Capítulo 14
M e despiertan unos golpes, y me incorporo deprisa, poniéndome en guardia al instante.
Escudriño la habitación. La luz entra a raudales por la ventana.
¿Qué hora es? Tardo un par de segundos en recordar dónde estoy, y unos pocos más en calmar mi corazón desbocado.
La habitación de Domino. Me ofreció una cama para dormir anoche.
—¿Dónde está? —Escucho la exigencia amortiguada de alguien a través de la pared.
Knox.
Me reacomodo y veo en el reloj que es casi mediodía. Me froto la cara con la mano y me siento igual que si me hubiera estrellado contra un muro. Domino y sus compañeras se han ido a clase, lo más probable que hace horas, y yo ni me he enterado.
Knox sigue gritando y salgo a regañadientes de la cama. Recojo la ropa que dejé tirada en el suelo anoche y abro la puerta.
—Knox —grito—. ¿Qué estás haciendo?
Se vuelve hacia mí.
—¿Dónde has estado?
—He dormido aquí esta noche.
—¿Por qué?
Paso a su lado y le doy con fuerza al teclado de la puerta de mi habitación.
—¿Por qué no estás en tu cama y por qué no has ido a clase esta mañana?
Los dos entramos en mi cuarto y nos detenemos de golpe. El destrozo es casi peor a la luz del día. Las letras rojas cargadas de rabia parecen flotar sobre la pared, como si las hubieran sujetado con clavos oxidados.
«Traidora».
Soy una traidora hacia todo lo que representa mi casa.
Me negué a hacer su prueba y, en esencia, fue como despreciar de forma absoluta nuestro deber.
El peso de mi decisión me cala en la piel como un veneno.
Soy la hija del sucesor de la casa y es mi responsabilidad defender sus valores.
No solo he traicionado a mi padre, también he traicionado a todos los de Fiama.
—¿Qué cojones es esto? —pregunta Knox con una combinación de asombro y rabia—. ¿Quién lo ha hecho?
—¿Cómo voy a saberlo? —respondo lanzando la ropa al cesto de la ropa sucia y rebuscando entre mis cosas destrozadas, a ver si hay algo que todavía pueda usar.
Parece que no se ensañaron mucho con la ropa formal. En cambio, da la sensación de que su objetivo fueron las cosas de la academia. Todos los pantalones están salpicados de pintura, pero tendrán que servirme. Rescato una sudadera limpia del cajón donde guardo a Teddy.
Lo devuelvo al montón, sin preocuparme por ocultarlo. Knox sabe el apego que siento hacia ese viejo peluche, y no creo que ni siquiera él sea tan capullo como para vacilarme con eso ahora mismo.
Me meto en el baño para cambiarme. Me echo un vistazo y paso, en vano, una toalla por una mancha de pintura roja. Después me lavo la cara y me cepillo el pelo antes de recogerlo en una coleta floja.
Cuando vuelvo a la habitación, Knox no deja de caminar de un lado a otro, móvil en mano.
—Que venga alguien a limpiar esto —exige con autoridad y rabia apenas contenida—. Es un desastre. También necesitas uniformes nuevos. Voy a matar a quienquiera que lo haya hecho.
Parece enfadado de verdad, y no estoy segura de si es por mí o por alguna otra cosa. Nunca entenderé esa extraña necesidad que tiene de «protegerme», y a la vez que me falte al respeto a la menor ocasión. Supongo que no es tan diferente a mis padres.
Mientras Knox suelta toda su rabia al teléfono, yo busco el mío y lo encuentro en el fondo de mi bolso, donde lo lancé anoche. Tengo que volver al ala médica. Con suerte, Trin se habrá despertado y se encontrará mejor.
—¿Dónde vas? —pregunta Knox cuando cuelga el móvil—. Van a venir a limpiar esto.
Hace un gesto con la mano y yo asiento.
—Gracias por ocuparte —le digo, con toda sinceridad. No sé cómo lo hubiera arreglado de no ser por él—. Ahora me voy a ver a Trinity.
Me acerco a la puerta. Él se pone delante de mí, cortándome el paso.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
—Poet, ya no te pueden ver con ella. Anoche tuvieron que rescatarla de aquella pelea. Es una vergüenza. Bastante mala imagen tienes ahora mismo, debes cortar todo vínculo con ella.
Respiro hondo para armarme de valor.
—¿Mala imagen? Trinity casi se muere. No me preocupa mi imagen.
Knox da un paso atrás y se apoya en la puerta, encerrándome así en la habitación.
—¿Qué quería ayer tu padre?
—Lo mismo que tú —respondo con ironía—. Pero le he prometido arreglar las cosas.
—¿Por qué lo hiciste?
—Ya te lo dije. No podía matar a un hombre.
Advierto un tic en su mandíbula y aprieta los brazos, cruzados en el pecho.
—Trinity es mi mejor amiga —digo en voz baja—. No me puedes impedir que la vea. Te he aguantado un montón de chorradas, Knox, pero ahí marco la línea. Si me mantienes alejada de ella, no tendremos ninguna oportunidad de ser felices. Nunca te lo perdonaré.
Aprieta los labios, pero debe darse cuenta de lo en serio que voy, porque dice:
—Bien. Vete. Pero esta noche cenas conmigo y los chicos.
—Cuando abro la boca para replicar, niega con la cabeza—.
Sé que ha habido cierta… distancia entre nosotros el año pasado.
Pero eres mi prometida. Tenemos que presentarnos como un frente unido.
Tu mejor amiga está a punto de que la expulsen de la Sociedad y tu posición te protege de parte de los daños colaterales, pero también estás en la cuerda floja.
La gente tiene que ver que estamos bien.
Lo miro en silencio durante un par de segundos. Es lo más elocuente que le oído decir, tal vez en toda la vida. Casi suena como el líder que está destinado a ser.
—Entendido —digo—. Pero no te voy a esperar después de cada clase. Sé moverme por la academia sin que me hagas de niñera.
—Entonces tendrás que comer siempre conmigo —contrataca.
—Vale —digo—. Puedo vivir con eso.
Nunca antes habíamos negociado de esta manera.
Es la primera vez en mucho tiempo que siento que podríamos llegar a hacer funcionar lo nuestro.
Cielos, debo seguir teniendo falta de sueño, porque eso es absurdo.
Encontraré una forma de librarme de él sin destrozar a mi familia, pero, al menos por ahora, este acuerdo me da algo de paz.
—Entonces, saluda a Trinity de mi parte —responde, con cierto desdén.
La amargura en su tono me devuelve a la realidad, recordándome todas las cicatrices invisibles que me ha dejado bajo la piel.
—Claro —respondo, cortante—. Eso haré.
Espero a que se mueva. Despacio, se aparta y le lanzo una mirada asesina antes de abrir la puerta de un tirón y detenerme para decirle:
—No sé por qué eres así. A veces creo que podrías ser mucho mejor, pero entonces siempre vas y me muestras la peor versión de ti mismo.
Algo atraviesa su rostro. Tal vez un instante de lucidez. O tal vez solo veo lo que quiero ver.
Antes de que pueda responder, cierro de un portazo la puerta detrás de mí.
Una pareja de verdad me hubiera querido acompañar, no para vigilarme, sino para apoyarme.
Un prometido cariñoso se hubiera asegurado de que mi mejor amiga está bien.
Un momento de posesiva sensatez no borra los años de dolor que Knox Arden ha causado.
¿En qué estaba pensando? Nunca podremos conseguir que funcione.
Y, aun así, si no encuentro la forma de librarme del compromiso, algún día no tendré más remedio que vivir con ello.