Capítulo 15
D e camino al ala médica me pita el móvil.
Silver poet, dónde cojones estás???
Silver dónde está trin???
Poet estoy aquí. voy a verla ahora.
Hazel está bien??? nos hemos enterado de lo que ha pasado
Silver la gente dice que se desmayó en el pasillo
Silver está bien???
Poet Creo que sí. la están cuidando bien.
Hazel podemos ir?
Poet luego os digo
Silver nos mantienes informadas?
Poet por supuesto
Silver también he oído que el solitario os echó una mano
Poet sí, rook la llevó al ala médica cuando se desmayó
Silver guapísimo y cortés. qué os había dicho
Hazel cállate ya, o le contaré a Trin que estás babeando por un solitario mientras ella está en el hospital
Silver lo entendería
Suelto una carcajada y doblo la esquina hacia el centro médico para encontrarme con una imagen sorprendente.
Rook está parado ante la puerta. Al principio, sigue con la mirada al frente, un pie apoyado en la pared y los brazos cruzados, permitiéndome recrearme con la curva de sus hombros. Y de sus bíceps.
El pelo le cubre un poco los ojos; lo tiene un poco revuelto, como si acabara de salir de la cama. Me pregunto qué se pone para dormir y luego, deprisa, aparto ese pensamiento inapropiado.
Voy reduciendo el ritmo mientras me acerco.
Vuelve la cabeza con una mirada dura que hace que se me encoja el estómago y se me acumule el calor en torno al ombligo. Muy inapropiado también.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto con un tono demasiado agudo, demasiado incisivo, tratando de ocultar lo nerviosa que me pone.
Parece otra acusación. Joder, ¿por qué no puedo hablar como una persona normal?
—No me dejan pasar —responde—. Quería ver qué tal estaba.
Lanza una mirada fulminante a la puerta como si pudiera agujerearla.
—¿Quiénes? —pregunto.
—Ellos. —Levanta la barbilla y comprendo lo que ha ocurrido.
Rook es un solitario y, aunque en teoría puede estar por aquí, no es bienvenido.
—Lo siento —susurro por puro instinto, ganándome otra mirada penetrante.
Luego llamo a la puerta y espero. Se abre un segundo después y aparece la doctora Perez y otro doctor que no conozco.
—He venido a ver a Trinity —digo.
Asiente, y me deja pasar.
Me vuelvo hacia Rook.
—Vamos.
La doctora Perez le bloquea el paso antes de dirigirse a mí.
—No debería estar aquí —dice—. Anoche era una emergencia, pero no lo quiero en mi sala de urgencias. —Un destello de temor en sus ojos, removido por un antiguo y profundo dolor.
Los solitarios le arrebataron a alguien. Hay tanta gente en esta ciudad que ha sido víctima de su implacable violencia… Lo entiendo.
—Ayudó a mi amiga —digo, con delicadeza—. Es estudiante de esta academia, como cualquiera de nosotros. ¿Y si le pasa algo a él? Estaría obligada a ayudarlo. No está bien dejarlo fuera.
No me puedo creer que lo esté defendiendo, pero es que no me parece bien que le nieguen el acceso.
La doctora Perez vacila. Sé que todavía quiere negarse, pero, tras un instante, se hace a un lado.
Rook entra con tranquilidad y la mira desde su imponente altura.
Le saca más de una cabeza a la figura menuda de la doctora.
Se detiene para lanzarle una mirada asesina, y advierto que la doctora traga saliva con dificultad.
Resisto el impulso de suspirar y poner los ojos en blanco.
También lo entiendo a él. Tiene todo el derecho a enfadarse por cómo lo tratan, pero tampoco se está haciendo ningún favor.
—Para ya —le digo, y su mirada oscura recae en mí, provocándome otra sensación contradictoria en las entrañas.
No sé lo que hacer con las manos, así que las aprieto, intentando no mostrar lo mucho que me afecta.
Sonríe con satisfacción, porque es evidente que no soy buena actriz, y entonces cruzamos la sala hasta la cama de Trinity.
—Poet —dice en bajito cuando me ve.
—¡Trin! —Suelto un grito ahogado y me apresuro a agacharme para abrazarla con delicadeza.
