Capítulo 12
D espués de salir del despacho, mantengo la cabeza gacha y voy arrastrando los pies por los pasillos.
Las noticias vuelan en nuestro círculo, y estoy segura de que todo el mundo sabe ya que el sucesor de la casa Fiama ha venido aquí.
Lo único bueno es que, al haber estado aislada en el despacho de la decana Withers, no han oído ni una sola palabra de la bronca.
Sigo en la misma línea durante todas las clases de la mañana, hablando muy poco y deseando que llegue el momento de estar sola y no tener que responder a nadie ni ser el centro de atención. Cuando vuelvo a la habitación, Trinity todavía no ha aparecido, y ahora sí que es oficial: estoy preocupada.
Winter y Lacey me echan un vistazo desde la cama, donde descansan antes del almuerzo.
Recuerdo lo que ha dicho mi padre sobre que Trey Arden pudiera llegar a aliarse con el padre de Winter en su lugar, y no puedo evitar sentir un cosquilleo de emoción ante tal posibilidad.
Pero luego me pregunto si yo le serviría de algo a mi padre si Knox se casara con otra persona.
—¿Qué estás mirando, bicho raro? —pregunta Winter, interrumpiendo mi monólogo interior.
De verdad que ella y Knox se merecerían el uno al otro.
—¿Habéis visto a Trinity? —pregunto, señalando su rincón vacío.
Winter hace un gesto de repulsión.
—No —responde antes de volver a concentrarse en el móvil.
Tengo que encontrar a Edward. Me doy la vuelta y me dirijo hacia su ala, subiendo por la escalera que va a dar a un pasillo parecido al nuestro, pero con el hedor característico de los chicos adolescentes.
Arrugo la nariz mientras busco la habitación de Edward.
Por desgracia, esa habitación también es la de Knox.
Después de llamar, entro y me los encuentro a él, Sal y Jackson lanzándose una pelota.
Ya han tirado una silla y una lámpara, y la bombilla está hecha añicos en el suelo a la espera de que alguien la recoja y limpie el estropicio.
La verdad es que dudo que alguno de ellos haya hecho alguna vez su propia cama.
—Poet, ¿dónde estabas después de clase? —pregunta Knox. Parece más irritado que otra cosa, pero eso no evita que atrape la pelota y se la lance a Sal—. Te había dicho que me esperaras.
—Ha venido mi padre —respondo, y abre los ojos, sorprendido—. Quería hablar conmigo.
—Ah, sobre… ¿eso? —pregunta Sal, incómodo.
—Cállate —dice Jackson—. Déjala en paz.
—Solo preguntaba —dice Sal con una mueca, y Jackson pone los ojos en blanco.
—Estoy buscando a Edward. ¿Lo habéis visto?
Clavan la mirada en su zona vacía como si se les hubiera olvidado por completo que comparte cuarto con ellos.
—¿No? —dice Sal, rascándose la cabeza.
—¿No? —pregunto.
—A ver, lo he visto…, pero no sé cuándo.
Suspiro justo cuando me suena un pitido en el móvil, que está en mi bolsillo trasero. Lo cojo.
—Muy útil.
Suelto un suspiro de alivio cuando compruebo que es Edward, pero el alivio dura muy poco.
Edward Trin.
Edward Balcón de la octava planta
Edward Ahora
Se me eriza el vello de la nuca cuando leo los mensajes.
Los leo una vez y luego otra.
Entonces echo a correr.
Recorro a toda prisa los pasillos y me meto en un ascensor. Después de pedir indicaciones, encuentro el balcón que decía Edward. Se me congela la sangre cuando veo a Trinity en el suelo, apoyada contra la barandilla, con el cuerpo inerte.
—¿Qué ocurre? —pregunto, apresurándome hacia ella y dejándome caer de rodillas—. ¡Trinity!
Me mira y luego me abraza, sollozando en mi hombro.
—Poet —dice con un susurro.
Tiembla y llora con tanta intensidad que apenas puede respirar, soltando sollozos entrecortados. La abrazo con fuerza y parece que le voy a romper las costillas, pero se aferra a mí mientras el viento nos azota.
Tras un rato, deja de temblar poco a poco. Edward nos observa vigilante, con cautela. Cuando Trinity por fin recupera el aliento, se aparta y la agarro de los hombros.
—Trinity, ¿qué ha pasado? —le pregunto.
Se desploma contra la barandilla.
—Traté de luchar contra él —dice.
Es evidente que se refiere al hombre contra el que le pidieron que combatiera.
A estas alturas, mucha gente ha superado ya la prueba de iniciación de Fiama, lo que significa que han muerto varias personas.
No. No han muerto. Las han asesinado. Capturadas, enjauladas y utilizadas como ejemplo.
No importa qué crimen hayan cometido, eso no puede ser lo que es la justicia de verdad.
Se me revuelven las tripas y la bilis amenaza con llegarme a la garganta.
—Pero era demasiado fuerte. Me tropecé, al instante lo tenía encima de mí… —Ahoga otro sollozo—. Le planté cara todo lo que pude, por todos los medios que tenía a mi alcance.
