Capítulo 19
A lguien me ha visto. Hay alguien aquí conmigo. ¿Ya se ha ido corriendo a informar a los extinguidores de lo que ha visto?
—¡Ey! —grito—. ¿Quién anda ahí?
Como si fuera a delatarse.
La euforia previa se apaga bajo un gélido baño de realidad. Esto ha sido impulsivo y una insensatez. Ya me he salido con la mía antes, pero tal vez me he vuelto demasiado confiada.
Observo la entrada del túnel, perdida en la distancia entre las densas sombras. Tal vez me lo haya imaginado y mi mente me haya jugado una mala pasada. ¿Quién iba a estar ahí? Y, si tuviera previsto acusarme de algo, lo más seguro es que ya lo habría hecho.
Miro la hora y me doy cuenta de que tengo que ir moviéndome si quiero volver a Amery antes del toque de queda.
Resoplo y me pellizco el pelo y la ropa, apagando los restos de centella como si le estuviera dando a un interruptor.
Me gustaría poder disfrutar durante horas de la sensación que me provoca la energía recorriéndome la piel, pero no tengo tiempo.
Salto desde la roca, cruzo hacia el otro extremo del muro y entro en las ruinas, sin dejar de mirar todo el rato a mi alrededor.
Aun así, no puedo evitar sentir una presencia deslizándose sobre mi nuca.
Me muevo deprisa, guiada por las luces de la tormenta, intentando deshacerme de la sensación persistente de mi mente replegándose.
Cuando llego a la estación de metro, respiro hondo, tratando de calmar mi corazón desbocado.
Subo al vagón que ya está en el andén, justo cuando se pone en marcha, y se adentra despacio en el corazón de la ciudad, soltando una maldición entre dientes cuando se para en la estación más cercana a Sogno. Debería haberlo imaginado.
Unos doce chavales de la casa Aria están montando una escenita en el andén, y el resto de los pasajeros ha formado un círculo a su alrededor. Rezo para que elijan otro vagón, pero las puertas se abren y entran en tropel, hablando a todo volumen.
El grupo se ríe a carcajadas y suelta risitas nerviosas mientras se empujan entre ellos, sin importarles lo más mínimo la gente a su alrededor. Me arrimo más a mi rincón y me pongo la capucha, manteniendo la mirada gacha.
Al otro lado del andén hay un mercadillo nocturno, abarrotado de gente que rebusca entre montones de ropa.
Veo a la patrulla repartiendo raciones de barritas secas a los huecos.
Las barritas envasadas son un concentrado de nutrientes, y están pensadas para servir como sustituto saciante cuando la comida fresca escasea.
Contemplo las caras por la ventana y me fijo en una mujer sentada contra la pared, vestida con ropa gris y negra, con las rodillas recogidas y la cabeza echada hacia atrás.
Hay algo familiar en ella que no sé muy bien lo que es.
Entrecierro los ojos mientras la estudio con más atención, tratando de decidir si es real o solo un producto de la confusión que sufro tras la tormenta. Pero no tengo la oportunidad de observarla más, ya que el tren se empieza a mover y acelera, llevándonos a toda velocidad a Amery.
Tras unos minutos, los gritos y el tono de voz elevado indican que se ha desatado una pelea en medio del vagón. Me pongo de puntillas para ver lo que está pasando. El tren llega a otra parada y una multitud se desborda sobre el andén, chocando con el grupo que ya estaba esperando para entrar.
En medio de todo el jaleo hay un chaval de Aria peleándose con un hueco. Veo a Todd Henly y a un hueco de nuestra edad, más o menos. Este es fibroso y delgado, mientras que Todd es de constitución atlética y firme.
Los estudiantes de Aria han formado una barrera a su alrededor y corean y gritan animando a Todd.
Todd y el hueco se pelean, forcejean, agarrándose de la cintura. El tren no se mueve por el atasco de cuerpos que bloquean la puerta.
No puedo apartar la mirada mientras los chicos se revuelven y luchan, con las caras rojas por el esfuerzo.
Todd levanta al hueco y lo tira de espaldas al suelo mientras lo vitorean, y después, con los brazos levantados, da una vuelta triunfal.
Más y más gente se va amontonando entre el público cuando ve lo que está pasando.
El chico fibroso sigue en el suelo, jadeando y tratando de respirar, mientras Todd celebra su victoria y se burla de nuevo de él.
Pero el hueco no tiene miedo. Lo veo en cómo aprieta la mandíbula con determinación.
Se da la vuelta para apoyarse sobre las manos y las rodillas, se pone de pie con esfuerzo y luego corre para abalanzarse contra un sorprendido Todd, al que tira hacia atrás.
Caen juntos al suelo, pegándose puñetazos mientras se estrellan contra la puerta que hay al otro lado del vagón.
De pronto, la puerta donde Todd y el hueco siguen peleándose se abre de golpe.
Alguien ha debido activar el dispositivo de emergencia.
Todd y el hueco se caen por el borde y acaban en las vías.
