Capítulo 18
O tro latigazo de energía me crepita por la piel mientras salgo a toda prisa de la biblioteca.
La tormenta se avecina deprisa, y necesito un lugar donde poder tocarla.
Oigo por detrás que Rook me llama, pero no quiero que se percate de nada sospechoso.
Me delataría a los extinguidores en un abrir y cerrar de ojos.
Voy recorriendo los pasillos, tratando de mantener un ritmo no muy rápido, por si las moscas.
En cuanto diviso un remolino de nubes por la ventana, tomo la decisión.
Escondo el bolso detrás de una estatua, con la idea de recuperarlo más tarde. Luego me abrocho el abrigo, troto hasta la puerta que hay cerca de la entrada… y salgo al exterior.
Con el cuello levantado y la cabeza gacha, camino contra el viento.
Las calles están vacías, salvo por un par de almas valientes, o más bien ingenuas.
Los canales están cerrados por los fuertes vientos, pero en cualquier caso es mejor ir por los túneles.
El metro es más rápido y aquí fuera estoy muy a la vista. Demasiado expuesta.
Respiro hondo y viro a la derecha, hacia la entrada de metro más cercana. Incluso aquí abajo hay cientos de cámaras de seguridad por todas partes, así que me pongo la capucha y me interno en las sombras.
La ciudad mantiene una vasta red de bombas de tamaño industrial para evitar que el agua que nos rodea entre en los túneles. No hay espacio suficiente en la superficie para que vivan los huecos, por lo que así se garantiza que tengan un lugar donde ir.
Al precipitarme escaleras abajo me adentro entre la marabunta, y de inmediato me siento confinada. Un vistazo a la derecha me muestra una pared llena de puestos donde venden artículos de los cazatesoros, así como aguardiente y otras provisiones.
Las brillantes luces protegidas por una reja arrojan sombras afiladas sobre todo lo demás, y las pantallas parpadeantes, instaladas en las esquinas, emiten mensajes de El Escudo en bucle, recordando a todo el mundo sus deberes y obligaciones para con la ciudad.
Miro el móvil para confirmar que todavía tengo varias horas antes del toque de queda, tiempo más que suficiente para volver a la academia.
Empujo el torniquete y luego espero en el andén, donde hay una mezcla de subs y huecos.
También diviso a algún miembro de la Sociedad, incluidos algunos chavales de Amery, quienes, supongo, deben ir hacia Sogno.
Agacho la cabeza y me alejo, esperando que nadie me vea.
No pasa mucho tiempo hasta que oigo los truenos en la distancia. El efecto de la tormenta es menor bajo tierra, pero siento el hormigueo en la piel, que me obliga a frotarme la nuca y las manos. Noto un latigazo de calor en la nuca y me doy la vuelta. Casi parece como si me estuvieran observando.
Aparto la sensación de mi cabeza cuando el metro llega a toda velocidad hacia el andén y se detiene con un silbido.
Me uno al gentío y encuentro un rincón en el que ponerme. Entonces cruzo los brazos y trato de no llamar la atención a pesar del picor que siento en los dedos.
Sin embargo, no logro librarme de la sensación de que alguien me vigila.
La achaco a la ansiedad y a la energía que se va acumulando, que siempre me pone un poco nerviosa cuando paso demasiado tiempo sin absorber una descarga de centella.
Recorremos la ciudad subterránea de los huecos, pasando por mercados y plazas donde viven cientos de personas. Veo un trueque con un cazatesoros, en un lugar con mesas repletas de ropa y varios artículos de cocina y decoración.
El vagón se va vaciando a medida que nos acercamos al final de la línea, que termina en el distrito industrial, controlado por la casa Asale.
Resulta ser la estación más concurrida de todas, lo que sugiere que debe haber acabado un turno ahora mismo.
Salgo entre el barullo de cuerpos, agradecida por su abrigo.
Cuando por fin me libero, voy deprisa hacia las escaleras, corriendo para ganarle la partida a la tormenta. Si aún no ha comenzado, será cuestión de minutos, y no quiero perdérmela.