Parece tan derrotada, con esa piel tan pálida y esos rizos pelirrojos sudados pegándosele a las sienes. Se me enciende una alarma en la cabeza.
—Pero has pasado, Trin —digo, tratando de tranquilizarla—. Se ha acabado. Solo queda una prueba. Puedes hacerlo.
—No he pasado —dice quejumbrosa—. No pude matarlo…, pero él tampoco pudo matarme. Lo declararon empate. Así que, de acuerdo con las normas de la iniciación, me van a permitir volver a intentarlo, pero tengo que acabar las otras dos pruebas. Esta no cuenta.
No es lo ideal, pero tampoco es imposible. En realidad, estamos en una situación parecida. La miro a los ojos. Las lágrimas le mojan las mejillas y sus ojos abiertos de par en par reflejan desesperación.
—Trin, ¿te pasa algo más? —La escudriño de la cabeza a los pies cuando se levanta y se aparta la solapa del abrigo, dejando a la vista una larga herida purulenta que le cruza la clavícula.
No soy ninguna experta, pero ya supura y parece infectada.
—¡Cielos! —digo sentándome y estirando los brazos pero sin tocarla, para no empeorarlo—. Tenemos que llevarte a que te miren eso de inmediato.
—¿Qué más da? —pregunta con los ojos anegados de lágrimas—. Están a punto de expulsarme de la Sociedad. Preferiría estar muerta. Cualquier cosa es mejor que esta humillación.
Toma aire con dificultad, entrecerrando los ojos mientras la cabeza se le cae a un lado. Creo que está a punto de desmayarse.
—Trinity —dice Edward, sacudiéndola con delicadeza.
Me mira, con el pelo sobre los ojos, como si yo supiera cómo solucionar esto.
—¿Lo sabe alguien? —pregunta Trinity con voz ronca y quebrada.
Cuando no respondemos, abre los ojos.
—No estoy segura —digo.
Incluso dentro de la Sociedad hay jerarquías, y los Robins no son una familia de mucha importancia.
Eso significa que Trinity siempre ha disfrutado del lujo de no estar en todo momento bajo el radar de la gente, y que cada movimiento que hace no provoque una oleada de cotilleos.
Sin embargo, no lograr jurar lealtad a tu casa es una mancha en la reputación de cualquier familia.
En realidad, de eso es de lo que va todo esto de Amery…, de decidir quién se merece los recursos de la Sociedad y quién no. Va de que todos somos una carga y, como una planta enferma, se nos poda para evitar que muera toda la vid.
En cierto modo siempre lo he sabido, pero ser testigo de la desesperación de Trinity, acabar de soportar la ira de mi padre, todo hace que la verdad de pronto me atraviese el pecho.
Aprieto los labios con frustración mientras reflexiono sobre lo inútil que es todo este sistema.
¿Qué sentido tiene? Sacudo la cabeza. No debería pensar así.
Cada mañana nos recuerdan el sentido. Sin ese sistema, el orden en Nuevo Manhattan colapsaría.
Las vidas de todos estarían en peligro, tanto las de la gente de la Sociedad como las de los subs y los huecos.
—No —digo con firmeza—. Te vamos a llevar al ala médica. —Le hago un gesto a Edward, que se mueve despacio, como si tuviera lastres en los pies.
—Ayúdala —digo, tratando de no hacerlo de malas maneras.
Es evidente que está en shock.
A Trinity le vuelve a colgar la cabeza; va perdiendo el conocimiento, y yo voy a matar a quien quiera que le haya dejado marcharse de la prueba en este estado. Pero eso es lo que hace la Sociedad. Se ocupa de los suyos hasta que dejan de serlo.
Sin embargo, Trinity aún forma parte de la Sociedad, y me niego a que nadie la dé por perdida.
Entre Edward y yo la llevamos a rastras por los pasillos, tratando de hacer todo lo posible por protegerle la cabeza. Sigue inconsciente, y tenemos que aguantar todo su peso. Siempre ha odiado lo bajita que es, pero ahora doy gracias por que sea tan menuda.
—¿Cuándo la has encontrado? —le pregunto a Edward en bajo.
—Hace como una hora —responde—. Se había desmayado contra la barandilla.
Pienso dónde estaba hace una hora. Recibiendo la bronca de mi padre mientras Trinity me necesitaba.
—La he despertado y ha empezado a gritar y llorar —sigue diciendo, también él al borde de las lágrimas. Se le quiebra la voz y menea la cabeza—. Gracias a los Cielos que has aparecido. No lograba que me escuchara.
Trago saliva para deshacer ese nudo que me quema en el fondo de la garganta.
—El ascensor está por aquí —digo. Estoy bastante segura de que el ala médica está en la tercera planta, un poco más abajo. Trinity me va hundiendo, casi derribándome al suelo—. Levántale las piernas.
Cuando intentamos levantarla, una cara familiar dobla la esquina y contengo las ganas de soltar un quejido.
Rook.