Está llena de vendas y vestida con el camisón azul del hospital. Tiene el pelo recogido en una coleta alta y grandes ojeras bajo los ojos.
—Uf —dice con un gesto de dolor.
—Lo siento —respondo, soltándola—. Qué contenta estoy de que estés despierta.
—Más o menos —dice, llevándose la mano a la cabeza—. Sigo bastante grogui. Me están dando calmantes muy fuertes y todos esos antibióticos.
Me siento en el borde de la cama.
—Qué miedo pasé —le digo, tomando su mano.
Le muda el gesto. Sé lo que está pensando. Dentro de poco tendrá que enfrentarse a lo que ocurrió en la iniciación. Puede esconderse en esta sala hasta que esté curada, pero no podrá quedarse aquí para siempre.
—¿Quieres hablarlo? —pregunto.
Sus labios forman un gesto serio, que sugiere que no quiere volver a pensar en ello jamás. Es entonces cuando lleva la mirada tras de mí y se fija en Rook.
—Eh… ¿Hola? —pregunta Trinity, abriendo los ojos de par en par—. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Rook nos ayudó a traerte cuando te desmayaste —le explico—. Quería comprobar que estabas bien.
—Ah —dice—. Bueno, gracias. Lo aprecio mucho.
—No hay de qué —dice, haciendo una pequeña reverencia desde la cintura—. Me alegra ver que te estás recuperando; físicamente, al menos.
Me mira un instante y luego se da la vuelta y se marcha. Lo observo cuando pasa junto a la doctora Perez, que lo mira como si creyera que pudiera abalanzarse sobre ella. Se detiene y le lanza otra mirada asesina, supongo que para ponerla nerviosa. Puede que en el fondo se lo merezca un poco.
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Luego sale de la sala y desaparece.
Frunzo el ceño hacia el umbral vacío antes de centrarme en Trinity, que me observa con un gesto inescrutable que no sé interpretar.
Relaja un poco los hombros y luego pregunta:
—¿Qué tal tu iniciación? Todavía no he podido ni preguntártelo.
Suspiro con fuerza y le cuento lo que hice.
—¿Pediste hacer la prueba de Aria? —dice, despacio, cuando termino de hablar.
—Sí, pero lo voy a arreglar. —Me da la sensación de que no hago más que decir eso una y otra vez.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunta con los ojos abiertos de par en par.
—No podía matar a un hombre —respondo, más a la defensiva de lo que pretendo.
Trinity se estremece y yo suelto un suspiro al reconocer el juicio implícito en mi arrebato.
Las pruebas siguen en marcha, pero todavía no sé de nadie de Fiama que se haya negado a hacerla.
Tal vez es lo normal, ya que la mayoría de mi casa quiere unirse a la patrulla.
De pronto, me pregunto si la iniciación de Fiama siempre ha sido así de violenta, o si es así por culpa de mi padre.
En cualquier caso, Trinity lo intentó.
Aunque perdiera, tenía toda la intención de matar a un hombre.
Esa verdad flota entre las dos durante un instante hasta que al fin pregunta:
—¿Qué te dijo tu padre?
—Me amenazó, por supuesto, y dijo que los Arden se aliarían con los Jenkins si no lo solucionaba. Mi familia podría llegar a perderlo todo…
Algo cruza su rostro un instante y luego desaparece antes de que niegue con la cabeza.
—Estoy orgullosa de ti —dice, y yo pestañeo.
—¿En serio?
—Sí. Has tomado una decisión por ti misma. Sé que no tuvo que ser fácil y que la gente está cabreada, pero te mantuviste firme. Hacía mucho tiempo que no te veía hacer eso.
Estoy tan asombrada que me quedo sin palabras durante un momento.
—¿De verdad lo crees? —pregunto por fin. Ella asiente—. Todo el mundo me odia y pensé que tal vez tú también…
Sacude la cabeza en señal de negación.
—No. No hagas eso. Nada puede interponerse entre nosotras.
—Gracias —digo con un susurro, percatándome en ese momento de lo mucho que necesitaba escuchar esas palabras.
Las dos nos quedamos calladas, oyendo el leve pitido y el silbido de las máquinas.