Los destellos de luz ultravioleta atraviesan el cielo y me retumban por los huesos mientras me apresuro por el andén y hasta las escaleras que hay al final. Camino deprisa, con los brazos cruzados y la cabeza gacha, pasando por almacenes y fábricas.
Dos enormes torres de tormenta se alzan en la distancia.
Si entorno los ojos, supongo que podré ver a los quiebratormentas repartidos en varias plataformas.
Lo que sí distingo son las brillantes varitas atrapacentella de color púrpura que cada uno sostiene en la mano.
Miden sesenta centímetros de largo y unos dos centímetros de diámetro.
Están hechas de cristal irrompible, con un núcleo de pura energía galvánica que atrae las descargas de centella.
El mango especial de goma de un extremo sirve para mitigar los efectos de la corriente eléctrica, y contribuye a evitar que los quiebratormentas se carbonicen.
Me dirijo a un agujero que hay en la valla metálica, donde el terreno hace imposible colocar una torre, antes de deslizarme por él.
Descubrí este lugar sin querer hace unos años cuando a Knox y a sus amigos se les antojó explorar las Cloacas. Esos kilómetros de llanuras siempre han ejercido una especie de leve fascinación en todos nosotros.
También creo que Knox quería hacerse el gallito.
Así que Knox, Sal y Jackson me arrastraron con ellos y otros amigos aduciendo que estábamos más protegidos si íbamos en grupo.
No tardamos mucho en encontrar el apenas visible agujero en la valla, casi como si alguien hubiera pasado por allí antes que nosotros. Fue como descubrir una aguja en un pajar, algo que me ha resultado útil en más de una ocasión.
Esa noche no llegamos a las Cloacas.
La parte en ruinas del Viejo Manhattan situada más allá estaba tan a oscuras que algunos se asustaron, y no dejaban de llorar. Así, abortamos la misión y volvimos a casa.
Pero no me olvidé de ello, y volví un par de semanas después, sola, para descubrir lo que acabó por convertirse en un refugio.
Otro destello me sigue cuando paso por un edificio bombardeado, que se desmorona por falta de mantenimiento.
Noto en la nuca la misma sensación de recelo de antes y me detengo, para mirar por encima del hombro y no descubrir nada más que sombras.
Me agacho, saco el cuchillo que llevo en la bota y lo mantengo en la mano, solo por si acaso.
Me negué a matar a aquel hombre solo porque me lo exigiera la iniciación, pero, si se trata de defenderme a mí misma, no voy a vacilar.
Permanezco alerta por si oigo cualquier ruido extraño y me abro camino entre rocas y escombros, un montón de ladrillos donde en otra época se alzaban los edificios.
Mi destino es un muro de enormes rocas planas que se alza imponente a unos treinta metros.
Por lo que he leído sobre las Cloacas, sé que esto se abandonó durante las inundaciones que exterminaron a la población de la Era del Calentamiento.
Respiro hondo, aprieto el paso y me adentro en sus largas sombras.
Permanezco pegada a las rocas, abriéndome camino hasta un túnel que sé que da al otro lado.
Cuando lo diviso, suelto el aire que estaba conteniendo en el pecho y voy directa al sendero. Estoy segura de que es artificial. Es demasiado recto para ser natural. A veces pienso en quién lo hizo, y me pregunto si estaría en una situación parecida a la mía.
Salgo al otro lado del muro y allí me parece que soy la única persona en el mundo. La ciudad se alza tras de mí, protegida por las rocas que hay a mi espalda.
El muro se curva un poco hacia mi derecha e izquierda, formando un arco sutil, casi como un abrazo. En el centro hay una sola roca enorme, como de medio metro, y me subo a ella, clavando la mirada en la oscuridad.
Las nubes lo cubren todo, incluida la luna, por lo que es difícil estudiar a fondo los detalles de lo que me rodea.
A lo lejos, veo chispazos de luz que iluminan el mundo con breves destellos.
Por algún motivo me acuerdo de Rook y, por primera vez, me paro a contemplar el inmenso terreno que se extiende hasta el horizonte.
