Storm Breaker (Stormbreaker 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

M e despierto de golpe cuando una puerta se abre cerca. Estoy desorientada y tardo varios segundos en recordar dónde me encuentro. Me cruje el cuello cuando levanto la cabeza del hombro de Edward. Está apoyado contra mí, roncando con suavidad.

La doctora Perez se acerca a nosotros mientras me limpio la baba de las comisuras de la boca, despertando sin querer a Edward al moverme.

—Trinity —exhala él, estirando bruscamente las piernas.

—Ha faltado poco, pero de momento está estable —dice la doctora—.

La infección ya había alcanzado el torrente sanguíneo, pero le hemos administrado una fuerte dosis de antibióticos.

Le he limpiado la herida y se la he cosido.

Ya nos ocuparemos de la cicatriz cuando se encuentre mejor, pero tendrá que quedarse en el ala médica alrededor de una semana.

Solo hasta que esté segura de que la infección ha desaparecido.

Edward asiente y se levanta, apoyándose en la pared. Lo sigo a la sala, donde encontramos a Trinity durmiendo con calma en una cama en una esquina apartada. Las luces están bajas, y ella está llena de tubos y monitores, que bombean y emiten un suave silbido.

—Le he dado algo para el dolor —dice la doctora Perez—. Lo más probable es que tarde todavía un par de horas en despertarse. —Se dirige al otro lado de la cama y le pone una mano en la muñeca, comprobando el pulso antes de anotar algo en su historial.

—¿Qué hora es? —pregunto.

—Sobre las tres de la mañana —responde la doctora—. Deberíais dormir algo. Las clases empiezan temprano.

Suelta un ruidito comprensivo cuando Edward niega con la cabeza.

—Quiero estar aquí cuando se despierte.

La doctora inclina la cabeza.

—Te podría dar un permiso para que te libres de las clases un día, pero eso es lo máximo que puedo ofrecerte.

—Gracias —dice.

—¿A mí también? —pregunto.

La doctora asiente.

—Pero ¿por qué no hacéis turnos? Uno de los dos debería irse a dormir. No podéis estar despiertos noche y día.

—Vete tú —me dice Edward—. Quiero sentarme a su lado un rato. Ve a comer y a dormir un par de horas y luego nos cambiamos.

Estoy a punto de protestar, pero me fijo en cómo coge la mano de Trinity y la acaricia el dorso antes de llevársela a la boca para besarle los dedos. Pienso en las palabras de la doctora. «Ha faltado poco». Casi perdemos a Trin y siento que necesita un momento a solas con ella.

De pronto caigo en que él debe haber superado la prueba de iniciación.

Se me hace difícil imaginarme a Edward matando a alguien, pero ha tenido que hacerlo.

Siempre he pensado que encajaría mejor en la casa Asale por lo mucho que le encanta la tecnología y construir cosas.

Pero tal vez creyó que no tenía opción. Debe cuidar de su madre. Sin él, no tendría a nadie.

Recuerdo cómo me miraba todo el mundo en la cripta, deseando que eligiera la muerte de ese hombre. El destello de rabia en su mirada cuando no lo hice. Tal vez eso fuera parte del plan de mi padre; hacernos a todos cómplices en este acto violento normaliza la brutalidad.

—Vale, volveré en un par de horas para relevarte —digo antes de volver a mi cuarto por los pasillos sumidos en un silencio apacible.

Por suerte, consigo llegar sin que nadie me vea y abro la puerta. Las cortinas están abiertas, dejando ver el sol, que empieza a alzarse por el horizonte.

Puede que haya sido a propósito.

Puede que para que viera de inmediato lo que han hecho.

Se me corta la respiración cuando contemplo mi esquina de la habitación destrozada.

Han rasgado las sábanas, destripado los cojines y roto los muebles.

En la pared, con letras de un color rojo vivo, alguien ha escrito «traidora» y luego ha acabado el trabajo dejando huellas de pintura por todas las sábanas.

El armario está abierto y la mayor parte de mis uniformes están rajados y destrozados.

Me quedo mirando el desastre, jadeando y tratando de no llorar.

Winter y Lacey duermen tranquilas en su cama. ¿Lo han hecho ellas? ¿O han visto a alguien profanando mi espacio?

La esquina de Trinity está intacta; puede que ella no haya pasado la prueba, pero yo soy la traidora.

Una lágrima se me escapa por la mejilla y me la seco con el dorso de la mano. No me puedo quedar ahí esta noche.

Encuentro una manta casi intacta y busco unas mallas y una camiseta. Entonces me acuerdo de Teddy. Abro el cajón y casi lloro de alivio cuando lo encuentro en perfecto estado bajo un montón de sudaderas.

Lo abrazo con fuerza, hundiendo la nariz en su cabeza mientras me aferro a lo poco que queda de mí.

Cuando salgo al pasillo, me sorprende ver a Domino con los brazos cruzados, apoyada en la puerta de su cuarto.

—¿Estás bien? —pregunta.

—¿Qué haces levantada? —respondo, acercándome de puntillas.

—No duermo bien —dice—. He oído lo que le ha pasado a tu amiga y también les he oído haciendo eso. —Señala mi cuarto—. Lo siento.

Niego con la cabeza y me limpio la nariz, encogiéndome de hombros.

—No es culpa tuya. Además, lo más probable es que sea yo la que esté equivocada.

Domino sopesa mi respuesta antes de continuar:

—Te he oído volver, y he pensado que tal vez te haría falta un sitio donde dormir esta noche.

La dulzura en su voz libera un cerrojo oxidado que me oprime el pecho. Tiene una actitud de cautela, pero también una amabilidad en el tono a la que no estoy nada acostumbrada.

—Sí, encontraré una cama.

Mi primer instinto es ir a la habitación de Knox, ya que la cama de Edward está vacía, pero solo pensarlo me provoca aversión. Seguro que lo entiende mal, y la verdad es que tengo que dejar de acudir a Knox cada vez que necesito algo.

—Tenemos una cama de más —dice Domino con un gesto de la mano—. Puedes usarla, si quieres.

Me quedo mirándola y luego dirijo la vista a la puerta, como si fuera un faro luminoso en mitad de una noche de bruma.

—¿Estás segura?

—Claro, ¿por qué no iba a estarlo?

—Porque soy… Y tú eres… —Alza una ceja en lo que solo puedo describir como una mirada retadora, desafiándome a que termine esa frase—. Porque eso da igual, y gracias. Estaría muy agradecida de tener un sitio donde dormir.

—Soy Domino —dice, tendiéndome la mano.

—Poet —respondo, estrechándosela.

Sonríe y abre la puerta antes de hacerme un gesto para que pase.

—Oh, sé cómo te llamas. Bienvenida a tu cama, al menos por esta noche.