Trinity se muerde el labio, deslizándolo entre los dientes.
—¿Qué harás en la próxima prueba? —pregunta con cautela.
—Me aseguraré de pasar la de Fiama —digo—. No puedo… No puedo hacer otra cosa. Se lo he prometido a mi padre y a Knox. Además, siempre he sabido que este era mi destino.
Trinity asiente.
—Si crees que es lo mejor…
—¿Qué… hay de…? —dejo la pregunta en el aire.
—¿Qué hay de mí? —termina la frase por mí—. No lo sé. Supongo que saldré de esta cama y veré si puedo arrasar en la segunda prueba.
Le sonrío.
—Menuda pareja invencible que formamos.
Trinity pone una cara divertida, justo cuando se abre la puerta y entra Edward.
Acaba de ducharse y el pelo mojado le cae sobre los ojos. Se acerca y le planta un largo beso a Trinity en la frente.
—¿Qué tal estás? —pregunta, y ella parpadea despacio y deja caer la cabeza en la almohada.
Está claro que está empezando a quedarse sin fuerzas.
Mientras Edward se ocupa de ella, le pido a la doctora que revise la herida que me hicieron en la torre de fuego.
Me tranquiliza, diciendo que se está curando bien.
Después de ponerme vendas limpias, nos echa de allí, pero Edward se niega a marcharse.
Así que me despido para darles algo de privacidad y, cuando salgo, me encuentro a Rook esperando al fondo del pasillo.
Vacilo un momento y luego me acerco hasta él.
Entrecierro los ojos, tratando de no fijarme en lo bien que le queda la camiseta.
—¿Por qué estás esperando? —pregunto.
—No estoy esperando. Estoy aquí de pie, sin más.
—¿Aquí? ¿En medio del pasillo?
Encoge esos anchos hombros y mira a su alrededor.
—Aquí hay buena luz.
—¿Para qué?
—¿Para estar de pie? —Arquea una ceja, como si fuera obvio.
Suelto aire con irritación, pero tiene algo de razón.
Los rayos de sol le bañan en oro la ceja perforada y la curva de los pómulos, haciendo que destaquen esas pocas pecas que le cubren el puente de la nariz.
Sus ojos, que parecen verdes y dorados la mayor parte del tiempo, presentan brillantes reflejos cobrizos. Cielos, es muy atractivo.
Inclina la cabeza, como si me leyera la mente.
—¿Puedo ayudarte en algo?
Su voz es grave, sombría, y se me clava en el pecho provocándome un escalofrío que me recorre todo el cuerpo hasta la cabeza.
—¿Cuánto tiempo tienes previsto quedarte aquí parado? —pregunto, y sueno más insegura de lo que me hubiera gustado.
Vuelve a encogerse de hombros.
—Todo el que quiera.
—Ah, vale. Yo voy a comer algo.
Se aparta de la pared y ahora estamos a escasos centímetros. Se alza sobre mí mientras se humedece la comisura del labio. Sigo el movimiento con la mirada, concentrándome en ello al tiempo que capto su aroma. Limpio y fresco. Manzanas y hierba fresca, creo.
Está tan cerca que puedo sentir el calor que irradia.
—No tienes que aclararme tu agenda, encanto —dice con esa voz que se cuela por las grietas de mi frágil equilibrio.
—No estaba… —balbuceo y luego me callo—. Ya lo sé.
—Entonces disfruta del almuerzo —dice.
—Disfruta de… estar de pie.
—Lo haré.
Odio ponerme hecha un manojo de nervios mientras él se queda del todo indiferente.
Ante mí. Ante cualquier cosa.
Así que lo único que puedo hacer es lanzarle una mirada asesina antes de marcharme. Me niego a dejarle que vea lo nerviosa que me pone.
Cuando empieza a silbar, miro por el rabillo del ojo y lo veo apoyado con total despreocupación en la pared, con los brazos cruzados mientras mira hacia arriba, por lo visto hacia la nada.
Echo un último vistazo y luego me obligo a apartar la mirada.
Es solo un instante después cuando me percato de que estoy sonriendo.
¿Por qué me asusta tanto eso?