¿Vivía muy lejos de aquí? ¿Recorrió solo todos estos kilómetros?
¿Pasó miedo? ¿Echa de menos su casa? Todo lo que he aprendido sobre los solitarios sugiere que, fuera cual fuese el lugar del que se marchó, era una vida miserable, si es que se la podía llamar así, pero tal vez haya gente a la que ama y se ha visto obligado a dejarlos atrás.
Un breve estruendo sobre mi cabeza me dice que la tormenta ya está cerca, y levanto la cara al cielo, observando. Estoy ahí de pie mientras me tiembla todo, con los brazos extendidos y las piernas separadas, preparándome para enfrentarme al viento.
Otro estruendo me provoca un escalofrío en el cuerpo e invoco a la centella, anhelando que me encuentre. Siempre lo hace cuando le doy la oportunidad. Como si me conociera y me buscara. Parece estúpido decirlo en voz alta, pero no puedo evitar sentir que entiende quién soy.
Otro destello brillante atraviesa el horizonte; una explosión que ilumina el cielo. La centella se fusiona y me golpea en el pecho. Al instante, surge un arco de plasma que me encierra dentro de sus delgadas y transparentes paredes, mientras los rayos de energía chisporrotean sobre mi piel.
Dolor.
Me atraviesa, se abre paso a dentelladas por mis pulmones, corazón y cerebro, obligándome a arrodillarme, y me estremezco por la arremetida.
Por esa necesidad abrumadora y que me consume por completo.
Tiemblo en una especie de estupor, mientras recorre mis extremidades y se extiende hasta las puntas de los dedos de las manos y de los pies.
Caigo de golpe sobre la roca con las manos y las rodillas, clavo los dedos en la piedra y me aferro a los pedazos que quedan de mí. Se me eriza el vello de los brazos mientras me desgarro por dentro, contrayendo y expandiendo los pulmones, que se me llenan de plomo.
Pasan los segundos. Los minutos. Una vida entera, tal vez.
Me pierdo en ese instante, cayendo en picado por el tiempo y el espacio.
Por el rabillo del ojo veo pequeños destellos mientras la centella me va cubriendo los brazos y las piernas, y danza por mi columna. La electricidad estática chisporrotea en el aire y crepita en mis oídos.
Noto cómo se me levanta el pelo, arremolinándose a mi alrededor como si fuera mi propio torbellino.
Quiero gritar. Quiero llorar. Pero también quiero cantar.
Cuando termina, el arco de plasma se desvanece de golpe.
Miro al suelo, jadeando mientras el dolor se va transformando en euforia, como si me hubiera sumergido en una bañera de agua caliente después de haber pasado mucho frío.
Despacio, abro los ojos y me siento sobre los talones para estudiarme las manos, dándoles la vuelta una y otra vez para contemplar cómo baila la centella morada sobre mi piel.
Aquí, en la oscuridad, soy como un faro que refleja el poder de mi mundo.
Mi mente se repliega sobre sí misma y, durante un instante, todo se reduce a polvo.
Sacudo la cabeza, esperando a que los espacios vacíos de mi cerebro se rellenen.
Sé que está mal. Lo noto en la forma en la que mis pensamientos se repliegan y retuercen, lo que sugiere una mente a punto de perder el control.
El aire a mi alrededor palpita como un corazón y yo me dejo llevar por su eco, que se ha convertido en mi propia melodía privada.
Siempre es más fuerte cuando estoy aquí fuera, lejos del ruido y del ajetreo de la ciudad.
Giro el cuello y muevo la cabeza hacia delante y atrás, sacudiendo los brazos y las manos.
Despacio, echo un vistazo a mi alrededor, respirando hondo mientras el viento me revuelve el pelo y la ropa. Es casi como si pudiera batir los brazos y levantar el vuelo hacia el cielo.
Y entonces… un movimiento en la base de las rocas capta mi atención.
Una sombra difuminándose entre sombras más oscuras.
Parpadeo un par de veces y desaparece.
El aire en mi pecho se retuerce, me araña.
Estoy casi convencida de que ahí había alguien.