado para que nos preocupe lo que piensa la Sociedad de nosotros, tal cual. Lo tenemos bien grabado en la cabeza desde antes incluso de aprender a hablar.
—Bueno, tal vez sea el momento de que nos importe un poco menos —respondo en voz baja, y ella me mira con un gesto de sorpresa.
—¿Qué estás diciendo? —pregunta.
Me encojo de hombros y recojo la rodilla bajo la barbilla.
—No lo sé. Estoy cansada. Han sido unas semanas muy largas.
—Y que lo digas —dice antes de sentarse—. ¿Te acuerdas de cuando éramos pequeñas y nos escondíamos bajo las mantas cuando había tormenta? —Su voz adquiere un tono casi onírico—. Las tormentas nos ponían muy nerviosas.
Así era, pero no explico por qué, aunque no tengo ninguna duda de que ella siempre ha sospechado algo.
—Y tu niñera nos traía chocolate caliente y galletas, y nos cantaba, y, no sé, eso me hacía sentir mejor.
Esbozo una leve sonrisa.
—Claro que me acuerdo.
—Aquella época era mucho más… sencilla.
Supongo que es fácil pensar en aquellos tiempos de esa forma.
Entonces guardaba un secreto que podría hacer que me mataran y un padre que casi lo consigue por su mal genio.
No tengo claro si «sencilla» es la palabra adecuada, pero ahora mismo está atravesando un momento emotivo, así que no la corrijo.
—Y a veces Raine trataba de asustarnos escondiéndose debajo de la cama —añado, y ella se ríe.
—Qué idiota —suelta antes de abrir los ojos avergonzada—. Lo siento. No quería…
—No pasa nada. —Hago un gesto con la mano para quitarle importancia.
Hubo una época en la que apenas podía escuchar su nombre en alto, y desde luego que no quería que me recordaran sus defectos, pero el tiempo ha mitigado el dolor, transformándolo de intenso y profundo en algo llevadero y tolerable. Lo considero todo un avance.
—Era un idiota cuando hacía eso. Entre muchas otras cosas.
Relaja los hombros mientras se ríe en bajito antes de que las dos nos volvamos a quedar en silencio.
Trinity parpadea y veo cómo se seca una lágrima en el rabillo del ojo.
—¿Qué voy a hacer, Poet? No sé si soy lo bastante fuerte como para superar las dos próximas pruebas. ¿Y si aquí acaba todo para mí?
No sé muy bien qué responder.
—Estaré contigo pase lo que pase —digo—. Y no me importa si no formas parte de la Sociedad. Tú y yo somos amigas para toda la vida.
Contemplo cómo se le llenan los ojos de lágrimas y me tiende la mano.
Entrelazamos los dedos y ella aprieta con fuerza.
Me quedo mirándonos las manos, recordando los días en los que correteábamos por el parque o por los pasillos del colegio, con la seguridad de estar a salvo.
—No creo que sea así de sencillo —dice.
Levanto la mirada.
—Lo resolveremos —respondo—. No pueden separarnos.