La multitud se concentra, algunos siguiendo la pelea en las vías, mientras que otros aprietan en la dirección contraria, tratando de llegar al andén.
Me empujan por todos lados y me aplastan contra mi rincón. Tengo que moverme.
Es entonces cuando una mano me rodea la muñeca. Trato de liberarme, pero me sujeta con firmeza y me arrastra hacia un cuerpo cálido y fuerte.
—Tienes que salir de aquí —me dice alguien al oído.
Reconozco la voz al momento.
Rook.
¿De dónde ha salido?
Estoy demasiado sorprendida como para responder cuando va abriéndose paso entre la multitud, arrastrándome tras él. Él es mucho más grande y más alto, y va apartando a la gente de un modo que yo sola no podría.
Ahora la multitud está histérica. Nos empujan de un lado a otro y alguien grita de puro terror cuando más gente cae a las vías.
No sé cómo, conseguimos salir del vagón y llegar al andén, aunque no sin antes recibir varios codazos en las costillas, algunos golpes en la cabeza y un pisotón en el dedo meñique del pie.
Aun así, no es gran cosa. Rook me arrastra por las escaleras y hasta los primeros escalones.
Desde ahí puedo ver las vías y a la gente tratando de volver a subir al tren, pero no hay sitio.
Una mujer trepa por el borde, y la tiran de nuevo sin que nadie se percate de ello.
Grita cuando se da contra las vías y lo vuelve a intentar, así como decenas de personas que trepan por encima de otras como hormiguitas asustadas.
—¡Tenemos que ayudarlos! —grito.
Rook asiente pero no desacelera, mientras seguimos abriéndonos paso a empujones por las escaleras abarrotadas.
—No podemos hacer nada desde aquí —argumenta—. Debemos avisar a la patrulla.
Veo que Todd echa el brazo hacia atrás y le da un puñetazo al hueco en la mandíbula. El chico sale volando y aterriza de espaldas, rompiéndose el cuello y golpeando con la cabeza en un lateral de la parte elevada de la vía. Me detengo en seco con un grito ahogado, llevándome la mano a la cara.
—¡Vamos! —dice Rook.
Me agarra del brazo y seguimos subiendo las escaleras.
El suelo comienza a temblar, indicando que llega un tren en la otra dirección.
—¡Cielos! —susurro.
Todos los que se encuentran en las vías están a punto de ser atropellados.
Pero Rook tiene razón. Tenemos que buscar ayuda. Él no me suelta el brazo mientras seguimos subiendo. No puedo mirar cuando el agudo silbato del tren resuena a modo de advertencia antes de entrar a toda velocidad en la estación.
Cierro los ojos con fuerza y aparto la mirada mientras subimos, paso a paso, con agonía.
Los gritos.
Rasgan el aire con el sonido de fondo de los frenos chirriando, los cuerpos aplastados y los chillidos histéricos de la multitud.
Rook tira de mí otra vez y me concentro en seguir subiendo y subiendo.
Cuando por fin llegamos a la parte superior de las escaleras, irrumpimos en la calle abarrotada de gente.
Los gritos llegan hasta aquí, sumiéndonos en el horror.
Pero ahora se los oye más débiles y a lo lejos, y parece que yo no soy capaz de hacer que el aire alcance mis pulmones.
Veo que ya están llegando varias patrullas y observo a Rook mientras les informa deprisa de lo que acaba de ocurrir. Cuando desaparecen en la estación, Rook continúa tirando de mí para apartarme del caos, y yo lo sigo a trompicones hasta que por fin llegamos a una plaza tranquila.
Me ayuda a sentarme en un banco y yo me doblo, colocando la cabeza entre las rodillas mientras las náuseas me revuelven las tripas, amenazando con hacerme vomitar.
Pierdo la batalla contra mi estómago.
Veo un cubo de basura, me levanto de un salto y lo echo todo.
Una mano me recoge el pelo con delicadeza mientras yo me agarro a los bordes del contenedor.
El collar pende por fuera de la camiseta, con la máscara colgando y las amatistas brillando a la luz mientras yo visualizo a la gente atrapada en las vías.
Los mocos se mezclan con las lágrimas hasta que lo único que escupo ya es bilis y siento que no me aguantan las rodillas.
Oiré esos gritos durante el resto de mi vida.
Por fin paro de vomitar, con la respiración entrecortada, y Rook me suelta la melena y deja que me caiga por el hombro.
Da un paso atrás y se mete las manos en los bolsillos.
Me limpio las comisuras de la boca, me pongo recta y me hago una trenza rápida para apartarme el pelo de la cara.
Luego vuelvo a meterme el collar por dentro de la camiseta.
Sigo aferrada al borde del cubo durante un par de segundos más, mientras el aullido de las sirenas envuelve el ambiente y otra oleada de náuseas me hace sentir mareada. Una ambulancia pasa a toda velocidad y las luces rojas se reflejan sobre la piedra oscura de la plaza.
Sorbo por la nariz y me la limpio con la manga.
—Gracias —susurro a Rook.