Se detiene y nos observa impasible. Primero me mira a mí y luego a Trinity. Enarca una ceja.
—¿Qué estás mirando? —suelto.
No estoy de humor para las tonterías de nadie.
—¿Necesitáis ayuda? —pregunta, descolocándome.
Es enorme, y seguro que podría cargar con Trinity con una sola mano.
Está inconsciente, por lo que es como un peso muerto.
Tal vez sí que necesitemos ayuda. Me tropiezo al tratar de sujetarla y Rook se apresura a mi lado.
Me agarra del brazo y me equilibra con fuerza, y noto una sensación extraña en el estómago.
Pero, antes de que pueda analizarla, coge a Trinity en brazos y comienza a caminar.
Edward y yo clavamos los ojos en su espalda y luego nos miramos. Sacude la cabeza como si pensara que cómo no se le había ocurrido hacer eso antes. Yo persigo a Rook, que ya ha recorrido medio pasillo.
—Gracias —le digo cuando lo alcanzo.
Su única respuesta es un gruñido, justo cuando llegamos al ascensor y nos embutimos en ese espacio estrecho. Aprieto el botón y las puertas se cierran mientras observo a Rook por el rabillo del ojo.
Llegamos enseguida al ala médica, girando por un angosto pasillo hacia la entrada. Llamo a la puerta y pasa un segundo antes de que se abra y aparezca una mujer con pelo caoba y piel morena pálida, vestida con un pijama quirúrgico.
Mira a Trinity en los brazos de Rook antes de clavar los ojos en él. Los entrecierra y sé muy bien lo que está pensando. Pero se equivoca.
—Está herida —digo—. Ha ocurrido en la prueba de iniciación.
Paso junto a Rook y señalo la cama vacía más cercana. Lleva a Trinity con delicadeza, como si fuera una muñeca de porcelana, y la deposita despacio en el estrecho colchón.
La médica cierra la boca y nos sigue.
—Disculpa —dice antes de que Rook se haga un lado para que pase.
Edward y yo nos vamos al otro extremo mientras la médica raja la chaqueta, revelando la herida supurante.
—Está infectada —dice.
Nadie responde. Como es obvio.
La médica levanta la vista y me fijo en su placa identificativa: doctora Perez.
—¿Qué ha pasado? —pregunta, mientras va reuniendo el material médico y colocando todo en un carrito con ruedas que lleva hasta la cama de Trinity.
Niego con la cabeza.
—No lo sabemos con precisión. Solo ha dicho que la derribaron.
La doctora Perez hace un gesto de reprobación y empieza a examinar a Trinity.
—Os voy a pedir que esperéis fuera. —Su tono es firme pero amable—. Cuando esté estable, podréis verla.
Alguien me coge del brazo y empieza a apartarme mientras más médicos entran en la sala.
No puedo retirar la vista de la pálida cara de Trinity.
Se le agitan los párpados y quiero quedarme, pero me empujan hacia el pasillo, donde espero de pie entre Edward y Rook.
Un segundo después, nos cierran la puerta en las narices.
—¿Se va a poner bien? —le pregunto a Edward con un susurro.
Se pasa la palma de la mano por la boca y hacia la barbilla antes de dejarse caer contra la pared y deslizarse hasta el suelo. Parece destrozado.
—No lo sé, pero yo no me muevo de aquí.
Claro. Sí. Bien. Yo tampoco.
Luego, me vuelvo hacia Rook.
—Gracias —le digo, y me da rabia que suene como a una mezcla de recelo y sorpresa en lugar de a la gratitud que se merece.
Debe haber notado el tono, porque se le oscurece la mirada. Entonces resopla, un sonido al que ya empiezo a acostumbrarme, antes de pasar a mi lado rozándome y dirigirse hacia el pasillo. Desaparece sin mediar palabra.
Debería ir tras él, disculparme y agradecérselo como es debido, pero de golpe me siento demasiado cansada como para quedarme de pie. Entre lo de la torre de fuego, Knox y mi padre, me da la sensación de llevar el estrés de toda una vida grabado en los huesos.
Y ahora temo por la vida de mi mejor amiga.
Así que me dejo caer junto a Edward, tratando de escuchar lo que ocurre al otro lado de la puerta. Solo puedo captar los pitidos amortiguados del equipo médico, intercalados con largos ratos de silencio.
Edward apenas parpadea, como si toda su vida dependiera de no perder de vista esa puerta.
—Va a estar bien —susurro, tratando de convencerme yo también. Incluso si sale de esta con vida, tendrá que recuperarse lo suficiente como para superar las dos pruebas siguientes.
Edward y yo nos apoyamos el uno contra el otro y se me escapa un sollozo cuando el peso de todo me parte en dos. Me caen las lágrimas por las mejillas mientras trato de respirar. Edward se mueve y me pasa el brazo por los hombros.
—La quiero tanto —susurra con el cuerpo temblando.
—Lo sé. Yo también.
Nos quedamos en silencio.
En lo único que puedo pensar es en hasta qué punto me voy a hundir si pierdo a la persona más importante de mi vida.